Mostrando entradas con la etiqueta Desarrollo Humano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desarrollo Humano. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de mayo de 2019

Una monja en el gobierno económico del Vaticano

Hoy en DEIA y en Noticias de Gipuzkoa:


 https://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2019/05/27/mundo/una-monja-en-el-gobierno-economico-del-vaticano 


Una monja en el gobierno económico del Vaticano




Les escribo desde Bolonia, sede de la universidad más antigua del mundo (1088) y en la que algunos vascos del siglo XVI fueron muy conocidos profesores, como Fortún de Ercilla, de Bermeo, u Ochoa López de Unzueta, de Eibar. En la prensa de Bolonia estos días ha tenido bastante eco una conferencia impartida por una monja. La hermana Alessandra Smerilli (profesora de de la Universidad Pontificia Auxilium de Roma) impartió la Lectio Magistralis con la que se cierra el Máster para Juristas, Asesores y Abogados de Empresa de la Universidad de Bolonia.


Esta profesora está de actualidad. El mes pasado la profesora Smerilli fue nombrada por el Papa como consejera de Estado de Economía de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano. Esta Comisión, que está compuesta por seis miembros cardenales y varios consejeros de Estado como asesores, es el órgano de iniciativa legislativa, supervisión ejecutiva y representación institucional del gobierno de la Ciudad del Vaticano. La hermana Smerilli entra en este importante núcleo de poder controlado, no nos engañemos, por los miembros, cardenales y por tanto todos hombres y de edad avanzada.

Había expectación en el ámbito universitario y político por conocer las ideas y planes de la joven (para los estándares de poder vaticanos) consejera Smerilli (1974) y por eso a la conferencia asistieron autoridades académicas y conocidos rostros, como Romano Prodi y otros veteranos políticos.

El tema que la consejera eligió para su conferencia no pudo ser más significativo: la economía ecológica o integral como desafío de un nuevo paradigma económico. La señora Smerilli habló de temas tan importantes como la inclusión del medio ambiente en los cálculos económicos (“es posible promover una sana economía que sea capaz de tener en cuenta en sus cálculos al medio ambiente”), sobre la selva amazónica, la deforestación, la transparencia en el gobierno y en las finanzas, y sobre la cuestión de las empresas y los derechos humanos (“no hay que decir “no” al desarrollo, sino a la actividad predatoria de las transnacionales”).

Más allá de su visión general o teórica interesaba saber cómo va a aplicar esos principios a la práctica de sus funciones como asesora económica del gobierno de la Ciudad del Vaticano. La Sra. Smerilli no escurrió el bulto y adelantó algunas ideas potentes: “Lo que me pregunto es si, como Iglesia, a nivel mundial, no tenemos también nosotros una responsabilidad, porque, por una parte, denunciamos una economía que mata, pero luego compramos y nos ocupamos de nuestros ahorros e inversiones de manera poco coherente. Pero este sistema puede ser derrotado tanto con una resistencia desde dentro como con una clara señal desde fuera, que diga: no te financiamos, entras en la lista negra si tienes comportamientos sin escrúpulos.”

Seguramente la capacidad que la nueva consejera de Estado de la Cuidad del Vaticano tenga en relación al complejo sistema que maneja las grandes finanzas del Vaticano como conjunto sea muy limitado, pero sí tendrá autorizada influencia. Por eso su nombramiento y sus ideas son tan importantes. Una mujer joven con una visión social y medioambiental en el entramado de las finanzas vaticanas significa una bocanada, limitada pero real, de aire fresco. Le quedan cinco años de mandato por delante. Habrá que hacer un seguimiento muy atento a sus pasos. 

sábado, 26 de mayo de 2018

Ébola: ayer, hoy y mañana

En el 2014, durante aquel horrible brote de ébola que mató a más de 11.000 personas en África occidental, escribí en varias ocasiones sobre Ébola y Derechos Humanos, sobre la polémica ¿Ha fallado la OMS en la crisis del ébola?, ¿es la OMS culpable? o incluso sobre Ébola, FMI y las políticas de ajuste y recorte.


Hoy, por desgracia, debo retomar el tema en mi columna #MirarHaciaOtroLado (en DEIA, Noticias de Gipuzkoa y Noticias de Álava):


 http://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2018/05/26/mundo/ebola-ayer-hoy-y-manana


ÉBOLA, AYER, HOY Y MAÑANA


Seguro que ustedes recuerdan el brote de ébola de los años 2014 y 2015 en África Occidental. Afectó de forma especialmente agresiva a Guinea, Liberia y Sierra Leona. Murieron, según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 11.323 personas. Aquel brote supuso un enorme reto para los sistemas sanitarios de la zona, totalmente desbordados, y para la comunidad internacional. En torno a aquella crisis tuvimos que tratar con diversos dilemas y problemas sobre la relación entre la pobreza y la seguridad global;o entre las prácticas culturales y las exigencias derivadas de los conocimientos científicos.


