lunes, 23 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA OCTAVA o SOBRE APRENDER DESDE CASA




CARTA EXCLAUSTRADA OCTAVA o APRENDER DESDE CASA



Lunes, 23 de Marzo.

En el 2016 el Washington College of Law de la American University me propuso impartir un curso de su LL.M. en Derecho Internacional de los Derechos Humanos y Derecho Humanitario. En concreto desde ese año doy el Curso titulado “Estudios Avanzados en Derechos Humanos” correspondiente al segundo año de dicho postgrado. Llevo ya cinco ediciones de este curso que se compone de 14 clases, una semanal de 2 horas es decir 28 horas lectivas, más las horas de lecturas y trabajos.

Lo imparto sin salir de casa. Sí, es un curso online. Las clases que allí se dan de 5 a 7 de la tarde, pueden ser aquí de 11 de la noche a 1 de la madrugada o incluso de 12 a 2. Muchas veces las doy en camisa de vestir y pantalón de pijama: una escena muy familiar para mis hijos. Quiero contar esta historia porque quizá a alguno de vosotros le sirva de algo ahora que estamos abocados a esto de la enseñanza online.

Yo ya había dado algún curso a distancia, pero la verdad es que la experiencia no había sido muy buena, al menos por dos motivos. Por una parte, con frecuencia no eran realmente clases online, en directo, en tiempo real, sino curso a distancia con charlas enlatadas que, siendo sinceros, no podían generar mucho entusiasmo entre los alumnos. El programa era torpe y sin muchas posibilidades. Luego he dado otros cursos online diferentes, lo que me ha permitido comparar. Por otro lado, ni los alumnos ni yo estábamos hechos en aquellas primeras ocasiones al formato, a sus exigencias y necesidades específicas, y no supimos -obviamente a mí, como profesor, me corresponde la principal responsabilidad- crear una dinámica de trabajo realmente constructiva. Cumplimos con buena intención, poco más se puede decir de aquellas primeras experiencias.

Así que cuando en la American University me ofrecieron esta posibilidad no te voy a decir que me entusiasmara la perspectiva. Yo en aquel entonces consideraba la enseñanza online como una enseñanza de segunda división, de calidad menor. Tal vez se trataba, pensaba yo, de algo necesario cuando no hay otras posibilidades, cuando por las razones que sea la enseñanza "de primera", "de verdad", no resulta posible, pero no dejaba de ser a mis ojos algo de inferior nivel.

Pronto aprendí que estaba muy equivocado. El programa de la American University es ágil, flexible, largo de posibilidades. La universidad te facilita un asistente (una asistente, en mi caso) que se ocupa del seguimiento de los aspectos técnicos y de las necesidades puramente técnicas u operativas de los alumnos (he tenido hasta la fecha dos asistentes y ambas de muy alto nivel). El programa está muy preparado con antelación: con lecturas programadas y planes de seguimiento. El número de alumnos es limitado, entre 14 y 18 personas de media, con lo que todos nos conocemos rápidamente y la interlocución y participación de todos es posible. Y, lo más importante, el ingrediente sin el que el sistema online difícilmente puede funcionar: los alumnos son personas muy interesadas y con ganas de trabajar.

Esta universidad ha sido reconocida por algunos rankings norteamericanos con la segunda mejor universidad del país para estudiar esta especialidad de Derecho Internacional de los Derechos Humanos, así que tal vez haya algo que aprender aquí para todos.

Ahora que controlo el sistema puede decir que mi conexión e interacción con estos alumnos a 6.000 kilómetros es con frecuencia superior a la de una clase presencial ordinaria de nuestras universidades. Puedo verles la cara a cada uno, he aprendido a identificar cuándo me siguen y cuándo les estoy perdiendo, hacen preguntas, piden la palabra, ordenamos el uso de la palabra, hacemos comentarios breves por escrito en el chat mientras avanza la clase, la dinámica es viva, los más de los días ágil y extraordinariamente participativa.

La cosa funciona. Puedo decir que la conexión directa con cada alumno, que al principio yo pensaba imposible, no sólo es posible sino que muchas veces, insisto, resulta superior. Para mí ha sido un gran aprendizaje que ha obligado a abandonar algunos prejuicios.

Os explico la dinámica. Justo cuando termina una clase, la asistente libera las lecturas que yo he propuesto para la siguiente clase (un capítulo de un manual, un par de artículos académicos y quizá, según el tema, un informe de la ONU o de una Organización Internacional, una Declaración de la Asamblea General, la Resolución de algún órgano de tratados, el informe de una comisión de verificación, una sentencia de un Tribunal Internacional…). Además les hago en el chat 5 preguntas para la semana. 5 preguntas que ellos van comentado, que no son obviamente de copiar y pegar, sino de discutir entre todos. Por ejemplo: ¿Crees que la posición defendida por el Estado Y en el caso Z se corresponde con lo que nos dice el autor X en el artículo que hemos leído? O ¿qué diferencias ves entre el enfoque del autor X y el de la autora Z al referirse a tal asunto?, ¿cuál te parece que se adapta mejor a la realidad de este momento? O, ¿por qué si este manual nos dice que las competencias de este órgano son A, B y C, vemos que en tal caso, en la resolución que os adjunto, ese órgano se atribuye la competencia D?, ¿es justificada en este caso la protesta del estado Z o debemos aquí aplicar lo aprendido en el tema de hace tres clases sobre competencias o interpretación? O qué se yo...

Tienen una semana exacta para estudiar y reflexionar. Son lecturas serias, que requieren dedicarle un tiempo de calidad, no valen lecturas a la carrera en diagonal. Pero los alumnos llegan a la siguiente clase habiéndose leído todas las lecturas obligatorias y, muchos de ellos, habiendo picado también alguna de las recomendadas. Las preguntas exigen reflexión y los alumnos se esfuerzan en hacer aportes tan interesantes que con frecuencia yo aprendo mucho sobre casos o problemas que ya creía conocer en profundidad.

Eso significa que cuando empezamos la clase los alumnos ya conocen la materia que vamos a trabajar ese día. Fíjate que te digo que conocen “la materia que vamos a trabajar”, no “la materia que voy a explicar”, dado que obviamente ellos ya se la saben. Así que no la explico.

Suelo dedicar quizá los primeros 30 minutos aproximadamente, depende del día y del tema, a recordar la teoría, a repasar juntos lo estudiado, a resolver alguna duda a lo sumo. Pero dedicamos el resto a debatir casos de actualidad, a reflexionar sobre los dilemas éticos o jurídicos o políticos que nos presentan los temas, a discutir los distintos enfoques de los distintos autores estudiados, a comparar crítica pero respetuosamente las distintas respuestas propuestas en el chat durante la semana. La participación suele ser muy alta.

El primer y segundo año me costó coger el ritmo y la lógica de la enseñanza online y seguramente con frecuencia me quedaban clases torpes y pesadas, lo siento por aquellos primeros estudiantes que me sufrieron. Pero cada nueva edición la cosa sale mejor. Los dos últimos cursos han sido extraordinarios. Y el mérito no es tanto mío, como de un grupos de estudiantes simplemente excelentes, en preparación, en capacidad, en interés y en generosidad. Este año he hecho un ejercicio maravilloso: he contado ya con la primera alumna de una promoción anterior para que me acompañe en una de las clases que trata sobre un tema en el que ella, como profesional, es experta.

Te cuento todo esto porque me gustaría extraer algunas lecciones que yo he aprendido de esta experiencia ya de 5 años por si alguna os resulta útil ahora que, a la fuerza, se deben improvisar clases online de lo más diversas. Por supuesto son lecciones personales, que a mí me sirven y que no tienen por qué ser generalizables o verdaderas para otros casos. Más que lecciones, para no sonar excesivo, llamémosles lecturas que extraigo de mi experiencia personal.

La lógica de la clase online es distinta a la presencial. La clase tiene que estar muy medida, mejor preparada. El profesor tiene que estar más atento a no perder la atención de la gente, a hacer posible la participación del máximo número de estudiantes posible. Pero no vale que el alumno se quede sentado esperando a que le entretengan. El papel del alumno es más importante en la enseñanza online incluso que en la enseñanza presencial, me atrevo a sospechar. El alumno debe corresponsabilizarse. Si el alumno viene con actitud de sentarse en la última fila (en sentido figurado) todo se hace más difícil. También es cierto que si pedimos que el alumno trabaje mucho antes de las clases online de alguna forma debemos considerar esas horas de trabajo como parte de la agenda. Todos tenemos que adaptarnos y aprender.

