miércoles, 8 de abril de 2020

Carta 24 o de cómo Papirio Carbón fue decapitado



CARTA EXCLAUSTRADA VIGÉSIMOCUARTA
o DE CÓMO PAPIRIO CARBÓN FUE DECAPITADO


Miércoles, 8 de Abril.

Hace unos días, hablando de Delibes, citamos a Erasmo. Hoy estaba curioseando un libro suyo de adagios (o proverbios, si lo prefieres) y me he topado con uno que me ha hecho pensar.

Se refiere al caso de un noble militar romano, un tal Cneo Papirio Carbón, que fue ejecutado y decapitado por Pompeyo. Un escritor contemporáneo, Valerio Máximo, reprocha a Pompeyo en severos términos “que tú, caballero romano, lo degollaste cuando ejercía alto mando, en contra de todo lo que es justo e injusto”.

En otra edición, veo este texto de Valerio Máximo, traducido así: “Vi a Cneo Carbón, ése que, durante su tercer consulado, defendió con mucho ahínco el bienestar de tu niñez y los bienes de tu padre, atado con las cadenas con las que tú habías ordenado que le cargaran, y jurando que él, que ocupaba la máxima magistratura, había sido ejecutado por ti, un caballero romano, sin que te importara nada ni lo lícito ni lo ilícito”. Con lo que a la injuria se añade la falta de agradecimiento. Se cambia en esta versión el juego legal/ilegal por lícito/ilícito, pero funciona, a nuestro efectos, exactamente igual.

El caso es que Erasmo se pregunta, con razón, si ese juego de reprochar una cosa y la contraria refuerza, como su autor pretende, el argumento o lo debilita. “¿Acaso tiene sentido – se pregunta Erasmo- decir que fue un atentado injusto el cometido en contra de todo lo injusto?”. A veces sumar palabras gruesas y concatenar acusaciones es contraproducente. Una serie de argumentos es como una cadena: tan débil como el más débil de sus eslabones y, por lo tanto, no más fuerte cuanto más larga, sino probablemente lo contrario.

Este adagio me ha hecho pensar en los problemas de algunos argumentarios y reproches que estamos viendo estos días.

Ya vimos en su día que a veces se nos ve el plumero. Si atacamos a un agente político por una cosa y por la contraria, se hace evidente que no tenemos criterio, lo que tenemos es un prejuicio.

Lo estudiamos en el caso de los laboratorios o multinacionales farmacéuticas. Hemos visto que hay quienes un día se hacen eco de acusaciones contra los laboratorios por tener la vacuna y no compartirlas para hacer así más dinero, y al día siguiente los mismos sujetos acusan a los mismos laboratorio de no tener esas mismas vacunas por la sencilla razón de que no les daría dinero. Bueno, el caso es que usted tiene un prejuicio -los laboratorios son culpables- y adapta cualquier argumento a su idea preconcebida.

Por cierto, ayer mismo el periódico DEIA entrevistaba a Ignacio López Goñi, catedrático de microbiología y divulgador científico, y le preguntaba precisamente por esto: “Las farmacéuticas son diana de los bulos. ¿En ese momento solo miran por sus beneficios?” Su respuesta: “En mi opinión, e igual soy un canelo, sí nos están apoyando. Estos problemas globales, o se afrontan desde un punto de vista de colaboración público-privada en distintas instituciones o no salimos. Las farmacéuticas pensarán en sus beneficios, pero sus beneficios hoy redundan en todos. De esto no nos va a sacar un gobierno. Un partido político o una institución, sino la ciencia y la colaboración”. Es esta respuesta hay un derroche de dos cosas importantes: modestia y prudencia intelectual (sabe mil veces más de ese asunto que cualquier de nosotros y sin embargo no pretende tener la respuesta total, completa, válida y única: en mi opinión, igual soy un canelo...) y el sentido de la mesura (no se trata de que las farmacéuticas sean el diablo o Santa Teresa, sino de que todos trabajemos, desde nuestros intereses, juntos de modo complementario y constructivo).

Otro ejemplo de criticar lo mismo por lo justo que por lo injusto, lo vimos con VOX, que un día reclama su derecho a organizar un acto y días después reprocha al gobierno no habérselo impedido. Pero lo más divertido es que ayer mismo informó de su intención de saltarse las normas de limitación de aforo del Parlamento. Es decir: el gobierno es culpable si impone límites, por ponerlos, pero lo es igualmente si no los impone, por no hacerlo. De nuevo se nos ve el plumero, lo que revela este tipo de lógicas es el prejuicio previo: cualquier cosa que haga el gobierno será un error, su contraria, también.

Eso dos ejemplos, correspondientes a corrientes ideológicas distintas, ya los habíamos citado en cartas anteriores. Pero los recuerdo hoy dado que nos sirven para acercarnos a dos debates que se presentan ahora.

La primera polémica muy delicada y quiero manejarla con el máximo respeto. Es la referente a las visitas a las personas que están en hospitales y en la UCI, especialmente, en situaciones terminales. Es importantísimo que reciban la visita de sus seres queridos se dice. Es injusto que deban morir con esa sensación de soledad, de indiferencia, de abandono, en lugares extraños, sin ver a nadie conocido, sin si quiera un rostro real tras las máscaras y trajes de protección. Debería facilitarse la visita de familiares.

Bien, aquí hay un temazo, sin duda. Un dilema. Yo, adelanto, no tengo respuesta clara. Ante una situación de riesgo de colapso de las UCI, ante un personal desbordado y atacado por el estrés, por las bajas y por la falta de material, ante una situación de confinamiento general para evitar todo contagio, se ha decidido eliminar ese tipo de visitas. Entiendo los motivos y entiendo el coste, pero no soy capaz de hacer una contabilidad exacta de riesgos y beneficios, de males y bienes en conflicto. Es un dilema que no acepta enfoques simplistas. Lo que no me parece de recibo es que alguien cuelgue por la mañana un comentario o un texto en que denuncia que el personal sanitario no cuenta con material de protección, que está desbordado y que culpa a las autoridades de poner así en peligro su salud, y que por la tarde proponga que los familiares puedan hacer visitas para las que requieren del uso ese mismo material que sabemos es limitado: a todos nos gustaría que ambas cosas fueran posibles, pero en el mundo real no lo son, de modo que hay que hacer un balance entre dos males. Eso es exactamente un dilema. Un dilema es un problema que no tiene, por definición, solución limpia ni bonita.

Un problema ordinario, puede tiene una solución. Si identificas un mal a evitar y un bien a perseguir, puedes optar por el bien. Asunto resuelto. En un dilema tienes que optar entre dos males. Claro que si la decisión no la tenemos que tomar nosotros, podemos permitirnos por la mañana criticar una cosa y por la tarde la contraria. Podemos criticar a Pompeyo por haber procedido contra todo lo justo y contra lo injusto.

Piensa por ejemplo en la polémica levantada sobre la posibilidad del seguimiento por parte de las autoridades de nuestros datos móviles. De nuevo un dilema. Puedes optar por cualquier opción: por primar el interés de la salud pública o el interés del derecho de la privacidad. O por una combinación atemperada y condicional, casuística, de cada principio en juego, vale. Lo que no puedes hacer es trampa: alguno que lleva días diciendo que tenemos que seguir el ejemplo de China y de Corea, pero de pronto se indigna por la posibilidad de acceso a nuestros datos, que es lo que chinos y coreanos han hecho con su población. Estaremos entonces criticando al gobierno por todo lo justo y lo injusto. Por no hacer como China y Corea pero por querer hacer como China o Corea.

Ya lo advirtió Erasmo, esa táctica no refuerza tu posición, sino que la debilita. Esa táctica no nos hace aparecer como espíritus críticos, sino que nos desvela como simples criticones. Ser crítico y ser criticón son cosas muy distintas. Ser crítico es tener criterio propio. Ser criticón es no tenerlo y empeñarse en que se sepa.

