jueves, 23 de abril de 2020

CARTA TRIGESIMONONA o DEL DÍA DEL LIBRO


CARTA TRIGESIMONONA o DEL DÍA DEL LIBRO


Jueves, 23 de Abril.


Hoy es día del libro. Sin visita a librerías, sin ferias, sin casetas y sin autores firmando, pero hoy es día del libro.


Voy a celebrando siendo breve para que puedas leer un libro.


Voy a recomendar sólo dos libros.


- Los asquerosos, del portugalujo Santiago Lorenzo. Divertidísima sátira o crítica que tiene mucho que ver con varios de los temas que hemos tratado estos días, con aislarse y esconderse, con alejarse del mundo, con el consumismo y la austeridad, con las relaciones personales, con la naturaleza, y con la memoria y el olvido.


- Y cualquier libro de poemas del donostiarra Karmelo C. Iribarren. Y para no tener que elegir puedes hacerte con su poesía completa (hasta el 2015) editada por Renacimiento en una edición preciosa titulada Seguro que esta historia te suena. Poesía completa (1985 - 2015). Sé que hay otra edición en Visor titulada igualmente Poesía Completa (1993 - 2018). Sus poemas son otoñales, aparentemente tristones, de café, gabardina, paraguas, farolas, charcos y camareros, de arrugas ante el espejo y canas en el lavabo, de abandonos y traiciones del tiempo, de desengaño y actitud escéptica, pero, como en el olmo de Machado, de pronto sale de cada calle oscura, de cada rincón sucio de café, de cada persiana echada, de cada mirada cansada, de cada pasillo largo de casa vieja, un brote verde de esperanza y de vida. No es una poesía esperanzada, supongo que a él le horrorizaría que la calificara así, pero me parece que da una modesta luz que necesitamos y que tiene un humor descreído, implacable y tímido, que puede hacer buena compañía estos días. Especialmente a los lobos -y las lobas, obviamente- más solitarios y a los corazones más escondidos.


Empecé este ejercicio de escribir una carta diaria pensando que el confinamiento no duraría tanto. Ya son casi 40 días, una cuarentena literal. Y me estoy dando cuenta que esta tarea me ocupa demasiado tiempo. Tampoco estoy seguro de que, más allá de los amigos a los que de todas formas seguiré molestando con mis cosas de cualquier otra forma, haya mucha gente que las siga o las vaya a echar de menos si dejo de escribirlas. Lo cual es muy lógico y perfectamente entendible, claro está.


Quizá sea este día del libro buen momento para tomar la decisión de dedicar más tiempo, en lo que me quede de confinamiento a otras cosas, por ejemplo, mi trabajo, mi familia y... leer más y mejor.


Quizá el día del libro sea buen momento para poner punto final a estas cartas. Son casi 60.000 palabras, es decir, la extensión de un ensayo medio, así que podríamos imaginar que las 39 cartas son un conjunto que constituyen, hoy que es el día del libro me lo vas a permitir, algo parecido a un libro. Así que en lugar de soñar, como un día del libro normal, en empezar a escribir un libro, hoy sueño con haberlo terminado.


Me asalta la tentación un poco pueril de alargar el ejercicio, de llegar a las cuarenta cartas, de completar la cuarentena, de dar sensación así de plan bien pensado y de programa cumplido. Pero ni ha habido plan ni ha habido éxito. 40 sería el número del orden respetado y completado; 39 el número que está entre la libertad y el caos, entre la rebeldía y el fracaso. Que quede así.

miércoles, 22 de abril de 2020

CARTA TRIGESIMOCTAVA o DE SI ES BUENO QUE TE REGALEN UN CABALLO


CARTA TRIGESIMOCTAVA
o DE SI ES BUENO QUE TE REGALEN UN CABALLO


Miércoles, 22 de Abril.


Hace ya unas semanas, no me acuerdo a cuenta de qué, escuche a alguien contar aquella vieja historia del caballo y la buena suerte.


Un joven recibe de regalo un precioso caballo. Y todo el pueblo celebra su buena suerte. Al cabo de unos días el joven cae de su montura y se rompe una pierna, queda cojo y no puede trabajar en el campo. El pueblo lamenta ahora su mala suerte. Pero al poco comienza una guerra y reclutan a todos los jóvenes del pueblo y los envían al campo de batalla, mientras que nuestro protagonista se queda en casa. Y todo el pueblo debe volver de nuevo a celebrar su buena suerte. Y entonces...


He visto esta historia contada de diversas formas y la puedes alargar lo que quieras con infinitas derivadas de las causas y efectos que provocan situaciones afortunadas que se convierten en lamentables que a su vez se convierten en afortunadas. Pero creo que con ese breve resumen es suficiente para entender cuál quiere ser la moraleja del cuento. A veces lo que a primera vista o a corto plazo es malo, se convierte en bueno a medio o largo. O al revés.


Esta historia tiene sentido estos días. Un dato que hoy parece bueno puede ser la antesala y la causa de un dato malo mañana y a la inversa.


Por supuesto toda cifra de fallecidos es siempre mala. Cuanto mayor sea el número de fallecidos, peor es el dato, sin duda. Pero queda margen para otras lecturas adicionales.


Hay países que empezaron con datos malos y finalmente no han resultado tan malos. Hay países que poníamos como ejemplo y resulta que hoy andan mal. Hay situaciones que a día de hoy no sabemos valorar. Un mal dato de hoy puede ser un dato que ayude mañana y al revés.


