viernes, 27 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA DECIMOSEGUNDA o DE UN ESPÍRITU CON 75 AÑOS




CARTA EXCLAUSTRADA DECIMOSEGUNDA o DE UN ESPÍRITU CON 75 AÑOS





Viernes, 27 de Marzo


No sé si conoces a Ken Loach. Es un director de cine inglés que ha ganado dos veces la Palma de Oro y en tres ocasiones el Premio Especial del Jurado en Cannes. En fin, no hay muchos directores con semejante palmarés (por cierto, palmarés viene precisamente de palma, pero no de la de Cannes, sino de la palma como símbolo de la victoria y de la paz en el mundo antiguo mediterráneo).



Ken Loach es un hombre de izquierdas y sus películas suelen ser de ese género que se da en llamar social. Hace unos meses vino a Donostia a presentar su nueva película, Sorry We Missed You, que retrata las contradicciones del mercado laboral en esa nueva economía de los falsos autónomos, sin horarios ni prestaciones. En otras ocasiones hizo pelis sobre padres de familia en paro, huelgas históricas de mujeres, inmigrantes musulmanes en Escocia o comunistas ingleses en la Guerra Civil española. De su última visita a Donostia se llevó de vuelta a casa el Premio del Público a la Mejor película europea.



Loach estudió derecho en Oxford y llegó a graduarse antes de dedicarse al cine. Ha hecho algunos documentales muy interesantes. Hoy quiero hablarte de uno de ellos, “El espíritu del 45”, que trata sobre algo importante que cambió en el año 1945 en el Reino Unido. Este documental es un ensayo en imágenes y entrevistas perfectamente complementario al libro de memorias que con entusiasmo os recomendaba ayer (Mi última Lucha, de Harry Leslie Smith).



Que hable de lo que pasó en 1945 en el Reino Unido te puede parecer una huida hacia el pasado para escaparme de esto que nos está pasando aquí y ahora. Pero hay pocas cosas más actuales y de futuro que lo que tengo que contarte sobre el espíritu del 45.



Los británicos venían de dos horrorosas guerras mundiales en el plazo de 25 años. Tras la Primera Guerra Mundial algo cambió en el mundo. Podría decirse que hasta esa gran guerra (1914-1918) el mundo seguía viviendo en el siglo XIX. De hecho hay un historiador, tan británico y tan de izquierdas como Loach, que se llama Eric Hobswawn y que escribió una historia del siglo XX que tituló “el corto siglo XX”. Con esa expresión quería explicar que el verdadero siglo XX comenzó en 1914 con el estallido de la Gran Guerra y terminó en 1991 con la caída del muro de Berlín.



Es cierto que tras la Primera Guerra Mundial se creó la Sociedad de Naciones, Europa se reorganizó de una forma de definió el siglo y el centro del mundo navegó el charco para instalarse en América. Pero también es cierto que los soldados británicos que se pudrieron los pies en Verdún mientras las ratas les comían las orejas volvieron a un Reino Unido que podría ser aún escenario de una novela de Dickens.



Esto te lo puede explicar mejor que nadie Leslie Smith: la pobreza, la falta de derechos laborales, la ausencia de educación y de sanidad para los pobres, las infraviviendas insalubres y las humillantes diferencias de clase permanecían inamovibles.



Los africanos o indios que lucharon por sus potencias coloniales volvieron a sus países a servir a sus señores europeos. Las mujeres que habían mantenido la retaguardia y la economía de guerra volvieron a “las labores propias de su género”.



A los pocos años fueron todos llamados de nuevo al sacrificio y sufrimiento máximo en el año 39. Pero tras el fin de la guerra, en el 45, algo tenía que cambiar. Miremos al Reino Unido. Puede decirse que Winston Churchill fue el individuo más decisivo en la victoria sobre los nazis. La entrada de los americanos tras el error de cálculo nipón fue clave, sin duda. La entrada de los soviéticos tras el error de cálculo de Hitler al romper la alianza germano-soviética, fue igualmente clave, sin duda. Pero nada de eso habría sido lo mismo si Churchill no hubiera llevado a los británicos a resistir contra todo pronóstico cuando todo parecía perdido.



Churchill era en 1945 el gran líder del momento. Tras la muerte de Roosevelt nadie quedaba que remotamente pudiera comparársele. Y aún así los británicos decidieron en 1945, recién terminada la guerra, votar al laborista Attlee para liderar la paz.



El documental de Loach nos explica el porqué. Los británicos aceptaron con disciplina el sacrificio en tiempos de guerra, pero estimaron que la nueva paz no podía ser una vuelta a los años 20 y 30. Era el momento de hacer valer sus sacrificios y de cambiar las cosas. Era el momento de hablar de derechos laborales, de educación y salud públicas, de salarios dignos, de trabajo decente. Quienes regresaban de la guerra no habían luchado para defender los privilegios de las clases adineradas y nobles, no habían luchado por el derecho a servir en las cocinas de Downton Abbey o para el mayordomo al que da vida Anthony Hopkins en Lo que queda del día.



Si habían luchado contra el fascismo, la democracia debía tener algún significado real y concreto para todos los ciudadanos, tenía que traer una promesa de igualdad, oportunidades y derechos. Ese fue el espíritu del 45 en el Reino Unido.



No sé si has visto la serie The Crown. Puede ser un buen plan para estos días. En la segunda temporada hay un capítulo dedicado a Lord Altrincham que criticando durísimamente a la reina la hizo reaccionar y la ayudó a actualizar su imagen y algunas de sus costumbres, a hacerlas un poco más igualitarias o menos clasistas. Ayudó a adoptar cierto aggiornamento que habría dicho Juan XXIII. Al parecer el guión se ajusta bastante a la realidad histórica. Hay una escena impagable de la primera entrevista, secreta por cierto, entre el lord y la reina. Isabel le pregunta qué quiere que cambie y él le contesta que “no se trata de lo que yo quiera que cambie, sino de reconocer que todo ha cambiado”. El noble continúa explicando que la “era de la deferencia ha terminado”, ante lo que la reina se pregunta qué nos queda y él responde: “la igualdad”. Acto seguido repasan las recomendaciones de cambio y la primera de ellas es “poner fin al baile de puesta de largo: la idea de que las jóvenes de cierta clase son presentadas a la soberana, y las que no lo son de esa clase no, es como si no fueran aceptables, es el tipo de desigualdad que debería haber desaparecido en la época de nuestros abuelos y desde luego después de la guerra”. Aquí tienes a un Lord explicando, con 10 años de retraso, a la reina qué fue el espíritu del 45 y cómo el fin de la guerra lo cambió todo.



Ese espíritu del 45 tuvo su versión global concretada en la Carta de la ONU del mismo año. Por primera vez vemos que los Derechos Humanos entran en la agenda global y a formar parte del Derecho Internacional. La Declaración Universal de los Derechos Humanos y todo el sistema universal y los sistemas regionales de protección y promoción internacional de los Derechos Humanos son hijos directos de la Carta y consecuentemente de ese espíritu global del 45.



Las mujeres que habían sostenido la empresa industrial más ambiciosa de la historia debían hacer valer sus reclamaciones. Los códigos civiles se reforman. El derecho de voto de las mujeres se conquista en Francia en 1944, en Italia en 1946, y comienzan procesos en el mismo sentidos en otros países.



La descolonización no es casualmente un fenómenos de los 50 y principios de los 60, sino que se entiende en el contexto del principios de la Carta y en el marco de la ONU. Su fundamento jurídico se explica así: “La sujeción de pueblos a una subyugación, dominación y explotación extranjeras constituye una denegación de los derechos humanos fundamentales, es contraria a la Carta de las Naciones Unidas y compromete la causa de la paz y de la cooperación mundiales”.