Sería bueno por tanto que criticáramos al gobierno por lo injusto y lo alabáramos por lo justo. Aunque eso debería pasar, primero, por saber en este contexto endemoniado qué es justo y qué es injusto. Yo me quedo en el equipo de López Goñi: un “creo”, un “en mi opinión”, un “si no me equivoco” en cada frase es necesario. Los políticos o los opinadores que creen que saben con seguridad, no nos sirven, sean de derecha o de izquierda, sean de los míos o de los tuyos.

Se equivocan, como vimos en otra carta que decía Sócrates, doblemente: primero por ignorar, segundo por ignorar que ignoran.

Y la lectura de hoy: Adagios del poder y de la guerra, de Erasmo.

martes, 7 de abril de 2020

CARTA 23 o DE DERECHOS QUE SON DEBERES Y DEL VIEJO QUE CERRANDO LOS OJOS NOS HIZO VER


CARTA EXCLAUSTRADA VIGESIMOTERCERA
o DE DERECHOS QUE SON DEBERES Y DEL VIEJO QUE CERRANDO LOS OJOS NOS HIZO VER


Martes, 7 de Abril.


Estos días se habla mucho de Derechos Humanos. Se habla del derecho a la salud o del derecho a las prestaciones sociales. Surgen polémicas sobre cómo determinadas medidas en el marco del estado de alarma afectan a los Derechos Humanos: ¿en qué circunstancias puede la autoridad confinarnos contra nuestra voluntad?, ¿puede el gobierno controlar nuestros teléfonos y movimientos afectando a nuestra intimidad o nuestro derecho a la privacidad?

Cada una de esos dilemas habrá que afrontarlos caso por caso, con un equilibro muy fino entre la necesidad pública y los derechos individuales. En mis clases en la American University dedicamos toda una semana cada curso a las limitaciones (o restricciones) y otra semana entera a las suspensiones (o derogaciones) de los derechos humanos. Cada una de esas semanas estudiamos decenas de artículos académicos y comentamos decenas de casos concretos. Estoy seguro de que el curso que viene podremos actualizar el listado de lecturas y de casos a debatir con todo lo que estamos viviendo estos días.


Muchos emplean el discurso de los derechos humanos para justificar demandas que pueden ser políticamente legítimas, pero no necesariamente propias del ámbito de los Derechos Humanos. No siempre es fácil distinguir lo uno de lo otro, pero sí muy necesario.


Otros emplean el discurso de los Derechos Humanos como si fuera una catálogo de únicamente de demandas incondicionales y otros, como reacción, sospechan que sería necesario acompañar al discurso de los Derechos Humanos con un discurso de deberes ciudadanos. ¿Es eso razonable? La pregunta sería: ¿debemos complementar el discurso de los Derechos Humanos con un discurso paralelo, complementario, de deberes humanos o deberes cívicos?


Mi respuesta es que sin duda los Derechos Humanos son parte de un contexto más amplio que incluye deberes ciudadanos. No estoy diciendo que los derechos sean condicionales al cumplimiento de obligaciones. Todo lo contrario, los derechos humanos lo son a pesar de que uno no cumpla sus deberes. Pero que, en ese sentido, sean incondicionales, no quiere decir que sean un absoluto aislado de un marco superior que les da sentido y los hace posibles. Y es que no puede existir una sociedad de derechos sin una sociedad de deberes ciudadanos.


Y eso no lo digo yo. Lo dice quien debe decirlo: la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.


Si yo pregunto cuál es el artículo más importante de la Declaración lo más probable es que se me conteste que el artículo primero. Al menos es el más conocido. Es aquel que dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. ¿Te suena? Estoy seguro de que lo has oído y leído mil veces.


Pero el artículo hay que leerlo entero:
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”
Este artículo es hijo de diversas tradiciones culturales y de diversas revoluciones intelectuales y políticas. Es hijo del humanismo cristiano y de la ilustración, hijo de Israel y de Grecia, hijo de Roma pero también de las tradiciones orientales que el miembro chino, Chang, se ocupó de reivindicar, es hijo de las revoluciones francesa y norteamericana pero también de las tradiciones del cercano oriente que el maestro Malik, del Líbano, representaba.

Es hijo de todas esas tradiciones pero las supera.


Por ejemplo, la idea de nacer libres e iguales parecía evidente a los padres de la constitución norteamericana, pero era ajena a espíritus tan enormes como los de Sócrates o Platón. Y para los padres de la constitución norteamericana este nacer libres e iguales era evidente… cuando de varones y blancos se trata, es evidente.


Este artículo hay que leerlo como un conjunto completo, no una suma de elementos que funcionan por separado. Es una frase sin punto, ni siquiera un punto y coma.


Como nacemos libres e iguales tenemos la misma dignidad y derechos, sí, pero, atención, como estamos dotados de razón y conciencia, no sólo tenemos derechos, tenemos deberes: el deber de comportarnos fraternalmente los unos con los otros. Ese concepto de fraternidad, heredero claro de la revolución francesa, bien podría hoy traducirse por solidaridad, si lo prefieres.


Es todo uno, un conjunto dotado de sentido histórico, lógico, político y jurídico: somos libres e iguales, con dignidad y derechos, y como además tenemos razón y conciencia, es igualmente evidente que tenemos deberes.


Esos deberes son hoy quedarse en casa o trabajar en los sectores prioritarios. Esos deberes son comportarnos con decencia y respeto ante quienes nos rodean. Es no hacer trampas, no pasarme de listo. Incluso estando encerrado en casa esos deberes pasan al menos por no mentir, no inventarse mentiras en las redes sociales y no difundirlas. Deber es no expandir bulos ni odios. Es ser constructivo y ayudar en lo que cada uno pueda o le toque.


Esto es maravilloso: la Declaración Universal no te considera un mero sujeto de derechos, te considera un actor responsable, libre, dotado de razón y conciencia al que se debe exigir un comportamiento fraternal. Es maravillo. La Declaración Universal no te considera un menor de edad, ni un débil o un pusilánime o un incapaz o un irresponsable: te considera una persona con deberes.


Así que la próxima que te vuelvan a presentar una versión de la Declaración Universal descafeinada, como para niños de primaria, por favor álzate como persona libre y dotada de razón, conciencia y, consecuentemente, deberes.


Parafraseando a Kennedy, no se trata sólo de preguntarse qué puede la Declaración Universal hacer por mí, sino también qué podemos hacer todos por la Declaración Universal o por los Derechos Humanos de los demás. Eso es ser una persona verdaderamente comprometida con los Derechos Humanos.     


En mi trabajo uno tiene la oportunidad de conocer a grandes personas. En la historia que quiero comentarte ahora se mezclan tres grandes.


Fue hace más de 10 años. Era la primera edición del Premio UNESCO – Bilbao para una Cultura de los Derechos Humanos. Como director de UNESCO Etxea me tocaba asegurar que hubiera buenos candidatos que proyectaras el premio. El presidente de UNESCO Etxea, Ruper Ormaza, me pidió que llamara al gran Federico Mayor Zaragoza, al que alguno de mis alumnos han conocido este año en su conferencia de Deusto Forum. Don Federico me respondió sin duda, de una forma directa: Stephane Hessel era su candidato.


Stephane Hessel tenía entonces 92 años. Había sido poeta y bohemio. Miembro de la resistencia y encerrado en dos campos de concentración donde fue condenado a muerte y escapó. Luego fue secretario de la primera Comisión de Derechos Humanos, la que redactó la Declaración Universal. Secretario de aquel grupo de gigantes, Eleanor Roosevelt de Estados Unidos, René Cassin de Francia, Charles Malik del Líbano, John Humphrey de Canadá, Peng Chung Chang de China o Hernán Santa Cruz de Chile, que encontraron aquella fórmula preciosa de ser libres e iguales y tener deberes de fraternidad. Luego trabajó por la descolonización, por la democratización de la ONU, contra el racismo en el mundo y en su país… y en mil batallas que no le hicieron perder nunca la esperanza ni la sonrisa.