Seguramente, por aquello de la cercanía (geográfica y cultural), recordaremos con viveza los casos de los sacerdotes repatriados o de la enfermera contagiada en Madrid. Recordaremos la crisis social, más que sanitaria, en nuestro país: la histeria de algunos medios, el amarillismo de otros. Recordaremos los dos sacerdotes muertos al haber sido contagiados en labores sanitarias y humanitarias sobre el terreno. Recordaremos tal vez alguna polémica miserable sobre los gastos de esas repatriaciones. Si me aprietan, y sin cinismo alguno (bien traída, por su etimología, esta palabra), apuesto a que nos acordaremos también del perro de la enfermera contagiada, de nombre Excalibur, que las autoridades decidieron sacrificar para evitar riesgos en un momento muy delicado. La enfermera, por cierto, demandó a la Comunidad de Madrid solicitando una indemnización de 150.000 euros por daños morales, que fue desestimada.


Pues bien, de nuevo hay un brote de ébola en África. Esta vez en la República Democrática del Congo. Un país entre los de menor Desarrollo Humano del mundo, el 176 de 188 en el listado o Índice de Desarrollo Humano, con una esperanza de vida que no llega a los 60 años.


De momento hay una treintena de casos identificados y 8 muertos. A pesar de que, según las últimas informaciones, el brote habría llegado ya a algún centro urbano, se está aún a tiempo de controlarlo y evitar su extensión. Los medios sanitarios de la zona son escasos, pero ya hay sobre el terreno desplegados recursos de respuesta rápida de la OMS y de ONGs como Médicos Sin Fronteras, organización esta última de importancia capital en este tipo de casos (sí, tu ayuda sirve, y mucho).


Esperemos que todos hayamos aprendido en estos últimos años lo suficiente para conseguir que este brote se elimine en breve. Una prioridad clara y mínima es que no se extienda a otros países de la zona. Ya se está trabajando a ese fin en países como la República Centroafricana, Angola, Burundi, Ruanda, Sudán del Sur, Tanzania, Zambia o Uganda.


Será entonces, una vez pasada la crisis, momento de recordar de nuevo que el ébola, como tantas otras crisis sanitarias de la zona, tiene su raíz o la razón de su transmisión, propagación, extensión o agravamiento en la pobreza, la falta de higiene y recursos, la falta de formación y educación. Ahora necesitamos respuestas de emergencia, pero mañana, como ayer, necesitaremos desarrollo humano, derechos humanos, formación, investigación y divulgación científica, educación y prevención: es decir, salud social y salud humana.

domingo, 1 de abril de 2018

Locura y esperanza en la República Centroafricana

Hoy hablo en mi columna #MirarHaciaOtroLado de la República Centroafricana. Lo publica DEIA y Noticias de Gipuzkoa.


Lo título por las razones que se comentan "Locura de esperanza en la República Centroafricana".










LOCURA DE ESPERANZA EN REPÚBLICA CENTROAFRICANA




Hace unos días les comentaba a ustedes en esta misma columna sobre el Informe Global de Felicidad y su listado de países más y menos felices. A la cola de este listado se encuentra la República Centroafricana. Y tienen motivos.


La República Centroafricana ha vivido un conflicto armado durísimo. Trece de los catorce grupos armados acordaron en junio iniciar un proceso de paz y reconciliación, pero este acuerdo no ha conseguido el cese de una violencia que se retroalimenta y se ha convertido en la única forma de vivir (y de morir) para muchos centroafricanos. Un país que sufre, quizá como el que más, la maldición de los recursos: esa maldición por la cual tener uranio, oro, petróleo, madera noble y diamantes en abundancia tal que podrían dar sobradamente para asegurar educación, salud, bienestar a todos sus ciudadanos, se convierte en una maldición de conflicto, violencia y dinero sucio manchado de sangre y sufrimiento que todo lo compra y todo lo prostituye


La violencia entre unos grupos más o menos musulmanes, como Seleka, y otros más o menos cristianos, como los Anti-Balaka, se mantiene. Estos últimos días hemos recibido informes de violaciones masivas de decenas de mujeres en algunas comunidades o de ataques a escuelas con asesinatos de maestros y misioneros.


Por si esto fuera poco, la República Centroafricana ocupa el último lugar en el Índice de Desarrollo Humano, como país con menor nivel de Desarrollo Humano de los 188 medidos por el PNUD. Tiene el PIB per cápita más bajo del mundo y una esperanza de vida de 51,5 años. Este país depende casi totalmente de la cooperación internacional para proveer a sus ciudadanos los servicios más básicos, especialmente la alimentación y la salud. Un país de cinco millones de habitantes, con 500.000 refugiados en los países del entorno y más de 680.000 desplazados internos.