Así que la enseñanza online, como todo en la vida, es un ejemplo de responsabilidad compartida (profesor, alumnos, institución), lo que seguramente nos remite a la segunda de las cartas exclaustradas.

Más de un profesor me mirará como diciendo que acabo de descubrir el Mediterráneo, otros me dirán que mi experiencia sirve para un curso de Máster pero no en cursos inferiores con alumnos con intereses y actitudes diferentes. Puede ser, no sé. Yo sé entre poco y nada de pedagogía. No he pretendido dar claves universales, ni lecciones a nadie, sólo compartir mi experiencia. Lo que a mí me ha servido. Ni más, ni menos.

Un dato. Según la UNESCO “más de 850 millones de niños y jóvenes – aproximadamente la mitad de la población estudiantil mundial- permanecen estos días alejados de las escuelas, y universidades. Con cierres efectivos en 102 países y cierres locales en otros 11.” Los datos eran del martes 17 a última hora, así que lo más probable es que ahora sean más. Un gigantesco problema, especialmente duro para los más vulnerables (pobres, personas con discapacidad, lugares sin posibilidades de conexión telemática, etc.) pero seguramente también una oportunidad de algo.

Y dado que hemos hablado de la American University y de Derechos Humanos os voy a recomendar un libro sobre una mujer que obtuvo en 1933 el título honorario en esta universidad y que fue después una de las personalidades que más influyó en que la Declaración Universal de los Derechos Humanos fuera lo que es hoy: Eleanor Roosevelt. El libro se titula Un Mundo Nuevo. Eleanor Roosevelt y la Declaración Universal de Derechos Humanos y su autora es Mary Ann Glendon.

¡Salud, alegría y fuerza!

domingo, 22 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA SÉPTIMA o DEL SESGO DE CONFIRMACIÓN




CARTA EXCLAUSTRADA SÉPTIMA o DEL SESGO DE CONFIRMACIÓN



Domingo, 22 de Marzo.


Este sesgo de confirmación nos empuja, sin que nos demos cuenta las más de las veces, a interpretar toda nueva información que nos llega como una confirmación de lo que ya creemos saber. Caigo en él cuando, diga lo que diga el titular de hoy sobre el coronavirus, me parece que demuestra que yo tenía razón, confirma mis esquemas mentales y refuerza mi ideología o mis posiciones iniciales.

Si mi escritor favorito vende bien su nueva novela eso demuestra lo bueno que es. Pero si la vende mal, eso demuestra que es tan bueno que la masa ignorante y sin gusto no lo puede valorar. En ambos casos interpreto el dato para confirmar mi idea previa.

Te voy a poner un ejemplo real de estos días. Si crees que las multinacionales farmacéuticas son unas estructuras diabólicas construidas para destruir nuestra salud, cualquier cosa confirmará ese prejuicio. Algunas personas que hasta ayer extendían bulos según los cuales esta pandemia era una confabulación montada por las farmacéuticas para ganar dinero, cuelgan hoy una entrevista a Noam Chomsky en que defiende que esas mismas empresas son culpables precisamente por lo contrario, por no haber hecho nada: “las multinacionales farmacéuticas saben desde hace años que existe una gran probabilidad de que se produzca una grave pandemia pero, como no es bueno para los beneficios prepararse para ello, no se ha hecho nada”.

Vamos a ver, ¿ayer me decías que eran culpables de haber creado el virus y hoy me explicas que son culpables de no haberlo previsto? Aquí tienes un ejemplo de sesgo de confirmación. Si las farmacéuticas hacen X, eso demuestra que Y (que es lo que yo siempre he pensado). Y si NO hacen X eso demuestra que igualmente Y. Diga lo que diga la información demuestra mi idea previa.

Si tú crees que el sistema de mercado es el culpable de todos lo males, esta crisis del coronavirus lo confirma: “Esta crisis es el enésimo ejemplo del fracaso del mercado”. (Aquí la palabra enésimo no es casual: dice que ya lo sabía porque he tenido enésimas oportunidades de interpretar otros datos en ese mismo sentido). Aunque la crisis ataque igualmente a un país férreamente comunista como Corea del Norte, que a un país férreamente teocrático como Irán, que a un país democrático como Italia, el resultado es que confirma el fracaso del mercado.

Pase lo que pase, eso que pase demostrará que mi visión del mundo es correcta. Pase lo que pase servirá para confirmar mis ideas previas.

Dame cualquier pieza o su contraria (que los laboratorios descubren rápido una vacuna o que tardan mucho; que lo descubra un proyecto público o uno privado; que muera más gente en Irán que en Italia o que al final resulte al revés; que en Rusia muera mucha gente o poca) que inconscientemente yo sabré encajar esa pieza en mi estructura sin necesidad de modificar ni aprender nada, seré capaz de ponerla en mi mecano ideológico sin tocarlo, sabré elevar una nueva altura de mi andamio intelectual con esos materiales que me des.

Decía Winston Churchill, en una de sus frases de ingenio insuperable, que un fanático es una persona que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema.

Si tu tema es que la guerra comercial entre China y los EEUU explica toda la complejidad del mundo contemporáneo entonces el coronavirus es una gran oportunidad para confirmar tus claves: “Trump decidió subirse al tren de la pandemia como el pretexto perfecto para cerrarle todas las fronteras a China y lo logró. Una auténtica jugada de ajedrez”. No sé si este autor ha jugado mucho al ajedrez de verdad.

Si tu tema es la lucha contra el capitalismo neoliberal y heteropatriarcal, estás de enhorabuena, el coronavirus viene a darte la razón: “el coronavirus es la conclusión lógica, clara y directa de un orden económico y social que se llama capitalista, neoliberal y heteropatriarcal. El coronavirus simplemente se nos revela como el último episodio de una serie que ha hemos visto venir desde hace tiempo”.

Atención en este último texto a las palabras como “simplemente”, “lógica, clara y directa”, “ya hemos visto”. ¿Estamos, según este texto, ante algo complejo, de mil derivadas interrelacionadas, que nos reta a repensar nuestras convicciones o creencias?, ¿nos dice esta situación sin precedentes algo nuevo?, ¿nos ayuda a reconsiderar algo de lo que creíamos saber?, ¿hay algo distinto que podemos aprender de los que nos está pasando? La respuesta es: no. Todo lo contrario, estamos ante algo que “simplemente” nos demuestra de forma “lógica, clara y directa” (o sea que si no lo ves es que o eres tonto o estás cegado) lo que “ya hemos visto” muchas veces, es decir, nos confirma lo que ya sabíamos.

Podríamos poner otros ejemplos de distintas ideologías, pero creo que la idea ha quedado clara y cada uno sabrá cómo aplicárselo.

Yo por ejemplo debería releer las cartas hasta ahora escritas y descubriría que he interpretado lo que ha pasado como una confirmación de mis ideas previas sobre el multilateralismo de una forma tal vez insuficientemente crítica y que quizá no he aprovechado los nuevos datos para considerar los fallos o límites de ese multilateralismo. Puede ser. O que he empleado lo que hemos sabido estos días para confirmar mi interés por subrayar la idea de responsabilidad individual en el mundo contemporáneo sin considerar suficientemente sus limitaciones. Puede ser.

Podemos ver este sesgo en el propio Noam Chomsky. Vaya por delante que Chomsky es un gigante del pensamiento, de la lingüística y de la política. Un hombre de una inteligencia prodigiosa y de una capacidad de trabajo imbatible que lleva más de 60 años acumulando información y creando pensamiento. Mis máximos respetos. Pero si digo que veo con frecuencia un acentuado sesgo de confirmación en su pensamiento, mi comentario no debe ser entendido como desprecio por mi parte, sino como un aviso a navegantes: si este sesgo puede afectar a semejante gigante, ¡qué no hará con nosotros!

