martes, 17 de marzo de 2020

CARTAS EXCLAUSTRADAS - Sobre la Responsabilidad








CARTA SEGUNDA o SOBRE LA RESPONSABILIDAD




Martes, 17 de Marzo.




Vine hace justo 10 días de una estancia de tres semanas en Ginebra donde, como algunos de vosotros ya sabéis, me toca trabajar una temporada cada cierto tiempo como miembro del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU.


Allí en Ginebra llevábamos ya tres semanas aplicando protocolos muy exigentes. Piensa que es un Comité formado por 18 personas que debemos trabajar literalmente codo con codo. Tenemos un miembro chino que venía directamente de su país en un momento en que para todos nosotros el coronavirus era aún un problema, si no exclusivamente chino, sí especialmente chino. El rechazo de Mr. Chang a estrecharnos la mano el primer día y su empeño en mantener distancias de seguridad aún nos parecieron, a muchos de nosotros, exageradas, propias de una disciplina oriental que como buenos diplomáticos aparentábamos admirar y respetar, pero que en el fondo nos sorprendía por su exceso de celo.


El señor Chang pidió la palabra nada más empezar la primera sesión privada del Comité para explicarnos que su autoimpuesta distancia no significaba que nos quisiera poco, sino que se justificaba por las normas de seguridad establecidas en China. De inmediato tomé la palabra para indicarle que también nosotros le queremos a él y es que de verdad es un miembro muy simpático que, a pesar de que puede ser muy duro cuando toca defender sus posiciones, se hace querer.


A los pocos días el epicentro de la preocupación mundial pasó de China a Corea del Sur y resulta que tenemos otra miembro que procede de ese país, la Sra. Shen, y también venía directamente y por lo tanto sin haber pasado tiempo alguno de cuarentena. Aprendimos todos poco a poco a tomarnos más en serio los protocolos de seguridad. Comenzamos a lavarnos las manos no sólo cuando en circunstancias ordinarias es costumbre hacerlo, tras utilizar el baño y antes y después de comer, por ejemplo, sino con mucha mayor frecuencia.


Nos acostumbramos rápidamente a no darnos la mano, a no abrazarnos, a no dar besos, a mantener cierta distancia al conversar, a tener cuidado al tocar cosas comunes. Los eventos no oficiales se suspendieron en el Palais des Nations, la sede de la ONU en Ginebra. Poco después incluso los actos oficiales que no fueran absolutamente necesarios corrieron la misma suerte. Nosotros terminaríamos nuestra sesión, pero otros Comités que estaban convocados para esas fechas fueron ya suspendidos.




Por eso al volver a casa percibí de pronto cierto relajamiento entre nosotros que me sorprendió. Ese primer lunes ¡hace solo 8 días! presencié tres escenas durante la mañana que me chocaron y, casi podría decir, me indignaron. Fueron seguidas, la misma mañana y os las cuentos tal como sucedieron.




En una cafetería una señora, con joyas y ropa que costaban quizá lo que una beca anual para estudiar un máster en epidemiología, contaba a sus amigas que le había llegado una “información” por whatsapp explicando que el virus ha sido creado por las “multinacionales del medicamento” y que estas empresas tenían ya la vacuna preparada. Cuando les conviniera, concluía la señora, las sacarían para hacerse de oro. “Y yo me lo creo”, afirmaba con convicción a cada dos o tres frases la señora, como blandiendo su superior derecho a creer y defender lo que le viniera en gana, independientemente de que tenga o no sentido, de que tenga o no fundamento, de que sea o no cierto. Por encima de todo, creemos, está mi soberano derecho a dar credibilidad a lo que me apetezca, puesto que mi opinión, mi intuición, mi sensación, mi preferencia, mi capricho, vale lo mismo que el más sesudo informe del más serio y mejor preparado e informado grupo de científicos o expertos del que decido sospechar para lanzarme a creer, porque sí, porque yo lo valgo, cualquier cosa que me llegue, sin si quiera firmar, de vete a saber dónde.


