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domingo, 26 de mayo de 2019

Huawei, la libertad y Europa

Hoy escribo en los medio del Grupo VOCENTO (El Correo y El Diario Vasco) sobre el caso Huawei.

















Huawei, la libertad y Europa





Hay tres maneras de explicar la disputa entre Huawei y Estados Unidos. Algunos presentan el caso como una cuestión de seguridad, en términos político-militares, donde lo que está en juego es el acceso a información, recursos e infraestructuras tecnológicas muy sensibles. Otros, sin embargo, creen que estamos ante una disputa más de carácter económico o comercial, donde lo que se dilucida es el reparto de un mercado de productos tecnológicos de enorme valor y que el gobierno norteamericano no ve cómo frenar a las empresas chinas si no es por las bravas y empleando el pretexto de seguridad nacional. Que estemos en plena batalla comercial entre Estados Unidos y China abona esta segunda visión. Finalmente, un tercer grupo coloca la disputa en un contexto más amplio de rivalidad por un liderazgo global estratégico y cultural: el prestigio de potencial mundial y el dominio cultural se juega en la tecnología, en su capacidad tanto para transmitir contenidos e ideas, como para comercializar productos y servicios. Para este tercer grupo el dinero, siendo importante, no es lo central ahora: quien controle la tecnología no sólo tendrá mejor acceso a nuestro consumo y bolsillo, sino a nuestras convicciones, a nuestra ideología, a nuestra información, a nuestros hábitos y a nuestro voto.

Yo le daría la razón a los tres grupos. El ‘caso Huawei’ incluye todas esas variables de una forma compleja muy característica del mundo contemporáneo en el que se desdibujan las fronteras entre lo público y lo privado, lo interno y lo externo, el consumo y la política, la información y la mentira, el juego y el conflicto. Súmele usted un último factor: un presidente norteamericano caprichoso, impredecible y voluble, que no suele escuchar a los expertos de sus equipos. No caben, por tanto, acercamiento unívocos o simplistas al problema. Quien pretenda explicar el mundo con una sola clave nos miente.
    
Los problemas de seguridad que implica la posición de mercado de Huawei sobre ciertas tecnologías y productos pueden ser cruciales y, llegados a un extremo, literalmente letales. Las capacidades de la compañía de obtener información clave, de controlar suministros, datos e información, e incluso de manejar infraestructuras tecnológicas y, por ese medio, logísticas, energéticas o militares, es muy real. Y el problema es que Huawei no es una empresa privada en el sentido que puede serlo una en nuestros países, con relativo margen de independencia y en permanente dinámica inestable con lo público. Huawei ha crecido en, con y gracias al régimen chino, de cuyo complejo engranaje es una pieza importante. La diferenciación entre partidos, Gobierno, Estado, Ejército, sindicatos y empresas que rige nuestros sistemas liberales no siempre es perfecta, pero existe. Esa diferenciación no es la misma en China. No estamos, pues, ante un problema meramente económico o comercial. Y por eso sorprende –y, al tiempo, no debería sorprender– esa extraña paradoja de ver a una país formalmente comunista como China defendiendo el libre comercio, mientras que el paladín tradicional del comercio abierto, Estados Unidos, se ve obligado a emplear los recursos intervencionistas más duros. Sorprende por su aparente contradicción, pero no debería sorprender porque Huawei es y no es una empresa privada. China ha aprendido a operar con las normas del libre comercio y de la competencia abierta jugando con la ventaja de la falta de libertades interna, el capitalismo de estado, la intervención directa en todos los ámbitos de la economía y el control final sobre sus empresas.


¿Cuál es el papel de Europa en esta partida? No debería ser un convidado de piedra, porque sus derivadas nos van a afectar como al que más. No se trata sólo del coste de los móviles o del acceso a determinada aplicación, cosa que preocupa a los más cortoplacistas. Nos jugamos mucho más. Nos jugamos que la industria tecnológica europea tenga un futuro relevante y que Europa tenga una posición en los retos estratégicos y de seguridad del futuro. Para ello el principio de la competencia, tan caro a Europa, no sirve sino es en equilibrio con otros principios igualmente importantes. Nos jugamos, además, las garantías de confidencialidad de nuestra información, las formas de protección ante la desinformación y su utilización para alterar las voluntades, la libertad de información y su pluralidad. Para afrontar esos retos necesitamos una Europa fuerte, sólida, potente, capaz y valiente. Necesitamos una ciudadanía con visión europea, responsable, orgullosa de su identidad y autoexigente. No tenemos ni lo uno ni lo otro, me temo.


En las elecciones de hoy nos arriesgamos a tener el Parlamento Europeo con mayor número de euroescépticos y populistas, de derechas y de izquierdas, de su historia. Es decir, una Europa sin dirección ni fuerza. Por el contrario, necesitaríamos una alta participación y la opción por partidos europeístas serios, de acreditada capacidad y rigor, capaces de llegar a acuerdos entre diferentes para afrontar los problemas globales. Si no lo conseguimos, culparemos a Bruselas de la incapacidad de Europa. Pero la culpa deberemos buscarla en nosotros, en los ciudadanos, en un voto sin visión europea, ombliguista e irresponsable. Mientras tanto, el mundo camina a la velocidad que marcan otros, Huawei o quien toque. Usted elige.

miércoles, 9 de enero de 2019

Un año en busca de sentido común

Hoy El Correo y El Diario Vasco publican un artículo titulado Un año en busca de Sentido Común.


 https://www.elcorreo.com/opinion/busca-sentido-comun-20190109200523-nt.html 
 
Un año en busca de sentido común

El mundo de 2019 se nos ha hecho más caótico e impredecible. Usted me puede replicar que el sistema internacional ha sido siempre desorden y que el futuro es, por definición, impredecible y está abierto a cambios insospechados e imposibles de anticipar. Mirando hacia atrás, con la ventaja de conocer el resultado, el pasado parece engañosamente predecible y lógico, pero vivido en presente nunca lo es. El presente ha estado siempre abierto, es cierto, pero quizá el mundo de hoy es más incierto y voluble que en años pasados. O, si lo prefieren, es menos aprehensible aplicando lógicas basadas en el sentido común o en la suposición de que las decisiones se toman mediante procesos racionales.


La batalla entre China y EE UU por el control de la ciencia, la tecnología y las comunicaciones se ha hecho explícita. Esta disputa tiene un alcance que va mucho más allá de lo comercial y se eleva a la seguridad y al control global. Nos esperan sorpresas de alto impacto que nos colocarán en un escenario seguramente diferente. Los mercados internacionales están expectantes, prudentes, temerosos, sin atreverse a tomar posiciones.


Rusia avanza firme hacia su objetivo de sentirse respetada y temida como potencial global. Tras ampliar su control sobre Oriente Medio, Putin ha advertido sobre los riesgos de «una catástrofe nuclear global»: «si eso ocurre -añade en su comparecencia de fin de año- podría suponer la destrucción de toda la civilización y ser incluso el fin de nuestro planeta. Espero que la humanidad tenga suficiente sentido común como para no llevar las cosas a tales extremos». Putin ha presentado sus nuevos misiles Avangard que pueden volar a velocidad supersónica y con otros avances tecnológicos que convierten los sistemas de defensa norteamericanos en inútiles y desfasados. El mandatario ruso dice aferrarse a la confianza en el sentido común colectivo, pero si uno piensa en los dos principales jugadores, Putin y Trump, la idea de «sentido común» no es lo primero que nos viene a la cabeza.


El año pasado el riesgo nuclear vino de Corea del Norte. Su dictador, Kim Yong Un, parece otro de cuyo sentido común no quisiéramos tener que depender. Quizá sus decisiones sean racionales, quién sabe, pero aun así estarían basadas en una información tan desconocida y en intereses tan oscuros y paranoicos (mantenimiento del poder absoluto a cualquier precio), que cualquiera de sus decisiones sigue estando fuera de nuestro alcance cognitivo.