Yo leía en mis veintitantos a Chomsky con verdadera devoción. Aprendí de él muchísimo. Le debo mucho. Pero poco a poco me empezó a parecer que sus ensayos eran cada vez más previsibles. Cada nueva crisis, cada nuevo conflicto, servía para confirmar su visión de la avaricia de los poderosos, de su inmoralidad, del abuso del establishment norteamericano sobre el resto del mundo, de las clases poderosas sobre las más débiles, de la maldad de los intereses económicos, de los bancos, las aseguradoras y las multinacionales, del control del influyente lobby judío y, cómo no, la culpabilidad israelí. De pronto me llegó a aburrir porque me pareció que dejaba de aprender con sus libros. Sí, era cierto que cada nueva obra me daría mil datos nuevos e interesantes que emplear en el próximo debate, sin duda, pero que esta información era en su obra un mero pretexto para insistir en su visión ya conocida del mundo, sin matizarla, sin hacerla más compleja y rica.

Tuve un montón de libros suyos, pero creo que algunos han caído en las sucesivas limpiezas de biblioteca. Cada uno tiene su forma tonta de mostrar sus filias y fobias y me doy cuenta de que en la última reorganización de mi biblioteca Chomsky pasó de un lugar visible y noble del salón a un rincón bajo del despacho. Son detalles que dicen mucho. Hago recuento: me quedan 6 libros suyos y, más significativo aún, tres de ellos son de lingüística y educación y sólo me quedan tres de política internacional. Miro las fechas: los últimos son de 2004 y 2005. No he vuelto a comprar -ni leer- un libro suyo en 15 años.

Sí que leo de vez en cuando alguna entrevista o artículo suelto que me llega por un lado u otro, pero por desgracia me parece que sigue pecando de sesgo de confirmación en cada nuevo conflicto, en cada nuevo problema, en cada nuevo reto que le toca analizar.

¿Ves algo interesante en el último párrafo?, ¿una forma de paradoja, tal vez?, ¿un ejemplo de sesgo de confirmación por mi parte al denunciar el de otro? He dicho que todo lo que leo me sirve para confirmar lo que ya creo saber (que Chomsky peca de sesgo de confirmación). En fin, que la lógica es muy juguetona.

Como lectura te recomiendo, ya que hemos citado la frase de Churchill sobre el fanatismo, una obra muy breve: Contra el fanatismo (o Cómo curar a un fanático, que es lo mismo en otra edición), del israelí Amos Oz.

¡Feliz domingo!

sábado, 21 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA SEXTA o LO QUE APRENDÍ DE TIANANMEN



CARTA EXCLAUSTRADA SEXTA o LO QUE APRENDÍ DE TIANANMEN


Sábado, 21 de Marzo.

Empecé estas cartas un lunes. Hasta ayer viernes han sido exclaustradas cinco cartas. Han salido más largas de lo que yo me proponía. Más largas de lo que sería recomendable para mantener lectores. Además he tocado temas densos. Por mucho que buscara yo un tono en general informal y coloquial en ocasiones no he sabido evitar algunos párrafos un tanto farragosos.

¿Qué hago hoy que es sábado? El curso normal de las cosas indicaría que os dejara descansar y volviera a atacar con fuerzas renovadas el lunes. Pero esta situación que nos toca vivir estos días es tan excepcional que la misma idea de día laboral o día festivo pierde sentido. Creo que voy a optar por una solución de compromiso: escribiré carta, y así honraré mi palabra de carta diaria, pero voy a procurar que en fin de semana sea más ligera, más amable y breve.

Estos días todos estamos muy atentos a las noticias y a las redes sociales. Corremos así el riesgo de tener que tragar noticias y comentarios de todo pelaje. En esta situación de emergencia nos debemos un grado de prevención adicional. El grandísimo maestro Emilio Lledó (mi estudioso de la historia de la filosofía preferido) hablaba de “acentuar la sospecha” como uno de los valores de la ilustración y me sirve la expresión aquí: estos días tenemos que acentuar la sospecha.

Entre los divulgadores de la ciencia y la cultura científica, se habla mucho de sesgos del pensamiento. O de sus primas hermanas, que son las falacias argumentativas. De alguna forma, si los expertos me permiten simplificar, los sesgos y las falacias son esas astutas trampas que nuestro cerebro nos tiende por el camino mientras nos hace creer que nuestro pensamiento es impecablemente racional y objetivo, que nuestra argumentación es diamante pulido sin tacha.

Quien esté libre de sesgo y de falacias, habría dicho Jesús de haber conocido el asunto, que tire la primera piedra. Con frecuencia no podemos evitar caer todos en sesgos y falacias. A veces, en esta como en tantas otras materias, somos maestros en identificar la paja en el ojo ajeno mientras ignoramos vigas en el propio.

No nos podemos pretender inmunes a los sesgos cognitivos ni a la falacias argumentativas, pero sí podemos conocerlas en teoría para así tener alguna posibilidad adicional de identificarlas cuando nos las topemos. A veces resultan un instrumento útil en la esgrima verbal cuando puedes golpear a tu contrincante identificándole una. Pero atención, lo más interesante no es reconocerlos cuando los emplea tu adversario, sino cuando te descubres al borde de pisar una de esas minas y tienes que decidir si hacer trampa y pisarla, o ser honesto contigo mismo y esquivarla.

El sesgo quizá más peligroso y común de estos días es el sesgo retrospectivo o sesgo a posteriori. Algunos le llaman, con mucha gracia, la tentación del espejo retrovisor o se refieren a quienes las emplean como Capitán Aposteriori. Tenemos muchos capitanes Aposteriori en nuestras redes y medios. Ser Capitán Aposteriori es saber hoy, con los datos de hoy, lo que el gobierno debería haber hecho hace un mes y tuvo que decidir con los datos de entonces. Por encima de esos capitanes están algunos generales Aposteriori, que serían esos que hoy te dicen que el gobierno debería haber tomado medidas más duras desde el principio, pero que hace 12 días, en la misma red social o en la misma columna del mismo medio, ridiculizaban las primeras medidas adoptadas al entenderlas como excesivas o alarmistas. La hemeroteca o el historial de la red social deberían limitar a esos generales, pero parecen inmunes a la vergüenza. En las redes, por ejemplo, han pillado a un par de médicos en ese juego de hoy ridiculizar y mañana condenar, hoy banalizar y mañana censurar con extremo rigor.

¿Cómo podemos evitar ser nosotros aprendices de Capitán Aposteriori? Lo primero sería ser prudentes con nuestros juicios: un “parece”, un “creo”, un “según los datos con los que hoy contamos”, un “salvo que haya información que se nos escapa”, un “seguramente”, un “me inclino a proponer”, un “en tanto las cosas sigan así” (sobrino-nieto de aquel viejo y tan bonito rebus sic stantibus)… son útiles a la hora de afrontar situaciones complejas. Emplear estas fórmulas no es sólo una muestra de modestia o de cortesía y menos aún de cobardía o de tentarse astuta y precavidamente la ropa. Es todo lo contrario, es una noble forma de higiene mental: demuestra que contemplas la posibilidad de no tener la verdad absoluta ante una situación compleja. Y es que pensamos por medio de palabras, y algunas palabras nos pueden ayudan a pensar mejor.

Lo segundo recomendable sería tener algo de memoria y ser honesto con ella. “La semana pasada les dije que X y la verdad es que tengo que reconocer que la cagué: hoy pienso que Y”. No sé por qué a la gente le parece tan duro hacer esto, ¿no dice la sabiduría profunda del pueblo que rectificar es de sabios? Si aplicáramos este segundo paso, sería más fácil aplicar en adelante el primero, es decir, una vez que ves que la has cagado es más fácil ser prudente al apuntar el siguiente tiro.

Os voy a contar una anécdota personal que he contado ya varias veces. Estaba en primero de carrera. Los opositores chinos ocupaban la Plaza de Tiananmen. Mi buen amigo Asier preveía un final sangriento de esa aventura. Yo, en cambio, dándomelas de sesudo analista de la realidad internacional, le explicaba con convicción que estábamos ya en 1989, en plena perestroika, por favor, ya las cosas no se pueden resolver así en este nuevo escenario global. No sé si 24 o 48 horas después de mi gran declaración, los tanques entraron en la plaza. Lo demás es historia.

Me gusta recordar esta anécdota porque creo que me puede enseñar algo (que, más de 30 años después, lo haya o no aprendido es otra cosa), me puede enseñar a ser más prudente en mis juicios. Después me he vuelto a equivocar mil veces en mis vaticinios políticos, no pasa nada, pero creo que recordar la anécdota me ayuda a exponer mis juicios con más prudencia. A todos nos vendría bien tener nuestro recuerdo-tiananmen activado: ¿cuál es el tuyo? Te diría que sólo los cuñados creen que no se equivocan nunca y siempre tienen la razón. Pero la expresión no sirve en mi caso: tengo el cuñado con menor carga de cuñadismo del mundo.