Un corolario podría ser que tengamos cierta paciencia a la hora de hacer críticas a los responsables públicos. Salvo los que mientan, desprecien el conocimiento o jueguen conscientemente con fuego, como son los casos de Trump y Bolsonaro o, en una segunda categoría, López Obrador o Boris Johnson, creo que a los demás les debemos cierto margen.


Las comparativas entre estados no pueden basarse en una foto fija. Un cuadro concreto de un día determinado no nos cuenta toda la historia. Lo cierto es que se requieren lecturas más amplias para tener una visión global, lecturas que seguramente no seamos capaces de hacer hoy. Para saber si el chico del cuento, con su caballo pero con su cojera, ha sido más afortunado o más desafortunado que sus vecinos en el campo de batalla necesitamos perspectiva. Para comparar la situación sueca con la española también.


Para juzgar cómo ha respondido la Unión Europea necesitaremos también tiempo y perspectiva. Podemos por supuesto criticar esta medida o aquella demora, pero para juicios más generales me aguardaría un poco.


Los entrenadores y los comentaristas de fútbol suelen decir una frase que viene al caso: esto no es cómo empieza, sino cómo termina. Por una vez, quizá su discurso nos sirva.

martes, 21 de abril de 2020

CARTA TRIGESIMOSÉPTIMA o DE UN ILUSTRADO CALIENTE




CARTA TRIGESIMOSÉPTIMA o DE UN ILUSTRADO CALIENTE




Martes, 21 de Abril.

Un colega de Naciones Unidas me dijo hace un tiempo que yo era un hijo de la ilustración.




Antes de hacer trampa y apuntarme ante vosotros un tanto que no me corresponde, tendré que explicarlo. No era una alabanza, sino una crítica.




Cada frase hay que interpretarla en su contexto. Nada tiene que ver un billón anglosajón (un 1 seguido de 9 ceros) que un billón (un 1 seguido de 12 ceros) para nosotros. Por eso en inglés dicen que el mundo tiene 7,6 billones de habitantes, pero cuando alguien emplea la misma palabra en la traducción se equivoca con una margen de 1 a mil. Por eso un norteamericano de izquierdas puede ser denominado liberal, calificativo que emplearíamos para un europeo de derechas. Eso de hijo de la ilustración puede tener también muy diversas lecturas según el contexto, incluso contrarias.




En el proceso de aprobación de un documento sobre Ciencia y Derechos Humanos en Naciones Unidas defendí que era necesario establecer unos criterios mínimos que diferenciaran la ciencia de la pseduociencias. Y defendí que otros tipos de conocimiento diferentes a la ciencia pueden en su caso ser muy respetables, e incluso merecer, en algunos casos, la protección en el marco de los derechos culturales, pero que no serán ciencia salvo si respetan una serie de condiciones.




La ciencia, incluyendo aquí a las ciencias sociales, está basada a mi juicio en un diálogo abierto que es crítico y racional, y que se somete a la posibilidad del contraste o a lo que Popper llamaría falsación.




No pretendo aquí definir la ciencia ni explicar qué es. Para eso tienes otros textos mucho mejores. Sólo busco compartir algunas claves de la ciencia para cuando hablemos de ella en relación con los derechos humanos.




Estas claves también se aplica a las ciencias sociales. Si yo afirmo que Fortún de Ercilla se adelantó a la Escuela de Salamanca tendré que aportar información solvente sobre sus contribuciones, comparar fechas, aportar datos sobre su influencia directa o por medio de otros autores, rastrear ideas, conceptos y palabras, ediciones y documentos. Y tendré que esta abierto a que otros me demuestren que ese dato que empleé es incorrecto, o que me razonen que no tuve en cuenta aquel otro factor o elemento que obliga a interpretarlo todo en sentido diferente o que ignoré esa otra información que invita a una conclusión diferente. Ante estas réplicas tendré que contrareplicar o demostrar la invalidez de lo que se me dice o adaptar mis afirmaciones o admitir que mis propuestas no estaban fundadas, lo que no puedo hacer es quedarme en el mismo sitio haciendo como que no he oído.




Eso es un diálogo abierto y racional y sometido a la verificación. No significa que debamos llegar a una conclusión definitiva. Puede resultar que mañana aparezca un documento que todo lo cambie. No significa que debamos estar de acuerdo en todo. Puede suceder que la misma documentación nos lleve a ti y a mí a conclusiones diferentes, pero los caminos que seguimos deben ser públicos, transparentes, lógicos, claros, trazables y debatibles.




Esto significa que un conocimiento que está basado sólo en la tradición, en la revelación o en la autoridad, sin contraste posible con la razón o con la experiencia y que es inmune a la verificación intersubjetiva, no puede ser considerada ciencia. Por eso la religión no es ciencia pero ciertos aspectos de la teología o de los estudios bíblicos sí pueden serlo: una creencia no puede ser refutada pero una interpretación de una palabra en un texto de San Pablo sí.




A veces se critica a la ciencia por ser arrogante, por pisar, negar o reducir otro tipo de conocimientos o de búsquedas humanas. Puede ser que haya científicos arrogantes, como puede haber payasos tristes, pasteleros delgados o profesores de universidad ignorantes. Pero la ciencia, por definición es una de las actividades más prudentes y modestas que existen: es la que más expuesta está a ser corregida. En la ciencia no hay argumento de autoridad. Un niño pakistaní puede demostrar que un Premio Nobel de Harvard cometió un error en una fórmula. Pero eso sí, la ciencia exige esfuerzo, estudio, método y preparación, por eso es tan improbable que un niño pakistaní pueda corregir a un Nobel de Harvard.