Ese espíritu de esperanza del 45 se extendió por todo el mundo. También entre nosotros hubo un momento en que el sueño de la democracia y la libertad parecía posible. El Lehendakari Agirre, a las pocas semanas de la entrada en vigor de la Carta, tiene que dar su discurso de Navidad desde el exilio, desde Nueva York: “el pueblo vislumbra que el año 1946 es el último de la tiranía franquista (...) Esta afirmación, que las circunstancias van haciendo cada vez más real, debe convertirse en propósito decidido que sirva de acicate para la labor individual (…) las grandes victorias han sido logradas por la coordinación de muchos pequeños esfuerzos”.



Este tipo de discursos muestran has qué punto el 45 fue un momento de esperanza. Ahora que se cumplen 75 años del espíritu del 45 era buen momento para recordar esta historia que es global: desde Inglaterra a San Francisco, pasando por el País Vasco o miles de otros lugares en Europa y el mundo.



Ahora esta crisis del coronavirus nos invita a hacer una lectura contemporánea de ese espíritu y preguntarnos qué parte aquel espíritu, de aquella promesa, de aquel sueño, nos sirve aún hoy. Y es que es tras crisis globales cuando mejor podemos plantearnos la ambición de nuevos proyectos compartidos.



Hoy, como hace 75 años, es momento de preguntarnos si buscamos la seguridad de las fronteras cerradas, si creemos que nos pueden proteger del coronavirus, o si necesitamos un planteamiento compartido ante los problemas comunes. Si nos salvará el egoísmo o nos salvará la inteligencia colectiva. Si debemos volver a la Inglaterra de la infancia de Leslie Smith, su ausencia de derechos laborales que actualiza la película de Loach, y su ausencia de servicios sociales, educación y sanidad públicas. Si el conocimiento científico debe servir para facilitar la vida de unos pocos, para aumentar las desigualdades, o debemos ponerlo al servicio de una vida plena para todos. Quizá, pienso ahora al releer este párrafo, las cartas escritas estos días sean una búsqueda a tientas de los rasgos de este espíritu del 2020.



Resulta que las preguntas del 2020 son muy parecidas a las preguntas y esperanzas de 1945. Aquel espíritu del 45 permitió importantes mejoras sociales, de progreso y de igualdad, tanto al interior de muchos estados y en la comunidad internacional. Nos trajo la ONU, la descolonización, el principio de no discriminación racial y de género, los inicios de la unidad europea y los Derechos Humanos. Tal vez en el 2020 pueda haber un espíritu que permita transformar una gran emergencia en una oportunidad de aprender cómo afrontar conjuntamente los retos globales, como el coronavirus y su crisis posterior o, ya puestos en marcha, el cambio climático.



Bajando al planeta tierra, hoy tenemos dos libros. Un ensayo, La historia del Siglo XX, de Eric Hobsbaw; y una novela, Lo que queda del día, del escritor británico y japonés Kazuo Ishiguro.


jueves, 26 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA UNDÉCIMA o SOBRE MADONNA EN PELOTAS


CARTA EXCLAUSTRADA UNDÉCIMA o SOBRE MADONNA EN PELOTAS



Jueves, 26 de Marzo.


La cantante Madonna es, como supongo sabes, uno de los personaje más icónicos de mi generación. Ha aparecido estos días en su cuenta instagram con una foto y un texto que han provocado polémica y revuelo.



En la foto se la ve toda sugerente y sofisticada en un baño de lechosa apariencia, entre velitas y pétalos de flores que podemos imaginar rosas rojo pasión diciendo:

Esto es lo que pasa con el coronavirus. No importa si eres rico, famoso, divertido, listo, dónde vives, qué edad tienes, qué extraordinarias historias puedas contar. Es el gran igualador. Lo que es terrible es que nos ha hecho iguales a todos en muchos sentidos, y lo que es maravilloso es que nos ha hecho a todos iguales en muchos sentidos.”



Es el coronavirus como gran igualador. ¿Es el comentario de Madonna una estupidez de estrella inconsciente e incapaz de entender el mundo real o hay elementos interesantes en su comentario?



Tomo el caso de Madonna por hacer más amena la entrada al debate, pero podríamos ponernos más tontamente académicos y citar algún texto más serio. Jorge Sepúlveda es el director ejecutivo del programa Ciencias Globales de la Salud de la Universidad de California y además Presidente del Consejo Internacional de Salud Global. En un precioso artículo publicado ayer reflexiona sobre el papel de los científicos a partir del mito de Casandra, dotada de poderes proféticos pero condenada a la maldición de que nadie le haga caso. Ese artículo termina con la siguiente frase: “el nuevo coronavirus es un igualador social: afecta por igual a pobres y ricos”. El artículo dice muchas más cosas importantes, pero a los efectos que buscamos aquí, nos quedamos con esta frase descontextualizada.



¿Es el coronavirus, como proponen Madonna y Sepúlveda, un “social equalizer”?



Por un lado ataca a todos por igual, claro. El virus no te pide el pasaporte ni la tarjeta de crédito, obvio. El coronavirus ataca lo mismo a un sintecho que a una estrella de Hollywood o a un ministro. Pero en ese sentido lo mismo puede decirse del cáncer o del SIDA, por ejemplo. No es nada nuevo.



Lo cierto es que hay enfermedades asociadas a la pobreza o que atacan más a quienes viven en una situación o zona de pobreza, sin agua potable, en viviendas húmedas y mal ventiladas, que están mal alimentados o no tienen acceso a servicios preventivos de salud. Buenos ejemplos de estas enfermedades propias de la pobreza podría ser el cólera, el dengue, la leishmaniasis, la lepra o la polio.



Pero incluso las enfermedades más igualitarias en la teoría son muy desiguales en la práctica. No tiene nada que ver tener cáncer de mama, por ejemplo, en una sociedad con programas generalizados de detección precoz a partir de cierta edad y posterior seguimiento cercano que en países donde sólo te enterarás cuando seguramente sea ya tarde.



No es lo mismo tener cáncer de cualquier tipo si te facilitan el mejor tratamiento disponible que si no puedes acceder a ningún tratamiento. Vivir en países con una buena salud pública o poder acceder a recursos privados de calidad marcan una gran diferencia. La revista Lancet, una de las principales referencias médicas del mundo, publica cada cierto tiempo un estudio que en su última edición (marzo 2018) comparaba la supervivencia a 18 tipos de cáncer a los cinco años desde su detección en 71 países. Te pondré sólo dos ejemplos: la supervivencia a la leucemia infantil es casi el doble en Finlandia (95,2%) que en Ecuador (49,8%) y en los tumores cerebrales la diferencia es aún mucho mayor entre Brasil (28,9%) y Dinamarca (80%). ¿De verdad podemos seguir afirmando que el cáncer es un igualador social?



En ese sentido, este coronavirus no es muy diferente. Los sistemas de salud públicos robustos marcarán una gran diferencia. Y donde no los haya, no lo vivirán igual quienes puedan permitirse atenciones privadas de calidad y los que no. Un ejemplo: están llegando noticias desde el país de Madonna de casos de facturas de varias decenas de miles de dólares a enfermos sin seguro privado por el tratamiento contra el coronavirus. Tener seguro o no tenerlo, ser rico o no, marcará una gran diferencia en tu sufrimiento y en tus posibilidades de salir adelante, por mucho que Madonna no se dé cuenta.



Ni siquiera todos vivimos igual este enclaustramiento de unas semanas. No es lo mismo pasarlo en una casa grande, donde puedes socializar en la cocina o el salón pero aislarte en otra habitación si lo deseas, que en una casa pequeña con mucha gente. No es lo mismo una casa luminosa e incluso con terraza que una interior con salida a un patio oscuro y húmedo. No es lo mismo tener o no tener jardín. No es lo mismo una casa con recursos culturales o buena conexión a Internet que una casa donde la única salida al mundo es la televisión. Si tenemos un enfermo en casa no es lo mismo tener una habitación para él solo con baño propio o no tenerla.



No quiero sonar cultureta, pero creo que hace mucho que yo no apreciaba tanto mi biblioteca como estos días. Aunque estas cartas que os escribo no me estén dejando mucho tiempo para leer, sé que tengo mis libros ahí, esperando, y que puedo consultarlos cuando lo necesito, o puedo buscar ideas o comprobar esa cita que mi memoria se empeña en tergiversar.