¿Sabes una cosa? No tengo ni idea de si el asunto estará o no estudiado, pero tengo para mí que la gente que no ha tenido experiencia en gestionar responsabilidades suele ser la más atrevida a la hora de criticar las decisiones públicas y a aplicar el sesgo a posteriori. Es como si esa falta de experiencia les hiciera creer que todo es fácil, claro, lineal, obvio. Son los que por la radio dicen, como si fuera la gran idea del día, que el gobierno debería proveer de mascarillas, a la máxima brevedad, a todos los que lo necesiten. Genial. A mí no se me había ocurrido la idea. Seguramente al ministro de sanidad tampoco se le había ocurrido, no sé en qué estará pensando el tío estos días.

Pero, ¿sabes otra cosa? Seguramente hay algún sesgo detrás de esta última observación mía. De hecho no me habría atrevido a compartir contigo una idea tan básica y seguramente errada si no me sirviera como ejemplo para hacer el ejercicio de identificar otro sesgo: ¿hay un sesgo de atribución -o también llamado de correspondencia: esos piensan X porque son Y- en ese comentario que tan alegremente he compartido? Es muy probable.

Otro sesgo muy interesante para analizar críticamente lo que todos nosotros decimos, pensamos y escribimos estos días, es el sesgo de confirmación. Quizá, junto al sesgo a posteriori que ya hemos visto, es el rey de los sesgos de estos días. Pero hablarte de otro sesgo ahora alargaría mucho la carta y de esa forma incumpliría mi propósito de ser hoy más breve.

Mañana te hablo del sesgo de confirmación, cómo nos ataca (cómo me ataca) y cómo podemos conocerlo para, como decía Emilio Lledó, acentuar así la sospecha.

Y como no vamos a terminar hoy, aunque sea sábado, sin recomendar un par de libros, te propongo dos del maestro Lledó: Epicureísmo, de entrante, y, sólo para los más valientes que se hayan quedado con hambre de un buen chuletón de buey, El Surco del Tiempo. ¡Feliz sábado!

viernes, 20 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA QUINTA o SOBRE LAS FRONTERAS








CARTA EXCLAUSTRADA QUINTA o SOBRE LAS FRONTERAS

Viernes, 20 de Marzo.

Este coronavirus que nos mantiene en casa, por lo que podemos saber, surgió en China. Ya, ya sé que hay mil teorías conspiratorias sobre su creación en laboratorios con los fines más peregrinos y absurdos. Pero lo que nos dice el mejor conocimiento científico disponible a día de hoy es que tenemos evidencias suficientes para asegurar su origen natural, por salto de animal a humano, en China.

De China pasó a los países limítrofes, especialmente Corea del Sur (y muy probablemente su vecina del Norte). La internacionalización de la economía china y la amplitud de sus contactos comerciales provocó su descontrolado desarrollo por todo el mundo. En Europa, lo sabemos bien, la más afectada ha sido, hasta la fecha, Italia, por detrás, acercándose peligrosamente, España. En el siguiente pelotón Francia. Veremos en pocos días cómo evolucionan Alemania, Reino Unido y otros. Rusia es un misterio, pero quienes hayáis leído mi carta sobre la democracia, comprenderéis que sospeche de sus buenos datos (escrito queda, para que reconozca mi error y rectifique si toca cuando toque).

En Estados Unidos Trump ha cometido importantes errores y los seguirá cometiendo. No lo digo porque tenga yo poder de adivinación sino porque creo que actúa movido por impulsos irracionales, que no valora el conocimiento científico y que tiene preferentemente la cabeza puesta en los índices de popularidad y en sus negocios. Pero el sistema descentralizado del país, que permitirá a muchos estados tomar la iniciativa, sus sistemas de checks and balances, así como su enorme potencia científica, social y económica, ayudará a que la cosa pueda aguantar llegado el momento.

Más grave puede ser el asunto en algunos países latinoamericanos. López Obrador, Ortega o Bolsonaro parecen participar en un concurso a la mayor irresponsabilidad. ¿Qué decir de una pandemia de este tipo en África? A su favor tiene una pirámide poblacional muy joven. En contra, un sistema sanitario y una organización político-social claramente deficitarias. ¿Qué decir de la India? Mejor callo, dado que nada interesante tengo que decir sobre países que desconozco. En todo caso en un par de semanas estas preguntas quedarán contestadas.

Todo esto demostraría algo que mucho autores – y más modestamente quien esto escribe también- han tratado durante años. El mundo es uno. Compartimos algunos desafíos que son de todos. Y compartimos también unos riesgos que son globales. Este riesgo del coronavirus es uno, en este momento es el más urgente, el más inminente, pero no el único. El cambio climático es, por poner el ejemplo más evidente, otro caso. Siempre se ha dicho que no hay que confundir lo urgente con lo importante. Lo más urgente es ahora el coronavirus, pero hay otros temas en la agenda 2030 ODS igualmente importantes.

El autor canónico, de obligada referencia, sobre este asunto es Ulrich Beck, que desde los 80 venía escribiendo sobre la “sociedad del riesgo global”. Beck nos ha explicado con mucha antelación que el cosmopolitismo no es ya a estas alturas una pose o una decisión de tipo intelectual. Debemos “rechazar la suposición de que el cosmopolitismo es una elección consciente y voluntaria, a menudo incluso elitista”. Bien al contrario “se impone como una elección forzosa o como una secuela de decisiones inconscientes (…) Mi existencia, mi cuerpo, mi propia vida se convierten en parte de otro mundo, de otras culturas, de historias y riesgos globalmente interdependientes, sin que yo lo sepa ni quiera expresamente.”

Beck entiende que lo propio de nuestro tiempo es esa mirada cosmopolita o universal que hace ya imposible aquel viejo “convencimiento de que la sociedad moderna y la política moderna sólo pueden existir si se organizan al modo del Estado Nacional (que) se equipara a una sociedad nacional, territorial, estatalmente organizada y rodeada de fronteras. Pero el mundo no puede concebirse, entenderse, estudiarse ni esclarecerse adecuadamente ni en la mirada nacional ni en el marco de referencia del nacionalismo metodológico”.

El cosmopolitismo del riesgo es ése donde “una dimensión excepcional de interdependencia (…) hace su aparición en las prácticas cotidianas que invitan a la acción política (y social)”. Ulrich Beck (todas sus están tomadas de La Mirada Cosmopolita) llega más lejos: “el régimen de los derechos humanos es el ejemplo clave de cómo se suprime la diferenciación entre nacional e internacional y se hace avanzar la cosmopolitización interna de las sociedad nacionales, reescribiendo así la gramática de lo social y político”. Y continúa: “mientras no exista un gobierno mundial, son los derechos humanos y las instancias que juzgan su observancia o inobservancia, los que fundan, otorgan o retiran la legitimidad” (debo reconocer que no recordaba yo que Beck otorgara semejante papel a estos órganos, lo acabo de descubrir esta mañana, mientras ojeaba algunos de sus libros que tengo por casa para tomar alguna frase representativa de su pensamiento. Como miembro de uno de esas “instancias que juzga la observancia o inobservancia” he sentido un escalofrío de enorme responsabilidad al leerlo.

Beck concluye: “Los derechos humanos suprimen y desactivan fronteras aparentemente eternas”.

Bien, dejemos a Beck, no sin antes recomendar la lectura de alguna de sus obras, y quedémonos con esto de las “fronteras aparentemente eternas” (lo vamos a necesitar un par de párrafos más abajo).

El caso es que, si compartimos retos y compartimos riesgos, lo mejor sería que compartiéramos también algunos instrumentos comunes para afrontar esos retos y riesgos conjuntamente, equilibrando, dentro de lo posible, los legítimos intereses locales con los intereses globales.

La crisis del coronavirus nos coloca de morros ante esa obviedad: es necesario reforzar los instrumentos de gobernanza global. Es fácil decirlo, pero es mucho más difícil mantener unas políticas nacionales y unos comportamientos sociales y personales coherentes con esa máxima.