En el ejemplo que pongo hay otros problemas adiciones de tipo social: es improbable que el niño pakistaní tenga los recursos (especialmente si es niña) para prepararse y dialogar y acceder… sin duda, pero todas esas cuestiones se refieren al acceso a la ciencia o a la forma en que el conocimiento, el aprendizaje y la producción de la ciencia están organizadas, no se refieren a la identidad de la ciencia.




Un saber que no se basa en esa apertura a la corrección y la comprobación no es ciencia. Por eso la ciencia es diálogo y no monólogo.


Este tipo de visiones pueden ser entendidas como hijas de la ilustración. Pero lo cierto es que la ilustración también tiene sus limites y sus riesgos.




Muchos pensadores han relacionado estos valores fríos de la ilustración con el nacimiento del fascismo o del comunismo. Puede serlo en un sentido muy lateral y extremo. De alguna forma en la historia todo está relacionado con todo y por lo tanto también puedes relacionar a Franco con las propuestas de política de vivienda de Podemos, lo cual no significa obviamente que Franco deriva en Podemos ni que la fuente ideológica de Podemos es Franco. Lo mismo se puede decir con Hitler y el ecologismo. Son juegos posibles, normalmente forzados y tramposos, pero posibles.




Tras una juventud en que diversas ideologías tiraban de mis sueños y pasiones con su atracción de verdades redondas aprendí en su día a aplicar un criterio que para mí es algo así como un criterio de validación de toda doctrina. Su relación con la crueldad. Si una ideología o posición política me invita a ser indiferente ante el sufrimiento humano, si me lleva a relativizarlo o considerarlo un mal necesario, no me interesa. Es curioso por que ese corrector también se puede buscar en la doctrina del propio Kant, el mayor gigante de la ilustración.




Por eso me gusta diferenciar entre virtudes frías y virtudes calientes. Una virtud fría y racional puede ser la coherencia. Están bien, pero tienen sus límites y sus contraindicaciones. En ocasiones la contradicción es mucho más rica y humana que la coherencia. La coherencia como virtud absoluta te lleva a modelo de los Goebbels que envenenaron a sus 5 hijos y luego se suicidaron por negarse a vivir una vida sin Hitler. Fueron muy coherentes. Los generales japoneses que se hicieron el harakiri al reconocer el emperador su carácter no divino también fueron coherentes, pero al menos éstos dejaron a sus hijos en paz para que pudieran elegir por sí mismos otros caminos más o menos coherentes.




Las virtudes frías iluminan el camino, pero a veces nos ciegan por deslumbramiento o lo terminan quemando. Las virtudes frías son como la perfección del diamante y la claridad de un dios. Las virtudes calientes son más modestas, más humanas, más falibles, más manipulables, pero sirven como necesario complemento. La empatía o piedad ante el sufrimiento ajeno, por ejemplo, son virtudes calientes.




La justicia es una virtud fría en ocasiones, cuando dice fiat iustitia et pereat mundus, y caliente en otras, por ejemplo, cuando la reacción ante una situación indigna nos obliga a movernos, a hacer algo, a reconsiderar dónde estamos. Cuando la justicia es sólo fría nos lleva al gulag o a los comités de salud pública o a los campos de concentración. Cuando la justicia es sólo caliente nos lleva al linchamiento y al caos. Un equilibro dinámico entre ambas justicias puede ser necesario.




Viene todo esto al caso en estas cartas porque creo que son ideas que se pueden aplicar a lo que necesitamos estos días.




Por un lado decimos que estamos aprendiendo a valorar y respetar la ciencia. Sin embargo no terminanos de entender su lugar en la sociedad. Por un lado le pedimos todo (que nos resuelva la vida, que nos encuentre la vacuna ya y que aporte explicaciones claras ya, sin dudas, sin correcciones, y queremos predicciones fiables ya) y cuando comprobamos que no nos da lo que pedimos la criticamos por no dárnoslo (la ciencia es arrogante y es un saber más entre otros posibles, los expertos no saben nada...). Es curioso que en ocasiones los mismos que acusan a la ciencia de arrogante la critican por no darnos respuestas definitivas y terminan en los brazos de quien se las da, aunque sea a base de afirmaciones gratuitas.




Frente a las ideologías que tiran de nosotros para llevarnos a sus respectivos huertos, podemos aplicar ese criterio de equilibro entre virtudes frías y virtudes calientes. Si sirve de algo frente a los retos que tenemos por delante, bien. Si no os sirve, pues nada, seguid buscando… pero siempre con luz, ¡más luz!




Así que debo renunciar, como veis, a aquello de hijo de la ilustración. Quizá sea a lo sumo un sobrino caliente de la ilustración. Eso me gusta más. Permite lecturas más sugerentes.




Y como lecturas dos obras breves de Kant: ¿Qué es la ilustración? y La paz perpetua.

lunes, 20 de abril de 2020

CARTA TRIGESIMOSEXTA O DE CÓMO QUEDARTE CON EL TESORO




CARTA TRIGESIMOSEXTA O DE CÓMO QUEDARTE CON EL TESORO




Lunes, 20 de Abril.


Estos días leemos artículos o entrevistas en que se nos explica con detalle cómo esta crisis del coronavirus va a cambiar nuestras vidas y nuestra sociedad.