¿Qué decir de los estudiantes? No, no todos están en las mismas condiciones, igualados de pronto por el virus. No es lo mismo tener varios ordenadores o dispositivos en casa, bien conectados, que no tener dispositivos o conexión. No es lo mismo tener un entorno familiar que te pueda ayudar con dudas o con apoyo, o incluso con disciplina y rigor cuando sea necesario, que no tenerlo.



Hay un “great social equalizer” mucho más importante, real y efectivo que cualquier virus: es la educación de calidad accesible sin discriminación. No es un igualador perfecto, pero sí el mejor que tenemos. Por eso es tan importante que la educación sea exigente y de calidad, porque iguala. Y aunque nos hayan hecho creer lo contrario, resulta que la educación facilona, autocomplaciente, del aprobado general y la palmadita en la espalda te lo hayas o no ganado, es una forma cruel de injusticia social: rompe el ascensor social y dificulta el ascenso de quienes no tienen acceso a otros medios, a entornos exigentes, servicios culturales complementarios, veranos en Irlanda o clases particulares.



El coronavirus, al tener los centros escolares cerrados estos días, tiene un efecto contra-igualador. Si se alargara dispararía las desigualdades entre quien va a leer buenos libros y quien se va a limitar a los videojuegos; entre quien va a ver buenas series y quien está limitado a los programas basura; entre quien vive en un lugar donde se ven, escuchan y leen informativos de calidad y quien no; entre quienes tienen conversaciones instructivas o enriquecedoras en la cena y quienes cenan con bandeja ante el concurso de chico-cachas-busca-chica-con-tetas.



El efecto contra-igualador del coronavirus podría fácilmente además alargarse más allá del encierro. Lo que nos queda tras esta pandemia va a ser muy duro. Tampoco será lo mismo tener recursos financieros y profesionales para hacer frente a un tiempo de dificultades que vivir al día de un trabajo sin cualificación del que te van a echar por cierre. No es lo mismo ser funcionario que mensajero. Si estos días se habla de ayudas e incluso de rentas universales, no es porque pensemos en un futuro más igualitario, sino porque anticipamos uno tan desigual que nos obliga a tomar medidas nuevas para que el sistema no se nos caiga.


El coronavisrus nos encierra en casas muy desiguales. El coronavirus nos lleva a rutinas muy diferentes. El coronavirus nos lanzará sobre una crisis grave con preparación, redes de seguridad y herramientas muy desiguales. El coronavirus nos aleja, además, del gran igualador que es una sistema educativo de calidad sin discriminación.



Lo siento, Madonna, el coronavirus no es un social equalizer. Pero sí que nos puede ayudar a identificar cuáles son esos equalizers de verdad: la educación de calidad y sin discriminación; la salud pública de calidad para todos; una seguridad pública que nos dé confianza y no miedo; la creación de empleo digno; la lucha contra la discriminación; los servicios y las prestaciones sociales para quienes lo más necesiten, por poner los ejemplos seguramente más importantes.



¿Quieres saber lo que sería vivir en una Europa sin esos servicios y prestaciones públicas, sin esos social equalizers? Lee, por favor, Mi última Batalla, de Harry Leslie Smith. Harry nació en el seno de una familia pobre de un paupérrimo barrio de mineros de Inglaterra. Tras un accidente que sufre su padre y le incapacita para trabajar, su familia, en plena Gran Depresión y sin ningún tipo de cobertura o protección social, entra en una espiral de miseria, enfermedades, crueldad y dolor que la resquebraja por completo. Harry trabaja desde bien niño, su hermana muere, su padre termina abandonado, su madre debe buscarse la vida para mantener un catre húmedo, sucio y lleno de bichos, y poder dar un mendrugo de pan a sus hijos. Harry no conoce ni la escuela ni el hospital.



La Segunda Guerra Mundial supone para Harry las trincheras, el juego con la muerte y el sacrificio extremo, pero también su primera experiencia de comida caliente asegurada y de atención médica. Harry cuenta "mi generación jamás olvidó la crueldad de la Gran Depresión ni el salvajismo de la Segunda Guerra Mundial. Nos prometimos a nosotros mismos y a nuestros hijos que en este país nadie volvería a sucumbir al hambre. Nos comprometimos a que ningún niño se quedara atrás a causa de la pobreza. Defendimos que la educación, una vivienda digna y un salario adecuado eran derechos que todos nuestros ciudadanos merecían independientemente de su clase".



Este libro nos muestra el enorme sacrificio que costó el estado de bienestar y el gigantesco valor que tienen esos servicios "que actualmente se descartan con tanta ligereza". Harry concluye con una frase que tal vez se entienda hoy mejor que nunca: "no podréis entender por qué todo ello era necesario, hasta que no habitéis un mundo que carezca de una red de seguridad social no podréis sentirlo en vuestros huesos".




miércoles, 25 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA DÉCIMA o SOBRE LOS VALORES INTELIGENTES



CARTA EXCLAUSTRADA DÉCIMA o SOBRE LOS VALORES INTELIGENTES


Miércoles, 25 de Marzo.

Hoy el ministro de Sanidad, Salvador Illa, nos ha dado el dato de que España es ya el segundo país con más fallecidos con coronavirus (3.434 y subiendo), habiendo superado a China (3.287, si los datos son correctos) y solo por detrás de Italia (que ha superado ya los 6.820). Mientras tanto Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, ha afirmado que “posiblemente ya estemos en el pico de la curva” de contagios y que “a finales de semana se empiecen a notar los efectos del aislamiento”.


Bien, parece que llegamos al momento de la verdad. El momento en que comprobaremos los primero efectos de nuestro enclaustramiento. Nos jugamos mucho en que entre hoy y el
domingo los datos de nuevos enfermos empiecen a ser un poco más amables. Parafraseando a Churchill, esto no el fin, no es ni siquiera el principio del fin, pero quizá sí sea el fin del principio (“now this is not the end. It is not even the beginning of the end. But it is, perhaps, the end of the beginning”). Recordemos que el primer ministro británico lo dijo en la Cámara de los Lores en 1942, tras la batalla del Alamein. Y la clavó. Quedaban años de horror y sufrimientos. De derrotas y muertes. Pero fue el fin del principio. Ojalá estemos en el mismo momento en relación a la lucha contra el coronavirus en España.

Subrayo la idea de “en España”, dado que en el mundo (India, África, América) todavía estamos en el corazón del principio de algo que por las condiciones de esos países puede ser mucho más grave.

Pero hoy me apetece cogerme, para esta carta, a ese rayo de luz que sólo en dos o tres días veremos si fue espejismo o luz verdadera. Y me acojo a ese rayito de esperanza para preguntarme por lo que vendrá después.

¿Entraremos en una nueva era de mayor solidaridad?, ¿o quizá en una nueva era de mayor egoísmo? Hay buenas razones para defender lo uno y lo otro.

Hay razones para pensar que hemos comprobado que vivimos un mismo mundo, que compartimos destino, que la salud de mi vecino es la mía. Hemos comprobado que nuestro bienestar depende tanto de la neurocirujana más prestigiosa, la científica más eminente, como de la limpiadora del quirófano, la cuidadora de la residencia de ancianos, la cajera del supermercado o la conductora del camión que trae fruta de Almería y de quien la recoge. Hemos comprobado que Messi es menos importante que una enfermera. Hemos comprobado que el lujo era otra cosa, que de nada sirve tener un Ferrari en el garaje si no tienes salud para disfrutarlo o si has sido incapaz de crear una convivencia bonita con la gente con la que te apetece sacarlo. Hemos descubierto que el lujo es pasear al sol, reír con las personas que quieres y ser libre. Hemos aprendido a interesarnos por la salud del vecino, a preocuparnos por la seguridad de los demás, a agradecer de corazón, con los ojos húmedos, a quienes nos atienden. Hemos entendido el valor de los lazos sociales, de no dejar a nadie atrás. Ojalá cuando todo pase seamos capaces de retener al menos una parte de todo esto.