¿Vamos a hacer de la agenda 2030 una prioridad global?, ¿hemos aprendido que el conocimiento debe estar al servicio de las personas y los pueblos y debe compartirse cuando el bienestar general está en juego?, ¿vamos a actuar cada uno de nosotros como si eso fuera verdad?, ¿o a la salida de esta crisis vamos a volver a consumir como locos? Y, a lo que vamos hoy: ¿hemos aprendido que las fronteras son inútiles para frenar los males y que por lo tanto no deberían frenar la colaboración para combatirlos?

Por un lado vemos estos días a políticos apostar por las repuestas nacionalistas más trasnochadas. Torra, en un momento tan dramático, subraya las diferencias en lugar de centrarse en la cooperación con lealtad con quien toque por el bien común. Los políticos de VOX, por otro lado, nos muestran como un éxito el cierre de las fronteras y nos dicen que esto demuestra que las fronteras existen. “Sin fronteras no hay democracia”, nos dicen ufanos. “Toda nación existe porque tiene fronteras”, añaden (dando así la razón al nacionalismo independentista).

Pero a mi juicio lo que esta crisis demuestra es todo lo contrario. Demuestra que las fronteras pueden ser un instrumento administrativo útil para la gestión de aspectos organizativos, en ocasiones importantes, sin duda, pero de impacto finalmente cada vez más limitado en lo importante de nuestra vida. Nadie, ni siquiera Corea del Norte va a conseguir resolver esta crisis pensando en sus fronteras. Mucho más útil es pensar, por ejemplo, en la cooperación científica y sanitaria o en el intercambio de informaciones, experiencia y conocimientos.

Las fronteras pueden servir para administrar o adjudicar servicios, prestaciones o derechos, para controlar el tráfico, sus libertades y su necesario papeleo, pero no sirve para decirnos quiénes o cómo somos, quiénes son nuestros amigos y quiénes nuestros enemigos, quiénes los nuestros y quiénes los otros. Las fronteras sirven también el día del partido de tu selección para saber qué camiseta te hará vibrar y qué goles te harán feliz o infeliz, está bien, es divertido, jugar a ese juego de las identidades es parte de nuestra herencia humana (eso sí que es milenario), pero hace falta ser un poco pobre de espíritu para que a estas alturas, a una persona de tu edad, las fronteras, las que sean, la reales o las deseadas, le definan en un sentido más pleno, más completo, más complejo.

Casado, por su lado, se ha referido a la “España eterna”. Pero, ¿qué esencia nacional es eterna?, ¿qué elemento sea político, cultural o lingüístico o de cualquier otro orden puede ser eterno? Todo lo humano es histórico. Todo lo creado por la cultura es una construcción social. Y eso no es malo, es simplemente así. Puestos a valorarlo yo te diría que a mí me gusta que sea así.

Que la identidad nacional, la que sea, la española o la vasca, la francesa o la rusa, sea eterna es una tontería gigantesca que espero no tengamos que discutir en su sentido literal. Pero con justicia me podréis decir que aquí la palabra eterno no se refiere a que no tenga principio ni fin, sino que se alarga mucho en el tiempo. Bueno, en ese caso te diría dos cosas. No es bueno hinchar los nacionalismos con palabras excesivas como eterno, absoluto, destino o universal, que nos alejan de su sentido histórico, complejo, cambiante y maravillosamente humano y contingente. Por otra parte el establecimiento de esencias eternas nos aleja de la libertad humana, de la capacidad de crear y cambiar, y lo sustituye por algo impuesto, acaso divino, pero en todo caso necesario, fatal, incuestionable… e inhumano.

Fíjate que el propio Macron, en su discurso en el homenaje a los veteranos en el 75 aniversario del desembarco de Normandía, ¡qué momento más propicio para la épica nacionalista!, tuvo que leer un texto que en su versión original (una carta) hacía referencia a la France éternelle. Pues bien, Macron decidió que a estas alturas hablar de la France éternelle era un poco, digamos desfasado, y lo omitió. Macron lo elimina a pesar de tenerlo en el guión y Casado, sin necesidad, lo repesca.

Las fronteras son en ocasiones instrumentos útiles para adjudicar recursos, poderes y labores administrativas. Como son necesarios los peajes o las sucursales bancarias o las paradas fijas en las líneas de autobús o la asignación de poblaciones a ambulatorios de referencia, pero cada vez nos van a decir menos sobre nuestra identidad y sobre nuestro futuro. En el caso del coronavirus sirven como un referente administrativo de gestión muy importante, pero no único, ni por encima ni por debajo.

En una sociedad contemporánea de gobernanza compleja, con ámbitos políticos diferentes, simultáneos y superpuestos -lo global, lo supranacional (ámbitos europeos, por ejemplo, en nuestro caso), lo estatal y lo subestatal- la gestión política no puede ser entendida como referida únicamente a uno solo de esos ámbito políticos, como si fuera absoluto y excluyente definido por las fronteras. Es decir, la política debe encontrar en el ámbito del estado un marco de reconocimiento y aplicación importante, sin duda, quizá incluso deba decirse que a día de hoy sea el principal ámbito de este ejercicio, pero no es desde luego el único. Lo político, como cualquier otro orden de nuestra vida, se mueve en un espacio que es un continuum que comienza en lo universal y cuyos contenidos y obligaciones (políticas y jurídicas) van aumentando y concretándose según van acercándose los ámbitos políticos. La primera etapa de descenso lo constituyen, en nuestro caso, los espacios europeos (Consejo de Europa y Unión Europea). Del estatal, siguiente etapa, puede reclamarse que sea a día de hoy el principal, pero desde luego no el único y exclusivo marco. También los ámbitos subestatales tienen sus poderes.

En todos estos ámbitos políticos y administrativos del citado continuum se crea lo público y lo político hoy en día, sin excluir ninguno. No caben lecturas extremas: ni la idealista, según la cual la universal es la única condición a considerar (lo cual puede ser un principio ético impecable, pero de aplicación, si queremos ser honestos con la realidad, política y jurídica, a día de hoy limitada), ni la localista, según la cual sólo los míos (los nacionales, por ejemplo), los que están a un lado de una linea que llamamos frontera, nos deben importar.

De esta crisis podríamos salir aprendiendo a valorar la gestión conjunta de ciertos retos que como nos explicaba Beck son comunes y marcan nuestro momento (estos días no necesitamos un sociólogo alemán para entenderlo). Pues bien, para eso se inventaron las Naciones Unidas hace ahora 75 años. Fue el primer intento de la humanidad de poner en común ciertas metas (el progreso social), ciertos límites (la agresión, la violación de derechos humanos, el racismo) y ciertos medios (la cooperación, el uso legítimo de la fuerza).

Hemos aprendido mucho en estos 75 años, pero también hemos sufrido graves desengaños y frustraciones porque la ONU es incapaz de responder a la promesa de una mundo mejor, sin guerras, sin pobreza, sin violación de derechos humanos. En alguna ocasión he hablado de cierta maldición de la ONU: le pedimos demasiado y no le damos recursos ni poder.

Pero traigamos esa reflexión general a nuestro momento y tema: el coronavirus. Veamos una manifestación concreta de esta maldición.

Hace unas semanas, en un artículo hablaba del desfase entre lo que pedimos a la OMS y los medios que le damos para hacerlo.

La OMS debe emitir recomendaciones que afectan a la salud y las libertades de millones personas y que tienen consecuencias sobre la economía mundial. Debe decidir en tiempo real con información limitada y cambiante, datos inciertos que se corrigen a cada rato y conocimiento técnico o científico reducido. Cada decisión interactúa con los datos de formas insospechadas.

Los estados piden a la OMS que “actúe como autoridad directiva y coordinadora en asuntos de sanidad internacional; ayude a los gobiernos a fortalecer sus servicios de salud; proporcione ayuda técnica adecuada y, en casos de emergencia, la cooperación necesaria; adelante labores para suprimir enfermedades epidémicas, endémicas y otras; prevenga accidentes; mejore la nutrición, el saneamiento y la higiene; suministre información, consejo y ayuda”.

A la OMS le pedimos que lidere en el mundo la lucha contra las enfermedades, que proporcione información científica rigurosa, que impida o resuelva los brotes de ébola en África, que asegure la vacunación universal, que erradique la polio, que preste asistencia de emergencia a los países que no cuentan con capacidad suficiente para afrontar el reto actual del coronavirus y le damos para ello el 50% del presupuesto de salud de una comunidad autónoma.