Recuerdo que, revisando documentación histórica de la ONU, descubrí que él había estado en varios grupos de trabajo de un asunto que no consiguió consenso global hasta décadas después. Las recomendaciones de aquellos informes que él firmó se perdieron en algún cajón durante años. Yo le pregunté cómo se podía mantener la esperanza y la ilusión tras tantos fracasos: “¿Fracasos? - me contestó entre risas como divertido por mi corta visión- si ahora eso parece normal es porque hace 50 años lo tuvimos que fracasar muchas veces. No fue ningún fracaso. Fue parte del camino”. Todavía recuerdo sus palabras cuando lo necesito.


Stephane Hessel se hizo luego famoso por aquel librito titulado Indignaos, que de alguna forma ayudó a conformar el espíritu de lo que luego fue el 15 M.


Ruper Ormaza y yo tuvimos la oportunidad de conocer a Stephane Hessel personalmente y volvimos a vernos quizá tres o cuatro veces más antes de que falleciera.


Stephane Hessel fue un modelo de vivir intensa y plenamente una vida por los derechos humanos, de ejercer sus deberes ciudadanos con responsabilidad, alegría contagiosa y una vitalidad que a sus noveintaytantos seguía siendo juvenil


Stephane Hessel fue criado en esa Europa políglota y sin pasaportes de la que habla su tocayo Stefan Zweig en El mundo de ayer. Fue un hombre que cultivó la memoria y la poesía. Varias veces le oí contar cómo en los campos de concentración, sin libros, se iban recitando de memoria poesías y citas. Lo cuenta en su libro de memorias.


Él estaba orgulloso de su memoria. Creo que la última vez que le vimos fue en un evento de celebración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el Palais Chaillot de París. Ante el Ministro de Exteriores francés y un grupo de amigos, en el exterior de Palacio, antes de comenzar el evento oficial, Stepahn Hessel se subió sobre una tarima improvisada y sonrió. Como si fuera una señal la gente calló. Hessel cerró los ojos. Nadie se atrevió a romper esos breves segundos de silencio antes de que la voz de Hessel empezara a recordar, de memoria: Considérant que la reconnaissance de la dignité inhérente à tous les membres de la famille humaine…


Al principio en bajo, poco a poco su voz entrenada en la declamación, el teatro, las tribunas y los eventos públicos y callejeros fue subiendo el tono y la intención. Nos recitó los ocho párrafos del Preámbulo de la Declaración. Con los ojos cerrados, su memoria intacta nos conectaba directamente con aquel grupo de gigantes al que él, como jovencísimo secretario, había servido. Fue el momento en que más cerca estuve de tocar la historia con mi mirada.


Enemigo de todo formalismo y grandilocuencia, cuando terminó de declamar, nos miró… y se rió con una risa limpia, sencilla y joven.


Hoy quiero recomendar tres libros de memorias: El mundo de ayer, de Stefan Zweig, y Mi baile con el siglo y En resumen… o casi, de Stepahne Hessel.

lunes, 6 de abril de 2020

Carta 22 o SOBRE SI MERKEL TIENE SU PARTE DE RAZÓN




CARTA EXCLAUSTRADA VIGESIMOSEGUNDA

o SOBRE SI MERKEL TIENE SU PARTE DE RAZÓN







Lunes, 6 de Abril.


Estamos ante una semana clave para conocer la reacción de la Unión Europea ante la crisis del Coronavirus.



La Unión Europea podría haber hecho en estas primeras semanas más y más rápido. Muy cierto. Pero no es cierto que no haya hecho nada. Y tampoco está claro qué es eso de más que debería haber hecho, al menos yo no lo tengo tan claro.



La Unión Europea tiene sus funciones establecidas por los Tratados y, también en cierta medida, por la práctica, los usos y las lógicas de la realidad política que se adaptan a cada institución de forma diferente. Si queremos conocer y juzgar el quehacer de la Unión Europea en estas primeras semanas de coronavirus debemos hacerlo sobre la base del estudio de sus poderes.



Estas semanas los gobiernos han decidido gestionar esta crisis sobre el eje de los poderes estatales y para ello han optado por instrumentos de soberanía clásicos. El estado de alarma es un buen ejemplo. No es una crítica, es una constatación.



Ahora, tras haber tomado las decisiones, buscamos a la Unión Europea para que colabore en la financiación de la crisis pero no la queremos en la toma decisiones sobre su gestión. La Unión Europea como espacio de financiación. De nuevo, no es una crítica, es una constatación. Pero me temo que esa lógica: toma de decisiones en sede nacional y reclamaciones financieras a nivel europeo, aún siendo, por supuesto, posible y legítimo, también tiene sus limitaciones que es justo reconocer. Es un mecanismo de difícil encaje, lógico que chirríe y necesite de mucho aceite.



No hemos pedido a la Unión Europea que lidere la toma de decisiones sobre cómo luchar contra el conoravirus. Hemos limitado su papel al de observador primero y financiador después. Ni siquiera hemos confiado en la Unión Europea para centralizar compras de material o para su organizar su producción a escala europea. Hemos confiado en las estructuras del Estado para ello. Tampoco la hemos dejado liderar los programas de investigación que quizá podrían también haberse hecho mejor con mayor dimensión desde el nivel comunitario.



Los Estados no han permitido que la Unión Europea asuma decisiones clave. No han permitido que sea el espacio para discutirlas y establecer criterios más o menos concertados que luego cada estado o cada región pueda adaptar según sean sus necesidades, capacidades y tiempo. La Unión Europea podría, por ejemplo, haber dado recomendaciones sobre los criterios básicos que requieran una visión más amplia que la estatal. Los Estados no han permitido que la Unión Europea establezca los criterios siquiera de información o de estadística: cómo contabilizar los contagiados y los muertes de una forma uniforme de tal manera que los resultados, los datos y las cifras, sean si quiera comparables y consecuentemente puedan darnos pistas útiles.



La Unión Europea -la Comisión especialmente, pero el Parlamento tampoco se libra- no ha tenido la grandeza, la visión del momento, para dar un paso adelante allí donde su mandato se lo podría permitir: establecimiento de criterios unificados estadísticos, por poner un ejemplo, que puede parece menor pero tiene una dimensión extraordinarios efectos. Hoy no podemos comparar los datos de Alemania con los de Francia ni estos con los de Italia o España. Así que ni siquiera estamos muy seguros de qué lectura hacer de los avances de cada cual. Así es difícil si quiera aprender unos de los errores o aciertos de los otros.



Ante esta situación de invisibilidad de la Unión Europea, entre todos (estados, medios de comunicación, opiniones públicas y, con especial responsabilidad o culpabilidad, las propias instituciones comunitarias) hemos reducido el papel de la Unión Europea al de ser caja común.



El dinero es importante, sin duda. El Euro es uno de los grandes proyectos europeos. Pero no es el único. El Euro es un instrumento, no el centro, el principio y el fin del proyecto político.



La Unión Europea ha asumido en todo caso, para su vergüenza, con complacencia esta limitación de su papel al de la financiación. No es cierto, sin embargo, que no haya hecho nada en este ámbito. Si queremos conocer las medidas tomadas hasta ahora podemos estudiar el plan de préstamos o las ayudas al desempleo.



Quedan aún varias peleas. Entre ellas, la más famosa, la de los coronabonos o la emisión de eurobonos o, el asunto central en juego, la mutualización de la deuda.