En Estados Unidos, tras la dimisión o retirada de los últimos altos cargos con conocimiento y criterio, quienes quedan al frente de la política exterior, de seguridad y militar son arribistas, devotos acríticos, aduladores interesados y en general gente sin escrúpulos morales ni formación, en muchos casos meros payasos irresponsables. El secretario de Defensa saliente ha reconocido que los conocimientos internacionales del presidente son los propios de un niño de 11 años. El caso de la nueva embajadora ante las Naciones Unidas lo dice todo: Heather Nauert, presentadora de Fox y mujer de muy probada ignorancia sobre asuntos internacionales, tendrá el puesto por el que pasaron Stettinius, Adlai Stevenson, Vernon Walters, Madeleine Albright o Susan Rice, tras brillantes carreras. Con ella tendrá la ONU que buscar nuevas formas de colaboración tras el abandonado norteamericano de órganos de derechos humanos y alianzas por el clima.


En América Latina el impacto de la llegada de Bolsonaro (¿debo recordar que Brasil es una economía más potente que la de Canadá o España?) es también impredecible. Todo nos lleva a imaginar un Trump en versión más violenta y sin los 'checks and balances' de la democracia norteamericana. Venezuela hace tiempo que ha pasado el punto de no retorno y de insostenibilidad total del sistema (económica, social y con los índices de violencia más altos). Parece que sólo la convicción de que el siguiente paso es el abismo frena lo inevitable. En Nicaragua la degeneración total del régimen de Ortega, con sus 400 muertos y sus libertades cercenadas, también parece haber superado ese punto de no retorno posible. En estos tres casos sería deseable contar con el sistema interamericano vigoroso de otros tiempos, con medios materiales y políticos. Pero jugar con la legitimidad de los sistemas internacionales, por muy imperfectos e insuficientes que sean, tiene este riesgo: que uno se queda sin ellos cuando más falta le hacen.


Más cerca podríamos hablar del 'Brexit', cuyo desenlace debe aclararse ya, al menos en sus coordenadas más fundamentales, pero que hoy es impredecible. Todo es posible: desde la vuelta a la casilla de salida, hasta el 'Brexit' más duro o sin acuerdo. May está atrapada por el imposible mandato que recibió y por sus propios errores y palabras («no deal is better than a bad deal»).


En el último decenio habíamos avanzado mucho en la lucha contra la desnutrición o la extrema pobreza, y en la mejora de la salud global o la esperanza de vida. Pero comenzamos a observar pasos atrás: vuelve a aumentar el hambre debido, entre otros factores, al cambio climático, según la FAO. Por eso los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda 2030 siguen siendo clave. Quizá esos objetivos sean ese reducto de sentido común y racionalidad que estamos buscando. No suena tan motivador como los sueños populistas -de izquierdas o de derechas- que se venden baratos en las redes sociales, vociferados en discursos facilones y vulgares o tras los adoquines amarillos, pero me temo que es lo mejor que nos queda en el mundo real. Al menos hasta que personas con sentido común ocupen algunos despachos.




Ilustración de José Ibarrola

martes, 20 de noviembre de 2018

Cumbre Iberoamericana: Derecho a la Ciencia y Diplomacia Científica

El jueves y viernes pasado se celebro en Antigua, Guatemala, la XXVI Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. Estas cumbres terminan con la aprobación de una Declaración final.


 https://www.segib.org/wp-content/uploads/DECLARACION-DE-GUATEMALA.pdf 

En relación a los temas que se tratan en este blog hay una novedad importantísima en la Declaración aprobada el viernes pasado, en concreto en su párrafo 45:

Sobre el significado y transcendencia de este párrafo he escrito un artículo que ha publicado El País, en su sección de Ciencia llamada Materia, este domingo. Espero que os parezca interesante:

 https://elpais.com/elpais/2018/11/18/ciencia/1542538915_751650.html 


 





domingo, 14 de octubre de 2018

De expertos y cambio climático

Hoy escribo en DEIA, Noticias de Gipuzkoa y el resto de medios del Grupo de Noticias, sobre el reciente informe presentado por el IPCC.


Quizá el final me ha quedado muy duro. En mi descargo diré que en ese último párrafo me dirijo también a mí mismo y que al releerlo hoy soy el primero en darme dolorosamente por aludido.
















Ustedes han oído ya hablar del IPCC (ganó el Premio Nobel en el 2007), es el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático: un organismo de la ONU que tiene como tarea la evaluación, con base en el mejor conocimiento científico disponible, de la información más reciente sobre el cambio climático y suministrarla, digerible para los profanos, a los gobiernos y a toda la comunidad internacional. Nadie podrá decir que no se sabía, que no había información, que nadie nos advirtió.


En tiempos de fake news, de postverdades y verdades alternativas, en tiempos donde los prejuicios e ideas preconcebidas de cada cual parecen valer lo mismo que el conocimiento científico, esta organización, que facilita el estado del mejor conocimiento actual sobre un problema tan complejo e importante, se hace imprescindible.


Esta semana ha presentado un informe en que 91 expertos de 40 nacionalidades analizan la producción científica para acercarnos, organizada y simplificada, esta información. Ya pasaron los tiempos en que alguno podría alegremente negar el cambio climático o el papel de la humanidad en él basándose en lo que le decía su primo o su comentarista de radio preferido.


Ya no estamos siquiera en los tiempos en que se anunciaban males futuros: las consecuencias del cambio climático están aquí. Tal vez usted y yo nos podamos dar el lujo de ignorarlo, pero para cientos de millones de personas estos efectos son ya una realidad. El informe nos dice “que ya estamos viviendo las consecuencias de un calentamiento global de 1°C, con condiciones meteorológicas más extremas, crecientes niveles del mar y un menguante hielo marino en el Ártico, entre otros cambios”.


Para limitar el calentamiento global a 1,5°C -lo cual es ya una barbaridad- se necesitarían cambios de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad. En el informe se destaca una serie de impactos catastróficos y permanentes que podrían evitarse limitando el calentamiento global a 1,5°C en lugar de 2°C, o más.


Este aumento de temperaturas está ya provocando gravísimos daños humanos. Tras unos años de reducción de importante reducción del hambre, este 2018 es el tercer año en que damos media vuelta hacía atrás y volvemos a perder batallas: ha aumentado el hambre. Y una de las razones principales es el impacto del cambio climático en cosechas, especialmente por sequías e inundaciones.


Los mayores efectos del Cambio Climático sobre la vida de la gente (hambre, desastres y desplazamientos) se da en la zonas pobres (que son además las que menos han contribuido a este cambio). El cambio climático está matando gente, decenas de miles de personas al año, ya, hoy. En algunos países del Norte (USA, Canadá, países nórdicos o Rusia) la producción alimentaria incluso podría aumentar mientras su precio internacional sube: el destino es cruel y ataca a los más vulnerables.


Está muy bien que insultemos a Trump (yo me apunto) por sacar a su país del Acuerdo de París pero mientras tanto: ¿vas a hacer algo tú para paliar ese desastre y esa enorme injusticia en la medida -limitada pero real- de tus posibilidades?, ¿vas a cambiar algo en tu carro de la compra semanal, en el lugar y la forma en que haces las compras, en tus consumos, en tu solidaridad, en tu casa, en tus vacaciones, en tu responsabilidad, en la forma de moverte, en tu basura? Piénsalo bien porque, en caso contrario, insultar a Trump, lo siento, es pura hipocresía, farisaica pose.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

El tiro por la culata

Hablo en El Correo sobre el fiasco de la venta de armas a Arabia Saudí:




EL TIRO POR LA CULATA


El asunto de la venta de armas a Arabia Saudí ha constituido la crisis de descoordinación más grave de los primeros 100 días del Gobierno Sánchez. Ha sido algo más que un fiasco. Me perdonarán ustedes que emplee la manida imagen del tiro por la culata, pero la tentación es irresistible cuando la metáfora refleja a la perfección el asunto y lo hace en los términos armamentísticos que merece.


Si la intención inicial del Ejecutivo era mejorar los estándares de respeto a los derechos humanos y el derecho internacional en su política exterior, incluso si de paso se buscaba apuntarse un tanto de imagen, el efecto no ha podido ser más contraproducente. Habría sido mejor no iniciar la polémica y dejar las cosas como estaban.


El Gobierno ha tenido que recular y los ciudadanos hemos recibido un mensaje letal: que por un lado están las buenas intenciones y por otro la realidad que impone sus límites. Las primeras, las buenas intenciones, son válidas cuando se está en la oposición y no se tienen responsabilidades. Las segundas, las exigencias de la realidad, se reconocen cuando uno llega al poder y afronta sus complejidades.