Algunos nos demuestran que ha llegado el tiempo del dominio chino, aunque también es cierto que otros nos presentan buenos argumentos para anticipar el fin de su hasta ahora imparable crecimiento industrial. Unos nos aleccionan sobre el fin de la Unión Europea mientras que otros nos anuncian su nuevo amanecer. Unos afirman que esto que vivimos es el fin del capitalismo y otros dan por seguro que a la vuelta de la esquina tenemos un capitalismo más salvaje. Algunos se muestran seguros que de ésta salimos valorando más lo sencillo y lo humano, pero otros están convencidos de que seremos más egoístas y que los nuevos tiempos nos obligarán a ser más despiadadamente competitivos. Para unos estamos en la antesala de una sociedad más igualitaria y otros nos ven entrando en una sociedad más desigual.


Puedes encontrar visiones para todos los gustos sobre multitud de aspectos políticos o sociales de nuestro futuro. Mi hijo jugaba hace un tiempo a un videojuego en que construía todo un mundo nuevo con diversos materiales. Ahora cualquiera de nosotros puede hacer lo mismo tomando los materiales de estos artículos y entrevistas que menciono. Sea lo que sea lo que temes o deseas, hay alguien que lo está augurando con muy aparente certeza ahora mismo.


Muchos de los que se animan a lanzar estas afirmaciones pueden ser autoridades en lo suyo a los que admiro. Pero aún así, he aprendido a aplicar una norma preventiva que tal vez te interese: cuanto más cerrada es la forma verbal empleada (normalmente un futuro simple), cuanto más absoluta la seguridad, cuanto más claro cree tenerlo todo, menor es mi interés por lo que dice. Si alguien pretende explicar “cómo será el futuro” o afirma que “así será el futuro” o “así cambiará nuestro mundo”, ya ha conseguido, de entrada, mi desconfianza.


Creo que nadie, ni el más inteligente, ni el más visionario, es capaz de anticipar lo que nos vamos a encontrar en el futuro. El futuro depende de infinitos imponderables que no podemos computar en nuestros cálculos. Y además el futuro, por definición, está abierto y sin hacer, y por lo tanto puede avanzar por caminos insospechados. No es sólo que no hay nadie capaz de conocer, es que no se puede conocer.


Juan Ignacio Pérez Iglesias, de quien ya hemos hablado en estas cartas, felicitó las últimas Navidades con un texto del filósofo Karl Popper, que merece ser releído ahora a la luz de los cuatro meses pasados desde entonces:


El futuro está abierto. No está predeterminado y no se puede predecir, salvo accidentalmente. Las posibilidades que encierra el futuro son infinitas. Cuando digo ‘tenéis el deber de seguir siendo optimistas’, no sólo incluyo en ello la naturaleza abierta del futuro, sino también aquello con lo que todos nosotros contribuimos a él con todo lo que hacemos: todos somos responsables de lo que el futuro nos depare. Por tanto, nuestro deber no es profetizar el mal, sino más bien luchar por un mundo mejor.”
Las líneas anteriores las he tomado de la Introducción de «El mito del marco común», de Karl Popper. No se me ocurre mejor forma de desear lo mejor para 2020 a todos los que queremos un mundo mejor y creemos trabajar para conseguirlo.


Es una maravilla. De alguna forma resultaría que quien más pretende conocer el futuro, menos está considerando el papel de la participación humana en su construcción. Salvo que pretenda ser un dios que conoce todas las dimensiones de la naturaleza humana y del azar.


Manfred Nolte, sabio amigo, escribe hoy un artículo sobre “El capitalismo tras el Covid-19” que comienza con un par de frases que recogen bien el tono que creo todos deberíamos emplear para acercarnos con un poco de solvencia intelectual -y respeto a la inteligencia del lector- de estas cosas: “Discurrir acerca del futuro que se esconde tras la pandemia constituye un ejercicio de divagación. En consecuencia, los comentarios que siguen son de cuestionable alcance y probabilidad.”


Pero me temo que la prudencia intelectual de Nolte no es la norma estos días de excesos.


Los hay que llegan a decir tantas cosas que con alguna acertarán. Pero eso no es tener razón, sino acertar, que son dos cosas distintas. De la misma forma que puedes acertar los números del boleto del euromillones o que el mono con el dardo puede mejorar la rentabilidad de tus inversiones en bolsa o de la misma forma que un reloj parado te puede dar bien la hora hasta dos veces al día tan sólo con sepas preguntarle en el momento adecuado.


Hay un sabelotodo muy popular estos días, de esos que tiene gran éxito entre los seguidores de programas de extraterrestres que construyen pirámides, que hace tan solo mes y medio decía que a España no iba a llegar el virus y en toco caso los casos sería muy leves y que la crisis afectaría negativamente a China. Un mes después nos dice, con exactamente la misma impasible seguridad, con el mismo tono de superioridad, con el mismo gesto de hacerte partícipe de algún secreto impagable, que esto se veía venir desde atrás y que será la Unión Europea la gran afectada, mientras China la beneficiada. Sólo dos cosas se mantienen intactas en estas seis semanas que separan el blanco y el negro: su seguridad al conjugar el futuro simple de los verbos y la fe ciega de sus seguidores.


Yo sin embargo confío más en la gente que duda un poco más. Harari, por ejemplo, uno de los ensayistas más importante del momento, aunque se está peligrosamente prodigando en entrevistas estos días no cae tanto en la tentación en los verbos en futuro simple, sino que con mayor frecuencia emplea expresiones un poco más complejas e inteligentemente prudentes: “la situación parece impulsar”, “no es la única forma de”, “probablemente”, “algunas decisiones podrían indicar”, etc.