Acto seguido un grupo de cuatro hombres que se veía habían quedado en ese lugar se juntaron. Por lo que parece había pasado cierto tiempo desde la última vez que se veían y seguramente les unía una vieja relación. Habría apostado a que eran amigos de infancia o juventud, quizá compañeros de alguna quinta que quedaban de vez en cuando. Tras unas breves dudas iniciales sobre cómo proceder, el más animado rompió el hielo con un “vamos de dejarnos de mariconadas” (no quiero ofender a nadie, sino reflejar fielmente el tono de lo sucedido) y se estrecharon con efusión las manos con medios abrazos de varoniles y sonoras palmadas. El más joven de ellos había cumplido los 70 seguramente cuando vosotros estabais en secundaria y eran por tanto grupo de alto riesgo de esos que si se contagian tienen un porcentaje de mortalidad de dos dígitos.


Tercera escena es también de esa misma mañana. Ya en la universidad entré al baño cuando un grupo de cuatro estudiantes terminaba sus quehaceres en los urinarios masculinos. Veo sorprendido a los cuatro, ¡a los cuatro!, salir directamente sin acercarse al lavado, sin lavarse las manos. Conociendo la universidad sé que no era la pasión por el saber y por volver a los libros lo que les urgía. Eran cuatro personas que llevaban, como los cuatro setentones de la escena anterior, dos o tres semanas bombardeados por información que les explica lo importante que es lavarse las manos y los efectos que ello tiene sobre la salud de los más vulnerables. Y aún así ninguno de los cuatro fue capaz de incorporar algo tan básico a sus hábitos, incapaces tal vez de comprender que todo lo que nos estaba pasando va también con ellos, por muy marranos que sean en su vida ordinaria. Si al cabo de 12 días la abuela de uno de ellos, o ese vecino del quinto de avanzada edad con el que coincide en el ascensor de vez en cuando y que oprime el mismo botón de Planta Baja, o quizá un primo con una extraña dolencia que nunca supimos muy bien qué era, fallece, lo más fácil será echar la culpa al gobierno, siguiendo la estela del delirante comunicado de VOX en que responsabiliza al gobierno del generoso y entusiasta reparto gratuito de mocos entre los suyos por parte de Ortega Smith. Pero no, la culpa no será ni de Urkullu ni de Sánchez, sino quizá de ese gesto suyo tonto, guarro y despistado de no lavarse ese día las manos.


Estas anécdotas no son excepcionales. Yo las vi en una sola mañana y con toda seguridad todos hemos presenciado o protagonizado otras similares, o peores, estos días pasados. Las cuento aquí no porque las crea especiales, sino precisamente porque no lo son. Y porque tienen que ver con el tema de la carta de hoy: la responsabilidad individual, de cada uno de nosotros, en los retos y problemas globales en general y en éste del coronavirus en particular.




Y es que en nosotros, como ciudadanos responsables, están muchas de las respuestas que con frecuencia buscamos más lejos. Esto no va a funcionar si los ciudadanos no estamos formados y somos responsables, si propagamos bulos sin criterio, si no respetamos las indicaciones de las autoridades y de los expertos, si necesitamos que nos pongan un guarda jurado en nuestro portal o en cada baño público para que cumplamos con nuestro deber cívico, si no somos ciudadano maduros y responsables.


A veces preferimos vivir como si siempre fuéramos inocentes, como si nosotros siempre fuéramos las víctimas de todo, como si nada, ni el cambio climático, ni la contaminación, ni el coronavirus, ni el paisaje urbano, ni el tipo de empleos que tenemos, tuvieran que ver con nuestra forma de vida o nuestra actuaciones y decisiones individuales. Queremos vivir un estado de inocencia.


De eso escribió hace 25 años Pascal Bruckner en el libro que hoy os quiero sugerir como lectura: La tentación de la Inocencia. Hace un análisis muy duro, agresivo casi diría, de cierto tipo de debilidades muy características de nuestra sociedad occidental (especialmente europea) y de quienes formamos parte de ella. Sus dardos duelen porque dan en la diana. No es un libro para quien se ofenda fácilmente.


Os copio un párrafo que me parece recoge algunas de las mejores ideas del libro:


Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada. En la primera, hay que comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la ignorancia de los años de juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo. En la segunda, es sinónimo de angelismo, significa la falta de culpabilidad, la incapacidad de cometer el mal y se encarna en la figura de mártir autoproclamado.”


A mí me gusta su estilo, aunque a veces resulte un tanto cargado y grandilocuente. Pascal Bruckner te lleva a lugares familiares para que mires las cosas que ya conocías con otros enfoques: no se supone que te tiene que gustar lo que ves, pero tal vez sí ayuda a reconocernos en esa doble falsa inocencia -infantilismo y victimismo- que tanto nos reconforta.


