lunes, 23 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA OCTAVA o SOBRE APRENDER DESDE CASA




CARTA EXCLAUSTRADA OCTAVA o APRENDER DESDE CASA



Lunes, 23 de Marzo.

En el 2016 el Washington College of Law de la American University me propuso impartir un curso de su LL.M. en Derecho Internacional de los Derechos Humanos y Derecho Humanitario. En concreto desde ese año doy el Curso titulado “Estudios Avanzados en Derechos Humanos” correspondiente al segundo año de dicho postgrado. Llevo ya cinco ediciones de este curso que se compone de 14 clases, una semanal de 2 horas es decir 28 horas lectivas, más las horas de lecturas y trabajos.

Lo imparto sin salir de casa. Sí, es un curso online. Las clases que allí se dan de 5 a 7 de la tarde, pueden ser aquí de 11 de la noche a 1 de la madrugada o incluso de 12 a 2. Muchas veces las doy en camisa de vestir y pantalón de pijama: una escena muy familiar para mis hijos. Quiero contar esta historia porque quizá a alguno de vosotros le sirva de algo ahora que estamos abocados a esto de la enseñanza online.

Yo ya había dado algún curso a distancia, pero la verdad es que la experiencia no había sido muy buena, al menos por dos motivos. Por una parte, con frecuencia no eran realmente clases online, en directo, en tiempo real, sino curso a distancia con charlas enlatadas que, siendo sinceros, no podían generar mucho entusiasmo entre los alumnos. El programa era torpe y sin muchas posibilidades. Luego he dado otros cursos online diferentes, lo que me ha permitido comparar. Por otro lado, ni los alumnos ni yo estábamos hechos en aquellas primeras ocasiones al formato, a sus exigencias y necesidades específicas, y no supimos -obviamente a mí, como profesor, me corresponde la principal responsabilidad- crear una dinámica de trabajo realmente constructiva. Cumplimos con buena intención, poco más se puede decir de aquellas primeras experiencias.

Así que cuando en la American University me ofrecieron esta posibilidad no te voy a decir que me entusiasmara la perspectiva. Yo en aquel entonces consideraba la enseñanza online como una enseñanza de segunda división, de calidad menor. Tal vez se trataba, pensaba yo, de algo necesario cuando no hay otras posibilidades, cuando por las razones que sea la enseñanza "de primera", "de verdad", no resulta posible, pero no dejaba de ser a mis ojos algo de inferior nivel.

Pronto aprendí que estaba muy equivocado. El programa de la American University es ágil, flexible, largo de posibilidades. La universidad te facilita un asistente (una asistente, en mi caso) que se ocupa del seguimiento de los aspectos técnicos y de las necesidades puramente técnicas u operativas de los alumnos (he tenido hasta la fecha dos asistentes y ambas de muy alto nivel). El programa está muy preparado con antelación: con lecturas programadas y planes de seguimiento. El número de alumnos es limitado, entre 14 y 18 personas de media, con lo que todos nos conocemos rápidamente y la interlocución y participación de todos es posible. Y, lo más importante, el ingrediente sin el que el sistema online difícilmente puede funcionar: los alumnos son personas muy interesadas y con ganas de trabajar.

Esta universidad ha sido reconocida por algunos rankings norteamericanos con la segunda mejor universidad del país para estudiar esta especialidad de Derecho Internacional de los Derechos Humanos, así que tal vez haya algo que aprender aquí para todos.

Ahora que controlo el sistema puede decir que mi conexión e interacción con estos alumnos a 6.000 kilómetros es con frecuencia superior a la de una clase presencial ordinaria de nuestras universidades. Puedo verles la cara a cada uno, he aprendido a identificar cuándo me siguen y cuándo les estoy perdiendo, hacen preguntas, piden la palabra, ordenamos el uso de la palabra, hacemos comentarios breves por escrito en el chat mientras avanza la clase, la dinámica es viva, los más de los días ágil y extraordinariamente participativa.

La cosa funciona. Puedo decir que la conexión directa con cada alumno, que al principio yo pensaba imposible, no sólo es posible sino que muchas veces, insisto, resulta superior. Para mí ha sido un gran aprendizaje que ha obligado a abandonar algunos prejuicios.

Os explico la dinámica. Justo cuando termina una clase, la asistente libera las lecturas que yo he propuesto para la siguiente clase (un capítulo de un manual, un par de artículos académicos y quizá, según el tema, un informe de la ONU o de una Organización Internacional, una Declaración de la Asamblea General, la Resolución de algún órgano de tratados, el informe de una comisión de verificación, una sentencia de un Tribunal Internacional…). Además les hago en el chat 5 preguntas para la semana. 5 preguntas que ellos van comentado, que no son obviamente de copiar y pegar, sino de discutir entre todos. Por ejemplo: ¿Crees que la posición defendida por el Estado Y en el caso Z se corresponde con lo que nos dice el autor X en el artículo que hemos leído? O ¿qué diferencias ves entre el enfoque del autor X y el de la autora Z al referirse a tal asunto?, ¿cuál te parece que se adapta mejor a la realidad de este momento? O, ¿por qué si este manual nos dice que las competencias de este órgano son A, B y C, vemos que en tal caso, en la resolución que os adjunto, ese órgano se atribuye la competencia D?, ¿es justificada en este caso la protesta del estado Z o debemos aquí aplicar lo aprendido en el tema de hace tres clases sobre competencias o interpretación? O qué se yo...