Hay quien, con aparente mayor prudencia, te dice “ todo va a cambiar, pero no sabemos muy bien cómo ni hacia dónde” o “nada va a ser igual, lo que no sabemos es cómo”. Tampoco termina de convencerme, porque imagino que no todo va a cambiar. Si tu jefe es un gilipollas seguirá siéndolo a la vuelta del confinamiento, por mucho acaramelado almíbar que lleven sus whatsapps de estos días. Si eres un negado con la repostería seguramente seguirás siéndolo por mucho que a todo el mundo le salgan postres de revista. Si, como yo, siempre has tenido mal oído, seguiremos entonando mal, para desesperación y burla de mis hijos.


Decir que todo va a cambiar es tan inane como decir que nada va a cambiar. Tras la Primera Guerra Mundial algunas cosas cambiaron y otras no. Tras las Segunda Guerra Mundial muchas cosas cambiaron y otras muchas no: muchos, por ejemplo, anticiparon el fin de la dictadura de Franco, pero murió en la cama como Jefe de estado justo 30 años después.


El año que viene el curso será muy diferente… o tal vez no. Y daremos más valor a la ciencia y a la salud pública… o tal vez sigamos valorando más a los jugadores de fútbol o a cualquier tonto o tonta que salga mucho en la tele los sábados por la noche.


Así que, aunque sea menos espectacular, todo lo que podremos decir es que, aunque no sepamos qué y cómo, algunas cosas podrían cambiar. Pero, ahora que lo pienso, ni siquiera esta formulación tan rebajada me gusta. Porque supone que las cosas cambian solas, quizá por el destino, por la divinidad, o por el fatal desarrollo del fuerzas de la historia, y que nosotros seremos únicamente testigos de esos cambios que vendrán.


Si algo me gusta del ultimo artículo de Harari es que termina recordando que los desafíos del futuro, como en el texto de Popper, dependen también de nosotros como humanidad. No nos dice qué clase de mundo nos va a llegar, sino que nos confronta con “qué clase de mundo queremos habitar una vez pasada la tormenta”. Nos habla de las elecciones que tendemos que hacer ante los dilemas y nos habla también de las oportunidades.


Las inteligencias mediocres necesitan que el chamán de la tribu, que el macho alfa de la manada, nos diga con seguridad qué van a pasar. Pero quien nos trate con un poco de respeto sólo nos pueden acompañar iluminando facetas de nuestra responsabilidad ante los dilemas, indicando dónde parecen estar los retos, imaginando cómo podríamos afrontarlos. Poco más.


Sí es cierto que estamos en un momento que percibimos como de cambio y que, por lo tanto, lo es. Aún cuando sólo fuera por los efectos de esa percepción generalizada.


Hannah Arendt dejó escrito, en relación a otro momento histórico que
la llamada al pensamiento surgió en ese extraño período intermedio que a veces se inserta en el curso histórico, cuando no sólo los últimos historiadores sino los actores y testigos, las propias personas vivas, se dan cuenta de que hay en el tiempo un interregno enteramente determinado por cosas que ya no existen y por cosas que aún no existen. En la historia, esos interregnos han dejado ver más de una vez que pueden contener el momento de la verdad.”


Tal vez hoy estemos en un momento que las personas percibimos en tiempo real como de interregno, entre cosas que ya no existen y cosas que aún no existen, y precisamente por creerlo podría serlo.


En ese mismo texto, Hannah Arendt habla de los tesoros que en esos grandes momentos de cambio creemos tener. Tesoros que en su momento “ni siquiera supieron cómo llamarlo, (…) que bajo las circunstancias más diversas aparece abrupta e inesperadamente y desparece otra vez, en distintas condiciones misteriosas, como si se tratara de un espejismo”.


Pero cuidado, Arendt añade: “hay muchos motivos, por cierto, para creer que el tesoro jamás fue una realidad, sino una ilusión óptica”.


Arendt habla en Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios de reflexión política de las característica de esos diferentes tesoros que sus protagonistas creyeron tener durante la independencia norteamericana, la revolución francesa o durante la resistencia frente al nazismo. Tesoros que en parte desaparecieron, creando una profunda nostalgia en sus protagonistas, y en parte quedaron hasta hoy.


Sea o no una ilusión o un espejismo creo que nosotros tenemos también nuestro propio tesoro que aún no sabemos cómo llamar. Ese tesoro ni ha venido fatalmente para quedarse ni para fatalmente irse, sino que se consolidará o diluirá, más o menos, en unos y otros aspectos, en función de lo que hagamos.


Yo, para concluir esta carta, no me atrevo a decir cómo será el futuro, pero sí me atrevo a sugerir algunos elementos de este tesoro que tal vez tengamos o tal vez estamos viviendo como espejismo.


- Hemos valorado más lo social, lo público, lo colectivo. Los servicios sociales y la salud pública. Apreciamos a quienes trabajan en ese espacio público, sean doctores o limpiadores, reponedores de supermercado o conductores de autobús. En nuestra mano está, cuando todo esto termine, consolidar u olvidar esta experiencia.


- Hemos experimentado que hay problemas que sólo se pueden evitar o gestionar con una visión global. Que lo que pasa en China me afecta. Que la salud en África o en un campamento de refugiados sirios puede terminar por afectar a mi portal y mi libertad y mi salud y mi trabajo. En nuestra mano está, cuando todo esto termine, consolidar u olvidar esta convicción.


- Quizá nos hemos hecho un poco más amables en nuestras relaciones con los demás. Quizá estamos más abierto a valorar cosas sencillas y más cerca de distinguir valor de precio, como decía Machado. En nuestra mano está, cuando todo esto termine, conservar u olvidar este aprendizaje.