Pero también es cierto lo contrario. Llegan tiempos muy duros. Llegan los cierres de empresas, los despidos. La competencia será brutal. El rencor alto. Las desigualdades crecerán. La tentación por llegar primero, ser más listos y aprovecharnos será más imperiosa. Llegará el momento de mirar por ti y por los tuyos.

Ambas cosas son ciertas. Quizá esperas que yo te anime a centrarte en lo primero y a olvidarte de lo segundo. Pero no. Yo te animo a hacer cierta mezcla de solidaridad e interés, unir los valores altruistas y el cuidado por lo propio.

Y esa mezcla es una forma de inteligencia en el ámbito personal y en el social. 

A veces las cosas se entienden por lo que no son. Así que pongamos un ejemplo de ausencia de inteligencia en lo público.

Un grupo político acaba de proponer en el Parlamento que a los inmigrantes en situación irregular se les cobre el tratamiento o los gastos generados por su asistencia médica en esta crisis. ¿Qué te parece la medida?, ¿tal vez sea una muestra de inteligente egoísmo necesario en este momento?

Te propongo que, por un momento, suspendas los juicios morales. No te preocupes, luego los recuperamos. Te sugiero que lo mires desde la perspectiva de la inteligencia política.

Los inmigrantes irregulares constituyen un colectivo, en general, de reducidos recursos económicos. Para la mayoría de ellos hacer frente a una factura de este tipo resultaría imposible. O sería solo posible endeudándose o dejando de pagar la renta de la vivienda de los próximos seis meses. Por lo tanto debemos concluir que esta medida tendrá un fuerte efecto desincentivador. No van a acudir a los servicios médicos o sólo lo harán excepcionalmente en los casos en que la enfermedad derive en cuadros graves y cuando la vida esté en grave peligro.

Los inmigrantes irregulares contagiados no van a acudir a los centros sanitarios, de modo que no podremos controlarlos, no recibirán tratamiento ni atención ni consejos, y harán la vida que puedan en sus trabajos de recadistas, limpiadores o cuidadores, por ejemplo. Este grupo de inmigrantes irregulares, además, tiene una edad media joven, con lo que es probable que en su mayoría pasen la enfermedad sin graves consecuencias, algunos incluso asintomáticos, haciendo su trabajo y contagiando a la población “nacional” o “regular”. Cada atención de inmigrante irregular que esta medida ahorraría nos costaría de media tres nuevos enfermos, según las ratios de contagio que ahora se manejan, de los cuales al menos uno será persona mayor, que requeriría cuidados más intensivos y por lo tanto más caros. Más allá de los aspectos morales, analizando fríamente la propuesta nos encontramos con que el resultado directo de la medida sería más contagios, más tiempo de pandemia, más colapso hospitalario y más gasto público.

En fin, que esta propuesta es, para empezar, una gran estupidez política absolutamente contraproducente, si de lo que se trata es de ahorrar recursos del sistema de salud. No hay que ser ingenuos, yo supongo que ellos saben bien que no es inteligente. Pero no creo que busquen esa efectividad, sino que no quieren perder, supongo, la oportunidad de meter en el debate social un elemento distorsionador contra los inmigrantes que saben que electoralmente les favorece.

Si esta medida puede ahorrar recursos sanitarios cabría hacer el planteamiento moral ahorro vs. solidaridad. Pero al no ahorrar nada es simplemente una gran muestra de estupidez política. Y ahora ya sí: además es inmoral y cruel.

Uno está tentado de recordar aquí a Platón, para quien había una fuerte relación entre saber y obrar bien y vivir bien, entre la sabiduría y la belleza. O, más cerca, de recordar a mi paisano don Miguel de Unamuno que era también amigo de esa unión entre la lógica y la moral, la inteligencia y la bondad. De un personaje de la novela breve -¡ya tenemos recomendación del día!- San Manuel Bueno, mártir, dice don Miguel, a modo de resumen de lo que hablamos, que “era bueno, por ser inteligente”.

De su mano nos podemos preguntar: ¿qué podemos hacer inteligentemente, entre todos, para que a todos nos vaya mejor una vez que salgamos de esta? Quizá muchas cosas que hemos considerado hasta la fecha como solidarias resulte ahora que además son inteligentes. Quizá al final resulte que de ésta redescubrimos que los valores son inteligentes.


martes, 24 de marzo de 2020

CARTA NOVENA o SOBRE LA CACOFONÍA CIENTÍFICA







CARTA NOVENA o SOBRE LA CACOFONÍA CIENTÍFICA

Martes, 24 de Marzo.

Ayer escuché por la radio que un periodista se quejaba de la “cacofonía científica”. La expresión ha tenido cierto éxito y se ha extendido por las redes.

Estamos en un momento de inseguridad e incertidumbre. No sabemos muy bien dónde estamos, cómo tenemos que reaccionar, qué nos toca hacer o cómo van a sucederse los acontecimientos. Tenemos una imperiosa necesidad de saber con seguridad qué medidas son las más acertadas y cómo van a funcionar las que hemos tomado. Nos gustaría que alguien nos pudiera resolver esas incertidumbres con autoridad incontestable, con rigor, con seguridad. Nos gustaría que alguien nos pudiera decir: “la ciencia dice que hay que hacer tal cosa, así que fin del debate y todos a cumplir con orden y disciplina”.

Ya sabemos que los políticos y los comentaristas van a discrepar. Unos nos dicen que hay que tomar medidas más duras. Otros nos dicen que las medidas adoptadas son suficientemente severas, que hay que tener en cuenta una realidad muy compleja de otra multitud de elementos y que no podemos forzar más la situación sin que los daños sean superiores. Mientras tanto nosotros, como ciudadanos, no sabemos muy bien a qué atenernos y buscamos seguridad.

Es ahora cuando buscamos desesperadamente ese experto que pueda darnos una respuesta clara, unívoca, simple. Y sin embargo, para nuestra desesperación, cuando más necesitamos que los científicos salgan a resolvernos la papeleta resulta que nos fallan y no nos aclaran de una vez por todas dónde está la verdad. Vemos, por el contrario, que unos científicos apoyan la toma de medidas aún más duras y otros creen que tenemos que mantener las que ya hemos adoptados (incluso otros, como los asesores de Johnson o Bolsonaro, apuestan por reducir las medidas). De ahí lo de cacofonía de los científicos. De ahí incluso que se les acuse de generar desconfianza.

Pero donde otros ven algo negativo, una cacofonía que sería deseable evitar, yo veo algo positivo y consustancial no sólo a la ciencia, sino a nuestro mundo complejo (sobre la complejidad ya hablamos en la carta primera).

Y es que estamos ante un fenómeno nuevo y juntos aprendemos. Aprendemos preguntándonos, aprendemos proponiendo, aprendemos debatiendo, aprendemos comprobando, aprendemos escuchando al que sabe, aprendemos mediante la prueba y el error, aprendemos matizando cada día nuestras hipótesis según los nuevos datos llegan. Pretender que un nuevo Einstein venga con una suerte de nueva E=mc2 y termine con el debate no es realista.

Primero, las decisiones ante las que nos encontramos no son solamente técnicas, sino que conjugan infinitos elementos en juego. Tenemos que saber qué es el virus y cómo funciona y cómo afecta a nuestra salud. Tenemos que saber cómo se extiende. Pero también tenemos que calcular cómo reaccionamos las sociedades o los grupos. También tenemos que tener en cuenta cómo equilibramos otras necesidades sociales al tiempo que priorizamos la emergencia. Puedes sumar a esta lista mil dilemas, mil problemas. Quien te quiera vender una solución concreta, absoluta, única y redonda te está mintiendo. Sea político, sea científico... o sea profesor de derecho internacional. No es sólo que nadie lo sepa, es que por definición nadie lo puede saber.