Incluso el alcalde de Cádiz, de Podemos, ha tenido que mostrarse realista: «si no los hacemos nosotros, los harán otros». Quienes están agotados por la insufrible sobredosis de moralina de los representantes de Podemos, desde la calle o desde la oposición, se regocijan por estas declaraciones que nos los traen al mundo de los adultos. Pero yo lo lamento, puesto que este cambio de discurso confirmaría la idea que denuncio: que ante este tipo de situaciones hay que tomar una opción entre dos extremos contrarios, entre el ‘buenismo’ inútil y el cinismo práctico. Así planteadas las cosas todos deberemos terminar aceptando tarde o temprano que la realidad se impone.


A mi juicio, ante este dilema el Gobierno debería optar por los principios como objetivo, pero no por una aplicación de los mismos que ignore el contexto y las consecuencias de las decisiones, no una aplicación ingenua donde todo es inmediato y unívoco. Hace ya más de 100 años que Max Weber habló sobre la responsabilidad y la ética en la política. Releerlo nos ahorraría tiempo.


Aplicar los mejores estándares internacionales en materia de armas y derechos humanos no supone renunciar a la industria militar. Las armas son necesarias en el orden internacional y hay que construirlas. Pero su comercio debe ser controlado de modo muy estricto, de acuerdo a los tratados internacionales y las recomendaciones de la ONU.


España está obligada a no facilitar armas a un país si van a ser empleadas para cometer genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra u otro tipo de crímenes internacionales. No estoy recitando un mero principio moral: desde la aprobación del Tratado sobre el Comercio de Armas y su ratificación por España, junto a otros 83 países, estamos ante una obligación internacional que nos vincula.


España debe respetar sus compromisos internacionales por medio de plazos y objetivos realistas. No es malo que España tenga industria militar (no sólo por los puestos de trabajo). Y esta industria necesita de apoyo del gobierno, como la que vende trenes, parques eólicos o servicios de telecomunicaciones. El apoyo debe ser amplio pero bien orientado, en ocasiones tener sus límites, sin llevar al sacrificio de las posiciones políticas fundamentales del Estado.


Si una industria no puede vender en un mercado razonablemente abierto y legal, con competencia más o menos trasparente, como normalmente hacen quienes venden trenes, parques eólicos o servicios telefónicos, el problema es grave, pero no podemos resolverlo a costa de incumplir sistemáticamente el derecho internacional. Si nos plantearan como extremo el dilema de que el futuro industrial de una provincia dependiera de modo excesivo de unos pedidos en el borde del derecho internacional, significaría que ese sistema industrial estaría desequilibrado y algo habría que hacer a medio plazo por corregirlo. Centrarse únicamente en conseguir contratos en los límites de lo aceptable podría ser excepcionalmente necesario para salvar una emergencia puntual, pero convertido en práctica no ayudaría a corregir el problema de fondo, sino que lo agravaría.


No me gusta el simplismo de plantear que estamos en una lucha inevitable entre dos absolutos, entre el «buenismo» iluso e ingenuo, por un lado, y el realismo cínico y responsable, por el otro. Que tenemos que optar por paz o empleo. Quiero salir de ese esquema y proponer un enfoque basado en un equilibro maduro de principios serios, incluidos los más altos estándares internacionales en materia de derechos humanos como objetivo, pero aplicados con realismo, con prudencia, con mano izquierda, con diplomacia, conociendo la complejidad de los distintos intereses y orgullos nacionales, y con la mirada en el medio y largo plazo. No sé si eso pasa por revisar o no los contratos ya existentes, pero desde luego exige planificar las políticas industriales y las prioridades de la acción exterior con plazos superiores a los del titular de mañana e incluso superiores a los de una legislatura.


El Gobierno ha hecho un flaco favor a la causa de los derechos humanos metiéndonos en una polémica mal planteada. Sus efectos han sido contraproducentes. Aún así prefiero un Ejecutivo que no sabe resolver estos complejos dilemas y que tropieza por el camino, lo prefiero, digo, a otro, el anterior, que no se los planteaba.

lunes, 13 de agosto de 2018

Michelle Bachelet: nueva jefa de los Derechos Humanos

El sábado pasado publiqué, en la columna #MirarHaciaOtroLado, mi opinión sobre el nombramiento de Michelle Bachelet como nueva Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos:




MICHELLE BACHELET NUEVA JEFA DE LOS DERECHOS HUMANOS


Hace unos meses comentamos en estas mismas páginas que el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al Hussein, de Jordania, renunciaba a presentarse a un segundo mandato. Aquel día les expresé mi simpatía por el personaje y mi reconocimiento por su liderazgo durante estos años al frente de la máxima institución mundial de Derechos Humanos. Dijimos que las razones que daba para renunciar a la continuidad eran graves: otro mandato “en el contexto geopolítico actual, podría significar hincar la rodilla para suplicar; silenciar una denuncia; rebajar la independencia y la integridad”.

Y es que el Alto Comisionado se había hecho notar por sus posiciones firmes, lo que le había hecho chocar con ese Estados Unidos que no sólo abandona la UNESCO o la alianza global contra el Cambio Climático, sino el propio Consejo de Derechos Humanos. Es muy lamentable que un estado que fue clave en la creación de la ONU y el sistema internacional de Derechos Humanos, forme hoy junto a Irán, Corea del Norte y Eritrea el innoble grupo de los cuatro estados que se niegan a participar en el Consejo de la ONU.

Pero no creamos que Zeid Ra’ad Al Hussein ha sido anti-yanqui al uso, es un diplomático impecable y ha sido igualmente implacable con Rusia, China o Irán, por no hablar de su posición contra todo integrismo o fanatismo, venga de donde venga. Ha estado con voz mesurada pero firme, al lado de las víctimas lo mismo en Myanmar que en la República Centroafricana, Nicaragua o Venezuela.

El Alto Comisionado para los Derechos Humanos tiene rango de Vicesecretario General de la ONU. Es el máximo responsable de la ONU para todas las cuestiones relativas a los Derechos Humanos, tanto las técnicas y administrativas, como las políticas o de desarrollo normativo e institucional. Es la gran autoridad mundial en materia de Derechos Humanos. Desde la creación de la institución, en 1993, han servido en este cargo seis personas de un alto reconocimiento moral, político e intelectual: tres mujeres y tres hombres.

El Secretario General de la ONU ha presentado esta semana, tras prolongadas consultas (y negociaciones) con los grupos regionales el nombre de Michelle Bachelet para el cargo. La Asamblea General ratificó ayer mismo la propuesta.

¿Es Michelle Bachelet la persona para tan difícil papeleta en un momento en que el sistema de promoción y protección de los Derechos Humanos de la ONU está puesta en cuestión por una inusitada alianza entre Rusia, China, Irán y los EEUU que la estrangulan a base de recorte de recursos y críticas y desprecios?

A la nueva Alta Comisionada le tocará una tarea que requerirá un equilibrio casi imposible entre fuerza y templanza, entre tesón y flexibilidad, entre visión y táctica, entre rigor y mano izquierda.

Michelle Bachelet ha sido víctima de violaciones graves de Derechos Humanos. Es sensible como la que más a los Derechos Humanos y a la importancia de su internacionalización. Tiene experiencia como presidenta de un país, por lo que entiende bien las necesidades y limitaciones de la política. Tiene formación intelectual sólida. Ha sido Directora de ONU Mujeres, con lo que además le conocemos sensibilidad para la igualdad de género y experiencia en el sistema ONU, con sus grandezas y sus limitaciones. Tiene prestigio internacional, si bien su popularidad en su país no es alta. A sus 66 años éste será probablemente el último gran cargo de su carrera y no tiene necesidad alguna de someterse a ataduras que limiten su independencia.

Soy realista, no le pido un sobresaliente, me conformaré con darle un aprobado a fin de curso. No, no es nada fácil lo que le espera, pero si no es Bachelet, ¿quién sería la persona ideal?, no se me ocurre, en el mundo de lo posible, un nombre mejor. Tiene todo mi apoyo.






sábado, 12 de mayo de 2018

Pacta sunt servanda

Hay un principio del derecho romano denominado Pacta Sunt Servanda, algo así como que los pactos, acuerdos o contratos (o tratados, en este caso) están para ser respetados. Parece muy obvio, pero este principio es muy recurrido y de extraordinaria relevancia práctica en Derecho Internacional.