Un país dividido, ultrajado y sin trabajo cuyo escudo dice, ajeno al principio de realidad, “Unité, Dignité, Travail”.


Pero no todo son malas noticias. El representante especial de la ONU en este país insiste en que “a pesar de la adversidad, la paz está avanzando en el país y el Gobierno está trabajando arduamente para restaurar la autoridad del Estado y fortalecer las instituciones democráticas”. La República Centroafricana asegura querer hacer de la educación una prioridad nacional, pero parece un objetivo muy difícil cuando no sólo no hay recursos, sino que los diferentes grupos armados atacan las escuelas y hacen de ellas barracones militares o arsenales.


En la República Centroafricana la violencia crea imágenes dantescas de violaciones, machetazos, masacres y ríos de sangre y lodo. Pero también presenta historias increíbles como la que cuenta el periodista Alberto Rojas del obispo cordobés Juan José Aguirre, que mantiene refugiados en diversas iglesias de su Diócesis de Bangassou a 2.000 musulmanes que huyen de las masacres. Es una situación insostenible -sin servicios sanitarios ni alimentos- y extremadamente vulnerable -con milicias rodeando y dispuestas a entrar violentamente en cualquier momento- que sólo la locura de la esperanza mantiene viva.


En ese contexto, nos ha tocado estos días colaborar en la promoción del derecho a la educación en este castigado país. Se trata de avanzar en el objetivo de conseguir una educación básica para todos y sin discriminación de género y de conseguir que las escuelas sean respetada de acuerdo a las leyes de la guerra.


Y en ese contexto, hemos visto cierta esperanza en medio del horror. A esa llama, tal vez un tanto loca, tal vez no muy realista, tal vez no del todo racional, pero sí muy humana, me aferro.

sábado, 17 de marzo de 2018

Medir la felicidad

Hoy escribo sobre Medir la felicidad. Comento el World Happiness Report de este año.


Como la columna debe ser breve, siempre quedan temas fuera. Hoy podría haber reflexionado, por ejemplo, sobre porqué España se sitúa en el puesto 36, por debajo de países más pobres, mucho más desiguales, con mucha mayor discriminación de género (o social o de minorías, sean lingüísticas, nacionales o sexuales), con peor acceso a la salud, con mayor desempleo, con menor esperanza de vida, con mayor desprotección social, con mayor corrupción o que directamente viven situaciones de conflictivo. Curioso, ¿verdad? (Yo tengo mi teoría, pero es de sociología de café, sin fundamento alguno, de modo que la dejo para la charla informal con quien me invite a ese café, que también puede sustituirse por una cerveza o un vino)


Y eso sí: se pueda o no medir, ¡feliz día!










MEDIR LA FELICIDAD




ESTA semana se ha presentado la edición 2018 del Informe Mundial de Felicidad, con su listado que clasifica los países por su grado de felicidad. El País nos habla del “Informe Anual de la Felicidad de la ONU”;El Mundo, del “informe de la ONU”;La Vanguardia, del “informe elaborado por Naciones Unidas”. Otros medios reproducen la nota de prensa de Europa Press que dice “Finlandia es el país más feliz del mundo, según un informe de la ONU”. Todos ellos se refieren a la ONU como autora.


Pero la ONU ni elabora, ni presenta, ni avala este informe. Suele ser necesaria cierta prevención ante titulares del tipo “la ONU dice”, “según la ONU” y similares. Muchas veces son incorrectos. En mis clases animo a los estudiantes a buscar en estos casos la fuente original. Este informe es un estudio privado, de organizaciones muy potentes, pero no de la ONU. Se inició hace unos años para desarrollar un concepto propuesto en un grupo de trabajo de la ONU por algunos expertos a raíz de la propuesta de Bután. A muchos, esta aclaración les puede parecer puntillosa, tal vez lo sea, solo quería despertar su espíritu de sospecha crítica.


El caso es que Finlandia es el primero de la lista, seguido por Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza, Holanda, Canadá, Nueva Zelanda, Suecia y Australia.


El medidor de felicidad recoge algunos indicadores objetivos y otros de percepción, tales como el nivel económico, la esperanza de vida saludable, la generosidad, el apoyo del entorno social, las libertades para gobernar nuestra vida y el impacto de la corrupción.


Algunos refutan que si el suicidio es un extremo opuesto a la felicidad, sorprende que entre los primeros por felicidad haya no pocos con altas tasas de suicidios. Yo iría más al fondo. No voy a cuestionar los indicadores, la forma de integrarlos o los resultados clasificatorios. Simplemente creo que la felicidad no es un criterio que pueda clasificar o dirigir políticas públicas.