Cuidado estos días con la tentación de la inocencia. No somos niños, no somos víctimas. Somos adultos responsables y nuestra democracia no va a funcionar nunca mejor que la suma de todos nosotros. Pero, si os parece bien, de democracia podríamos hablar mañana.

lunes, 16 de marzo de 2020

CARTAS EXCLAUSTRADAS - LUNES 16



CARTA EXCLAUSTRADA PRIMERA O DE LA COMPLEJIDAD


Lunes, 16 de marzo.

Anteayer se decretó el estado de alarma que nos obliga a quedarnos en casa.

Ayer fue domingo, de modo que pudimos permitirnos un primer día de confinamiento que no resultó muy distinto de un festivo un poco extraño. Pero hoy es ya lunes y las cosas tienen que cambiar.

Empiezo con esta carta un proyecto que veremos cómo sale. Quiero escribiros una carta diaria mientras dure el enclaustramiento. Una carta breve que salga de casa liberada, exclaustrada, en que cada día os propondré una reflexión que crea os pueda ayudar a entender y aprovechar el momento que nos ha tocado vivir. Quizá a alguno de vosotros alguna de las ideas, alguna de las cartas, pueda resultarle útil.

Hoy quiero empezar con una idea que puede asustar por su ambición, que puede parecer propia de una reflexión muy teórica o filosófica, pero que creo que, si la explicamos bien, podréis ver que tiene una enorme dimensión concreta, práctica y útil para vosotros: se trata de la complejidad.

Vivimos un momento de complejidad e incertidumbre. Y sólo aquellos de vosotros que sepan moverse en entornos complejos, imprevisibles, que no podemos ni preparara ni manejar con antelación, podrán salir adelante en el futuro. Así que, por lo mucho que os jugáis en el envite, creo que os conviene estar atentos y entender bien qué es eso de vivir en los tiempos de la complejidad y cómo podemos adaptarnos, prepararnos y aprender a convivir con ello. Nos guste la situación que nos ha tocado mucho, poco o nada.

Hace nada, en enero de 2020, hace tan sólo dos meses, es decir, hace una eternidad, el filósofo Daniel Innerarity publicó un libro sobre esto mismo que se titulaba “Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo XXI”. Culmina así Daniel una etapa de reflexión sobre el mundo contemporáneo que a mí me ha ayudado mucho a situarme y a actuar en él. Entre sus muchos libros hay dos que a mí me han marcado: “La transformación de la política” (2002) y “La democracia del conocimiento” (2011) . Prometo no citar a muchos autores o recomendar demasiados libros en estas cartas. Sé que es mejor remitiros a pocas cosas que sean, como es el caso, verdaderamente buenas y útiles. A mí estos libros me han abierto los ojos ante ciertas realidades y así me han permitido hacer más cosas y más ambiciosas y de esa forma, sin exagerar, esos libros me han cambiado la vida a mejor. Y por eso os los recomiendo, porque también quiero que tengáis la mejor vida posible, la más interesante, la más plena, la más rica y la más generosa.

Como Saint-Exupéry en su famosa dedicatoria en El Principito, yo también tengo una excusa para citar a Daniel: es amigo. Y me interesa decirlo no para darme pote ante vosotros de que tengo amigos notables, sino porque en la forma en que lo conocí hay también una historia que os puede servir. Yo había leído su Transformación de la Política que me había, ya lo he dicho, marcado. Cuando tuve la oportunidad de organizar unas jornadas en una ONG no tuve mejor idea que buscar su dirección y, sin más, presentarme e invitarle. Él con enorme generosidad aceptó una invitación, que no conllevaba más pago que una comida a la que ni siquiera podía, por horarios, llegar. Y esta anécdota para mí conlleva una lección que se ha repetido en mi vida: con mucha frecuencia los más grandes son los más generosos. Os animo a aspirar a los mejores. Cada uno en el tema que os interese, sea el cine, la literatura, la ciencia o lo que fuera, aspira a contactar con los grandes, a llegar a ellos. No voy a decir que es fácil o automático, pero si demuestras interés, ganas y trabajo previo, a veces las puertas se abren.