Los totalitarios, los dictadores y los populistas piensan que las sociedades son como niños pequeños a los que en ocasiones hay que ocultar los problemas mientras los adultos los resuelven. Pero las democracias se fundamentan sobre la premisa de que los ciudadanos somos mayores de edad y responsables, capaces de participar en los debates políticos según los problemas aparecen, que somos personas a las que no hay que mentir para mantenerlas en calma hasta que las autoridades, que son los que saben, resuelven el problema. La democracia y sus libertades no protegen nuestra inocencia o nuestra necesidad de seguridad.

Los científicos ni pueden, ni deben, ni quieren resolver los dilemas políticos. ¿Digo con esto que la ciencia no es importante en la toma de decisiones políticas? ¡NO! Todo lo contrario. Creo que si algo está claro en todo este lío es que debemos tomar las decisiones políticas conociendo y respetando el mejor conocimiento científico disponible.

Los políticos deben hoy fundamentarse en la ciencia y en los científicos para tomar decisiones que no son técnicas, sino políticas y con mucho margen de error. Cómo tratar a un enfermo, cuándo debe entrar en la UCI y cuándo salir, cuándo debemos darle o no de alta, lo debe decidir el equipo médico a cargo. Cómo avanzar hacia la vacuna lo deben decidir los equipos científicos. Pero la decisión de si paralizamos la economía o la mantenemos en parte activa, mientras resulte posible, es una decisión política.

No podemos contestar a esa pregunta desde la ciencia como si fuera una cosa unívoca. Un epidemiólogo podría decirnos, por ejemplo, no sé, que es mejor encerrarnos porque así el contagio es menor. Pero otro podría advertirnos de que entonces corremos determinado riesgo, no sé, por ejemplo, de posponer el problema para un segundo brote, quién sabe. Un científico nos dirá que la vacuna llegará en 6 meses, otro que en 12 ó 18. Un científico nos dirá que la vacuna llegará por esta vía de investigación, otros nos dirán que por otro camino. Un matemático puede ayudarnos con unas maravillosas gráficas. Un gestor sanitario puede ayudarnos con la flexibilidad de los recursos para facilitar más camas. Pero un médico puede advertirnos de límites de ese nuevo recurso. Mientras que un economista nos tendrá que aconsejar cómo mantenemos la producción de lo esencial y cómo conseguimos no perder los fundamentos para un desarrollo posterior, dado que en caso contrario no podremos mantener el sistema de salud futuro. Los informáticos harán magia con los big data facilitando información valiosísima. Mientras tanto psicólogos o sociólogos nos advertirán de lo que puede aguantar la gente o qué tipo de mensajes necesita. Mientras que …. ¿quieres que siga? Aquí puedes sumar las mil variables, algunas científicas, otras políticas o sociales o culturales que debemos tener en cuenta a la hora de gestionar emergencias complejas. Es lógico que la ciencia no pueda darnos la respuesta única que le pedimos.

La ciencia es un diálogo universal con un método riguroso, pero que también incluye la transparencia, la apertura, el debate y la participación. La ciencia avanza contrastando sus avances, cuestionándolos.

No confundas esto con ningún tipo de relativismo. No estoy diciendo que la ciencia sea una saber más que puedes cuestionar con cualquier cosa que se te ocurra o decidas creer, con la pseudociencia de turno. La ciencia es lo más cercano a un conocimiento objetivo que podemos alcanzar.

Pero la ciencia no es iluminación divina, sino construcción entre humanos, es diálogo. La ciencia, dijo un gigante, es avanzar y ver más allá elevado sobre hombros de gigantes. Pero tendríamos que añadir que es avanzar a hombros de gigantes pero de la mano de otros, en diálogo con otros, aprendiendo de otros.

No es cacofonía lo que tenemos (o no solo): es diálogo, es aprendizaje sobre la marcha, es método, es, en definitiva, ciencia en acción, en tiempo real, interactuando de forma compleja con la sociedad, la comunicación, la ética y la política. No crea, creo yo, desconfianza; aporta rigor, credibilidad… y confianza en que poco a poco avanzamos.

Hay un montón de maravillosos libros de cultura científica. Yo como mero aficionado puedo aconsejarte Plantar Cara, de Steven Weinberg, y El Científico Rebelde, de Freeman Dyson (Si sigues en las redes a José Ignacio Pérez Iglesias, de la Cátedra de Cultura Científica de la EHU-UPV, podrás estar al día de multitud de debates y publicaciones recientes).

Hay un montón de apasionantes libros sobre dilemas éticos y política, como mero aficionado voy a recomendarte Justicia, de Michael Sandel.

lunes, 23 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA OCTAVA o SOBRE APRENDER DESDE CASA




CARTA EXCLAUSTRADA OCTAVA o APRENDER DESDE CASA



Lunes, 23 de Marzo.

En el 2016 el Washington College of Law de la American University me propuso impartir un curso de su LL.M. en Derecho Internacional de los Derechos Humanos y Derecho Humanitario. En concreto desde ese año doy el Curso titulado “Estudios Avanzados en Derechos Humanos” correspondiente al segundo año de dicho postgrado. Llevo ya cinco ediciones de este curso que se compone de 14 clases, una semanal de 2 horas es decir 28 horas lectivas, más las horas de lecturas y trabajos.

Lo imparto sin salir de casa. Sí, es un curso online. Las clases que allí se dan de 5 a 7 de la tarde, pueden ser aquí de 11 de la noche a 1 de la madrugada o incluso de 12 a 2. Muchas veces las doy en camisa de vestir y pantalón de pijama: una escena muy familiar para mis hijos. Quiero contar esta historia porque quizá a alguno de vosotros le sirva de algo ahora que estamos abocados a esto de la enseñanza online.

Yo ya había dado algún curso a distancia, pero la verdad es que la experiencia no había sido muy buena, al menos por dos motivos. Por una parte, con frecuencia no eran realmente clases online, en directo, en tiempo real, sino curso a distancia con charlas enlatadas que, siendo sinceros, no podían generar mucho entusiasmo entre los alumnos. El programa era torpe y sin muchas posibilidades. Luego he dado otros cursos online diferentes, lo que me ha permitido comparar. Por otro lado, ni los alumnos ni yo estábamos hechos en aquellas primeras ocasiones al formato, a sus exigencias y necesidades específicas, y no supimos -obviamente a mí, como profesor, me corresponde la principal responsabilidad- crear una dinámica de trabajo realmente constructiva. Cumplimos con buena intención, poco más se puede decir de aquellas primeras experiencias.

Así que cuando en la American University me ofrecieron esta posibilidad no te voy a decir que me entusiasmara la perspectiva. Yo en aquel entonces consideraba la enseñanza online como una enseñanza de segunda división, de calidad menor. Tal vez se trataba, pensaba yo, de algo necesario cuando no hay otras posibilidades, cuando por las razones que sea la enseñanza "de primera", "de verdad", no resulta posible, pero no dejaba de ser a mis ojos algo de inferior nivel.

Pronto aprendí que estaba muy equivocado. El programa de la American University es ágil, flexible, largo de posibilidades. La universidad te facilita un asistente (una asistente, en mi caso) que se ocupa del seguimiento de los aspectos técnicos y de las necesidades puramente técnicas u operativas de los alumnos (he tenido hasta la fecha dos asistentes y ambas de muy alto nivel). El programa está muy preparado con antelación: con lecturas programadas y planes de seguimiento. El número de alumnos es limitado, entre 14 y 18 personas de media, con lo que todos nos conocemos rápidamente y la interlocución y participación de todos es posible. Y, lo más importante, el ingrediente sin el que el sistema online difícilmente puede funcionar: los alumnos son personas muy interesadas y con ganas de trabajar.

Esta universidad ha sido reconocida por algunos rankings norteamericanos con la segunda mejor universidad del país para estudiar esta especialidad de Derecho Internacional de los Derechos Humanos, así que tal vez haya algo que aprender aquí para todos.