Cierto que la Declaración de Independencia de EE.UU. hablaba de “derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Pero el derecho ahí era a perseguir la felicidad, no a disfrutarla: lo primero es una responsabilidad pública, lo segundo es una tarea personal en la que el Estado ni puede ni debe entrar. Lo que corresponde a la esfera de lo público es el establecimiento de las condiciones mínimas de libertad, servicios, igualdad y oportunidades que nos permitan construir nuestra felicidad, si queremos o sabemos. Cómo cada uno la busca y con qué éxito, o si por el contrario con sus decisiones se empeña en alejarse de ella, es algo que corresponde a la esfera de sus responsabilidades personales. Yo prefiero medidores modestos como el Índice de Desarrollo Humano.


Denos a la sociedad las oportunidades de desplegar nuestras capacidades para construir nuestros sueños y déjese que la felicidad cada uno la persiga (o la espante) como quiera.


Por cierto, que sean ustedes muy felices este fin de semana, lo pueda o no medir este o cualquier otro índice.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Luces y sombras de los Paradise Papers

Mi visión sobre los Paradise Papers: el trabajo periodístico por la transparencia y la justicia es imprescindible, pero las formas también son importantes.





LUCES Y SOMBRAS DE LOS PAPELES DEL PARAÍSO







Seguramente usted ha oído ya hablar de los Papeles del Paraíso. Son millones de documentos filtrados sobre cuentas y mecanismos financieros empleados por particulares y empresas en territorios de bajas o nulas fiscalidad y transparencia, con el objetivo de eludir obligaciones fiscales, ocultar patrimonio u otros fines normalmente, pero no necesariamente siempre, ilegales.


La documentación fue entregada a un diario alemán y compartida por éste con un Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. La primera lista de implicados incluye a la Reina Isabel, Bono, Madonna o a empresas como Nike o Apple. Confío en que la justicia de sus respectivos países investigue cada caso y depure las responsabilidades legales cuando las hubiera. Sería bueno también que los ciudadanos fuéramos capaces de premiar a las empresas que tienen buenas prácticas fiscales y sociales, y castigar, desincentivándolos así, abusos.


Llevo años trabajando en organizaciones que denuncian y actúan contra los paraísos fiscales, la corrupción y la opacidad. He escrito al respecto en ocasiones. Me ha tocado cuestionar directamente a varios países ante las Naciones Unidas sobre sus políticas fiscales injustas o ineficientes, y sobre las trampas y las lagunas globales que impiden que los países puedan obtener recursos y dedicarlos a la promoción del desarrollo humano y de los derechos económicos, sociales y culturales de los más desfavorecidos. Conozco el efecto letal de estos paraísos fiscales sobre la democracia en el mundo. Y aún así, qué quieren que les diga, no termino de caer rendido a los pies de esta filtración y, sobre todo, la forma que está siendo gestionada por este consorcio de periodistas, al menos en España.


Y es que la transparencia es un bien demasiado importante como para que sea confundido con un inquisitorial escrache mediático. Y el periodismo crítico y de investigación es un bien demasiado importante como para confundirlo con el chisme morboso y truculento. Lo bueno del sistema judicial y de los procedimientos institucionales internacionales, todo lo torpes y lentos que ustedes quieran, es que hay una cosa llamada presunción de inocencia. Ni usted ni yo podemos ser penados hasta que no quede demostrada nuestra culpabilidad tras un proceso en el que tendremos otra cosa maravillosa llamada derecho de defensa: conoceremos los cargos de los que se nos acusa y podremos defendernos. Ya sé que en tiempos de asaltos a los cielos estas menudencias parecen despreciables, pero siguen siendo la base de una sociedad democrática y de derecho.


En España ha aparecido el nombre del exalcalde de Barcelona. Ver a este señor en televisión ante preguntas sobre un asunto financiero de su padre del que a lo mejor no tuvo responsabilidad ni conocimiento (ni usted ni yo lo sabemos), no me parece el cénit del mordaz periodismo de investigación, sino algo más cercano al macartismo populista. Si hay elementos contra ese señor, apórtense y déjesele defenderse con garantías: me da lo mismo si es del PP, de PDeCat o de Podemos. Si es culpable habrá tiempo de maltratar su nombre todo lo se quiera.


Pero su nombre ya está ensuciado y su sentencia dictada por el tribual de la opinión pública que se parece bastante al Tribunal de Salud Pública de Robespierre. Lo único que le queda ahora al exalcalde es un interminable, indigno e insufrible camino de desmentidos y explicaciones que ninguno de nosotros vamos a tener ni tiempo ni ganas de escuchar de buena fe, ante la tentación purificadora de condenarlo. ¡Y qué decir del morboso placer de hacer pagar a Bono su trayectoria solidaria!