Hoy desempolvo el latín para titular mi artículo #MirarHaciaOtroLado y hablar de Trump y la retirada del acuerdo nuclear con Irán.


Un asunto tan complejo como éste podría tratarse desde mil enfoques, en 3500 espacios o 575 palabras inevitablemente hay que renunciar a muchas cosas e intentar decir un par de ellas, brevemente, pero a poder ser con cierto sentido y un mínimo de corrección y estilo. No más, pero tampoco menos. Espero que el intento te parezca logrado.






 http://www.deia.eus/2018/05/12/mundo/pacta-sunt-servanda 






PACTA SUNT SERVANDA





La decisión del Presidente Trump de retirar a los Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán no es una sorpresa. Era una de sus promesas de campaña y, para lo malo, Trump no suele decepcionar, recuerden la retirada del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático. Ha insistido mucho Trump, en su infantil deseo de desprestigiar a toda costa el legado de Obama, con su habitual lenguaje exagerado y falto de rigor, en referirse a este acuerdo como el peor acuerdo que los Estados Unidos hayan suscrito jamás. No sabemos hasta qué punto la decisión de esta semana ha tomado en cuenta los terribles riesgos que puede acarrear o se debe simplemente a que la retórica incendiaria del presidente no le había dejado otra salida. No parece que el viejo principio que dice que rectificar es de sabios, se ajuste a su estilo.


Tal vez el cumplimiento del acuerdo por parte de Irán no fuera absoluto, completo, sin tacha o mácula alguna. Pero tampoco se trataba de un incumpliento grave. Así lo acreditaron observadores de la ONU (de la Organización Internacional de la Energía Atómica, OEIA, si ustedes gustan de mayor precisión), profesionales duchos en su tarea y poco sospechosos de dejarse engañar fácilmente. “Irán está sujeto al régimen de verificación nuclear más robusto del mundo. A día de hoy, el OIEA puede confirmar que los compromisos nucleares están siendo implementados por Irán". Esto lo ha confirmado esta semana, por escrito, el Director General del OIEA, el japonés Yukiya Amano. La opinión de Israel y los EEUU, según la cual el incumplimiento iraní era esencial y grave, parece más sobreactuada que rigurosa.


No seré yo quien defienda a un régimen como el iraní, teocrático y vulnerador grave de los derechos humanos, especialmente de las mujeres y de las minorías sexuales y religiosas. No seré yo quien se muestre comprensivo con su política interior represiva y brutalmente fanática, ni con su política exterior de la que desconfío plenamente. Pero aún así en las relaciones internacionales (y en las internas) uno debe llegar a acuerdos con los diferentes para mantener la paz. Y el acuerdo con Irán no era desde luego perfecto, pero aportaba algunos gramos de prudencia y control mutuo en una región que necesita confianza en que los acuerdos son posibles y, lo más importante, que se firman con la intención de cumplirlos (pacta sunt servanda, que decía el viejo principio latino, tan clave luego en el Derecho Internacional, un principio tan básico pero tan importante como que los acuerdos se comprometen con intención de honrarlos de buena fe).


Tanto Merkel como Macron, Alemania y Francia, han intentado cambiar la decisión norteamericana, como se ve con resultados nulos e incluso, según se mire, humillantes. Europa mira con preocupación un polvorín demasiado cercano y cuyas consecuencias migratorias hace tiempo que han superado su capacidad de respuesta política y social. Los halcones de Washington reducen la bronca al interés europeo, y especialmente francés, por los contratos en Irán. No voy a negar que el económico es un elemento en el tablero, pero sólo desde el cinismo más estúpido se puede creer que la clave industrial o comercial es la principal preocupación europea en la zona ahora mismo.


Trump deberá negociar ahora con Corea del Norte haciendo creer, contra la evidencia, que los acuerdos que se celebran con los Estados Unidos son política de Estado y que, ¿se acuerdan?, pacta sunt servanda...

martes, 20 de marzo de 2018

Veneno ruso en Londres

Hoy El Correo y El Diario Vasco publican un artículo mío sobre el asunto del espía ruso envenenado y sus implicaciones internacionales. Fue escrito antes de conocerse los resultados de las elecciones rusas, pero puede servir también para interpretar sus resultados.







VENENO RUSO EN LONDRES


Un coronel ruso es condenado en Moscú por traición tras acreditarse que pasa información a los británicos. Posteriormente es liberado en un intercambio de espías entre Rusia y Estados Unidos. Años después es víctima en Londres de un ataque con gas nervioso de origen soviético. No me digan que no tienen la sensación de estar ante una trama de Le Carré. Lamentablemente esta historia es real.


La primera ministra británica, Theresa May, ha declarado que es «altamente probable» que Rusia sea responsable de este ataque puesto que el gas Novichok ha estado únicamente a disposición rusa. Los rusos rechazan la acusación y sugieren que hay otros Estados sucesores de la URSS que podrían disponer de muestras o haberlas deslizado a terceros y formalmente se remiten a la Convención de Armas Químicas para la resolución del conflicto.

El asunto es difícil y peligroso. ¿Quieren mi opinión? Rusia contaba con los medios, con el motivo, y ha demostrado ya su disposición a este tipo de actuaciones mafiosas contra sus exagentes traidores e incluso contra simples opositores. De modo que yo creo como May que Rusia tiene con toda probabilidad algún grado de responsabilidad. ¿Pero puede iniciarse un conflicto diplomático de imprevisibles pero seguramente graves consecuencias fundándose sólo en una convicción, por muy sólida que sea? Tengo mis dudas. El imprevisible ministro de Exteriores británico nos dice que el «displicente desprecio» con el que Putin ha reaccionado demuestra su culpabilidad, pero esa reacción demuestra únicamente la chulería del presidente ruso, no su culpabilidad. Si Reino Unido quiere sumar a sus aliados en una escalada tan grave debería ofrecer algo más que sospechas y convicciones. Y lo digo aún cuando yo las comparto.


El Gobierno británico dio a Rusia un ultimátum de 24 horas que esta obviamente ignoró. No parece la mejor manera de buscar soluciones ante un Putin todopoderoso que se crece ante estos embates y que obtiene su fuerza precisamente del victimismo antioccidental, del sueño del imperio perdido y de la mística de la ofensa y la confrontación. Este país ha demostrado que puede aguantar bien las represalias y responder con dureza cuando hay una narrativa nacionalista que lo sostenga.


Y es que este incidente, haya o no sido directamente ordenado por Putin, aparece en un contexto que tiene profundas raíces históricas y geopolíticas del país más grande del mundo que juega en varias pistas simultáneas (desde el Ártico a Asia Central, desde Bering al Mar Negro o el Báltico). Un país que no acepta que el fin de la URSS signifique ni pérdida de control sobre su zona de influencia (al menos al interior de las viejas fronteras soviéticas) ni pérdida de protagonismo global. Un protagonismo que hoy no puede reclamar por su fortaleza económica o tecnológico-científica (la apuesta china) o por su influjo ideológico y cultural (el caso de Estados Unidos o, a cierta distancia, Europa), de modo que le quedan herramientas más duras, como el control directo o indirecto del territorio cercano, la fuerza militar y la inteligencia (a la que se añaden ahora los ciberataques). Es una pésima noticia que no encuentre otros medios de recuperar su papel global y su orgullo nacional.


La presentación que Putin hizo hace unas pocas semanas de su arsenal nuclear en groseros términos de yo-los-tengo-más-grandes como principal argumento electoral interno es la mejor representación de ese drama.


Hay que reconocer que Putin ha conseguido que Rusia recupere su papel de potencia global, aún al precio de un régimen interno de reducidas libertades y de una política internacional provocadora. En este contexto un conflicto con Londres, donde se asentaron muchos multimillonarios que habían esquilmado el país en tiempos de Yeltsin, no le pasará factura interna alguna.


Así se entienden los acontecimientos recientes, como algunos casos de envenenamiento o de ciberataques. La intromisión en varios procesos electorales occidentales ha quedado acreditada. También el uso de sus redes y agencias parapúblicas para explotar contradicciones propias de las democracias o intervenir en debates como el ‘Brexit’ o el catalán con identidades y hechos engañosos. Los usuarios de Facebook y otras redes devienen aquí cómplices de estas campañas cuando las comparten con la alegre levedad de un irresponsable click.