Siendo estudiante de universidad, como vosotros, me metí con un grupo de amigos a formar el grupo de Amnistía Internacional de la Universidad de Deusto. Y sin más recursos que nuestras ganas invité a Eduardo Galeano y a Fernando Savater a visitarnos. Ambos contestaron muy amables. Galeano pasaba por Donostia para participar en el Festival de Cine y su apretada agenda no le permitió acercarse a Bilbao, pero envió una generosa carta ofreciendo otras formas de colaborar y mucho ánimo. Savater vino a Deusto y nos dio una conferencia. No permitió ni que le pagáramos el bocadillo que se compró para hacer el viaje de vuelta, en tren, a Madrid. Luego tuve diferencias políticas muy profundas con su pensamiento y quehacer, pero nunca olvidaré, y de buen nacido es ser agradecido, lo generoso que fue con nosotros en aquella ocasión.

Nunca la política me cegó como para no disfrutar y aprender de sus libros, como para no recocer su inteligencia y su estilo. Miro, desde donde estoy sentado, mi biblioteca y puedo contar sin levantarme 16 de sus libros. La mayor parte de ellos bien leídos. Por favor, no seas nunca tan cenutrio como para permitir que las diferencias ideológicas con un escritor o un pensador te nublen el criterio, te impidan disfrutar y aprender de él. Yo te diría que especialmente debes leer a los buenos autores que están ideológicamente lejos. Leer sólo autores que piensan como tú es pobre y triste. Lee cosas que te hagan pensar, que te reten, aunque solo sea para poder asentar mejor tus propias convicciones. ¡Cuánto he aprendido, por ejemplo, de Vargas Llosa en los tiempos en que sus posiciones políticas me repugnaban!

Algunos están muy orgullosos de despreciar de un plumazo a autores distantes. Yo estoy orgulloso de haber leído a autores distantes. Algunos están orgullosos de no haber cambiado de pensamiento en muchos años y presumen de seguir defendiendo las mismas ideas que hace 20 o 30 años, cuando el mundo era diferente. Otros, y yo me reconozco más de este equipo, nos miramos con curiosidad, casi con extrañeza, y vemos lo mucho que hemos cambiado según hemos vistos cosas, según la realidad que nos rodea ha cambiado y según, también, hemos ido aprendiendo de quienes nos rodeaban, a pesar de que fueran diferentes… o especialmente porque eran diferentes.

Pero vuelvo a Daniel y a la complejidad. Cuando Daniel publicó el libro que os comento, hace dos meses, podíamos leerlo como una reflexión teórica. Pero hoy, aquí encerrado, puedo releer algunos párrafos y sentir que estamos viviendo esa complejidad que nos describe.

Complejidad no es lo mismo que complicación. Daniel emplea la metáfora del ajedrez para ayudarnos a diferencia algo complejo de algo complicado. El ajedrez es muy complicado porque sus jugadas pueden ser infinitas, pero no sería complejo dado que sus piezas son limitadas y conocemos sus movimientos posibles y sus normas. Un ajedrez complejo sería, por ejemplo, aquél en que la mitad del tablero está oculto, no conocemos qué piezas se esconden, nos surgen de pronto sin aviso nuevas piezas con nuevos movimientos que modifican el comportamiento de las existentes y que pueden saltar a otro tablero en el que finalmente se decide la partida con base en otras reglas que vamos entendiendo sobre la marcha, mientras movemos sin saber si quiera si es nuestro turno o cuántos jugadores hay. Eso es complejidad en estado puro y a lo bestia.

Para vivir en la complejidad, dice Innerarity, “tenemos que ampliar nuestros esquemas conceptuales, incluir una mayor contingencia, dinamismo e inseguridad. Se trataría de superar la visión mecanicista y determinista que piensa en regularidades previsibles y efectos causales”. La crisis del coronavirus en un buen ejemplo de esa complejidad. Nos toca tomar decisiones ante problemas que no permiten una clara definición, cuyos elementos no conocemos del todo, que cambian y se interrelacionan de formas nuevas y cuyas normas ignoramos.

¿Y eso qué tiene que ver conmigo?, tal vez me preguntas. Pues mucho. Todo.

Hoy es el primer día sin clase. Y muchos estáis nerviosos porque los planes han cambiado. Tenemos la tentación, comprensible pero terriblemente injusta e inmadura, de buscar un culpable. Pero a lo mejor no se trata de buscar alguien a quien culpar, sino de saber gestionar la complejidad y la incertidumbre en la que inevitablemente estamos instalados.