Una persona, por el hecho de ser famosa o político, no pierde sus derechos ni el debido respeto a su nombre y su dignidad. Yo no pongo la mano en el fuego por nadie, ni me interesa la culpabilidad o inocencia de estos individuos en concreto, pero de momento todos nos debemos prudencia. Cuando se confirmara que hay irregularidad o delito yo me sumaré a la crítica, pero hasta entonces ni usted, ni yo, ni ningún periodista tenemos derecho a enfangar ningún nombre.


Se me dirá que una cosa es la legalidad y otra la ética. Sí, así es: todos nos deberíamos exigir comportamientos más elevados que los mínimos establecidos por la ley. Pero un estado de derecho es aquél en el que si cumplimos la ley se nos deja vivir en paz. Hay que ser prudentes a la hora de reclamar a los demás estándares morales por encima de la ley. A los políticos les debemos exigir transparencia absoluta y comportamiento personal correcto y coherente, sin duda, pero no que renuncien a su intimidad y derechos.

viernes, 30 de junio de 2017

Yo me siento con Canadá


Hoy escribo en El Correo y en Diario Vasco un artículo sobre el CETA titulado Yo me siento con Canadá. Espero que os parezca interesante.







Yo me siento con Canadá




Ayer el Congreso de los Diputados aprobó el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Canadá, más conocido como CETA. Es uno de los acuerdos comerciales más ambiciosos hasta la fecha. Se dice que es un acuerdo de nueva generación por la cantidad de temas incluidos y la profundidad técnica y jurídica de su regulación.




Un acuerdo es un equilibrio imperfecto entre lo que las partes ambicionan, lleno de renuncias mutuas e incluso incoherencias, que son el fruto inevitable de una dura negociación. A esto le debemos sumar la complejidad y amplitud de los temas y de los actores involucrados: Canadá es un estado complejo con algunos fenómenos de cosoberanía; sobre la complejidad de la gobernanza europea no es necesario que les insista. Maravillosas complejidades ambas, por cierto, porque responden democráticamente a una historia y a una identidad que no pueden reducirse a un sistema constitucional simple, jacobino, unificado y fácil de entender desde fuera.





Es en esta gigantesca complejidad, llena de incertidumbres, que nos toca navegar asumiendo grandes márgenes de error. Nuestro futuro no cabe en un eslogan negativo y de rechazo. El futuro es mestizo, de soberanías cruzadas, simultáneas, que saltan fronteras, se enredan, entran en conflicto y se fertilizan. El reto es poner cierto orden en esa complejidad para que se promuevan principios básicos que sean universalizables, como los derechos humanos, la protección del trabajador y del consumidor, y el respeto al medioambiente.





Con esos objetivos en mente, este acuerdo es a mi juicio razonablemente bueno, sin dejar por ello de tener innumerables problemas. Lo han negociado nuestros representantes elegidos democráticamente y no ajenos actores sirviendo oscuros intereses que desearan encadenarnos y emprobrecernos. Las negociaciones en la UE suelen tener tanta o más transparencia que la más transparente de las administraciones nacionales y suelen estar abiertos a formas de participación inauditos en la mayor parte de los sistemas nacionales, si bien se trata de temas y procedimientos complejos. Puede usted entrar en la página web de la UE para encontrar, junto a versiones simplificadas accesibles, toda la información original. Ante las toneladas de informes y normas el vértigo es comprensible, pero para eso elegimos a representantes que imaginamos preparados para ello. Algunos de estos parlamentarios se han trabajado los documentos y han explicado sin demagogia su voto según pasaban las diferentes fases del proceso (así lo ha hecho en su blog, por ejemplo, una eurodiputada vasca).





Este acuerdo no reduce derechos sociales o laborales, aunque sería deseable que los proclamara más explícitamente. Tampoco privatiza servicios públicos. No es verdad que se desproteja el sistema europeo de Denominaciones de Origen, de hecho es casi lo contrario lo que ocurre. Es cierto que no se ha conseguido que Canadá asuma la regulación europea, pero esto debería resultar obvio, de la misma forma que Canadá no ha conseguido que Europa incorpore su regulación, porque no se trata de una integración sino de un acuerdo entre diferentes.





Sin duda hay riesgos y costos. Habrá empleos que se pierdan en sectores menos competitivos, pero habrá otros que se creen en sectores que lo son más. Habrá más dura competencia en algunos ámbitos y nuevas oportunidades en otros.