Pero en todos estos casos hablamos de las condiciones para acceder a la hucha no de un debate para decidir qué o cómo se gastan los fondos, es decir, seguimos limitados a la financiación. Asumimos todos que el resto, es decir la decisión del gasto y sus condiciones, le compete a cada Estado. En general parece que ese parecer se acepta con naturalidad como lógico. Yo no lo veo así.



El problema de fondo es que estamos todos dando una respuesta únicamente nacional o estatal a un problema global y regional (europeo) . Pedir dinero no lo va a resolver. Hablar en Bruselas sólo de financiación no va a salvar a la Unión Europea.


Esta semana tenemos dos grandes momentos. Mañana es la reunión del Eurogrupo. Después un Consejo Europeo. Publico esto antes de que se den la reuniones, así que nada sé sobre sus resultados. Confío en que se den pasos de corresponsabilidad, pero los preveo muy limitados por problemas de fondo que no están bien identificados.



No basta con hablar de rivalidad entre norte y sur, como si fuera un problema de buen rollito. No basta con pintar a alemanes y holandeses de insolidarios o de indiferentes. Hay que esforzarse un poco más en el nivel de la crítica.



¿No te parece que pensar que los países del sur tienen toda la razón y los del norte se deben llevar todo el reproche por insolidarios es sospechosamente simplista?, ¿no será la cosa un poco más compleja?



Hablamos de eurobonos, de coronabonos y de mutualizar la deuda. Curiosamente algo que estamos encantados todos de hacer con quien tienen mejor rating crediticio y menor déficit que nosotros, pero que ninguno de nosotros – ni alemanes, ni holandeses, ni españoles, ni griegos, ni italianos- estamos dispuestos a hacer con otros con menor capacidad de modo incondicional y sin control.



Aquí esta la madre del cordero: la mutualización de los bonos y el somentimiento o no a ciertas condicionalidades que se establecen en otros paquetes de ayuda o financiación. Esto ofende mucho, incluso a quienes se creen europeístas, como si toda condición fuera una humillación nacional. Una cosa es aceptar que hay ciertas condiciones que pueden no ser aceptables o adecuadas al momento: en ese caso, negóciense las condiciones adecuadas al momento y circunstancia. Pero no se trata de condicionalidad sí o no, buena o mala per se, sino de qué condicionalidad estamos hablando.



Cuando se comparte un riesgo, cuando se paga algo a escote (aunque sea indirectamente, como es el caso, por medio de compartir condiciones de emisión de bonos), es muy lógico que se compartan también unas normas, unos criterios, unas exigencia mutuas. No tiene nada que ver con que Merkel nos caiga mejor o peor, sino con el hecho de respetar el ámbito de su responsabilidad ante sus electores, de respetar su mandato.



Esta cuestión no se arregla en una reunión del Eurogrupo. Esto es más complejo. Esto requiere que los ciudadanos europeos tomemos decisiones políticas más profundas.



La situación actual es también una oportunidad: dado que esta situación es insostenible hay que hacer algo. Percibimos que Europa no aporta demasiado en esta crisis y eso nos obliga a movernos y decidir: ¿queremos más Europa con mayores poderes para que en el futuro pueda hacer más o, por el contrario, queremos menos Europa -como Boris Johnson o Le Pen- para ser más libres y soberanos?



Más Europa supone menos soberanía nacional y, por lo tanto, mayores condicionalidades (en el sentido más amplio y menos técnico de la palabra). Menos Europa supone más libertad, menos condicionalidades, pero menos pasta comunitaria.



Todo junto, más pasta germana y más soberanía nacional, no se puede. Ni se debe. Merkel hace muy bien en dejarlo claro.

domingo, 5 de abril de 2020

CARTA VIGÉSIMO PRIMERA o DE DOMINGO DE VERMOUTH Y HIEROFANÍA



CARTA VIGÉSIMO PRIMERA o DE DOMINGO DE VERMOUTH Y HIEROFANÍA







Domingo, 5 de abril.


Hoy es domingo. Domingo de Ramos. Hoy se conmemora en el calendario cristiano la entrada de Jesús en Jerusalén, montado sobre un pollino de asna.



Y es, por lo tanto, buen día para pensar en tirar al suelo las mesas de los cambistas y usureros que convierten nuestro espacio púbico en “una cueva de ladrones”. O un día para pensar qué significa hoy, en pleno confinamiento de primavera de 2020, ese creer en la luz, para ser hijo de la luz.



Estoy sentado en el balcón. El sol pega desde las 9. A esa hora se eleva sobre los muros de la iglesia que tengo enfrente y aguanta hasta las 11 y media aproximadamente, en que se escapa ladeándose hacia el oeste, para darse a otros vecinos. Me voy arrinconando más y más en una esquina del balcón y la línea de sol se va estrechando hasta desaparecer. He colocado una buena silla con cojines en ese rincón, que estos días soleados aprovecho como si fuera primea línea de playa, con mi café y mis lecturas o mis notas de trabajo.



En el balcón contiguo la puerta del salón está abierta y me llegan ecos de la misa televisada que mi devota vecina escucha ahora que el encierro le impide acudir a su cita. Hace unos días, cuando aún podíamos salir, nos cruzamos por la calle y le dije, con más cariño que teología, que estaba seguro de que Jesús se haría cargo de la situación y que se cuidara de no ir a misa. No conseguí escandalizarla por mi atrevimiento, ni menos aún hacerla cambiar de opinión, pero al menos sí que se riera conmigo.



Es domingo… se me ha quedado esta frase truncada. La asociación de ideas me ha hecho recordar que tengo por ahí una botella de vermouth y aquí estoy de vuelta, con una copa a mi lado.



Este domingo he recordado a una persona que me explicó lo que significaba la palabra hierofanía, es decir, la presencia de lo divino, sea lo que sea eso, en lo humano según distintas tradiciones. Era su forma de referir aquellos momentos de alegría, de magia, de amor, que vivimos en tiempos de guerra y masacres. La luz en la oscuridad. Ella era entonces una religiosa joven en la selva. Hoy es una autoridad en el Vaticano. Pero su corazón sigue siendo de selva y de vida, ni de latines ni de jerarquías ni de piedras, por muy bellas que éstas sean. Su sonrisa y su voz siguen siendo, también, las mismas.



Ella me enseñó muchas cosas. O mejor aún: me enseñó pocas pero muy profundas. Me enseñó qué era el compromiso, qué cerca está a veces el escándalo de la discreción. Me enseñó la fuerza de lo pequeño y su poder. Me enseñó a mirar el horror con esperanza y sin perder la alegría interna. Me enseñó la diferencia entre la resistencia y la pose. Me enseñó que nunca sabes cuándo y cómo te topas con tu hierofanía, pero que en tu mano está estar abierto para recibirla y gozarla. Mi hierofanía, ahora lo pienso, fue ella.



Hoy me envía un audio desde Roma. Y me recuerda los días “cuando aprendimos a crear una resistencia creativa”. Y te juro que a ningún otro le escucharía hablar de “resistencia creativa” sin pensar en palabras gastadas y vacías, pero en su voz se llenan de sentido recuperado. Y por supuesto que no merezco esa primera persona del plural con la que en su generosidad me regala la idea de que en algo yo pude colaborar. Pero también los regalos hay que saber recibirlos y gozarlos, aún sin merecerlos.



Recuerdo mi 29 cumpleaños. En un río amazónico. El calor húmedo que todo lo empapaba. Recuerdo pasar los controles de paramilitares y de guerrilla. Recuerdo una comunidad a la orilla. Y al anochecer, cuando se enteraron de que era mi cumpleaños, salió el alcohol fino de contrabando y la música a todo volumen y aquello se convirtió en una pista de baile de tablas de madera sin pulir sobre pilonas en el barro. Y, sobre todo, su risa. Y su intento, fracasado por supuesto, de enseñarme a bailar vallenatos con un poco de gracia. Y creo que jamás un cumpleaños me resultó tan maravilloso, mágico y extraño.