Los británicos denunciaron hace unas semanas que Rusia era responsable de un ciberataque que afectó a decenas de miles de ordenadores. La seguridad en nuestro tiempo tiene tanto que ver con armas nucleares, como con armas biológicas y químicas que creíamos ya eliminadas. Pero también tiene que ver con los ciberataques que pueden colapsar un país, robar su información más sensible o controlar servicios financieros, de comunicación o de suministro. Y tiene que ver también con el acceso a nuestras mentes a través de mentiras que entran en nuestras redes y aceptamos y compartimos cuando confirman nuestros prejuicios o son suficientemente morbosas como para indignarnos o movilizarnos.


Theresa May tiene una papeleta muy difícil en un momento de debilidad interna y externa. Cuenta con un ministro de Exteriores que es rival desleal y al que mantiene en el puesto por que fuera haría más daño que atado al cargo. La UE, a pesar de la pelea del ‘Brexit’, le apoyará, pero no perdonará errores ni abusos. En Estados Unidos, tras la estrafalaria destitución de Tillerson, queda May en manos del capricho ignorante e improvisado de un Trump cuyo desprecio por el Derecho Internacional y los usos diplomáticos es conocido y cuyos oscuros lazos económicos y políticos con Rusia permanecen sin aclarar.


No, quizá Le Carré no se habría atrevido con tanto.








martes, 23 de enero de 2018

El primer año de política exterior de Trump

Hoy hago en El Correo un breve repaso al primer año de Trump en política exterior. Lo titulo, en un osado alarde de original creatividad, "El primer año de política exterior de Trump"











El primer año de política exterior de Trump





Ha pasado un año desde que los Trump dieron el ritual paseo inaugural por la Avenida Pennsylvania. Mientras tanto los Obama apresuraban los últimos detalles de la mudanza y esperaban en el umbral de la Casa Blanca para dar la bienvenida, con sufrida deportividad, al más insospechado de los sucesores. Sí, hace un año que Donald Trump es presidente de los Estados Unidos y, a pesar de ello, compruebo que hoy ha amanecido. ¿Quizá no era tan peligroso como nos temíamos?


Los primeros días de su mandato el mundo permaneció expectante. Nos aferrábamos a la esperanza de que no fuera tan patán como él mismo se empeñaba en hacernos creer. Cabía la posibilidad de que una vez investido supiera adaptarse a su nueva función y, si no convertirse en un fino político, sí al menos desempeñarse con cierta cordura. Pronto vimos que el nuevo presidente no iba a corregir ese estilo vulgar y provocador que le había encumbrado. Nos tuvimos que acostumbrar a su adolescente y egocéntrica sobredosis de declaraciones y tuits que marcan desde entonces una presidencia desmesurada y caprichosa.


En los primeros meses reinó la confusión y el desorden. Su amateurismo político y su gusto por destrozar equipos le impidieron avanzar. Pero según han pasado los meses su presidencia ha comenzado a funcionar, de modo que podemos hacer ya una valoración de su primer año. Nos limitaremos aquí a la política exterior.

Incapaz de crear relaciones que no se basen en la sumisión y la humillación, Trump comenzó teniendo encontronazos con muchos mandatarios mundiales. Recordemos las broncas telefónicas innecesariamente subidas de tono o las embarazosas polémicas creadas por su gorilesca forma de estrechar la mano. Pero más allá de anécdotas, vayamos al fondo.


Por un lado la relación con Rusia es inestable e impredecible. Lo mismo hoy nos enteramos de nuevas pruebas sobre los hilos que unen a la familia del Presidente con el entorno de Putin, que mañana les vemos enfrentados en cualquier lejano polvorín. Lo mismo les vemos mostrarse mutua admiración por la mañana que por la tarde mutua desconfianza e insana rivalidad. Uno no sabe bien qué parte es teatro y qué parte es real, o si todo está mezclado. La trama rusa tuvo al presidente y a su equipo arrinconados por un tiempo y puede volver a ponerlos en aprietos en cualquier momento. Pero al mismo tiempo los intereses de ambas potencias en varios escenarios están más enfrentados ahora que en muchos años, devolviéndonos escenas casi propias de la Guerra Fría.
Lo más peligroso quizá sea la tensión nuclear con el otro niño grande de las relaciones internacionales: Kim Jong-un, el presidente de Corea del Norte, que ha mostrado capacidad nuclear, pero sobre todo capacidad de liarla gorda. Ni Jong-un ni Trump dan el perfil de templados negociadores, atentos al bienestar de sus ciudadanos y del resto del mundo, que uno quisiera tener al mando en caso de una crisis de misiles.


Trump saca pecho con varios éxitos en política exterior. El retroceso de las posición del DAESH en Siria e Iraq es uno de ellos. Es muy cuestionable el papel de los EEUU en este retroceso, y aún en la parte que le correspondiera, si se debe a algún cambio de tendencia debida a las políticas de Trump o a un agotamiento del ciclo DAESH que viene de antes de su toma de posesión.


Otros éxitos de su agenda serían el aumento de cuotas de los socios en la OTAN y la reducción del presupuesto de la ONU, lo cual apunta a un debilitamiento general de los organismos de la gobernanza global, sobre todo tras la salida de los acuerdos de París sobre cambio climático y de la UNESCO.


Trump, más proteccionista que liberal, quiere una revisión profunda de los acuerdos comerciales en términos que en algunos aspectos harían las delicias de más de un crítico de la globalización. El reconocimiento de la capitalidad israelí en Jerusalén y la denuncia de los acuerdos nucleares con Irán son algunas de sus decisiones con más peligroso impacto a largo plazo.


Trump ha conseguido hacer daño este primer año. Su presidencia está haciendo de este mundo un lugar un poco más caótico, más imprevisible, más ingobernable, más voluble y más vulnerable.


En la Estrategia de Seguridad Nacional, recientemente presentada, se apuesta por un aumento del gasto militar y por un impulso explícito y decidido a la industria militar. Se refuerza la lucha contra la inmigración irregular. Se identifica a Corea del Norte e Irán como los dos estados más peligrosos. Se señala como objetivo principal la competición no sólo militar, sino económica y tecnológica, con China y Rusia. Finalmente se subrayan el liderazgo tecnológico y el dominio de los mercados energéticos como dos claves futuras de la seguridad.


En las 55 páginas de esta Estrategia de Seguridad Nacional se cita la cuestión climática una sola vez, cuando advierte del peligro que suponen las políticas del clima para el desarrollo de la industria energética de los Estados Unidos al frenar los proyectos con mayor impacto medioambiental. En el retorcido imaginario de la postverdad trumpista el cambio climático no supone ninguna amenaza a la seguridad humana, sino que al contrario es la lucha contra el cambio climático lo que nos pone en peligro.


Los logros de Trump consisten en su mayor parte en destruir, debilitar, enfrentar y provocar. Pero sus fracasos los pagaremos igualmente todos. La verdad es que no sé si me dan más miedo sus logros o sus fracasos.

sábado, 20 de enero de 2018

Índice de Paz Global

Hoy escribo en DEIA y en Noticias de Gipuzkoa sobre el Índice de Paz Global que publica anualmente el Institute For Economics & Peace . Este Instituto fue creado y es financiado por el empresario, tecnólogo y filántropo australiano Steve Killelea.  Lo datos de estos informes se estudian y divulgan a través de esta muy interesante página web titulada Visions of Humanity.


 http://www.deia.com/2018/01/20/mundo/indice-de-paz 






ÍNDICE DE PAZ


Me gustan los medidores internacionales, esos índices que clasifican a los estados. Más allá del morbo de ver qué país está por delante de qué otro, me gusta desentrañar los indicadores y estudiar las tendencias.


El Índice de Desarrollo Humano es quizá el más conocido. Los índices de Transparencia Internacional, los de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras, los de educación, cultura y ciencia de la UNESCO, los del Banco Mundial o los de la OCDE (PISA, por ejemplo) son fuente inagotable de información.


El Institute for Economics & Peace nos ofrece un índice global de paz que recoge indicadores de diversos ámbitos, desde la seguridad ciudadana a los conflictos internacionales pasando por la militarización o el buen gobierno.