Si el acuerdo es bueno para Europa y para Canadá, podría serlo más aún para Euskadi por su tipo de empresa, industria y servicios, por su identidad y por su cultura institucional. Somos además parte de la historia de Canadá desde que Red Bay o Bahía de los Vascos fuera declarada como primera instalación industrial de norteamérica y un documento vasco el primero de su historia. Nuestra historia común se torna oportunidad de presente. Canadá es un país de soberanías compartidas incluso en el ámbito de la representación internacional y experiencias de bilateralidad. Tiene altos estándares sociales, laborales, medioambientales, de creatividad, conocimiento y tolerancia. Un país con el que podemos compartir, aprender y crecer mucho.





Contra este acuerdo está Marine Le Pen y sus socios europeos: su posición tiene una lógica que comprendo. Pero escuchar a gente de izquierda alegar al principio protección de soberanía nacional para rechazar la gobernanza de la globalización es desconcertante. Ese argumento podría haberlo entendido y compartido Arias Navarro, pero no debería ser un llamado que motive a un joven que tiene que participar en los retos del siglo XXI. Construir el futuro con conceptos clásicos de soberanía es como participar en las redes sociales con una máquina de escribir.





Si hay un político coherente en la batalla de la soberanía nacional y los empleos nacionales frente a la globalización ése es Donald Trump: ha denunciado tratados comerciales, ha salido del sistema global contra el cambio climático y amenaza con hacer lo propio con el sistema de Derechos Humanos.



Entro en el comedor. A un lado de la mesa están los campeones europeos del populismo de derecha y de izquierda con un cartel en que dice con la simplicidad e infalibilidad de lo incorruptible: #StopCETA. En el otro lado están, buscando imperfectos acuerdos, Trudeau, Macron, Merkel y los líderes de la UE con los que tenemos que construir un futuro embarrado de incertidumbres y errores. Yo no tengo duda en qué lado de la mesa busco silla y esforzado futuro para mis hijos.

sábado, 29 de abril de 2017

¿Es la desigualdad económica un mal moral?

Hoy escribo en DEIA y en Noticias de Gipuzkoa sobre este libro que he leído los días festivos de Semana Santa y que, por la razones que cuento en el artículo, me ha parecido interesante, un punto provocador, que desafía algunos lugares comunes con sólidos argumentos. lo tienes en Ediciones Paidós




Te dejo el enlace al artículo en el periódico y, si lo prefieres, el texto copiado aquí abajo:


¿Es la desigualdad económica un mal moral?

Les recomiendo una lectura provocadora y polémica. Es un libro de filosofía moral o política, pero no se asusten, es breve y de fácil lectura. Trata sobre la desigualdad y, en una alarde de originalidad, se titula Sobre la Desigualdad. Lo ha escrito el profesor de Princenton, Harry G. Frankfurt.

Su planteamiento es el siguiente: ¿y si la igualdad económica no fuera un ideal social moralmente imperativo?, ¿y si nos equivocáramos al plantear la igualdad económica como uno de nuestros objetivos fundamentales o como medidor o definidor de la pobreza?

Formular así esta pregunta puede parecer inaceptable, un insultante lujo diletante en una semana en que el Instituto Nacional de Estadística publica que un 22,3 % de la población española (un 9% en la CAPV) está en riesgo de pobreza (un indicador que mide más la desigualdad que la pobreza, corregiría seguramente Frankfurt) o un 5,3% en situación de carencia material severa.

Frankfurt propone abandonar el ideal del igualitarismo como bien moral en sí mismo y tomar en su lugar la bandera de la suficiencia. Lo importante no sería conseguir la igualdad, sino que todos tengamos lo suficiente para vivir una vida buena, digna, con oportunidades para desarrollar plenamente nuestras capacidades, con recursos para satisfacer nuestras necesidades básicas y disfrutar de nuestros derechos fundamentales. A partir de ese punto de suficiencia -o de bienestar- la desigualdad económica no sería moralmente mala en sí misma (aunque, añade el autor, pueda resultar indeseable o incluso inaceptable en ciertos contextos o por otras razones).

Mi enorme desigualdad económica con Bill Gates no supondría en sí misma ningún problema de derechos o de moral, siempre y cuando su fortuna se haya labrado legalmente, sin vulnerar derechos de otros y pague sus impuestos. El problema moral de quienes tenemos suficiente no es de desigualdad hacia arriba pero sí, contestaríamos a Frankfurt, con relación a quienes no pueden tener esas cosas (educación, salud, vivienda, trabajo decente, ocio enriquecedor, recursos de participación social y política) que la mayor parte de quienes leemos esto sí tenemos, es decir, de desigualdad hacia abajo. Pero en este caso estamos hablando de insuficiencia y no estrictamente de desigualdad, nos corregiría Frankfurt.