- Hemos experimentado que la producción local y de cercanía es importante, que no es lo mismo que las mascarillas o los medicamentos que necesitamos se hagan a 200 o a 8000 kilómetros. No es lo mismo que la leche o los huevos o las verduras se produzcan a 50 o a 1000 kilómetros. En nuestra mano está, cuando todo esto termine, mantener u olvidar estas prácticas.


- Hemos aprendido a valorar la ciencia y el conocimiento científico. En nuestra mano está, cuando todo esto termine, olvidarlo o recordarlo.


Habrá otros elementos, ni pretendo ser exhaustivo ni quiero alargarme ya más de lo prudente. No están todos los que son, tú puedes añadir los que consideres oportunos, pero sí creo que los que están son.


No tengo ni idea cómo será este mundo al que salimos, pero si creo que hemos construido estas semanas la ficción de un tesoro. No digo ficción con ánimo despectivo. Todo lo contrario. Todo lo grande nos llega como idea, como sueño, como aspiración. De nosotros depende, ya lo sabía Hannah Arendt, que era más lista y vivió tiempos más difíciles que tú y yo, que ese tesoro puede terminar en espejismo y nostalgia, o quedarse con nosotros y construirnos.

domingo, 19 de abril de 2020

CARTA TREGESIMOQUINTA o SOBRE REINVENTAR EL TURISMO



CARTA TREGESIMOQUINTA o SOBRE REINVENTAR EL TURISMO


Domingo, 19 de Abril.

De vez en cuando Facebook te sorprende proponiéndote fotos que subiste de ese mismo día pero unos años antes. Hoy me ha recordado que hace ya algún tiempo estuve en Venecia y colgué cinco fotos de escenarios bien conocidos en que no aparece una sola sola persona. Es muy curioso, porque las fotos tienen un aire muy cercano a esas otras que se publican estos días presentando lugares que de ordinario están abarrotados y que de pronto se ven deshabitados y que parece nunca antes nadie vio así de vacíos. En una de mis fotos se ve la Plaza San Marcos sin un alma. Realmente sólo se ve la mitad de la plaza, supongo que en el otro lado habría algún turista madrugador que me impidió sacar una foto más impactante, pero el efecto es el mismo. En la segunda se ve uno de los típicos y famosos embarcaderos que están al lado de ese plaza, igualmente sin un alma. En la tercera el Puente de los Suspiros sin ningún condenado que suspire ni ninguna belleza por la que suspirar. En una cuarta una callejuela con las bolsas de la basura sin recoger. En la cuarta otra callejuela, que da a un puente y al fondo el único personaje que aparece en todo la serie de fotos: un barrendero terminando su faena.

¿Cómo conseguí esas fotos de Venecia sin turistas? Están sacadas a primera hora de la mañana. Fue un amanecer que salí a correr y la ciudad se me ofreció entera, sólo para mí. Esas fotos, que yo tenía olvidadas, me han hecho pensar. Me han recordado que incluso en el lugar más abarrotado del mundo, en el más turístico, puedes encontrar tu rincón, tu lugar, tu modo o tu hora para saborearlo como si estuviera todo creado y preparado para ti.


Supongo que un buen viajero es el que entra en el juego de querer creer que los lugares son sólo para sus ojos, para su olfato, para sus pies. Que una ciudad o un paisaje te la ganas con tu mirada y con tus botas, no con tu ticket de entrada o con tu tarjeta.


Pasará tiempo antes que podamos volver a hacer turismo tal como lo hemos conocido.
Turismo masivo o turismo lejano. Pasará tiempo antes de que podamos visitar Roma o París, por poner un ejemplo. Y pasará cierto tiempo antes de que volvamos a coger vuelos con tanta facilidad como antes. Quizá no todo en ello será malo. Hemos vivido en una democratización del turismo que por un lado es buena, por supuesto, como toda democratización. Antes París o Viena estaba sólo al alcance de los ricos. Pero que ha degenerado en cierta masificación y cierta banalización de ese tipo de visitas. Los museos que albergan miles de tesoros son visitados a la carrera, como si de una prueba de rapidez se tratara, como si de una competeición por acumular puntos se tratara, donde pasas de Rafael a Matisse, y en una hora te has metido cien obras maestras de la historia del arte sin entender ni disfrutar nada. Pienso en las ciudades que he visitado sin tiempo de perderme por sus cajuelas, sin tiempo para entrar en sus librerías o curiosear sus mercados de alimentación, sin tiempo que perder sentado en una terraza viendo pasar la gente u ojeando un periódico local del que no entiendes casi nada, sin poder mirar al suelo o al cielo, a los edificios o a los ojos de los paseantes, sin tiempo para saborearla. Hay quien tomaba un vuelo a de miles de kilómetros como quien va de fin de semana a la provincia de al lado y seguramente sin haberse interesado jamás, qué se yo, por conocer Segovia o Salamanca.


Nos queda un verano para redescubrir lugares más cercanos. Para hacer "slow tourism" de proximidad, modesto y económico. Tendremos que limitar los desplazamientos y reducir los presupuestos. ¿Y sabes qué?, a lo mejor tener menos presupuesto es una oportunidad de hacer turismo de mayor calidad.


A lo mejor descubrimos que depende de nosotros que una iglesia románica o un paisaje o un café o un museo local o un menú a 200 km a la redonda resulten tan intensos como la experiencia turística más extrema.