Tienen una semana exacta para estudiar y reflexionar. Son lecturas serias, que requieren dedicarle un tiempo de calidad, no valen lecturas a la carrera en diagonal. Pero los alumnos llegan a la siguiente clase habiéndose leído todas las lecturas obligatorias y, muchos de ellos, habiendo picado también alguna de las recomendadas. Las preguntas exigen reflexión y los alumnos se esfuerzan en hacer aportes tan interesantes que con frecuencia yo aprendo mucho sobre casos o problemas que ya creía conocer en profundidad.

Eso significa que cuando empezamos la clase los alumnos ya conocen la materia que vamos a trabajar ese día. Fíjate que te digo que conocen “la materia que vamos a trabajar”, no “la materia que voy a explicar”, dado que obviamente ellos ya se la saben. Así que no la explico.

Suelo dedicar quizá los primeros 30 minutos aproximadamente, depende del día y del tema, a recordar la teoría, a repasar juntos lo estudiado, a resolver alguna duda a lo sumo. Pero dedicamos el resto a debatir casos de actualidad, a reflexionar sobre los dilemas éticos o jurídicos o políticos que nos presentan los temas, a discutir los distintos enfoques de los distintos autores estudiados, a comparar crítica pero respetuosamente las distintas respuestas propuestas en el chat durante la semana. La participación suele ser muy alta.

El primer y segundo año me costó coger el ritmo y la lógica de la enseñanza online y seguramente con frecuencia me quedaban clases torpes y pesadas, lo siento por aquellos primeros estudiantes que me sufrieron. Pero cada nueva edición la cosa sale mejor. Los dos últimos cursos han sido extraordinarios. Y el mérito no es tanto mío, como de un grupos de estudiantes simplemente excelentes, en preparación, en capacidad, en interés y en generosidad. Este año he hecho un ejercicio maravilloso: he contado ya con la primera alumna de una promoción anterior para que me acompañe en una de las clases que trata sobre un tema en el que ella, como profesional, es experta.

Te cuento todo esto porque me gustaría extraer algunas lecciones que yo he aprendido de esta experiencia ya de 5 años por si alguna os resulta útil ahora que, a la fuerza, se deben improvisar clases online de lo más diversas. Por supuesto son lecciones personales, que a mí me sirven y que no tienen por qué ser generalizables o verdaderas para otros casos. Más que lecciones, para no sonar excesivo, llamémosles lecturas que extraigo de mi experiencia personal.

La lógica de la clase online es distinta a la presencial. La clase tiene que estar muy medida, mejor preparada. El profesor tiene que estar más atento a no perder la atención de la gente, a hacer posible la participación del máximo número de estudiantes posible. Pero no vale que el alumno se quede sentado esperando a que le entretengan. El papel del alumno es más importante en la enseñanza online incluso que en la enseñanza presencial, me atrevo a sospechar. El alumno debe corresponsabilizarse. Si el alumno viene con actitud de sentarse en la última fila (en sentido figurado) todo se hace más difícil. También es cierto que si pedimos que el alumno trabaje mucho antes de las clases online de alguna forma debemos considerar esas horas de trabajo como parte de la agenda. Todos tenemos que adaptarnos y aprender.

Así que la enseñanza online, como todo en la vida, es un ejemplo de responsabilidad compartida (profesor, alumnos, institución), lo que seguramente nos remite a la segunda de las cartas exclaustradas.

Más de un profesor me mirará como diciendo que acabo de descubrir el Mediterráneo, otros me dirán que mi experiencia sirve para un curso de Máster pero no en cursos inferiores con alumnos con intereses y actitudes diferentes. Puede ser, no sé. Yo sé entre poco y nada de pedagogía. No he pretendido dar claves universales, ni lecciones a nadie, sólo compartir mi experiencia. Lo que a mí me ha servido. Ni más, ni menos.

Un dato. Según la UNESCO “más de 850 millones de niños y jóvenes – aproximadamente la mitad de la población estudiantil mundial- permanecen estos días alejados de las escuelas, y universidades. Con cierres efectivos en 102 países y cierres locales en otros 11.” Los datos eran del martes 17 a última hora, así que lo más probable es que ahora sean más. Un gigantesco problema, especialmente duro para los más vulnerables (pobres, personas con discapacidad, lugares sin posibilidades de conexión telemática, etc.) pero seguramente también una oportunidad de algo.

Y dado que hemos hablado de la American University y de Derechos Humanos os voy a recomendar un libro sobre una mujer que obtuvo en 1933 el título honorario en esta universidad y que fue después una de las personalidades que más influyó en que la Declaración Universal de los Derechos Humanos fuera lo que es hoy: Eleanor Roosevelt. El libro se titula Un Mundo Nuevo. Eleanor Roosevelt y la Declaración Universal de Derechos Humanos y su autora es Mary Ann Glendon.

¡Salud, alegría y fuerza!

3 comentarios:

  1. Sirve. Tb desde la perspectiva del alumno.

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  2. A mí me encantaría poderte invitar a un café en Deusto y podernos dar un abrazo.

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