Quizá os habían prometido que los profesores os pasarían instrucciones claras sobre qué hacer estos días y esas indicaciones aún no han llegado o no son claras o son incluso contradictorias. Pero esto no sucede porque los profesores sean perezosos, descuidados o inútiles, sino porque estamos ante una situación nueva para todos y que ha cambiado para todos y en la que ninguno dispone de toda la información para reaccionar: ¿cuánto va a durar el aislamiento? Ni idea, no lo sabe ni el mayor experto del mundo, ni la base de datos más potente, ni el programa de big data más capaz. ¿Tendremos exámenes presenciales en la fecha indicada? Lo siento: ni idea. Y quien os dé seguridades os engaña. ¿Sabemos cómo reorganizar un programa ante la nueva situación? Pues lo intentaremos poco a poco, pero nos equivocaremos mucho sobre la marcha. Y nos equivocaremos no porque los profesores sean tontos (aunque alguno lo puedan ser), sino porque el sistema de prueba y error es el mejor (probablemente el único) sistema de aprendizaje que tenemos los humanos.

Quizá esperábamos que el rectorado aclarara cómo va a quedar todo. O que el decanato indicara cómo nos vamos a organizar. O que la Consejera de Educación o el Ministro de Educación nos pudieran sacar de dudas. No nos equivoquemos: el reto no está en quejarnos porque un tercero no nos saca de la incertidumbre, sino que el verdadero desafío del día de hoy es aprender a aceptar que vivimos en la era de la complejidad. Aprendamos a aceptarlo y entonces busquemos sus muchas ventajas, minimicemos en lo posible sus muchas desventajas, y miremos cómo vamos a crecer gracias a ello.

Los tiempos en que todo nos lo daban cuadriculado, las instrucciones claras, las fechas cerradas, todas las respuestas contestadas, han pasado, de la misma forma que ha pasaron los años de primaria. ¿Y quieres que te diga una cosa? Acaso, en parte al menos, sea mejor así: más divertido, más creativo, un mundo lleno de oportunidades para quien sepa nadar con responsabilidad en la complejidad. Y si te parece que no tiene parte positiva, pues peor para ti, porque te guste o no, es el mundo que te toca.

Mal haría tu universidad en pensar que su reto es estos días resolverte todas tus dudas. Te haría muy flaco favor. Su mejor servicio sería ayudarte a comprender que ninguno tenemos esas respuestas y que aún así vamos a hacer juntos lo mejor que sepamos para afrontar la situación.

¿Crees que hablo desde la comodidad o la seguridad de un puesto fijo y sin responsabilidades? Yo soy autónomo a medio tiempo. Tras la primera mitad del curso en la Universidad tenía la segunda reservada para visitas, conferencias, seminarios y talleres que constituyen parte importante de mi trabajo y de mis ingresos. Te puedo decir que en una semana he perdido un porcentaje respetable de mis ingresos tras el cierre de la frontera con los EEUU donde tenía comprometidas actividades durante varias semanas que pierdo y dejo de cobrar. Todo el resto de actividades en España hasta verano se han suspendido (y dejo de cobrar, claro). En Junio tenia una semana “vendida” ya en Francia y otra en Rusia: lo más sensato es que las dé por perdidas. ¿Sabes lo que he hecho esta mañana?, ¿lloriquear?, ¿protestar?, ¿culpar en Twitter al Lehendakari o al presidente Sánchez o a Trump o a los chinos? No: dar gracias por estar sano, por no tener a ningún familiar enfermo, y ponerme a imaginar nuevos proyectos que desarrollar en estas semanas que me han quedado libres de pronto, cómo hacer de la necesidad virtud, del problema oportunidad, y pensar cómo puedo ser más útil a nuestra sociedad en este nuevo contexto.

Ya, ya sé que tú no sabes cómo va a quedar tu programa lectivo. Y te voy a asustar más: seguramente no hay nadie que sepa cómo vamos a terminar el curso y examinar, si es mejor suspender algunas partes, si sería mejor alargar el curso y perder vacaciones, si sería mejor qué sé yo. Bienvenidos todos, tú y yo: es la complejidad.