Frankfurt no niega los males morales de la ostentación y el abuso, pero da la vuelta al discurso habitual. Y es que con frecuencia se asume que la igualdad económica es un bien moral evidente pero se añade que la realidad requiere de cierto tipo de desigualdad para incentivar la actividad y la generación de riqueza. Él voltea el discurso: la igualdad económica no es un fin moral en sí mismo, pero imponer límites a la desigualdad económica puede ser en ocasiones un imperativo moral y político para otro tipo de bienes, como la suficiencia de todos, la salud de la democracia o la igualdad de derechos y libertades, que sí son fines morales en sí mismos.

Al referirse a la suficiencia Frankfurt no se limita a un mínimo vital de supervivencia sino a un conjunto de bienes y servicios que hagan posible una buena vida. A esto le podemos llamar pleno disfrute de los derechos económicos, sociales y culturales, pero Frankfurt no lo hace. Es una pena, creo que su argumentación ganaría hermanándola con un discurso basado en derechos humanos.


Estamos en un mundo en que aumentan las desigualdades entre personas a ambos extremos, sí, pero en el que al mismo tiempo aumentan los elementos de suficiencia para grandes mayorías (educación, acceso al agua, alimentación, salud, esperanza de vida, reducción de la pobreza extrema…). Tendríamos por tanto que afinar más a la hora de hacerle un juicio moral por desigualdad a nuestro mundo en comparación con cualquier otro del pasado (en comparación con un ideal que cada uno tenga es más fácil, eso es cierto). Creo que el libro da suficiente materia para el debate. Les animo a leer el libro antes.

sábado, 14 de mayo de 2016

El mapa de las estrellas

Esta mañana publico en DEIA y en Noticias de Gipuzkoa un artículo en que me sirvo del caso de William Gadoury para reflexionar sobre el mundo abierto en que vivimos (incluso me da tiempo para hacer, en el ultimo párrafo, un guiño cariñoso a las madres sensatas, la mía incluída).

Espero que os guste.



El mapa de las estrellas está abierto

Seguramente conocen ya la historia: William Gadoury es un joven canadiense que a sus 15 años cree haber descubierto la ubicación de una desconocida ciudad maya.

Este chico, que lleva desde los 12 años apasionado por la civilización maya, ha superpuesto mapas de la región a mapas estelares y ha detectado ciertas coincidencias. Si esa relación es cierta, debería haber una ciudad en un lugar determinado de la selva. Imágenes de satélite han comprobado que en ese punto hay formas geométricas que indican actividad humana pasada.

Esas formas podrían corresponder a labores agrícolas recientes, no a una ciudad antigua, nos dicen algunos expertos. Las teorías que relacionan las estrellas con la ubicación de las ciudades mayas son viejas conocidas y han sido ya desacreditadas, nos dicen otros estudiosos. Bien, yo me apunto a rebajar el romántico entusiasmo de las redes. No soy muy dado a mitomanías mayas (quizá por haber vivido en aquellas tierras y haber tenido buenos amigos de etnias mayas). No me atraen los milenarismos ni las quimeras fantásticas sobre estrellas y antiguas civilizaciones: las más de las veces son producto de una mezcla de racismo, oscurantismo y ocioso desconocimiento.

Pero tampoco quiero sin más echar por tierra el atrevimiento de este chico. Lo que me interesa de esta historia es que un tipo de entre 12 a 15 años pueda apasionarse por un tema, investigar, consultar códices y mapas históricos, recabar información de las redes, datos de las agencias espaciales, e incluso solicitar la ayuda la agencia espacial de su país.

Esta historia puede funcionar como fábula de este mundo de 2016 en que un joven con pasión, con ganas, con dedicación, puede acceder, de manera inmediata y gratuita, a fuentes, a contactos y a información que hace tan solo 20 años estaban disponibles, en el mejor de los casos, a los investigadores de las universidades o centros de investigación más elitistas del mundo. Un mundo en que una persona desde el ordenador de su casa puede generar un debate global.

Ahora súmenle, por favor, a esta idea el dato de que, en esos 20 años, el porcentaje de jóvenes analfabetos en el mundo se ha reducido a la mitad y que el número de jóvenes que no acceden a la educación básica se ha reducido a la mitad. El porcentaje de personas con acceso a Internet y a las redes se ha doblado en sólo 7 siete años.

El resultado es que hoy el mundo da más oportunidades cada año a más millones de personas para mostrar sus ideas, para desplegar su talento, para contribuir al conocimiento y al diálogo global. Cada vez más indios, chinos, brasileños, keniatas o tailandeses tienen la oportunidad de competir con su talento, sus ideas y su esfuerzo (y ya no solo con bajos precios de mano de obra no cualificada) con los occidentales que hasta la fecha habíamos monopolizado la información, la educación y el conocimiento.