Ahora que controlo el sistema puede decir que mi conexión e interacción con estos alumnos a 6.000 kilómetros es con frecuencia superior a la de una clase presencial ordinaria de nuestras universidades. Puedo verles la cara a cada uno, he aprendido a identificar cuándo me siguen y cuándo les estoy perdiendo, hacen preguntas, piden la palabra, ordenamos el uso de la palabra, hacemos comentarios breves por escrito en el chat mientras avanza la clase, la dinámica es viva, los más de los días ágil y extraordinariamente participativa.

La cosa funciona. Puedo decir que la conexión directa con cada alumno, que al principio yo pensaba imposible, no sólo es posible sino que muchas veces, insisto, resulta superior. Para mí ha sido un gran aprendizaje que ha obligado a abandonar algunos prejuicios.

Os explico la dinámica. Justo cuando termina una clase, la asistente libera las lecturas que yo he propuesto para la siguiente clase (un capítulo de un manual, un par de artículos académicos y quizá, según el tema, un informe de la ONU o de una Organización Internacional, una Declaración de la Asamblea General, la Resolución de algún órgano de tratados, el informe de una comisión de verificación, una sentencia de un Tribunal Internacional…). Además les hago en el chat 5 preguntas para la semana. 5 preguntas que ellos van comentado, que no son obviamente de copiar y pegar, sino de discutir entre todos. Por ejemplo: ¿Crees que la posición defendida por el Estado Y en el caso Z se corresponde con lo que nos dice el autor X en el artículo que hemos leído? O ¿qué diferencias ves entre el enfoque del autor X y el de la autora Z al referirse a tal asunto?, ¿cuál te parece que se adapta mejor a la realidad de este momento? O, ¿por qué si este manual nos dice que las competencias de este órgano son A, B y C, vemos que en tal caso, en la resolución que os adjunto, ese órgano se atribuye la competencia D?, ¿es justificada en este caso la protesta del estado Z o debemos aquí aplicar lo aprendido en el tema de hace tres clases sobre competencias o interpretación? O qué se yo...

Tienen una semana exacta para estudiar y reflexionar. Son lecturas serias, que requieren dedicarle un tiempo de calidad, no valen lecturas a la carrera en diagonal. Pero los alumnos llegan a la siguiente clase habiéndose leído todas las lecturas obligatorias y, muchos de ellos, habiendo picado también alguna de las recomendadas. Las preguntas exigen reflexión y los alumnos se esfuerzan en hacer aportes tan interesantes que con frecuencia yo aprendo mucho sobre casos o problemas que ya creía conocer en profundidad.

Eso significa que cuando empezamos la clase los alumnos ya conocen la materia que vamos a trabajar ese día. Fíjate que te digo que conocen “la materia que vamos a trabajar”, no “la materia que voy a explicar”, dado que obviamente ellos ya se la saben. Así que no la explico.

Suelo dedicar quizá los primeros 30 minutos aproximadamente, depende del día y del tema, a recordar la teoría, a repasar juntos lo estudiado, a resolver alguna duda a lo sumo. Pero dedicamos el resto a debatir casos de actualidad, a reflexionar sobre los dilemas éticos o jurídicos o políticos que nos presentan los temas, a discutir los distintos enfoques de los distintos autores estudiados, a comparar crítica pero respetuosamente las distintas respuestas propuestas en el chat durante la semana. La participación suele ser muy alta.

El primer y segundo año me costó coger el ritmo y la lógica de la enseñanza online y seguramente con frecuencia me quedaban clases torpes y pesadas, lo siento por aquellos primeros estudiantes que me sufrieron. Pero cada nueva edición la cosa sale mejor. Los dos últimos cursos han sido extraordinarios. Y el mérito no es tanto mío, como de un grupos de estudiantes simplemente excelentes, en preparación, en capacidad, en interés y en generosidad. Este año he hecho un ejercicio maravilloso: he contado ya con la primera alumna de una promoción anterior para que me acompañe en una de las clases que trata sobre un tema en el que ella, como profesional, es experta.

Te cuento todo esto porque me gustaría extraer algunas lecciones que yo he aprendido de esta experiencia ya de 5 años por si alguna os resulta útil ahora que, a la fuerza, se deben improvisar clases online de lo más diversas. Por supuesto son lecciones personales, que a mí me sirven y que no tienen por qué ser generalizables o verdaderas para otros casos. Más que lecciones, para no sonar excesivo, llamémosles lecturas que extraigo de mi experiencia personal.

La lógica de la clase online es distinta a la presencial. La clase tiene que estar muy medida, mejor preparada. El profesor tiene que estar más atento a no perder la atención de la gente, a hacer posible la participación del máximo número de estudiantes posible. Pero no vale que el alumno se quede sentado esperando a que le entretengan. El papel del alumno es más importante en la enseñanza online incluso que en la enseñanza presencial, me atrevo a sospechar. El alumno debe corresponsabilizarse. Si el alumno viene con actitud de sentarse en la última fila (en sentido figurado) todo se hace más difícil. También es cierto que si pedimos que el alumno trabaje mucho antes de las clases online de alguna forma debemos considerar esas horas de trabajo como parte de la agenda. Todos tenemos que adaptarnos y aprender.

Así que la enseñanza online, como todo en la vida, es un ejemplo de responsabilidad compartida (profesor, alumnos, institución), lo que seguramente nos remite a la segunda de las cartas exclaustradas.

Más de un profesor me mirará como diciendo que acabo de descubrir el Mediterráneo, otros me dirán que mi experiencia sirve para un curso de Máster pero no en cursos inferiores con alumnos con intereses y actitudes diferentes. Puede ser, no sé. Yo sé entre poco y nada de pedagogía. No he pretendido dar claves universales, ni lecciones a nadie, sólo compartir mi experiencia. Lo que a mí me ha servido. Ni más, ni menos.

Un dato. Según la UNESCO “más de 850 millones de niños y jóvenes – aproximadamente la mitad de la población estudiantil mundial- permanecen estos días alejados de las escuelas, y universidades. Con cierres efectivos en 102 países y cierres locales en otros 11.” Los datos eran del martes 17 a última hora, así que lo más probable es que ahora sean más. Un gigantesco problema, especialmente duro para los más vulnerables (pobres, personas con discapacidad, lugares sin posibilidades de conexión telemática, etc.) pero seguramente también una oportunidad de algo.

Y dado que hemos hablado de la American University y de Derechos Humanos os voy a recomendar un libro sobre una mujer que obtuvo en 1933 el título honorario en esta universidad y que fue después una de las personalidades que más influyó en que la Declaración Universal de los Derechos Humanos fuera lo que es hoy: Eleanor Roosevelt. El libro se titula Un Mundo Nuevo. Eleanor Roosevelt y la Declaración Universal de Derechos Humanos y su autora es Mary Ann Glendon.

¡Salud, alegría y fuerza!

domingo, 22 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA SÉPTIMA o DEL SESGO DE CONFIRMACIÓN




CARTA EXCLAUSTRADA SÉPTIMA o DEL SESGO DE CONFIRMACIÓN



Domingo, 22 de Marzo.


Este sesgo de confirmación nos empuja, sin que nos demos cuenta las más de las veces, a interpretar toda nueva información que nos llega como una confirmación de lo que ya creemos saber. Caigo en él cuando, diga lo que diga el titular de hoy sobre el coronavirus, me parece que demuestra que yo tenía razón, confirma mis esquemas mentales y refuerza mi ideología o mis posiciones iniciales.

Si mi escritor favorito vende bien su nueva novela eso demuestra lo bueno que es. Pero si la vende mal, eso demuestra que es tan bueno que la masa ignorante y sin gusto no lo puede valorar. En ambos casos interpreto el dato para confirmar mi idea previa.