Y vuelvo a su audio: “...cuando aprendimos a crear una resistencia creativa con mucha ternura, con mucho cariño. Y pienso que eso nos salvó en medio de la situación difícil en la que vivíamos.” Y en su voz todo adquiere una profundidad inédita, de vez primera. El amor como salvador de la crueldad, de la venganza, del odio, de la victimización, del rencor que te muerde y te pudre el alma.



Y termina: “yo pienso que estos momentos también nos va a salvar el amor”.



Hoy no quiero acumular palabras ni recomendar ningún libro.

sábado, 4 de abril de 2020

CARTA 20 o SOBRE EL CONOCEDOR AL QUE LE ROBAN MASCARILLAS EN UN AEROPUERTO TURCO




CARTA EXCLAUSTRADA VIGÉSIMA O SOBRE EL CONOCEDOR AL QUE LE ROBAN MASCARILLAS EN UN AEROPUERTO TURCO






Sábado, 4 de Abril.


En los tiempos en que yo empezaba a interesarme por el ecologismo ya se manejaba el eslogan ése que dice “piensa global, actúa local”. El eslogan es tan viejo como el propio ecologismo, supongo. Y sin embargo resulta hoy más actual que nunca.

Esta crisis es global y por lo tanto no podemos ni entenderla ni combatirla si no es globalmente. Por eso es necesario mirar el escenario internacional. Por eso es necesaria la cooperación internacional.

De hecho yo insistiría en que los medios de comunicación deben reforzar ahora las noticias internacionales. La única forma de entender bien lo que sucede en nuestro país o en nuestra ciudad es conocer lo que pasar en Francia, en Irán o en México.

Mira uno los debates políticos de nuestro entorno y resulta que parece que sólo en nuestra comunidad autónoma o en nuestro estado pasan cosas “que no pasan en el mundo entero”, por ejemplo, que la pandemia nos ha cogido sin suficiente preparación o que nuestros sistemas sanitarios se estresan o incluso se pueden llegar a colapsar en determinados momentos o que hay que improvisar soluciones chapuceras o que no llega el material de protección donde se necesita o que no hay test suficientes o que no sabemos si las mascarillas van a resultar o no de uso generalizado los próximos meses. Bienvenidos al mundo: es exactamente lo que están pasando en diversas medidas, con distintas particularidades locales, en todos los países del mundo. De hecho a día de hoy no sabemos si quienes han tomado medidas más drásticas en tal sentido o los que han relajado el control sobre tal otro aspecto acertarán o no.

Las noticias de la sección de internacional constituyen hoy un servicio público de primera necesidad. Sí, más que el suministro de papel higiénico. Se me ocurren formas de superar esta crisis sin papel higiénico, pero no las encuentro sin acceso a información de calidad. Los informativos deberían dedicar al menos tanto espacio a lo internacional como a lo local: no podemos entender lo segundo sin lo primero.

En este contexto la cooperación internacional cruzada deviene de pronto clave. La cooperación tradicional, es decir, la sanitaria o la humanitaria, es importante. Estamos viendo cómo los países comparten mascarillas o incluso equipos médicos. Pero eso, me temo, no ha hecho más que comenzar. Si la pandemia avanza, como todo parece indicar, a igual ritmo en países de América o África que en Europa, el desastre, el número de muertos o el colapso del sistema sanitario puede ser mucho mayor. Será el momento entonces de comprobar si realmente hemos aprendido algo aplaudiendo en el balcón a las 8 o era sólo un entretenimiento para distraernos un rato.

Pero la cooperación internacional que necesitamos vaya más allá de esa visión clásica. Estamos a las puertas de entender una nueva dimensión de la cooperación: la que comparte no sólo recursos materiales, sino la que comparte conocimiento, información, saber científico y tecnológico. Será la cooperación característica y más importante en los tiempos de la inteligencia con valores de la que hablábamos en la carta décima. Enviar 100 millones de mascarillas o 1.000 respiradores de UCI es fantástico, pero es más importante compartir lo que sabemos sobre qué es el coronavirus y cómo enfrentarlo.


Pero de nada nos servirá esta visión global -pensar global- sino actuamos en lo local.

Actuar local significa mil cosas. Significa quedarse en casa los que tenemos que quedarnos. Significa que tenemos que ayudar a los que tenemos en nuestro entorno, o al menos algo tan sencillo como ser amables con los que tenemos al lado. Significa mantener la distancia social y cumplir todas las recomendaciones de nuestras autoridades sanitarias. Pero significa muchas otras cosas.

Mira tu barrio, tu pueblo, tu ciudad. Todo cerrado. Será nuestro actuar local el que vuelva a abrir tiendas y comercios locales. Si compramos en plataformas globales que tributan en Irlanda o en las Islas Caimán, ¿porqué nos quejamos luego de que no hay puestos de trabajo decentes en nuestra zona o no hay presupuesto para sanidad en nuestro país? Lógico que no haya ni lo uno ni lo otro. Ni los puestos de trabajo interesantes ni el presupuesto de sanidad los crea el gobierno: los creamos nosotros. Somos todos nosotros como consumidores los que decidiremos el paisaje de nuestras ciudades. Y el paisaje de nuestros campos, ¿te interesas por saber de dónde vienen los huevos que consumes, o la leche, o la fruta, o la carne?, ¿quién los produce, cómo, en qué condiciones?, ¿y dónde se produce la ropa, en qué condiciones?

Es nuestro comportamiento el que influye en el tipo de trabajos que aparecerán en nuestro entorno y el que determinará que la próxima generación sólo pueda acceder a trabajos de transportista de Amazon o de camarero para servir la consumición a los turistas chinos.

No es lo mismo que tu banco sea una multinacional o una entidad local. No es lo mismo que tu supermercado sea una cooperativa local que una multinacional del sector.

Consumiendo local la próxima generación podrá tener labores de ingeniería o gerencia o creatividad. Trabajos interesantes y bien pagados. Nuestras administraciones podrán cobrar impuestos y prestar buenos servicios. Si tenemos sedes de industrias potentes eso crea un entorno de servicios potentes, de atracción social y cultural. Si consumes en un supermercado francés y tu banco es holandés, ¿porqué te quejas de la fuga de cerebros o de que hay que ir a Alemania para tener trabajos decentes?

Estos días el mundo parece haber despertado de una visión ingenua de la globalización. Donde una simple fórmula, sencilla como una ecuación de secundaria, la famosa fórmula de la ventaja comparativa, podría resumir la complejidad del mundo y el comportamiento supuestamente frío y racional de las personas y las masas: lo mismo serviría para comprar coches, ordenadores y carbón, que chorizos, servicios financieros, cultura o material médico.

Pero hoy comprobamos que no es así. Que Europa no tenga capacidad para auto-abastecerse de respiradores o de mascarillas y dependa del gigantesco taller chino ha sido un error. Macron lo ha dicho claro: necesitamos soberanía local (francesa y europea) en muchas de esas materias, por mucho que un respirador chino sea más barato.

Que tengamos industria local para cosas esenciales como alimentación, cultura o material médico no puede verse como una antigualla nacionalista contraria o desconocedora de los principios económicos básicos, sino como un punto intermedio, prudente, entre el comercio global (fantástico para muchas cosas) y el mantenimiento de ciertos elementos locales (para otras cosas).