Si descubrimos que una modesta y desconocida ermita abandonada puede necesitar una hora entera para entenderla y disfrutarla, sí, esos mismos 60 minutos que en otras vacaciones hemos empleado en sacar fotos que demostraran que hemos estado en conjuntos monumentales que merecían días de atención y que no llegamos de verdad a disfrutar, habremos aprendido algo muy valioso que ojalá no lo perdamos.


Recuerdo un arroz y un filete en un patio de un pueblo de Soria, tras una caminata por un barranco con corzos, buitres y fósiles. Recuerdo un fin de semana en Samaniego o en Puente Viesgo o en Arantzatzu. Recuerdo la visita a un pueblo abandonado, subiendo con mis hijos por caminos y soñando en cada ruina las historias que allí sucedieron. Recuerdo redescubrir con ellos la Colegiata de Zenarruza o la Iglesia de Bachicabo. Recuerdo un recorrido inolvidable de cuatro días descubriendo el románico oscense. Recuerdo viajes preciosos más que fueron sencillos y económicos y tan intensos o más que el mejor.


Creo que mis hijos han aprendido a degustar los lugares sin necesidad de consumir. Recuerdo el verano pasado. Una ciudad media. De noche. Nos sentamos en la plaza empedrada justo ante el pórtico de la Catedral, casi en su umbral. Nos recostamos los tres para mirar las torres desde abajo, en un escorzo radical, total, mientras escuchábamos los comentarios de la gente, el murmullo de la ciudad al fondo y finalmente el silencio. Imaginamos la historia, la obra, las vidas y los sueños allí acumulados. Nos inventamos las historias posibles de la historia real.


Tal vez podamos construir mejores planes y disfrutar mayores experiencia mimando las salidas de este verano, con la gente que queremos, que contratando el viaje más exótico y caro del catálogo de la agencia más sofisticada.

sábado, 18 de abril de 2020

CARTA TRIGESIMOCUARTA O SOBRE LA CIUDAD Y LOS LIBROS


CARTA TRIGESIMOCUARTA O SOBRE LA CIUDAD Y LOS LIBROS

Según cálculos del sector hecho públicos esta semana, más de un 10% de las librerías podrían no superar esta crisis y cerrarían tras el confinamiento. No volverían abrir sus puertas salvo, tal vez, para liquidar a precio de saldo los fondos que le quedaran.

La librería es uno de los principales servicios culturales de nuestros barrios y pueblos. Y es que una librería no es sólo una tienda de libros. Una librería pone los libros en la calle para que los podamos curiosear, ojear, podamos leer las contraportadas y enterarnos de qué va cada libro. Las librerías son iniciativas privadas que, sin depender del presupuesto público, prestan un enrome servicio público.

El librero se juega sus cuartos por poner el conocimiento, la cultura, el ocio y la diversión literalmente en nuestras manos, algo que jamás hará por nosotros Amazon ni cualquier otro gigante comercial on line. El librero levantaba la persiana todos los días para acercarnos los libros y además paga los impuestos que le tocan donde le toca. Gracias a ellos conocemos editoriales pequeñas insospechadas que no nos llegan por los grandes medios o redes. Gracias a ellos de vez en cuando hacemos algún descubrimiento inesperado que nos llena de placer y alegría. Gracias a ellos tocamos y olemos los libros y les damos probaditas aquí y allá, leemos un par de párrafos al azar e imaginamos el mundo que ese libro inventa y abre. Por cada libro que nos llevamos hemos soñado una docena. El librero pone en cada calle una universidad del gusto, de la estética y del criterio y lo hace arriesgando su dinero en ello y creando empleo de paso. La librería crea vida en tu calle, en tu barrio, en tu pueblo. Cada librería es una escuela de ciudadanía responsable.

Pero ahora la crisis del coronavirus golpea las librerías y de esa forma golpea un modelo de ciudad. El librero llena nuestra ciudad de cultura, de buen gusto y de vida. Las grandes plataforma de compra on line a lo sumo llenarán las calles de mensajeros, los contenedores de cartones y dejarán nuestra ciudad muerta.
Salvar y mantener nuestras librerías me parece una tarea prioritaria. Para eso los programas de apoyo público son imprescindibles, sin duda, pero no son lo más importantes. No escribo esta columna para mover la voluntad de ninguna institución, sino la de usted, mi amigo lector. Ninguna librería se mantendrá si sus vecinos no compramos nuestros libros ahí. No hay mucho más misterio. Será nuestra voluntad y nuestro compromiso continuado que salve o condene librerías.

En esta situación Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Librerías (CEGAL) ha puesto en marcha la campaña Apoya a tu librería. A través de la página web todostuslibros.com puedes comprar un Cheque Regalo, elegir tu librería preferida, la de siempre, la de tu calle o barrio, y elegir los libros que te llevarás en cuanto puedan abrir o hacerte un fondo del que ir tirando cuando se pueda volver a curiosear, tocar y olisquear libros.

Estamos repitiendo hasta la saciedad que en esta crisis hemos aprendido algunas cosas. Entre ellas, el valor de la cultura, el valor del comercio de proximidad, el valor de la participación ciudadana y el valor de los emprendedores y los autónomos. He aquí una iniciativa que suma estas variables en un ejercicio práctico, concreto, efectivo, con resultados.

Dice Roberto Bolaños que “cada lector tiene la librería que se merece”. No me parece exacto. El acceso a las librerías es un privilegio que se construye y ejerce colectivamente, en la medida en que en nuestro entorno haya cientos de lectores dispuestos a comprarse un par de libros mensuales. De modo que yo adaptaría la frase para decir que cada pueblo o barrio tiene la librería que merece. Toca demostrar lo que merecemos.