En los años 70 descubrimos con Johan Galtung el concepto de Paz Positiva, que era aquélla que no se reducía a la ausencia de guerra, sino que se asociaba a la vida digna. Este medidor complejo que aquí comento puede entenderse como prudente heredero de aquel concepto de paz positiva, sin caer en alguno de los excesos en que cayeron en ocasiones sus seguidores que, a fuerza de incluir contenidos a la paz, terminaron por quitarle su significado, como denunciaba Norberto Bobbio.


Indicar qué países disfrutan de más o menos paz siempre ha sido problemático. Recuerdo que en los 80 Galtung identificó a Yugoslavia como uno de los países más seguros del momento, por su exitosa gestión de la cuestión de las nacionalidades y su relativa autonomía del bloque soviético.


En este informe de ahora vemos en cabeza a Islandia, Portugal, Nueva Zelanda y Dinamarca. No se sorprenderán ustedes al ver a Siria, Afganistán, Iraq, Yemen o Sudán del Sur a la cola.


La ausencia de paz cuesta al mundo más de 14 billones de dólares, es decir un 12,6 % del PIB mundial, es decir, casi 2.000 euros por persona. Pero dedicamos a las labores de prevención y mantenimiento de la paz menos de un 1% de lo que nos cuesta la violencia y la guerra.


Más allá de las clasificaciones (España está la número 23 de 163 estados, lo digo por que sé que no me va a perdonar usted que le haya hecho llegar hasta aquí sin darle el dato) lo interesante son las tendencias. En los últimos 10 años el mundo se ha hecho más desigual en materia de paz, es decir, la diferencia entre los más pacíficos y los más conflictivos o inseguros ha aumentado. Ha aumentado el número de refugiados o personas desplazadas, el número de víctimas del terrorismo y de conflictos bélicos.


Son números de la tendencia a 10 años que contrastan con las tendencias más a largo plazo histórico que nos facilita Steven Pinker (Los ángeles que llevamos dentro), sin echar por tierra, a mi juicio, su tesis de que la seguridad mejora. Entre los datos positivos de la ultima década tenemos la reducción de la inseguridad ciudadana, el descenso de asesinatos (muy en línea con Pinker), el descenso del tamaño de los ejércitos y del gasto militar. Este último dato está cambiando a peor gracias a Trump que ha hecho aumentar los gastos militares propios y de sus aliados. Y aún así, nos gustan los ángeles de Pinker.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Balance del año 2017 en política internacional

Hoy en mi columna #MirarHaciaOtroLado de DEIA y Noticias de Gipuzkoa hago un breve repaso a algunos acontecimientos de las relaciones internacionales en el 2017. Resumir un año en 4.000 caracteres, título y espacios incluidos, es un ejercicio sobre todo de contención, de modo que muchas cosas se quedan fuera. Espero que si bien "no todo lo que es, está, sí que todo lo que está, sea". Cada uno tendrá su selección de eventos, su lectura propia, su priorización, su lente. Confío en que ésta te parezca, entra las posibles visiones, una suficientemente interesante.



#MirarHaciaOtroLado




UN DURO Y DIFÍCIL 2017




hoy toca hacer balance de 2017. El año comenzó con la toma de posesión de Donald Trump. El nuevo presidente no corrigió su indecente estilo vulgar e ignorante y nos ha regalado una adolescente y egocéntrica sobredosis de declaraciones y tuits que marcan una presidencia personalista, caprichosa y profundamente irresponsable. Al principio su maestría en destrozar equipos le impidió llevar a cabo sus promesas, pero poco a poco avanza en el desmantelamiento de la sanidad pública y de la política fiscal progresiva y transparente.


En política exterior el mandato de Trump ha estado oscilando entre la cercanía con Rusia y la necesidad de negarlo. Lo más peligroso quizá sea la tensión nuclear con el otro niño gordo y tonto de las relaciones internacionales: Kim Jong-un, el presidente de Corea del Norte. Incapaz de crear relaciones que no se basen en la sumisión y la humillación, Trump ha tenido encontronazos con muchos mandatarios mundiales, recordemos las estúpidas polémicas con su forma de estrechar la mano. Ha tenido éxitos en su agenda, como la reducción del presupuesto de la ONU, el aumento de cuotas de sus socios en la OTAN y el debilitamiento de la gobernanza global. Su revisión de los acuerdos comerciales haría las delicias de más de un crítico de la globalización. La salida de los acuerdos de París sobre cambio climático y de la Unesco o los efectos del reconocimiento de la capitalidad israelí en Jerusalén son algunas de sus decisiones más graves. Fíjese que sus logros consisten en destruir. Sí, Trump ha conseguido hacer daño.


En Europa hemos vivido la irrupción de Macron, que ha dado un impulso de la proyección internacional francesa: desde la Dirección General de la Unesco hasta la capitalización de la lucha contra el cambio climático. En el Reino Unido la materialización del Brexit está resultando más difícil y cara de lo que sus defensores habían imaginado. De momento parece que podrían quedarse, a cambio de una elevada factura, con lo que no querían del sistema europeo al tiempo que pierden sus ventajas y beneficios: gran ejercicio de hacer un pan con unas tortas. Algunos quisieron ver el final de Merkel, pero ha sabido negociar unos resultados difíciles no perdiendo la posición. La crisis polaca nos demostrará hasta qué punto los principios democráticos europeos están para ser cumplidos.


En América Latina, tras su primer año, el proceso de paz en Colombia, a pesar de los trompicones, sigue vivo y avanza. En México el último año del mandato de Peña Nieto nos presenta un país más violento y más vulnerable a la corrupción. Las elecciones de este año en Colombia y México marcarán en parte la marcha de un continente que ha dado cierto giro a la derecha en Argentina, Chile, Perú, Paraguay o Brasil, otro gigante con los pies enfangados en el lodo de la corrupción y el descrédito de la política. Venezuela parece avanzar hacia el precipicio de la pobreza, el enfrentamiento social y el camino sin salida.


Hemos visto el fortalecimiento incontestable del mandato de Xi Jinping en China, en una región asiática que sigue creciendo por encima del resto de regiones: 6,4% frente a un 1,1% previsto en Latinoamérica y un 3,4% en África. Es Myanmar el país que más crece de toda la región en un año en que hemos aprendido de la existencia y sufrimiento de los rohinyás.


La reciente concesión por parte del Gobierno vasco del Premio René Cassin a Minority Rights Uganda, nos ha permitido conocer mejor la situación de las personas que en África sufren persecución por su orientación sexual, con penas que en cuatro países pueden llegar a la pena de muerte y en otros a más de diez años. Solo en veinte de los 55 estados africanos la homosexualidad es legal (lo cual no quiere decir que no haya discriminación).


No, no me ha quedado un buen balance. Quienes siguen esta columna saben que procuro compartir una visión positiva de nuestro mundo. Hoy no lo he conseguido. Construyamos entre todos un mejor 2018.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Una toalla sobre el cuadrilátero de los derechos humanos

Hoy escribo en mi columna #MirarHaciaOtroLado de DEIA sobre la decisión del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos de no presentarse a un segundo mandato.


Una toalla sobre el cuadrilátero de los Derechos Humanos



Una toalla sobre el cuadrilátero de los derechos humanos

EL Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha escrito a los funcionarios de su oficina una carta de navidad que éstos difícilmente olvidarán. Les anuncia que no se va a presentar a la reelección para un segundo mandato. Las razones que les da son duras, graves y nos atañen a todos.


El de Alto Comisionado para los Derechos Humanos no es un cargo cualquiera. Tiene rango de Vicesecretario General de la ONU, es decir que sólo está por debajo del Secretario General. Es el máximo responsable de la ONU para todas las cuestiones relativas a los Derechos Humanos, tanto las técnicas y administrativas, como las políticas o de desarrollo normativo e institucional. Es la gran autoridad mundial en materia de Derechos Humanos. Desde la creación de la institución, en 1993, han servido en este cargo seis personas de un elevadísimo reconocimiento moral, político e intelectual: tres mujeres y tres hombres.


El Alto Comisionado actual es el Príncipe Zeid Ra’ad Al Hussein de Jordania. El hecho de que empleara el título de príncipe, junto quizá a algunos otros prejuicios asociados a su perfil, nos hizo a más de uno desconfiar de su nombramiento. Con mucho gusto reconozco que esa desconfianza ha resultado injusta. A lo largo de su mandato ha mostrado una autoridad moral y una defensa rigurosa de las víctimas y de los principios universales de Derechos Humanos. Además los funcionarios a su cargo hablan bien de su gestión y de su carácter como jefe. En las ocasiones que he tenido de coincidir con él, ha sido siempre cercano y amable.