Seguramente, como en todo, en el término medio está la virtud. Entre el proteccionismo económico y el desinterés por protección y la promoción de industrial local hay un sano término medio. Si dijéramos que ese in medio virtus es de inspiración aristotélica, el maestro Lledó quizá torcería el morro ante semejante tópico y nos pediría un poco más de rigor: “la expresión latina in medio virtus ha trivializado aquella teoría aristotélica que constituye una de las piezas fundamentales de la ética (aristotélica)” (Memoria de la ética. Un reflexión sobre los orígenes de la Theoría moral en Aristóteles). Pero luego, tras la regañina, nos acompaña Lledó a interpretar algunos párrafos de la ética Nimomáquea. Rescato algunas frases de su edición:

La moderación y la virilidad se destruyen por el exceso y por el defecto, pero se conservan por el término medio” (me disculparán las lectoras que emplee el término virilidad como virtud, pero espero aceptemos todos el contexto histórico y la intención).
En relación al honor y al deshonor el término medio es la magnanimidad; al exceso de se le llama vanidad y al defecto pusilanimidad.”
Llamo el medio de una cosa al que dista lo mismo de ambos extremos (…) que ni excede ni se queda corto. (…) así pues, todo conocedor evita el exceso y el defecto, y busca el término medio y lo prefiere.”

Yo jamás habría imaginado el espectáculo que estamos viendo estos días: países disputándose material unos a otros como en la selva. Aprovechando la circunstancia de que la empresa de transporte está bajo mi jurisdicción o que el avión hace una parada técnica en mi aeropuerto o que el camión pasa por mi aduana, aplico las normas de emergencia y me quedo con el material que necesito. Un verdadero escándalo y está pasando incluso entre aliados: USA, Alemania, Francia, España, Italia, Polonia, República Checa, Turquía…

Hoy son los respiradores, mañana podría ser cualquier otra cosa. El mercado global es una maravilla que permite el disfrute de un nivel de desarrollo humano nunca conocido, pero la política está también para decidir qué cosas queremos tener cerca y disponibles en caso de necesidad. La política y las normas están para hacer como ese “conocedor” aristotélico que “evita el exceso y el defecto, y busca el término medio y lo prefiere”.

Nunca habríamos imaginado que veríamos patentes de corso para piratas de mascarillas y respiradores. Algo deberíamos aprender. No, yo no tengo la respuesta. No sé dónde está ese termino medio que es virtud, pero sí me parece que debemos buscarlo.

viernes, 3 de abril de 2020

Carta 19 o DE CÓMO ME COMÍ UNA LANGOSTA CON SÓCRATES EN EL ESCONDITE DE UN PIRATA DEL CARIBE




CARTA EXCLAUSTRADA DECIMONOVENA

o DE CÓMO ME COMÍ UNA LANGOSTA CON SÓCRATES EN EL ESCONDITE DE UN PIRATA DEL CARIBE







Viernes, 3 de abril.


Los recuerdos se mezclan de una forma caprichosa. Hoy quería hablaros de la importancia de reconocernos ignorantes y la cabeza se me va al Caribe y me trae sabores picantes, olores salados, texturas de otra piel y colores vivos que compiten con la luz.



Si os acordáis, hace unos días os recomendé el libro 21 lecciones para el Siglo XXI de Harari. Estaba esta mañana ojeándolo para otros temas y resulta que el libro se ha abierto sólo, como queriendo decirme algo en una advertencia personalizada, en la lección 15, titulada La Ignorancia. Sabes menos de lo que crees.



Ni por supersticioso, ni por creer que las casualidades sean otra cosa que casualidades, sino por amante de Verdi, sé que cuando un libro se te abre en una página hay que prestarle atención. Dice la leyenda que cuando Verdi, abatido por sus fracasos artísticos y los reveses de su vida personal, estaba a punto de abandonar su carrera de compositor, tiró al suelo con desgana el libreto de una nueva propuesta que había decidido rechazar. Al caer el texto se abrió por la página en que un coro debía cantar Vuela, pensamiento, con alas doradas, pósate en las praderas y en las cimas donde exhala su suave fragancia el aire dulce de la tierra natal.



Aquellos versos impactaron tanto al bueno de Verdi, cuenta la historia, que la música brotó de pronto. Hoy conocemos ese coro como Va pensiero, uno de los más famosos del mundo de la ópera y de ahí surgió todo Nabucco, la primera de las grandes óperas de Verdi y su primer éxito. Sea cierta o no esta historia, esté más o menos adornada o retocada por el mito, es suficientemente bonita como para enseñarnos a prestar atención a los libros que se abren y a dar al azar una oportunidad de enseñarnos algo. A veces es la mejor forma de encontrar los diamantes que no encuentras buscando. A algo parecido a esto se le llama en ciencia serendipia, que podría ser el nombre de una bella heroína de tragedia griega, pero resulta que es el fenómeno de descubrir cosas de manera accidental.



Ese Capítulo 15 del libro de Harari nos advierte de los riesgos de creer que podemos realmente llegar a conocer cosas tan complejas como, por ejemplo, cómo funciona nuestro mundo. Individualmente cada uno de nosotros sabe muy poco y confiamos en el conocimiento del grupo: por eso aceptamos el milagro de que de nuestro teléfono salga tanta información pero ninguno sabemos cómo realmente funciona. Nadie tiene todo el conocimiento necesario para construir un smartphone desde cero y hacerlo funcionar, ni Bill Gates, Steve Jobs y Pedro Duque juntos.



Nadie tiene todo el conocimiento, diríamos aplicando esto a la circunstancia que justifica estas cartas, como para entender todo lo que nos pasa y por eso confiamos en que hay médicos y epidemiólogos y gestores de hospitales e informáticos y agricultores y pescadores y expertos en distribución de productos de primera necesidad o en mantenimiento de las redes eléctricas o de saneamiento y tantas miles de otras especialidades que acumulan un conocimiento sin el que nuestra sociedad se caería mucho antes de que tú y yo fuéramos capaz de identificar el porqué. Incluso son necesarios hasta los abogados, no te digo más, al menos los que sepan gestionar un ERTE para evitar un despido o interpretar un decreto para encontrar la forma de no cerrar una empresa.



Así que, nos recuerda Harari, cuidado con creer que sabemos más de lo realmente sabemos. Lo que sabemos es muy poquito. Reconocerlo es el primer paso para empezar a construir algo que merezca la pena.



Además, según nuestra sociedad se hace más y más compleja, necesariamente sabemos menos de lo que necesitaríamos saber. Harari pone el ejemplo de una sociedad paleolítica. Es posible que un cazador tuviera buena parte de la información de toda su cultura: quizá sabía cómo cazar, cómo migrar, cómo encontrar agua, qué plantas buscar, cómo cerrar la herida de un compañero herido o cómo componer un hueso fracturado, cómo enterrar a sus muertos y cómo asistir un parto, cómo hacer una punta de flecha, cómo hacer a un oso de una cueva, cómo sacar miel de un panal, cómo despellejar un animal y cómo conservar un alimento… quizá sabía incluso pintar caballos en Ekain o bisontes en Altamira que aún nos emocionan por su belleza. Al menos es posible que supiera parte de todo ello. Pero hoy tomamos un avión sin saber pilotarlo ni tener la menor idea de cómo arreglarlo en caso de avería o si quiera cómo pedir permiso de despegue o aterrizaje a la torre de control.



Esta lección nos debe ayudar a ser muy prudentes a la hora de creer que sabemos qué errores cometen nuestros responsables públicos o que sabríamos cómo evitarlos o cómo hacerlo mejor. Tan sólo si eres parlamentario de la oposición te puedes permitir el ridículo de dar lecciones sobre lo que ignoras, dado que te va en ello el sueldo.



Esta idea también debe hacernos muy prudentes a la hora de creer que podemos comprender qué está pasando en el mundo y qué pasará en el futuro. Por eso me tomo como un aviso muy personal esta apertura casual del libro por el capítulo titulado IGNORANCIA. No quisiera que estas carta se entendieran como un ejercicio de explicar lo que creo saber, sino como una búsqueda de pistas, como una reflexión en alto para acompañar, si ayuda, la tuya.