Hoy propongo libros sobre libros: Tocar los libros, de Jesús Marchamalo; Sobre el arte de leer, de Gregorio Luri; Confesiones de una editora poco mentirosa, de Esther Tusquets; y, del mexicano Gabriel Zaid, hasta tres que, por lo que leo en los ejemplares que tengo en casa, compré entre marzo y diciembre de 1996 en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas: Cómo leer en bicicleta; De los libros al poder; y Los demasiados libros. Ya que hablamos hoy de librerías supongo que no estará de más comentar que imagino que los compraría en una librería que regentaba un francés aficionado a la fotografía y a los temas indígenas, de nombre Lucas creo recordar aunque la memoria me puede traicionar. No sé si la librería seguirá existiendo.

viernes, 17 de abril de 2020

CARTA TRIGESIMOTERCERA o SOBRE EL ARTE DE PEDIR PERDÓN


CARTA TRIGESIMOTERCERA o SOBRE EL ARTE DE PEDIR PERDÓN



La Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha pedido perdón por la tardanza de la Unión Europea en reaccionar ante la crisis del coronavirus en Italia:



No puedes superar una pandemia de esta velocidad o esta escala sin la verdad. La verdad sobre todas las cosas: las cifras, la ciencia, las perspectivas de futuro, pero también sobre nuestras propias acciones. Sí, es cierto que nadie estaba preparado para esto. También es cierto que muchos no estuvieron ahí a tiempo cuando Italia necesitaba una mano tendida, muy al principio. Y sí, por eso, es justo que Europa en su conjunto ofrezca una sincera disculpa”




El director del Servicio Vasco de Empleo - Lanbide, Borja Belandia, ha pedido perdón por el sistema de solicitud de unas ayudas de emergencia para autónomos que han creado muy serios problemas y comprensible malestar:



Pedimos perdón porque la página web y la sede electrónica no han estado a la altura del número de demandas que hemos tenido. (Estudiamos ) ampliar esa dotación, ya que es claramente insuficiente comparada con la necesidad que hay (y en próximos procesos) no será necesario abrir otra convocatoria (y se seguirán) otros procedimientos.”




A veces parece que pedir perdón en política no tiene buena prensa. Se puede confundir con debilidad o, peor, con tener que humillarte y darle la razón a quienes te han criticado desde la oposición.



Sin embargo pedir perdón es algo muy sano y profundamente humano. Es un reconocimiento de nuestra falibilidad. Además, más importe, muestra capacidad de mirarnos, de evaluar lo que hemos hecho, de aprender de nuestros errores y de corregirlos. Y por lo tanto debería ser percibido más como un fortaleza que como una debilidad, más como generador de confianza que de lo contrario. Ser incapaz de pedir perdón no te hace grande, sino tonto y miserable.



Pedir perdón no significa que uno confiese toda la culpa y todo el error, pero sí que reconozca que en su debe puede apuntarse algo que podría y debería haberse hecho mejor. Pedir perdón es una forma de pausa, de toma de oxigeno moral y afectivo, para seguir avanzando tras corregir algunas cosas.



No cualquier cosa es pedir perdón de verdad. A veces se emplean fórmulas que se ve a la legua que con impostadas e incluso altivas. Se pide perdón de verdad cuando se identifica el error (o la culpa) y a sus víctimas. Si no se dan estos dos elementos, la solicitud de perdón no es de verdad. Como quien declara pedir perdón “si hubiera hecho algo que hubiera molestado a alguien”. Esa fórmula no vale. Si no he identificado qué he hecho mal, si en el fondo no creo que haya hecho nada mal, ¿de qué pido perdón?, ¿qué voy a corregir en el futuro?



Por eso entiendo que estos dos casos que menciono son buenos ejemplos de pedir perdón en la vida pública. La presidenta de la Comisión pide perdón por no haber respondido a Italia en ese pedido concreto en ese momento concreto. Pide perdón a las autoridades y ciudadanos italianos. Y se compromete a que la Comisión que preside está ya tomando medidas para que eso no vuelva a ocurrir. Compárese esta forma de pedir perdón de verdad, con esta otra forma bastante empleada en política: “pido perdón por los errores que pudiéramos haber cometido”, que da a entender que ni reconozco, ni admito nada concreto y que, por lo tanto, nada he aprendido y, por lo tanto, nada voy a corregir o mejorar.


El perdón no es olvido, pero sí facilita, de alguna forma, un punto y seguido. El perdón libera a quien lo pide de cierta carga, pero no de la obligación de corregir lo que hemos identificado como error.



Lo mismo puede decirse en el caso de Landibe. Se pide perdón por un procedimiento que estuvo mal diseñado, es decir, se identifica y se reconoce el error. Y se pide perdón a quienes lo sufrieron: los autónomos a los que no se les ha dado un buen servicio y a los que se ha creado molestias y perjuicios inmerecidos. Y hay un compromiso de que el sistema se ha revisado y en el futuro no se cometerá el mismo error. Los afectados podrán comprobarlo en el futuro.



Yo no conozco personalmente ni a Ursula von der Leyen ni a Borja Belandia. Sé muy poco de la trayectoria política de la primera y nada de la del segundo. No sé nada de sus vidas personales. No sé nada de ellos como personas. Pero sí puedo decir que tras su petición de perdón, me fío más de ellos. A mis ojos han crecido como personas y como políticos.



Para hoy, un libro: El perdón en la vida pública, de Galo Bilbao, Xabier Etxeberria, Juan Echano, Rafael Aguirre.