Te voy a poner un ejemplo real de estos días. Si crees que las multinacionales farmacéuticas son unas estructuras diabólicas construidas para destruir nuestra salud, cualquier cosa confirmará ese prejuicio. Algunas personas que hasta ayer extendían bulos según los cuales esta pandemia era una confabulación montada por las farmacéuticas para ganar dinero, cuelgan hoy una entrevista a Noam Chomsky en que defiende que esas mismas empresas son culpables precisamente por lo contrario, por no haber hecho nada: “las multinacionales farmacéuticas saben desde hace años que existe una gran probabilidad de que se produzca una grave pandemia pero, como no es bueno para los beneficios prepararse para ello, no se ha hecho nada”.

Vamos a ver, ¿ayer me decías que eran culpables de haber creado el virus y hoy me explicas que son culpables de no haberlo previsto? Aquí tienes un ejemplo de sesgo de confirmación. Si las farmacéuticas hacen X, eso demuestra que Y (que es lo que yo siempre he pensado). Y si NO hacen X eso demuestra que igualmente Y. Diga lo que diga la información demuestra mi idea previa.

Si tú crees que el sistema de mercado es el culpable de todos lo males, esta crisis del coronavirus lo confirma: “Esta crisis es el enésimo ejemplo del fracaso del mercado”. (Aquí la palabra enésimo no es casual: dice que ya lo sabía porque he tenido enésimas oportunidades de interpretar otros datos en ese mismo sentido). Aunque la crisis ataque igualmente a un país férreamente comunista como Corea del Norte, que a un país férreamente teocrático como Irán, que a un país democrático como Italia, el resultado es que confirma el fracaso del mercado.

Pase lo que pase, eso que pase demostrará que mi visión del mundo es correcta. Pase lo que pase servirá para confirmar mis ideas previas.

Dame cualquier pieza o su contraria (que los laboratorios descubren rápido una vacuna o que tardan mucho; que lo descubra un proyecto público o uno privado; que muera más gente en Irán que en Italia o que al final resulte al revés; que en Rusia muera mucha gente o poca) que inconscientemente yo sabré encajar esa pieza en mi estructura sin necesidad de modificar ni aprender nada, seré capaz de ponerla en mi mecano ideológico sin tocarlo, sabré elevar una nueva altura de mi andamio intelectual con esos materiales que me des.

Decía Winston Churchill, en una de sus frases de ingenio insuperable, que un fanático es una persona que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema.

Si tu tema es que la guerra comercial entre China y los EEUU explica toda la complejidad del mundo contemporáneo entonces el coronavirus es una gran oportunidad para confirmar tus claves: “Trump decidió subirse al tren de la pandemia como el pretexto perfecto para cerrarle todas las fronteras a China y lo logró. Una auténtica jugada de ajedrez”. No sé si este autor ha jugado mucho al ajedrez de verdad.

Si tu tema es la lucha contra el capitalismo neoliberal y heteropatriarcal, estás de enhorabuena, el coronavirus viene a darte la razón: “el coronavirus es la conclusión lógica, clara y directa de un orden económico y social que se llama capitalista, neoliberal y heteropatriarcal. El coronavirus simplemente se nos revela como el último episodio de una serie que ha hemos visto venir desde hace tiempo”.

Atención en este último texto a las palabras como “simplemente”, “lógica, clara y directa”, “ya hemos visto”. ¿Estamos, según este texto, ante algo complejo, de mil derivadas interrelacionadas, que nos reta a repensar nuestras convicciones o creencias?, ¿nos dice esta situación sin precedentes algo nuevo?, ¿nos ayuda a reconsiderar algo de lo que creíamos saber?, ¿hay algo distinto que podemos aprender de los que nos está pasando? La respuesta es: no. Todo lo contrario, estamos ante algo que “simplemente” nos demuestra de forma “lógica, clara y directa” (o sea que si no lo ves es que o eres tonto o estás cegado) lo que “ya hemos visto” muchas veces, es decir, nos confirma lo que ya sabíamos.

Podríamos poner otros ejemplos de distintas ideologías, pero creo que la idea ha quedado clara y cada uno sabrá cómo aplicárselo.

Yo por ejemplo debería releer las cartas hasta ahora escritas y descubriría que he interpretado lo que ha pasado como una confirmación de mis ideas previas sobre el multilateralismo de una forma tal vez insuficientemente crítica y que quizá no he aprovechado los nuevos datos para considerar los fallos o límites de ese multilateralismo. Puede ser. O que he empleado lo que hemos sabido estos días para confirmar mi interés por subrayar la idea de responsabilidad individual en el mundo contemporáneo sin considerar suficientemente sus limitaciones. Puede ser.

Podemos ver este sesgo en el propio Noam Chomsky. Vaya por delante que Chomsky es un gigante del pensamiento, de la lingüística y de la política. Un hombre de una inteligencia prodigiosa y de una capacidad de trabajo imbatible que lleva más de 60 años acumulando información y creando pensamiento. Mis máximos respetos. Pero si digo que veo con frecuencia un acentuado sesgo de confirmación en su pensamiento, mi comentario no debe ser entendido como desprecio por mi parte, sino como un aviso a navegantes: si este sesgo puede afectar a semejante gigante, ¡qué no hará con nosotros!

Yo leía en mis veintitantos a Chomsky con verdadera devoción. Aprendí de él muchísimo. Le debo mucho. Pero poco a poco me empezó a parecer que sus ensayos eran cada vez más previsibles. Cada nueva crisis, cada nuevo conflicto, servía para confirmar su visión de la avaricia de los poderosos, de su inmoralidad, del abuso del establishment norteamericano sobre el resto del mundo, de las clases poderosas sobre las más débiles, de la maldad de los intereses económicos, de los bancos, las aseguradoras y las multinacionales, del control del influyente lobby judío y, cómo no, la culpabilidad israelí. De pronto me llegó a aburrir porque me pareció que dejaba de aprender con sus libros. Sí, era cierto que cada nueva obra me daría mil datos nuevos e interesantes que emplear en el próximo debate, sin duda, pero que esta información era en su obra un mero pretexto para insistir en su visión ya conocida del mundo, sin matizarla, sin hacerla más compleja y rica.

Tuve un montón de libros suyos, pero creo que algunos han caído en las sucesivas limpiezas de biblioteca. Cada uno tiene su forma tonta de mostrar sus filias y fobias y me doy cuenta de que en la última reorganización de mi biblioteca Chomsky pasó de un lugar visible y noble del salón a un rincón bajo del despacho. Son detalles que dicen mucho. Hago recuento: me quedan 6 libros suyos y, más significativo aún, tres de ellos son de lingüística y educación y sólo me quedan tres de política internacional. Miro las fechas: los últimos son de 2004 y 2005. No he vuelto a comprar -ni leer- un libro suyo en 15 años.

Sí que leo de vez en cuando alguna entrevista o artículo suelto que me llega por un lado u otro, pero por desgracia me parece que sigue pecando de sesgo de confirmación en cada nuevo conflicto, en cada nuevo problema, en cada nuevo reto que le toca analizar.

¿Ves algo interesante en el último párrafo?, ¿una forma de paradoja, tal vez?, ¿un ejemplo de sesgo de confirmación por mi parte al denunciar el de otro? He dicho que todo lo que leo me sirve para confirmar lo que ya creo saber (que Chomsky peca de sesgo de confirmación). En fin, que la lógica es muy juguetona.

Como lectura te recomiendo, ya que hemos citado la frase de Churchill sobre el fanatismo, una obra muy breve: Contra el fanatismo (o Cómo curar a un fanático, que es lo mismo en otra edición), del israelí Amos Oz.

¡Feliz domingo!

sábado, 21 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA SEXTA o LO QUE APRENDÍ DE TIANANMEN



CARTA EXCLAUSTRADA SEXTA o LO QUE APRENDÍ DE TIANANMEN


Sábado, 21 de Marzo.

Empecé estas cartas un lunes. Hasta ayer viernes han sido exclaustradas cinco cartas. Han salido más largas de lo que yo me proponía. Más largas de lo que sería recomendable para mantener lectores. Además he tocado temas densos. Por mucho que buscara yo un tono en general informal y coloquial en ocasiones no he sabido evitar algunos párrafos un tanto farragosos.