La verdad es que esta advertencia sobre los límites de nuestro conocimiento es muy antigua, al menos tanto como los orígenes de la filosofía griega.



Hay un fragmento de un presocrático que me gusta tanto que lo empleé para encabezar uno de mis primeros artículos publicados en libro:

«Sólo los dioses tienen certeza sobre lo invisible,

así como sobre lo mortal;

a los hombres sólo les ha sido concedido el conjeturar.»



Y añadía la siguiente nota al pie: “La cita del pitagórico Alcmeón de Crotona (530-470 a.c. aprox.), que quiere anunciar el tono no dogmático del artículo, la descubrí en el libro Historia de la Filosofía Griega, de W. Capelle, traducido por el sabio maestro Emilio Lledó y publicado, cómo no, por Gredos. Posteriormente he encontrado otras traducciones de este fragmento, pero ninguna tan rica en matices y tan bella.”



Este fragmento presocrático bien puede encabezar todas estas cartas, que no deberían ser, ni aparentarlo, más que un ejercicio de eso que nos ha sido concedido: conjeturar.



Pero, a poco que recordemos algo de secundaria, sabemos todos que para hablar de los límites de nuestro conocimiento o de la inmensidad de nuestra ignorancia debemos remitirnos a quien es quizá el maestro de todos los maestros: Sócrates.



Hay una obra que debería ser de lectura obligada en todo sistema de educación y es la Apología de Sócrates, escrita por su discípulo, Platón. Si crees que te estoy remitiendo a un texto infumable, escrito en un lenguaje indescifrable, sobre asuntos sin relación con tu vida o sin interés, te equivocas. A poco que hagas un esfuerzo por entrar en la lógica de la obra, en su ritmo, en su contexto, en su lenguaje, en su ambiente, encontrarán más acción, más pasión, más magia, que en la novela más trepidante. Es como una película de juicios pero en mejor, con un guión que presenta ante el jurado, que somos nosotros, en una pocas y ágiles páginas lo más lejos que hemos llegado a conocernos.



Busco en mi biblioteca y tengo dos ediciones, ambas en español. Una, digamos, la canónica, la de Gredos, traducida por Calonge. Bueno, yo no sé mucho de filosofía, pero juraría que ahí no te equivocas y que si quieres citarla en algún medio académico, seguro que con esta versión no fallas. La edición además es impecable. Pero qué quieres que te diga. Yo tengo otra edición mucho más importante para mí y a la que guardo más aprecio.



Mi preferida es una edición en bolsillo de la Colección Austral, impresa en México D. F, en 1993. Por aquella época tenía la costumbre de firmar los libros con fecha y lugar de compra, de modo que sé que nos conocimos en Cancún el 18 de Julio de 1997.



De pronto tocar ese libro es despertar una caja de recuerdos, a los que pongo color, calor, olores y sobre todo luz. Lo veo subrayado en bolígrafo azul y recuerdo escenas de estaciones de autobús de Quintana Roo y de playas del Caribe.



La traducción es más vieja que la de Gredos, con palabras como inverecundia, de las que Calonge con acierto huye.



Yo por aquel entonces trabaja con una ONG en proyectos de cooperación y ayuda humanitaria en Chiapas. Eran tiempos de conflicto en aquel estado y los trabajadores de ONGs no teníamos autorización para extender nuestros permisos de estancia más allá de los 3 meses que se concedían de entrada por turismo. Todavía no estaba todo informatizado, de modo que la ONG para la que trabajaba me enviaba cada tres meses un traslado a Cancún para renovar mi visa haciéndome pasar por ocioso turista en tierras caribeñas. La ONG me pagaría, no lo recuerdo con exactitud pero lo supongo, una noche en Cancún para hacer los trámites y el traslado. Pero lo que sí recuerdo es que yo acumulaba mis días festivos para cada tres meses permitirme por mi cuenta unos días adicionales en el Caribe. Calculo que repetí esa jugada quizá tres o cuatro veces, puesto que en otras ocasiones renovaba mi visa en la más cercana plaza turística de Oaxaca, de la que guardo también preciosos recuerdos.



El caso es que una vez arreglada la gestión migratoria me solía escapar a una isla que se encuentra frente a Cancún y que para mí, desde entonces, en mi recuerdo, es como la imagen del paraíso: Isla Mujeres.



Esta isla fue refugio de un coterráneo mío, pero siglo y medio antes, el Capitán Mundaca, que quizá, por lo que parece, era de Bermeo, aunque no creo que ninguna de las localidades se pelee por reclamar su cuna, dado que hizo su fortuna traficando con esclavos incluso cuando esta actividad dejó de ser legal. Subrayo la idea de ilegalidad no porque como jurista me parezca más grave el contrafuero que el crimen, sino porque muestra que para la época este quehacer repugnaba ya la sensibilidad general de muchas sociedades y más difícilmente podemos amparar el negocio del vizcaino en ningún espíritu de los tiempos, como si la cosa hubiera sucedido unos siglo antes.



El capitán Mundaca, en todo caso, tenía su corazón por algún lado y dice la leyenda que cayó rendidamente enamorado de una moza local de la que no nos ha quedado más que su sobrenombre, suficiente en todo caso para despertar imaginación del más frío: la trigueña. Yo no me enamoré allí de ninguna trigueña, aunque… bueno, a lo que voy, que los recuerdos me distraen y me quieren llevar por lugares que no vienen al caso: lo cierto es que lo que sí puedo confesar es que me enamoré de la isla.



Entro en Google y veo que la isla ha sido bastante urbanizada en los últimos 20 años, veo una playa con tumbonas, sombrillas y animada afluencia, veo varios hoteles grandes y modernos, de los que yo sólo recuerdo un esqueleto en construcción, y no veo pero me aterra pensar que quizá tengan hasta su ruidoso programa de animación nocturna.



Veo en las imágenes una playa que conocí sin acceso urbanizado ni asfaltado. Y recuerdo el pueblecito de pescadores, donde aún era posible sentarse por la noche, en una mesa de madera y una silla destartalada, con los pies descalzos sobre la arena, a tomar una cerveza y pedir lo que esa tarde hubieran sacado del mar, con la sorpresa de un pescado desconocido a la brasa o quizá una langosta a precio de hamburguesa.



Me veo en esa mesa sobre la arena, a lo sumo algún turista local, del DF, o quizá hebreo, no sé porqué razón ese destino estaba dentro de las rutas de los jóvenes israelíes. Y recuerdo una canadiense, que no era trigueña pero merecía igualmente los amores eternos de un capitán de Mundaka o de un general si lo hubiera y tuvo que conformarse con los temporales de un ciudadano sin rango. Y veo sobre la mesa una cerveza mexicana, que seguramente sería una Negra Modelo o una Dos Equis, un cebiche o un guacamole de entrada y un regalo del mar de plato principal junto a una vela… y el libro de Austral, que me había acompañado por la tarde, a un lado. Como mi recuerdo es muy libre, no hay mosquitos ni nada que altere la idealización del momento. Hace unos días hablábamos aquí de que los recuerdos a veces son poco fiables, pero hay casos en que es mejor dejarlos que vuelen.



Estoy en casa, más cerca de Mundaka que de Isla Mujeres, confinado pero casi viviendo con mis sentidos la magia del momento gracias a este objeto en forma de libro que me trae los recuerdos.



Repaso el subrayado a boli azul y me veo en un rincón de una central camionera del sureste de México, con mi mochila:



No está bien en un hombre de mi edad presentarme ante vosotros como un adolescente con un discurso artificioso”. Y prometo aquí mismo, sobre la memoria del mismísimo Sócrates, que procuraré no buscar más en estas cartas citas artificiosas, falsas, innecesarias, como intelectual adolescente o como académico sin ideas.