En la sociedad de riesgo global nos interesa, incluso egoístamente, que todos los pueblos gocen de un sistema sanitario capaz de evitar o hacer frente a las amenazas. Necesitamos una autoridad mundial que haga frente a estas crisis, que fomente el derecho a la salud, los sistemas sanitarios dignos, el conocimiento científico y la calidad de la asistencia. Pero sin dinero y sin autoridad es imposible. Congelar los presupuestos de la OMS, cuestionar su autoridad y aumentar lo que de ella esperamos es el camino seguro para la frustración y el fracaso.”

¿No crees que tiene sentido que si decimos en serio que la salud, o el cambio climático o la pobreza o las migraciones, son un reto global que a todos, incluso egoístamente, nos interesa que funcione bien en todos los países, debemos profundizar en los instrumento de gobernanza global y darles más medios y más poder? ¿O tú también crees que lo mejor es pensar en fronteras y en identidades eternas? Quizá eso de las identidades eternas dé para una bonita pieza musical épica y emotiva que dar a tocar a la orquesta del titanic global. Pero no sirve para salvarlo frente a ningún de los iceberg que nos acechan.

jueves, 19 de marzo de 2020

CUARTA CARTA EXCLAUSTRADA o DE LAS PALABRAS Y LA GUERRA



CUARTA CARTA EXCLAUSTRADA o DE LAS PALABRAS Y LA GUERRA


Jueves, 19 de Marzo.


En el colegio me enseñaron la definición clásica de verdad. Todavía me acuerdo. Te la puedo recitar de memoria como en un examen de secundaria: verdad es la adecuación o correspondencia entre la palabra y la cosa, entre lo que se dice y la realidad. Por desgracia me acuerdo del mote del profesor que nos lo enseñó, pero de no de su nombre verdadero, qué cosa más injusta, así que no le puedo recordar aquí con el respeto que debería.


Esta definición que nos enseñaban era la idea clásica, tomista supongo, de los seguidores de Aristóteles, que dejó escrito aquello, que puede parecerte tan de perogrullo, de que “decir que lo que es, no es, o que lo que no es, es, es falso; pero decir que lo que es, es, y que lo que no es, no es, es la verdad”. Luego descubrimos que entender qué es la verdad puede resultar tarea bastante más misteriosa y compleja.


Tal vez el maestro de Aristóteles, Platón, y el de éste, Sócrates, sabían ya que la cosa era más compleja, puesto que tras todo un diálogo, el Crátilo, jugando con la idea de si laS palabras responden o no con la cosa, no sabe uno después de tanto mareo con qué quedarse y si, adelantándose más de 2000 años al debate, dudaban ya ellos de los límites de las palabras y del lenguaje para acercarnos a la verdad.


Mi abuelo, gran lector de historia, decía que no tenía oído para la poesía. Sin embargo le recuerdo citando de memoria este cuarteto de Borges:


Si (como afirma el griego en el Cratilo)


el nombre es arquetipo de la cosa


en las letras de 'rosa' está la rosa


y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'.






Bien, la carta de hoy no va de griegos, ni de poesía, ni de rosas, pero sí de la importancia de elegir las palabras justas para las cosas que queremos referir en relación a este lío que nos traemos estos días.


Hemos leído y escuchado que esto en que estamos metidos es una guerra. Nos llegan noticias sobre la odisea de unos turistas jóvenes atrapados en un hotel de unas islas. Nos hablan del sacrificio de quedarnos en casa en unos términos a veces bélicos, a veces heroicos, que aún a riesgo de no resultar muy simpático, me gustaría contrastar con vosotros.


Ayer en el Parlamento el portavoz de un grupo al que se le supone hijo de la tradición antimilitarista, esa que hace 30 años, adelantándose a la corrección política de hoy, nos corregía si empleábamos la expresión “matar dos pájaros de un tiro”, tomó la palabra para decirnos que estábamos en “guerra” y que “en tiempos de guerra” se necesitan medidas de guerra. No me interesa criticarle a él como individuo, ni a su grupo político. Lo tomo simplemente como ejemplo de un discurso que se repite por todas partes, entre agentes de todos los colores, estos días. La idea de que estamos ante una guerra. Y dado que el reto es global, esta guerra resulta ser, agárrate, la “tercera guerra mundial”.


Tras mi sarampión antimilitarista de juventud, en que yo participé en parte de esa histeria de la corrección política que arriba citaba, hoy no me parece mal el uso de la palabra guerra para diversos contextos. Siempre que se entienda bien que se trata de una licencia literaria. Así podemos hablar de la guerra de precios entre dos compañías de servicios telefónicos, por ejemplo, y nadie entiende que se están matando. O podemos decir que dos famososetes que se divorcian se han declarado la guerra o que dos clubes de fútbol están guerra por un fichaje hostil o que dos grupos mediáticos están en guerra por los derechos de retransmisión de un evento deportivo. Es decir, en el lenguaje ordinario empleamos el término guerra como una metáfora perfectamente válida, seguramente un tanto excesiva, que funciona. La metáfora, por abuso y por desconocimiento de lo verdaderamente es una guerra, se desgasta y pierde su fuerza. Así, un periodista nos puede decir legítimamente que los vecinos de un barrio declaran la guerra a un ayuntamiento por los horarios de cierre de una discoteca.


No tengo ningún problema con el uso de esa metáfora ya descafeinada. El problema puede venir estos días cuando, ante las órdenes de confinamiento, resulta que parece que algunos se la toman en un sentido literal y pueden creer que realmente estamos ante la experiencia bélica de nuestra generación. Reclamaríamos así para nosotros nuestra dosis de heroísmo, nuestro lugar en la historia de los grandes sacrificios colectivos.


La generación que nació en los primeros 20 años del siglo XX, la de mis abuelos, que será seguramente la de vuestros bisabuelos, tuvo su guerra, la siguiente tuvo su dictadura y su experiencia de privaciones y nosotros queremos un poco de esa épica que hasta la fecha sólo hemos visto en películas o, los más interesados, en los informativos de las 9.


Por poner las cosas en su sitio aclaro que soy el primero en ser consciente de que vivimos un momento de una gravedad sin precedentes en nuestra experiencia colectiva, el primero en cuidarme mucho de banalizar lo que nos está pasando (quien haya leído mis cartas anteriores lo sabe), el primero en ser prudente ante la posibilidad de que los que nos quede por delante sea muy duro, el primero en reconocer que los daños humanos, sanitarios, sociales y económicos van a resultar muy altos, quizá más de lo que ahora podemos comprender. No banalizo. Pero, por favor, los sacrificios que se nos piden, de momento, a la mayor parte de nosotros, serían equivalentes a un permiso o una escapada de fiesta para quienes en nuestras familias tuvieron que vivir una guerra de verdad o para quienes, en otros países las viven ahora. Así que, por favor, midamos las palabras. No, no es una guerra.


Estos días de reclusión en casa pueden ser una gran oportunidad para pedir a vuestros mayores que os cuenten las historias de sus padres, por ejemplo. Yo me acuerdo de las historias de mi abuelo, ése que recitaba a Borges. Me vienen a la memoria sus recuerdos de la campaña del Ebro. Del invierno en las trincheras de Teruel. Con temperaturas que por la noche podían llegar a menos 20 grados centígrados. Sí, has leído bien, veinte bajo cero: no son batallitas, son registros oficiales que acabo de comprobar antes de escribir. Por el día la temperatura podía ascender a cero. Mi abuelo, un humanista antibelicista que huía con sabiduría de la peligrosa sombra del heroísmo, no me contó ninguna edificante aventura del Capitán Trueno, pero sí me contaba de sus muy poco nobles noches de helada en que no salían ni para mear, con sus compañeros todos apelotonados para darse calor, con unas pocas mantas y con ropas de abrigo insuficientes y las botas húmedas. Y ver el amanecer con congelaciones, incluso con alguien que ya no despertaba, y empezar un nuevo día de esquivar balas o ver cachos de tus compañeros saltar por los aires en medio de un eco infernal. Eso es la guerra de verdad.


Bien, todas las familias tienen historias parecidas. ¿Qué les habría parecido a esos cinco o seis compañeros, que tenían tu misma edad, acurrucados una noche de enero bajo la nieve helada que les ofrecieran dos o cuatro o seis semanas de las nuestras en casa, con calefacción, con comida, con ocio, con unos servicios sanitarios que, de momento, resisten al menos para los casos más graves? Una reclusión de ese tipo les habría parecido el sueño caribeño más lujoso e inimaginable digno de un rey o un marajá.