En su mensaje de Navidad por correo electrónico Al Hussein anuncia que “el próximo será el último año de mi mandato (…) Tras mucho pensarlo he decidido no optar a un segundo mandato de cuatro años. Hacerlo, en el contexto geopolítico actual, podría significar hincar la rodilla para suplicar;silencia una denuncia;rebajar la independencia y la integridad que debe tener mi voz, que es la tuya”.


¿Qué significa esta dura crítica?, ¿en qué contexto se da?, ¿a quién va dirigido el recadito?


Zeid Ra’ad Al Hussein ha sido desde el principio duro en sus críticas a las políticas de Trump contrarias a los derechos humanos: desde las prohibiciones genéricas a personas de determinados origen, contrarias al principio de igualdad, hasta las políticas que justifican la tortura. Tampoco se ha callado cuando tocaba hablar sobre Rusia o sobre China. Al parecer, el Secretario General de la ONU, el portugués António Guterres, habría pedido al Zeid Ra’ad Al Hussein que rebajara el tono de su confrontación con los Estados Unidos y éste habría respondido así: con una toalla contra la lona.
No quiero hacer aquí una película de buenos y malos. António Guterres se había ganado una bien merecida fama de persona sensible al sufrimiento humano tras un más que digno paso por el mandato de Alto Comisionado para los Refugiados. No creo que el cargo de Secretario General de la ONU le haya cambiado tan rápido. No le veo cediendo fácilmente a presiones o poniendo precio a su dignidad. Pero lo que sí resulta muy posible es que la tarea a la que deba hacer ahora frente Guterres sea infernalmente imposible: humanizar a la Rusia de Putin y mantener a la administración Trump dentro del sistema ONU, es decir, dentro de unos mínimos compartidos en la comunidad internacional.


Trump ha renunciado ya a la colaboración contra el cambio climático y ha sacado a los EE.UU. de la Unesco. Poca provocación necesita para hacer saltar por los aires del sistema de protección de los Derechos Humanos que, con todas sus enormes insuficiencias e irritantes limitaciones, hemos ido creando durante los últimos 70 años. Este acumulado institucional, jurídico y político es un bien demasiado grande, demasiado delicado, y hay que tragar muchos sapos para no romperlo.


La Unesco y el clima ya han pagado la sevicia de Trump. Parece que la renuncia del Alto Comisionado es otra muesca en su revolver de cobarde abusón, de miserable e ignorante adolescente, de niño rico y malcriado que juega con crueldad rompiendo juguetes y comprando cuerpos y voluntades, destrozando por el camino vidas y midiendo su éxito por su capacidad para destruir, ensuciar y hacer sufrir sin pagar las consecuencias.


No me gustaría estar en el puesto de Guterres. Sus dilemas por decidir cuál es el mal menor aceptable en las presentes circunstancias y qué precio se debe pagar por ese mal, tienen que ser insoportables. Desde fuera podemos opinar con cierta facilidad sobre lo que debería hacer Guterres, ignorándolo casi todo y ligeros del peso de las consecuencias sobre nuestros hombros. Pero supongo que no será tan fácil hacerlo si realmente se tiene la responsabilidad y el peso de las consecuencias globales de equivocarse te ahoga como insoportable carga para una sola persona. Le pido a Olentzero, a Papá Noel, a Santa Claus, a los Reyes Mayos, o a todos juntos, que le lleven a Guterres sabiduría para acertar y fortaleza para llevarlo a cabo.


Al nuevo o nueva Alto Comisionado le tocará una tarea difícil. Confío en que, como los anteriores, traiga la fuerza y la visión necesarias para la dura empresa que le toca. Tendrá mi apoyo. De momento, mis respetos a Zeid Ra’ad Al Hussein: no sé de su cuna, ni me importa, pero por lo que a mí toca, el título de príncipe, signifique lo que si signifique, se lo ha ganado estos años de Alto Comisionado.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Entrevista BBK Behatokia - Observatorio retos Bizkaia

Hace unos días el Observatorio de los retos de Bizkaia, BBK Behatokia, me hizo una entrevista larga de 22 minutos.


 https://bbk-behatokia.com/2017/11/06/entrevista-sobre-derechos-humanos-a-mikel-mancisidor-miembro-del-comite-de-derechos-economicos-sociales-y-culturales-de-la-onu-y-profesor-de-la-american-university-washington-d-c/ 


En esta entrevista, la directora del Observatorio, Virginia Gómez de Retana, me pregunta por los elementos clave para entender Bizkaia y por sus retos de futuro. Como la cabra siempre tira al monte, yo termino por hablar de mis temas y por dar una visión de los retos de Bizkaia desde una perspectiva global, con una mirada al mundo. Tal vez por eso la entrevista pueda resultar de algún interés también para los no vizcaínos.


 https://bbk-behatokia.com/ 
Aconsejo echar un vistazo a la página de este observatorio BBK Behatokia, una alianza entre la fundación bancaria BBK y Deusto Business School de la Universidad de Deusto. Para quienes somos de Bizkaia este Observatorio es una fantástica fuente de información sobre nuestro presente y nuestros retos de futuro. A quienes son de otros lugares les puede igualmente resultar útil echar un vistazo y curiosear su web, dado que puede servir como modelo de Observatorio actual, inteligente y lleno de información pertinente, actual, enriquecedora y sugerente.

martes, 7 de noviembre de 2017

Reflexiones sobre Cataluña

Hoy me permito, en El Correo, unas reflexiones personales sobre lo que ha sucedido en Cataluña. Es una lectura desde y para el País Vasco.
Son reflexiones sinceras sobre asuntos que me interesan y ocupan. No me interesa tanto tener razón (si eso fuera posible en estos casos) sobre un asunto concreto de actualidad (ni mucho menos convencer a nadie de nada: no es mi tarea) como contribuir con alguna idea útil a un debate más de fondo y de largo plazo.








Reflexiones sobre Cataluña








No me parece que lo sucedido en las últimas semanas vaya a hacer de Cataluña un país más fuerte, más libre o más relevante en el mundo. Tampoco creo que ayude en la construcción de una comunidad más integrada o con mejor convivencia interna. La realidad institucional y política vasca es muy diferente, pero escribo estas ideas por si la experiencia catalana nos ayudara repensar nuestros propios debates.





En Cataluña se ha terminado por llevar el debate a la elección de un sujeto de soberanía aparentemente único, abandonando propuestas más complejas que se consideraron por el camino. Se ha presentado una alternativa binaria donde sólo cabe un sujeto, sea en Barcelona o en Madrid, en que residiría una supuesta soberanía absoluta. Ese concepto clásico de soberanía es una categoría política del siglo XVI, que llegó hasta su cénit en el XX pero que en el XXI ha perdido gran parte de su contenido real: es por sus despojos simbólicos que nos estamos enfrentando. Sin embargo la soberanía real de hoy es múltiple y compleja. En el caso vasco tenemos hasta media docena de niveles políticos, desde lo foral a lo universal, que se reparten competencias que tradicionalmente correspondían de forma exclusiva a la soberanía nacional y la definían.





La aceptación de que nuestro mundo es un entramado de soberanías entrelazadas y simultáneas puede ayudarnos a enfocar estos debates en el mejor equilibrio e interacción de esas fuerzas para hacer el país más fuerte, más digno y más libre. Pero sería deseable no sobrecargar estos debates de símbolos y no ornamentarlos en exceso con la apropiación exclusivista de palabras tan grandes como democracia, libertad y derechos humanos. Se trata de cómo mejorar nuestra vida colectiva, no de la lucha del bien contra el mal o de la verdad contra la mentira.





No nos sirven las soluciones monolíticas basadas en mayorías más o menos amplias, sino arreglos negociados que no satisfagan plenamente a nadie, pero en el que todos veamos nuestros derechos y libertades respetados, tengamos igual acceso a las oportunidades y podamos desarrollar lo más plenamente posible nuestras capacidades individuales y colectivas.