La teoría del caos decía que una mariposa aletea en un lugar y en el otro rincón del mundo desata un huracán. La práctica ha mejorado mucho el ejemplo, lo ha hecho más absurdo: un tío se preparar en un mercado chino una sopa de murciélago chungo y a ti y a mí se nos caen los planes de trabajo del semestre, se nos chafan las vacaciones de semana santa, nos quedamos unas semanas encerrados en casa y la economía mundial se derrumba. No te empeñes en querer que no sea así. Empéñate mejor en pensar qué vas a hacer para crecer, aprender y ser más generoso y más feliz ante esa realidad: ante la complejidad.



martes, 14 de enero de 2020

Libro sobre Negacionismo

Resultado de imagen de negacionismo leizaola fundazioaLa Fundación Leizaola Fundazioa acaba de editar un libro sobre negacionismo.

Se incluyen artículos de enorme interés de Germán Teruel Lozano, Mikel Anderez, Iñigo Gordon, Iñaki Anasagasti y Agustín García Moreno.

A mi me pidieron escribir un prólogo que, por el interés de los artículos y de la infinidad de temas de reflexión que abren, se convirtió casi más en un estudio preliminar o en una visión general del asunto.

lunes, 27 de mayo de 2019

Una monja en el gobierno económico del Vaticano

Hoy en DEIA y en Noticias de Gipuzkoa:


 https://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2019/05/27/mundo/una-monja-en-el-gobierno-economico-del-vaticano 


Una monja en el gobierno económico del Vaticano




Les escribo desde Bolonia, sede de la universidad más antigua del mundo (1088) y en la que algunos vascos del siglo XVI fueron muy conocidos profesores, como Fortún de Ercilla, de Bermeo, u Ochoa López de Unzueta, de Eibar. En la prensa de Bolonia estos días ha tenido bastante eco una conferencia impartida por una monja. La hermana Alessandra Smerilli (profesora de de la Universidad Pontificia Auxilium de Roma) impartió la Lectio Magistralis con la que se cierra el Máster para Juristas, Asesores y Abogados de Empresa de la Universidad de Bolonia.


Esta profesora está de actualidad. El mes pasado la profesora Smerilli fue nombrada por el Papa como consejera de Estado de Economía de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano. Esta Comisión, que está compuesta por seis miembros cardenales y varios consejeros de Estado como asesores, es el órgano de iniciativa legislativa, supervisión ejecutiva y representación institucional del gobierno de la Ciudad del Vaticano. La hermana Smerilli entra en este importante núcleo de poder controlado, no nos engañemos, por los miembros, cardenales y por tanto todos hombres y de edad avanzada.

Había expectación en el ámbito universitario y político por conocer las ideas y planes de la joven (para los estándares de poder vaticanos) consejera Smerilli (1974) y por eso a la conferencia asistieron autoridades académicas y conocidos rostros, como Romano Prodi y otros veteranos políticos.

El tema que la consejera eligió para su conferencia no pudo ser más significativo: la economía ecológica o integral como desafío de un nuevo paradigma económico. La señora Smerilli habló de temas tan importantes como la inclusión del medio ambiente en los cálculos económicos (“es posible promover una sana economía que sea capaz de tener en cuenta en sus cálculos al medio ambiente”), sobre la selva amazónica, la deforestación, la transparencia en el gobierno y en las finanzas, y sobre la cuestión de las empresas y los derechos humanos (“no hay que decir “no” al desarrollo, sino a la actividad predatoria de las transnacionales”).

Más allá de su visión general o teórica interesaba saber cómo va a aplicar esos principios a la práctica de sus funciones como asesora económica del gobierno de la Ciudad del Vaticano. La Sra. Smerilli no escurrió el bulto y adelantó algunas ideas potentes: “Lo que me pregunto es si, como Iglesia, a nivel mundial, no tenemos también nosotros una responsabilidad, porque, por una parte, denunciamos una economía que mata, pero luego compramos y nos ocupamos de nuestros ahorros e inversiones de manera poco coherente. Pero este sistema puede ser derrotado tanto con una resistencia desde dentro como con una clara señal desde fuera, que diga: no te financiamos, entras en la lista negra si tienes comportamientos sin escrúpulos.”