Puede resultar esta reclusión nuestra una oportunidad para iniciarse en los clásicos de la literatura antibelicista. Por supuesto podemos empezar por Johnny Cogió su Fusil, de Dalton Trumbo, y Sin Novedad en el Frente, de Erich Maria Remarque, ambos sobre la Primera Guerra Mundial. O para darle a la literatura del Holocausto. Pero no con novelitas edulcoradas para leer en la playa, sino con las memorias de los testigos, de quienes estuvieron allí y sobrevivieron para poder contarlo: por supuesto Primo Levi, Elie Wiesel, el Nobel Imre Kertész, el juez Thomas Buergenthal (autor del primer libro que yo leí sobre Derecho Internacional de los Derechos Humanos), Marceline Loridan-Ivens, las dos Simones, Weil y Veil, Viktor Frankl y su hombre en busca de destino, más cerca Jorge Semprún, o el Diario de Praga del niño Petr Ginz. ¿Queremos hablar de lo difícil que resulta nuestra reclusión en casa?, ¿de verdad? Pues una relectura del Diario de Anna Frank es obligada y luego hablamos. En medio de todo ello, veo sin embargo en las páginas de Ginz, Frank o Buergenthal más ilusión, más esperanza, más luz, más fuerza, más alegría profunda que en muchos de nosotros.


Pero el sufrimiento de la guerra no es, por desgracia, algo del pasado remoto. En mis años de cooperante yo he vivido en dos situaciones de conflicto armado. Nunca he contado algunas cosas que me tocó vivir y hacer, quizá algún día lo haga, pero no es hoy el momento ni éste el lugar. Las cosas que más te marcan las sientes a veces incomunicables. Aunque hayan pasado 20 años.


Puedo contar, sin embargo, cosas que no requieren de primera persona. Recuerdo los refugiados y desplazados de guerra amontonados. El hedor de las letrinas que aún puedo sentir como si no se hubiera ido del todo. El recuento y pesaje de los niños desnutridos cuyo desarrollo físico e intelectual se vería seguramente limitado para siempre en este mundo de supuestas oportunidades para todos. Recuerdo detalles ni más ni menos graves que otros, pero que por la razón que sea se te quedan grabados a fuego: dos niñas en un rincón de una cancha deportiva en desuso, tiritando y sufriendo, sin acceso a ninguna atención médica, compartiendo una manta barata, esperando a que el destino decidiera, en su capricho cruel, si su suerte caería del lado de la vida o de la muerte.


Yo estaba de paso. Acumulaba experiencias y vivencias con billete de vuelta a mi casa, que me acogería al finalizar la "experiencia" con calefacción, cama, baño con agua corriente y nevera bien surtida. Quienes allí estaban allí se quedaron. Algunos lo pagaron con su vida.


Hoy, en 2020 tenemos no muy lejos personas que huyen de la guerra de verdad, de la enfermedad y de la pobreza. Familias enteras que dejan su casa. Sí, una casa como éstas tuya y mía de la que estos días nos quejamos porque no podemos dejarla. Deben seleccionar lo más importante para meterlo en un petate o en una mochila pequeña, de tipo escolar, y salir con un niño de la mano huyendo de las bombas o de la amenaza de quienes vienen detrás a masacrar y violar. Y se meten en un autobús viejo abarrotado que huele a orín o vómito, sin ventilación. Que hay que dejar para hacer kilómetros a pie. Pasando frío o calor, hambre o sed. Con los pies destrozados. Huyendo de mafias, ladrones, violadores, policías, militares o paramilitares. Para llegar a un campo con otras decenas de miles de familias. En tiendas de campaña...


En fin, ¿debo seguir? Creo que es suficiente. Bien, cuidado por lo tanto con las palabras y las comparaciones. Nosotros estamos ante una gran emergencia, de acuerdo. Ante una enorme crisis. Ante tiempos duros. Muchos perderán empleos y ingresos: eso va a ser un verdadero drama. La situación de los servicios sanitarios puede colapsar y será gravísimo si sucede. Algunos perderán a seres queridos: todos mis respetos. Pero, salvo que tu situación, por la razón que sea, resulte especialmente complicada, una advertencia para el resto: cuidado con creernos los protagonistas del último capítulo de la historia universal del sacrificio, la épica y el heroísmo. Tengamos un poco de pudor. Aunque sólo sea por respeto a las víctimas de verdad.


Algunos hablan de la odisea y de desamparo al quedarse unos días encerrados en un destino vacacional, con la visa en una mano y el móvil en la otra, según pasan los días sin que el Estado deje lo que esté haciendo y flete de inmediato, a la voz de ya, un avión para ir a rescatarlos. Otros nos narran sus desventuras más extremas porque sus planes se han truncado o porque tienen que hacer encaje de bolillos para adaptarse a la nueva situación o porque descubren que las personas con las que comparten casa son unos maleducados. Hay quien compara su trabajo, que yo admiro y respeto, por supuesto, con el de quienes entraron desnudos a Chernóbil sabiendo que suponía su muerte segura en horas o a lo sumo días o semanas. No sé, un poquito de mesura, quizá.


Las palabras son importantes. No es lo mismo una tragedia que un contratiempo. Un drama que una molestia o una incomodidad. No es lo mismo, por concluir, una guerra que una emergencia, por muy seria que esta sea. Respetando las palabras, cuidándolas, no abusando de ellas, nos respetamos a nosotros mismos, a quienes nos acompañan... y a las personas que sufren, por ejemplo, en las guerras de verdad.

miércoles, 18 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA TERCERA - DE LA DEMOCRACIA




CARTA TERCERA o DE LA DEMOCRACIA



Miércoles, 18 de Marzo.


Ayer prometí que hoy hablaríamos de democracia. No, nos os voy a proponer el repaso de ningún manual de ciencia política, aunque no nos vendría nada mal, ni a vosotros… ni a mí, dicho sea de paso.


Voy a reflexionar sobre algo mucho más inmediato que se está discutiendo estos días. Seguramente todos sabéis ya a estas horas de los éxitos de China en la lucha contra el coronavirus. Al parecer, los contagios en el propio país y las muertes habrían ya llegado el día de hoy a cero. Un portentoso logro, sin duda, que todos debemos celebrar y que nos da esperanzas.

A raíz de esta buena noticia muchos se preguntan si el sistema totalitario que asegura la toma de medidas rápidas, incontestables, de obediencia imperativa con disciplina de hierro, facilita la reacción ante este tipo de crisis. El debate es importante: ¿están las dictaduras mejor armadas (la palabra, fíjate, va cargada) que las democracias para hacer frente a las situaciones extremas? Pinochet o Franco, como tantos otros dictadores de izquierda y de derecha, estaban seguros de que la respuesta era afirmativa y aplicaron la receta cuando lo creyeron necesario.


Pero yo no creo que eso sea cierto.


No es cierto, para empezar, que los Estados totalitarios en general hayan respondido ante esta crisis de forma más eficaz. Incluso en el caso chino cabe presentar reparos. Se retrasó varias semanas la comunicación del problema pensando que podrían contenerlo con cierta discreción. La campaña de información fue posteriormente lanzada cuando el problema y el conocimiento sobre el mismo estaban al menos iniciados. Quizá, por poner un ejemplo, la decisión de levantar un hospital de la nada no se tomó con eficiencia mágica en 24 horas: ¡joder, son chinos pero también son humanos! Es plausible que en un sistema de libertades la información podría haberse difundido antes y el resto del mundo podría quizá así haber ganado un tiempo de preparación valioso.


Ahora China está en plena campaña -y hace bien, desde el punto de vista de sus intereses- de promoción, haciendo valer su éxito, compartiendo conocimiento y medios con una generosidad que debemos agradecer al tiempo que no debemos ignorar que se trata de una admirable campaña política de relaciones públicas con el fin de ampliar presencia global y, tal vez, salpimentada con ciertas dosis de culpabilidad. No es una crítica: hacen lo que deben. Es más bien una advertencia a quienes estos días en las redes deciden tragarse acríticamente la información que llega desde estados totalitarios, mientras deciden desconfiar de la que llega de países con transparencia y libertades.