¿Qué hago hoy que es sábado? El curso normal de las cosas indicaría que os dejara descansar y volviera a atacar con fuerzas renovadas el lunes. Pero esta situación que nos toca vivir estos días es tan excepcional que la misma idea de día laboral o día festivo pierde sentido. Creo que voy a optar por una solución de compromiso: escribiré carta, y así honraré mi palabra de carta diaria, pero voy a procurar que en fin de semana sea más ligera, más amable y breve.

Estos días todos estamos muy atentos a las noticias y a las redes sociales. Corremos así el riesgo de tener que tragar noticias y comentarios de todo pelaje. En esta situación de emergencia nos debemos un grado de prevención adicional. El grandísimo maestro Emilio Lledó (mi estudioso de la historia de la filosofía preferido) hablaba de “acentuar la sospecha” como uno de los valores de la ilustración y me sirve la expresión aquí: estos días tenemos que acentuar la sospecha.

Entre los divulgadores de la ciencia y la cultura científica, se habla mucho de sesgos del pensamiento. O de sus primas hermanas, que son las falacias argumentativas. De alguna forma, si los expertos me permiten simplificar, los sesgos y las falacias son esas astutas trampas que nuestro cerebro nos tiende por el camino mientras nos hace creer que nuestro pensamiento es impecablemente racional y objetivo, que nuestra argumentación es diamante pulido sin tacha.

Quien esté libre de sesgo y de falacias, habría dicho Jesús de haber conocido el asunto, que tire la primera piedra. Con frecuencia no podemos evitar caer todos en sesgos y falacias. A veces, en esta como en tantas otras materias, somos maestros en identificar la paja en el ojo ajeno mientras ignoramos vigas en el propio.

No nos podemos pretender inmunes a los sesgos cognitivos ni a la falacias argumentativas, pero sí podemos conocerlas en teoría para así tener alguna posibilidad adicional de identificarlas cuando nos las topemos. A veces resultan un instrumento útil en la esgrima verbal cuando puedes golpear a tu contrincante identificándole una. Pero atención, lo más interesante no es reconocerlos cuando los emplea tu adversario, sino cuando te descubres al borde de pisar una de esas minas y tienes que decidir si hacer trampa y pisarla, o ser honesto contigo mismo y esquivarla.

El sesgo quizá más peligroso y común de estos días es el sesgo retrospectivo o sesgo a posteriori. Algunos le llaman, con mucha gracia, la tentación del espejo retrovisor o se refieren a quienes las emplean como Capitán Aposteriori. Tenemos muchos capitanes Aposteriori en nuestras redes y medios. Ser Capitán Aposteriori es saber hoy, con los datos de hoy, lo que el gobierno debería haber hecho hace un mes y tuvo que decidir con los datos de entonces. Por encima de esos capitanes están algunos generales Aposteriori, que serían esos que hoy te dicen que el gobierno debería haber tomado medidas más duras desde el principio, pero que hace 12 días, en la misma red social o en la misma columna del mismo medio, ridiculizaban las primeras medidas adoptadas al entenderlas como excesivas o alarmistas. La hemeroteca o el historial de la red social deberían limitar a esos generales, pero parecen inmunes a la vergüenza. En las redes, por ejemplo, han pillado a un par de médicos en ese juego de hoy ridiculizar y mañana condenar, hoy banalizar y mañana censurar con extremo rigor.

¿Cómo podemos evitar ser nosotros aprendices de Capitán Aposteriori? Lo primero sería ser prudentes con nuestros juicios: un “parece”, un “creo”, un “según los datos con los que hoy contamos”, un “salvo que haya información que se nos escapa”, un “seguramente”, un “me inclino a proponer”, un “en tanto las cosas sigan así” (sobrino-nieto de aquel viejo y tan bonito rebus sic stantibus)… son útiles a la hora de afrontar situaciones complejas. Emplear estas fórmulas no es sólo una muestra de modestia o de cortesía y menos aún de cobardía o de tentarse astuta y precavidamente la ropa. Es todo lo contrario, es una noble forma de higiene mental: demuestra que contemplas la posibilidad de no tener la verdad absoluta ante una situación compleja. Y es que pensamos por medio de palabras, y algunas palabras nos pueden ayudan a pensar mejor.

Lo segundo recomendable sería tener algo de memoria y ser honesto con ella. “La semana pasada les dije que X y la verdad es que tengo que reconocer que la cagué: hoy pienso que Y”. No sé por qué a la gente le parece tan duro hacer esto, ¿no dice la sabiduría profunda del pueblo que rectificar es de sabios? Si aplicáramos este segundo paso, sería más fácil aplicar en adelante el primero, es decir, una vez que ves que la has cagado es más fácil ser prudente al apuntar el siguiente tiro.

Os voy a contar una anécdota personal que he contado ya varias veces. Estaba en primero de carrera. Los opositores chinos ocupaban la Plaza de Tiananmen. Mi buen amigo Asier preveía un final sangriento de esa aventura. Yo, en cambio, dándomelas de sesudo analista de la realidad internacional, le explicaba con convicción que estábamos ya en 1989, en plena perestroika, por favor, ya las cosas no se pueden resolver así en este nuevo escenario global. No sé si 24 o 48 horas después de mi gran declaración, los tanques entraron en la plaza. Lo demás es historia.

Me gusta recordar esta anécdota porque creo que me puede enseñar algo (que, más de 30 años después, lo haya o no aprendido es otra cosa), me puede enseñar a ser más prudente en mis juicios. Después me he vuelto a equivocar mil veces en mis vaticinios políticos, no pasa nada, pero creo que recordar la anécdota me ayuda a exponer mis juicios con más prudencia. A todos nos vendría bien tener nuestro recuerdo-tiananmen activado: ¿cuál es el tuyo? Te diría que sólo los cuñados creen que no se equivocan nunca y siempre tienen la razón. Pero la expresión no sirve en mi caso: tengo el cuñado con menor carga de cuñadismo del mundo.

¿Sabes una cosa? No tengo ni idea de si el asunto estará o no estudiado, pero tengo para mí que la gente que no ha tenido experiencia en gestionar responsabilidades suele ser la más atrevida a la hora de criticar las decisiones públicas y a aplicar el sesgo a posteriori. Es como si esa falta de experiencia les hiciera creer que todo es fácil, claro, lineal, obvio. Son los que por la radio dicen, como si fuera la gran idea del día, que el gobierno debería proveer de mascarillas, a la máxima brevedad, a todos los que lo necesiten. Genial. A mí no se me había ocurrido la idea. Seguramente al ministro de sanidad tampoco se le había ocurrido, no sé en qué estará pensando el tío estos días.

Pero, ¿sabes otra cosa? Seguramente hay algún sesgo detrás de esta última observación mía. De hecho no me habría atrevido a compartir contigo una idea tan básica y seguramente errada si no me sirviera como ejemplo para hacer el ejercicio de identificar otro sesgo: ¿hay un sesgo de atribución -o también llamado de correspondencia: esos piensan X porque son Y- en ese comentario que tan alegremente he compartido? Es muy probable.

Otro sesgo muy interesante para analizar críticamente lo que todos nosotros decimos, pensamos y escribimos estos días, es el sesgo de confirmación. Quizá, junto al sesgo a posteriori que ya hemos visto, es el rey de los sesgos de estos días. Pero hablarte de otro sesgo ahora alargaría mucho la carta y de esa forma incumpliría mi propósito de ser hoy más breve.

Mañana te hablo del sesgo de confirmación, cómo nos ataca (cómo me ataca) y cómo podemos conocerlo para, como decía Emilio Lledó, acentuar así la sospecha.

Y como no vamos a terminar hoy, aunque sea sábado, sin recomendar un par de libros, te propongo dos del maestro Lledó: Epicureísmo, de entrante, y, sólo para los más valientes que se hayan quedado con hambre de un buen chuletón de buey, El Surco del Tiempo. ¡Feliz sábado!