Para aglutinar mayorías o ganar adeptos a una causa u otra, no vale emplear la caricatura del otro. Ni el catalán egoísta, insolidario y pesetero, ni la España franquista, predemocrática y opresora de pueblos. Ni los boicosts económicos, ni los boicots políticos o culturales. Los estereotipos son tentadores, pero tan falsos como letales.





Hay que mimar el ejercicio de la libertad de opinión. El que piensa diferente no es ni fascista, ni un traidor, ni es un vendido. La tolerancia, el respeto al discrepante y el diálogo sereno y constructivo forman parte de la esencia de la democracia, tanto o más que el recuento de votos. Las posiciones complejas, ricas de matices, en grises y colores, son en momentos de tensión rechazadas porque lo que queremos saber es en qué lado de la trinchera se coloca cada cual para alabarle o insultarle. Aquel escritor, músico o cineasta que hasta ayer nos gustaba, hoy nos parece despreciable porque se ha posicionado de forma diferente a la nuestra. Es una forma de empobrecimiento ético y cultural al que las redes sociales nos empujan. Si en las redes alguien llama fascista a otro, seguramente 9 de cada 10 veces el epíteto calificará antes que nada al emisor.





Decidir quién decide –que es lo que nos ocupa- es un problema difícil en que no caben respuestas sencillas. Ni la simpleza de un artículo constitucional ni la simpleza de una contabilidad de votos. Los referéndums de blanco o negro no pueden recoger toda la complejidad de los dilemas que afrontamos, al contrario, la respuesta debería estar llena de miles de sumas y de matices que deben cambiar en cada circunstancia y momento. Elegimos a nuestros representantes para que se pasen 8 horas 5 días a la semana durante 4 años negociando la letra pequeña. No podemos resolver la complejidad del país en un sí o un no planos. La negociación, la transacción, el acuerdo, la mutua cesión y los compromisos provisionales e imperfectos representan lo más noble de la política, aunque hoy el pacto tenga mala fama ante a la deslumbrante atracción de una supuesta verdad absoluta, irrenunciable e innegociable. La democracia es mejor cuando es aburrida y no nos emociona, cuando no necesita salvadores, héroes ni mártires, cuando se escribe en minúsculas.





Si a la mesa de tus oponentes se sientan las mejores democracias del mundo y los organismos internacionales a los que aspiras a entrar, seguramente debes recolocarte antes de seguir avanzando: lanzarte tumba abierta al precipicio no les va hacer cambiar de criterio.





Tener la sede de un banco global o de una multinacional energética es un producto de 200 años de tradición industrial y empresarial. Tiene un valor tangible (empleos, impuestos, servicios, contratos) e intangible (talento, contactos, redes, prestigio, atracción) de valor incalculable. Una vez perdido no se recupera. Hoy ningún país europeo, ni siquiera Alemania, puede crear de cero una empresa de este tipo. Cuidar estas empresas no tiene nada de antidemocrático o indigno, es simplemente inteligente.




La mayor responsabilidad de un político en una sociedad democrática moderna es primero no hacer daño a su propia sociedad, no empobrecerla, no dividirla, no enfrentarla, no debilitarla y no engañarla. Poco de esto ha recibido Cataluña estos últimos años de sus autoridades, tanto de las de Barcelona como de las de Madrid. La situación es hoy endiabladamente difícil. No sé mucho de contagios, pero no me parece un panorama envidiable.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Nueva Directora General de la UNESCO

La semana pasada os prometí la segunda parte sobre los cambios en la UNESCO. Mi muy querido y recordado abuelo repetía a menudo aquello de "lo prometido es deuda"´, así que ahí va.
Como siempre, os lo ofrezco en tres formato, en captura de pantalla aquí abajo, directamente en texto un poquito más abajo y en enlace aquí con los medios que publican mi columna #MirarHaciaOtroLado, que son los del Grupo Noticias: DEIA, Noticias de Gipuzkoa y Noticias de Álava.



Nueva jefa en la UNESCO


Audrey Azoulay, nueva Directora General de la UNESCO.
La semana pasada les prometí que íbamos a hablar de la elección de la nueva Directora General de la UNESCO. El proceso de elección ha sido una dura batalla diplomática. Les prometí que intentaríamos responder a algunas preguntas como, por ejemplo: ¿cómo se dio esa batalla?, ¿quién ha vencido?, ¿cómo y a qué precio se ha resuelto? Lo prometido, repetía mi querido abuelo, es deuda.


La todavía Directora General de la UNESCO, Irina Bokova, fue elegida en noviembre de 2009 y cuatro años después reelegida para un segundo mandato. Es ahora, el próximo viernes para ser exactos, que la Conferencia General de la UNESCO deberá ratificar el nombramiento de Audrey Azoulay como nueva Directora General.


Bokova fue la primera mujer al frente de la UNESCO y se hace difícil a día de hoy hacer una valoración de un mandato que ha estado marcado por 8 años de crisis económica y recortes presupuestarios. Para complicar la cosa, cuando todavía no había terminado de asentarse en su cargo, llegó la decisión de los EEUU de no pagar sus contribuciones.


En estas circunstancias es difícil pedir a nadie algo más que mantener el barco a flote. Y eso lo ha hecho. Querríamos que Irina Bokova hubiera modernizado la organización para hacerla ese referente intelectual y moral de la ONU, independiente, ágil, valiente e innovador que todos quisiéramos. Pero pedirle tanto, sin medios materiales, es seguramente injusto.


El proceso de elección de los máximos responsables de los organismos internacionales, la ONU incluida, eran hasta hace 10 años un proceso oscuro y controlado secretamente por las grandes potencias. En la última década se han dado pasos de cierta transparencia y apertura. Los procedimientos y las candidaturas se conocen con antelación y hay exámenes públicos. Lo hemos visto en el caso de la elección de António Guterres como Secretario General de la ONU.


Para la UNESCO hemos tenido 9 candidaturas: 6 hombres y 3 mujeres. Si nos atenemos al principio de rotación geográfica tan querido por la ONU, el cargo tocaría en esta ocasión a un candidato del mundo árabe. Y no es por tanto casual que varios de los candidatos fueran de ese ámbito geográfico (o, si se prefiere, cultural): un catarí, un iraquí, una libanesa y una egipcia.


Hollande, justo antes de dejar la presidencia francesa, tomó una decisión sorprendente. Casi al cierre del plazo presentó la candidatura de su Ministra de Cultura, Audrey Azoulay, para escándalo e indignación de muchos países árabes, y no pocos de sus intelectuales, que lo consideraron una provocación. Además esta candidatura violaba la norma no escrita según la cual un Organismo Internacional de la ONU no debería ser dirigido por un nacional del país donde tiene radicada su sede central.


La UNESCO, en el contexto de la salida de Israel, debía cuidar con mucha sensibilidad el equilibrio árabe-israelí y, por ejemplo, los programa de memoria del holocausto o de lucha contra el antisemitismo. En ese momento la candidata francesa aparecía como una hija compleja y mestiza del Mediterráneo. Con orígenes e infancia marroquíes, nacionalidad, educación y profesionalidad francesa, y sangre judía parecía ser una combinación perfecta.


Macron asumió esta candidatura como propia y puso a sus servicios exteriores a trabajar, intercambiando votos con diversos países, entre ellos España, que fue de los primeros en apoyar esa candidatura. Hubo en el Consejo Ejecutivo de la UNESCO 5 rondas de votaciones en que poco a poco fueron cayendo candidatos hasta llegar tres a la final: el catarí, la egipcia y la francesa. El candidato catarí había liderado todas las rondas anteriores, pero en la última votación los votos egipcios fueron a parar a la francesa.


Las críticas árabes a la decisión de Hollande se ven ahora con otros ojos, dado que los países árabes no se pusieron de acuerdo en un candidato único que recabara simpatías amplias primero dentro de su grupo regional y luego entre el resto de países. El enfrentamiento entre Catar y otros países árabes restaba posibilidades al candidato catarí. Pero la candidata egipcia tampoco supo concitar más apoyos y Egipto se quedó, por segunda vez, a las puertas de una Dirección General de la UNESCO.


Así ha sido el contexto y la batalla diplomática. Pero esto ya es historia. A partir del próximo viernes tendremos una nueva Directora General de la UNESCO de un perfil cultural y artístico prometedor y que parece contar con sólidos apoyos internacionales, tanto diplomáticos como culturales. Le deseamos desde aquí la mayor de la suertes.