Este domingo Mario Vargas Llosa escribía en El País un artículo en que cuestionaba el supuesto éxito chino y explicaba cómo a su juicio la ausencia de libertades había retrasado la solución. Es una artículo interesante cuya lectura os recomiendo. No se trata de que tengamos que estar de acuerdo con lo que afirma, sino que participemos en un debate en condiciones de libertad y basado en argumentos racionales. Pues bien, en menos de 24 sus obras han desaparecido en China. Según informa El País:

en las principales plataformas chinas de venta electrónica de libros, como Dangdangwang, la búsqueda de sus novelas arrojaba descorazonadores “no disponible” en stock propio. Tan solo aparecían algunos volúmenes disponibles en pequeñas librerías independientes. Lo mismo ocurría en Taobao, la principal plataforma del país. Al introducir los caracteres del apellido “Llosa”, como se conoce popularmente al escritor en China, apenas se obtenía algún resultado”.


Pensad bien, por favor, en qué mundo queréis vivir cuando os canten las alabanzas del éxito chino y su futuro como prescriptor mundial. Para aprender a identificar las semillas del totalitarismo entre nosotros y combatirlas o simplemente resistirlas os recomiendo el libro de la novelista turca Ece Temelkuran titulado Cómo perder un país, en que relata de una forma muy clara, en pequeños detalles en los que podemos sentirnos reflejados personalmente, el proceso de degeneración democrática y pérdida de libertades vivido en Turquía en los últimos años.


Pero volvamos al coronavirus. Dos ejemplos de dictaduras con gestiones nefastas son Irán y Corea del Norte. Y es que la tentación natural de los totalitarismos es negar los problemas.


El sistema sanitario de Irán es muy bueno y sin embargo no ha funcionado por la decisión política de ocultar la situación. Al principio conocimos la versión oficial que todo lo negaba y se impidió a sus servicios sanitarios reaccionar. Luego conocimos un número elevado de fallecidos junto a un número desproporcionada y sospechosamente reducido de enfermos, tan bajo que sólo se podía explicar por el negacionismo totalitario: el propio portavoz del ministerio de salud seguía negando la existencia del problema horas antes de dar positivo. Hoy la situación en Irán podría ser dramática: el jefe del estado se pasa al otro extremo anunciando millones de muertos si no se obedece y se liberan a 85.000 presos en una medida desesperada ante la incapacidad de manejar el problema. La ausencia de libertades en Irán complicó una situación, para cuya gestión que había medios materiales razonables, hasta hacerla ingobernable.


Para entender lo que es un país sin libertades como Irán os recomiendo una biografía apasionante: El despertar de Irán de la Premio Nobel de la Paz Shirin Ebadi. Se la recomiendo muy especialmente a las estudiantes de derecho, si no te engancha, si no te indigna, si no te maravilla, si no te enamora, te reintegro el dinero que te haya costado el libro. Cuenta su experiencia como abogada y jueza que va perdiendo poco a poco su posición profesional -y su seguridad- por el hecho de ser mujer. Es una historia de tenacidad y de dignidad de una mujer luchadora por la igualdad y por los derechos humanos, que lucha decepción tras decepción, humillación tras humillación. Otro libro con algunos paralelismos que igualmente recomiendo con entusiasmo, quizá ahora a los amantes de la literatura en general, es Leer Lolita en Teherán, de Azar Nafisi. De nuevo la historia real contada en primera persona de una profesora de literatura a la que empiezan a limitarse las libertades, poco a poco, hasta tener que crear un club de lectura en casa para mujeres disfrazado de “actividades femeninas domésticas”. Y, por fin, por favor, infórmate en fuentes solventes del caso de Yasaman Aryani, activista de 24 años, condenada a 16 años de cárcel por hacer campaña contra el uso obligatorio del velo durante el Día Internacional de la Mujer de 2019.


Otro caso de opacidad y negacionismo aún más extremo es el de Corea del Norte. No sabemos lo que allí pasa. Su gobierno afirma que nada malo. Algunas agencias surcoreanas, a las que debemos imaginar bien informadas (aunque también, tal vez, no imparciales, no lo sé), hablan de un número muy importante de muertos en el ejército, que no olvidemos en la columna vertebral del sistema. Un libro interesante para acercarse al país podría ser Diario de Corea del Norte de Michael Palin, el humorista de los Monty Python, que escribe una crónica ligera e informal de un viaje que realizó en el 2018.


El mejor contraste con Corea del Norte lo ofrece su vecina Corea del Sur, un país geográfica y étnicamente idéntico, pero con un sistema democrático y de libertades económicas y políticas, con transparencia informativa, que hasta la fecha podría haber dado la más eficaz respuesta del mundo, que con tres semanas de retraso parece que en parte queremos ahora copiar en Europa.


Como vemos, los sistemas totalitarios y sin libertades no son siempre mejores ante estas crisis. De hecho con mayor frecuencia son peores.


Tampoco es cierto que los Estados democráticos no cuenten con instrumentos excepcionales, como estamos viendo estos días. La única diferencia es que se exigen garantías para asegurar que estas herramientas se emplean adecuadamente para sus fines y sin abusos. Yo prefiero un Estado que no puede aprovechar un estado de alarma como carta blanca para limitar, con otros fines, las libertades de los opositores o de determinados grupos minoritarios. O que, aún en estado de excepción, no puede ni torturar ni ignorar ciertas garantías procesales. O que debe explicar la necesidad y la proporcionalidad de las medidas adoptadas y, pasado cierto tiempo prudencial, dar cuentas de todo lo hecho ante la opinión pública, el parlamento y, en su caso, ante los jueces. ¿Y tú?, ¿también lo prefieres o el caso chino te sigue pareciendo más ejemplar?

Es cierto que algunos Estados democráticos pueden actuar mejor y otros peor, claro está. Pueden adoptar estrategias muy distintas, como vemos en el caso británico en que Boris Johnson se ha tirado de cabeza a una piscina que nadie sabe si tiene agua. Luego cada electorado tendrá que juzgar su acierto o desacierto.


Una democracia, con transparencia y con libertades, funciona si sus ciudadanos estamos formados y somos responsables, si no propagamos bulos sin criterio, si respetamos las indicaciones de las autoridades y de los expertos, si no necesitamos que nos pongan un guarda jurado en nuestro portal para que cumplamos con nuestro deber cívico, si somos ciudadano maduros y responsables. Sólo así demostramos que estamos a la altura de nuestra democracia y de nuestras libertades.


Si la pregunta es si las dictaduras están mejor equipadas para hacer frente a las emergencias que las democracias, no esperemos que la respuesta nos la dé ya cerrada y definitiva ningún politólogo de Harvard (qué sé yo, pon Samuel P. Huntington o Francis Fukuyama), ningún sociólogo de Heidelberg (Jürgen Habermas, por ejemplo), ningún filósofo del derecho de Turín (Norberto Bobbio, claro está). La respuesta la tenemos cada uno de los ciudadanos en nuestro actuar diario, con un gesto tan sencillo como lavarnos las manos, como estornudar contra el anverso del codo, como evitar todo contacto que no sea absolutamente imprescindible, como quedarnos en casa si no hay razón de fuerza mayor para salir, como mantener distancias y respetar protocolos de seguridad, como respetarnos y ayudarnos en los momentos difíciles.


La respuesta a esa pregunta de si la democracia es superior o inferior en estas ocasiones no está cerrada, es un reto permanente abierto que no depende sólo de quién es el inquilino de turno de la Moncloa, de Ajuria Enea, del Elíseo, de la Cancillería alemana o de las sedes de las instituciones europeas; depende también de ese tipo o esa tipa que nos encontramos cada mañana ante el espejo.


Y es que el sistema político democrático no puede ser a largo plazo mucho mejor que el conjunto de sus ciudadanos. La democracia puede ser, gracias a sus controles y procedimientos (sí, esos que tanto nos exasperan a veces), un poquito mejor durante cierto tiempo, pero no puede ser, por mucho tiempo, mucho mejor que el conjunto de sus ciudadanos. Por eso se llama democracia. Ésa es su grandeza… y su servidumbre.

---------------

NOTA: Mañana es el día del padre. Ya, ya sé que estar encerrado con él a tu edad puede resultar difícil. Está escrito en nuestro ADN, supongo, que esta relación paterno-filial a ciertas edades debe ser conflictiva. Pero por favor, ya que no puedes salir a comprarle una corbata o cualquier mierda inútil y consumista que te recomiende El Corte Inglés, le puedes regalar, quién sabe, un día de convivencia amable y agradable.