Éste es un mundo más competitivo para nosotros, menos seguro, más exigente, en que nuestras conquistas se tambalean, en que nuestro sistema y nuestros valores peligran, pero es un mundo más abierto para la mayoría de la humanidad y, por tanto, en ese aspecto tal vez más incómodamente justo.

La BBC ha llamado a la casa de William Gadoury para hacerle una entrevista. Se ha puesto su madre: lo siento pero William no puede atenderles, está preparando los exámenes y no debe distraerse ni ser molestado. No sé si William descubrirá un día algo en la selva mexicana, lo que tengo claro es que de momento está en buenas manos.

sábado, 12 de marzo de 2016

De bosques, dinero y anuros

Hoy publico en DEIA y Noticias de Gipuzkoa un artículo sobre el programa noruego de ayuda por bosques.

Tratándose de bosques y de biodiversidad os amenizo la lectura con unas fantásticas fotos de diversas especies de ranas (o batracios anuros, como sabe cualquier crucigramista dominical) de Costa Rica. Las fotos son de mi buena amiga Laura de Santiago, a la que agradezco su permiso para subirlas aquí.

©LauradeSantiago



http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2016/03/12/mundo/dinero-noruego-por-bosques-brasilenos


 
DINERO NORUEGO POR BOSQUES BRASILEÑOS

La deforestación es uno de los grandes problemas de nuestro planeta. Afecta a la pérdida de biodiversidad, al cambio climático y a la desertificación. Pero al mismo tiempo la deforestación puede ser entendida en ocasiones como un mal necesario en el camino del crecimiento económico de algunos países pobres.



©LauradeSantiago
Por eso desde hace al menos un par de décadas se habla del intercambio de ayuda internacional por conservación de bosques, como fórmula de corresponsabilidad global en un bien común. Si el mundo quiere bosques, se diría, si determinados países del sur deben conservarlos y protegerlos para el bien de la humanidad, entonces el resto de la comunidad internacional, especialmente los países ricos, deberían pagar parte de la factura y contribuir así al desarrollo de esos países a los que se limita el uso de sus recursos naturales.

La idea es buena. Pero como toda solución a problemas complejos tiene aristas y meandros. ¿Cómo garantizar la continuidad de estos recursos aportados por la comunidad internacional y gestionarlos de forma sostenible en el tiempo?, ¿cómo facilitar con estos recursos el verdadero desarrollo humano de la zona y no el simple aumento del presupuesto público sin repercusión en muchas ocasiones en el bienestar de la población local a largo plazo?
 
©LauradeSantiago
 

Noruega es uno de los países líderes en este tipo de proyectos para los que se comprometió, en la Cumbre del Clima de Bali de 2007, a aportar 500 millones de dólares al año.

Noruega ha pagado desde entonces a Brasil cerca de 1.000 millones de dólares para que mantenga sus bosques. Y en este tiempo el resultado ha sido una apreciable reducción de la deforestación en el país. Este buen resultado no se debe única ni principalmente a la iniciativa noruega (sino a las leyes y políticas internas) pero ha ayudado aportando recursos que lo han hecho posible. Esta reducción de la deforestación nos puede parecer insuficiente (incluso debemos reconocer ciertos pasos atrás en los últimos dos años) pero los informes indican el dato cierto de que en el último decenio la deforestación en Brasil se ha reducido en un 80%, mientras que de no haber habido políticas gubernamentales y apoyo internacional habría crecido en torno a un 20%. Tal vez resulte aún insuficiente, pero no todo lo hacemos mal.

Noruega llegó en el 2010 a un acuerdo similar, también por 1.000 millones de dólares, con Indonesia, donde el problema de la deforestación es aún peor. Pero la implementación de esta ayuda se encuentra con serios problemas: hasta la fecha sólo se han abonado 60 de los 1.000 millones. La corrupción es el primero de los obstáculos. Los propios agentes indonesios han tenido que reconocerlo: “sabemos que no es culpa de Noruega, sabemos que la corrupción es nuestro principal problema”.

Noruega está extendiendo el sistema a otros países como Liberia, Guayana o Perú. No, estos acuerdos no son ninguna panacea, no son la solución a los problemas de desarrollo de estos territorios, no son la solución al cambio climático. No, no son perfectos y seguramente tienen contraindicaciones. Pero aún así son un instrumento útil, en conjunción con otros, si se aplican en un contexto de buen gobierno, de instituciones responsables y en un marco de desarrollo humano endógeno, no dependiente, basado en la educación, la salud y en fomentar las capacidades y las oportunidades de la gente.

No, no son ninguna panacea, pero asumiendo sus límites y sus problemas tenemos mucho que aprender de los muchos aciertos y éxitos de este tipo de políticas.


©LauradeSantiago