Y recuerda Sócrates que alguien le citó “diciendo mil otras extravagancias sobre cosas de las que no entiendo absolutamente nada; y al decir esto no es que menosprecie esta índole de conocimientos, siempre que haya quien sea en ellos entendido”. Y pienso si puede haber cita más actual ahora que andan –o andamos- tantos opinando cada día sobre extravagancias de las que nada entiende -o entendemos-.



No había uno que, por sobresalir en su arte, no presumiese de entender de todo lo demás, incluso de las más graves materias, y este defecto los perdía. Echaban a perder todo lo que sabían con todo lo que creían saber”.



Podría llenar estas páginas de citas, pero prefiero dejarte con ganas y que vayas directamente a la Apología y la llenes de tus propios recuerdos y sabores y luces, por ejemplo, de días de confinamiento.



Y dejo para el final la cita más importante y más necesaria. Cuando visita Sócrates a aquel hombre “que pasaba por sabio a los ojos de casi todos los hombres, sobre todo a los suyos, y que no lo era. (…) Yo soy más sabio que ese hombre. Puede que ninguno de los dos sepa nada de bello ni de bueno; pero él cree que sabe algo. Paréceme, pues, que soy algo más sabio, cuando menos en que yo no creo saber lo que no sé”.



Apología de Sócrates, de Platón.

jueves, 2 de abril de 2020

CARTA 18 o DE CÓMO LA CIENCIA PASÓ A DERECHO


CARTA EXCLAUSTRADA DECIMOCTAVA

o DE CÓMO LA CIENCIA PASÓ A DERECHO




Jueves, 2 de Abril.

Veo esta misma tarde al ministro de Ciencia, el astronauta Pedro Duque, explicando los distintos proyectos científicos y tecnológicos en los que España participa para hacer frente a la crisis del coronavirus. No sólo se trata de la famosa vacuna, sino de facilitar test, respiradores y otros recursos necesarios. En esa misma batalla están todos los estados. Ayer mismo el presidente francés Macron hacia lo propio con un tono más francés, más engolado y presidencial: se debe “recuperar la soberanía francesa y europea” en esta materia y en breve Francia debería tener “independencia plena” en materia de mascarillas y respiradores. Bien no sé si estos términos políticos tan clásicos y subidos de tono facilitan el mejor acercamiento a la cuestión, pero sirven para entender la necesidad de extender, difundir y democratizar los recursos, los conocimientos, las capacidades y la cooperación científicas.




Ya hemos comentado estos días como de pronto la ciencia se ha convertido en un elemento central del debate público y de la rivalidad internacional. Pero ha habido otros momentos en la historia en que la ciencia ha estado también en el centro del debate internacional. Los años entre 1945 y 1948 fueron uno de esos momentos. Y hay que entender qué pasó entonces para comprender bien el alcance de algunos de los debates del presente.




Estos años 45-48 son los primeros años de la posguerra y marcan el inicio de la Guerra Fría. Pero la historia de lo que pasó con la ciencia en la diplomacia de aquellos años tiene sus antecedentes unos años antes. Quizá podamos rastrear su origen en enero de 1941, cuando el Presidente Roosevelt hizo referencia, en su famoso discurso de las Cuatro Libertades, al “disfrute de los frutos del progreso científico” para un aumento amplio y constante del nivel de vida para todos. Subrayó que este disfrute constituía uno de los fundamentos básicos de una democracia sana y fuerte. Este discurso de las cuatro libertades se ha entendido siempre como uno de los orígenes conceptuales de las Naciones Unidas y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Así que bien podemos aquí nosotros considerar esta referencia a la ciencia como un precedente directo de lo que vendría después.




Ya en la posguerra dos nuevas circunstancias influirán gravemente en la percepción social internacional sobre la ciencia. Por un lado el recuerdo de las dos bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, que colocó la cuestión de la ciencia, sus límites, su control y la responsabilidad social de los científicos en el centro de muchos debates . Por otro lado, los experimentos y tratamientos médicos nazis en los campos de concentración y exterminio, de los que Mengele fue claro exponente, y que fueron objeto en Nuremberg de uno de los famosos juicios, fue igualmente clave.




Lo que luego sería la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en París en 1948, se fue trabajando por medio de sucesivos borradores de trabajo durante año y medio en un grupo de trabajo presidido por Eleanor Roosevelt, la viuda del ex-presidente.




El primer borrador, que fue obra del jurista canadiense John Peters Humphrey, incluye ya una referencia a la ciencia en el marco de los Derechos Humanos. Según René Cassin, uno de los padres de la Declaración Universal, el artículo fue incluido a solicitud de algunas organizaciones culturales, entre ellas la UNESCO. El derecho viene formulado en esta primera versión como derecho a “participar en los beneficios de la ciencia”.




Esta formulación está inspirada en los trabajos preparatorios de la Carta de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de la Declaración Americana de Derechos que terminó siendo aprobada en Bogotá poco meses ante de la Declaración Universal y que incluía un artículo XIII que decía “toda persona tiene el derecho de participar en la vida cultural de la comunidad, gozar de las artes y disfrutar de los beneficios que resulten de los progresos intelectuales y especialmente de los descubrimientos científicos.”




La Carta de la OEA, en su artículo 38, decía incluso con ambición más general “los Estados miembros difundirán entre sí los beneficios de la ciencia y de la tecnología, promoviendo, de acuerdo con los tratados vigentes y leyes nacionales, el intercambio y el aprovechamiento de los conocimientos científicos y técnicos”.




Volviendo al sistema universal, durante el proceso negociador de la Declaración Universal la formulación pasó desde una inicial versión al estilo americano basada "en los beneficios" a la más amplia idea de derecho “a participar en el avance científico”. Este transcendental cambio fue aprobado a propuesta de China, basándose según el propio delegado Peng Chun Chang, en la autoridad de Francis Bacon.


Sin embargo este cambio y la pérdida de la palabra “beneficios” no terminó de gustar y rápidamente se buscó la recuperación de la idea de beneficio sobre la de participación. Esta visión fue defendida por Cuba con el argumento de que “no todo el mundo está suficientemente capacitado para jugar un papel en el avance científico" y lo necesario era que el texto dijera todo el mundo tiene el derecho "a participar en los beneficios que resulten del avance científico". René Cassin, por Francia, y Hernán Santa Cruz, por Chile, apoyaron la propuesta cubana.




Pero tanto la delegación China como la de Arabia Saudí respondieron que aún en ausencia de conocimientos científicos, todos tenemos la capacidad de cierto disfrute más amplio de la ciencia que sus solos beneficios directos. Tenemos derecho a interesarnos, a participar, a aprender incluso a disfrutar de la belleza de la ciencia.




El comentario de Cuba puede sugerir la idea de que se renunciaba a una consideración amplia de derecho a participación (activa) en la ciencia y se optaba por un derecho más limitado a beneficiarse (pasivamente) de la ciencia. Pero finalmente, tras mucho intercambio de borradores, se llegó a un acuerdo de compromiso que es el que tenemos consagrado hoy en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, cuyo artículo 27 dice así: “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”.




Fijaos, y esto es muy importante, que en esa formulación hay una suma, un compromiso, dos ideas: derecho a participar y derecho a beneficiarse.




El ministro de Ciencia, hace unas semanas, antes de que estallara esta crisis ya dijo ante las Cortes, en la presentación de sus objetivos de una legislatura que sin duda esperaba más tranquila, que el desarrollo del Derecho Humano a la Ciencia estaría entre los objetivos de su mandato. Me temo que necesitamos hoy más que nunca ese enfoque de ciencia como derecho humano en sus dos vertientes: derecho a beneficiarnos (de la asistencia, las vacunas, los tratamientos, las investigaciones) y derecho a participar (conocer, contribuir, informarnos, debatir y colaborar).


"La ciencia - ha concluido hoy el ministro Duque- tiene que encontrar la solución, pero una solución para todos". Un solución entre todos y para todos.