Seguramente la capacidad que la nueva consejera de Estado de la Cuidad del Vaticano tenga en relación al complejo sistema que maneja las grandes finanzas del Vaticano como conjunto sea muy limitado, pero sí tendrá autorizada influencia. Por eso su nombramiento y sus ideas son tan importantes. Una mujer joven con una visión social y medioambiental en el entramado de las finanzas vaticanas significa una bocanada, limitada pero real, de aire fresco. Le quedan cinco años de mandato por delante. Habrá que hacer un seguimiento muy atento a sus pasos. 

domingo, 26 de mayo de 2019

Huawei, la libertad y Europa

Hoy escribo en los medio del Grupo VOCENTO (El Correo y El Diario Vasco) sobre el caso Huawei.

















Huawei, la libertad y Europa





Hay tres maneras de explicar la disputa entre Huawei y Estados Unidos. Algunos presentan el caso como una cuestión de seguridad, en términos político-militares, donde lo que está en juego es el acceso a información, recursos e infraestructuras tecnológicas muy sensibles. Otros, sin embargo, creen que estamos ante una disputa más de carácter económico o comercial, donde lo que se dilucida es el reparto de un mercado de productos tecnológicos de enorme valor y que el gobierno norteamericano no ve cómo frenar a las empresas chinas si no es por las bravas y empleando el pretexto de seguridad nacional. Que estemos en plena batalla comercial entre Estados Unidos y China abona esta segunda visión. Finalmente, un tercer grupo coloca la disputa en un contexto más amplio de rivalidad por un liderazgo global estratégico y cultural: el prestigio de potencial mundial y el dominio cultural se juega en la tecnología, en su capacidad tanto para transmitir contenidos e ideas, como para comercializar productos y servicios. Para este tercer grupo el dinero, siendo importante, no es lo central ahora: quien controle la tecnología no sólo tendrá mejor acceso a nuestro consumo y bolsillo, sino a nuestras convicciones, a nuestra ideología, a nuestra información, a nuestros hábitos y a nuestro voto.

Yo le daría la razón a los tres grupos. El ‘caso Huawei’ incluye todas esas variables de una forma compleja muy característica del mundo contemporáneo en el que se desdibujan las fronteras entre lo público y lo privado, lo interno y lo externo, el consumo y la política, la información y la mentira, el juego y el conflicto. Súmele usted un último factor: un presidente norteamericano caprichoso, impredecible y voluble, que no suele escuchar a los expertos de sus equipos. No caben, por tanto, acercamiento unívocos o simplistas al problema. Quien pretenda explicar el mundo con una sola clave nos miente.
    
Los problemas de seguridad que implica la posición de mercado de Huawei sobre ciertas tecnologías y productos pueden ser cruciales y, llegados a un extremo, literalmente letales. Las capacidades de la compañía de obtener información clave, de controlar suministros, datos e información, e incluso de manejar infraestructuras tecnológicas y, por ese medio, logísticas, energéticas o militares, es muy real. Y el problema es que Huawei no es una empresa privada en el sentido que puede serlo una en nuestros países, con relativo margen de independencia y en permanente dinámica inestable con lo público. Huawei ha crecido en, con y gracias al régimen chino, de cuyo complejo engranaje es una pieza importante. La diferenciación entre partidos, Gobierno, Estado, Ejército, sindicatos y empresas que rige nuestros sistemas liberales no siempre es perfecta, pero existe. Esa diferenciación no es la misma en China. No estamos, pues, ante un problema meramente económico o comercial. Y por eso sorprende –y, al tiempo, no debería sorprender– esa extraña paradoja de ver a una país formalmente comunista como China defendiendo el libre comercio, mientras que el paladín tradicional del comercio abierto, Estados Unidos, se ve obligado a emplear los recursos intervencionistas más duros. Sorprende por su aparente contradicción, pero no debería sorprender porque Huawei es y no es una empresa privada. China ha aprendido a operar con las normas del libre comercio y de la competencia abierta jugando con la ventaja de la falta de libertades interna, el capitalismo de estado, la intervención directa en todos los ámbitos de la economía y el control final sobre sus empresas.


¿Cuál es el papel de Europa en esta partida? No debería ser un convidado de piedra, porque sus derivadas nos van a afectar como al que más. No se trata sólo del coste de los móviles o del acceso a determinada aplicación, cosa que preocupa a los más cortoplacistas. Nos jugamos mucho más. Nos jugamos que la industria tecnológica europea tenga un futuro relevante y que Europa tenga una posición en los retos estratégicos y de seguridad del futuro. Para ello el principio de la competencia, tan caro a Europa, no sirve sino es en equilibrio con otros principios igualmente importantes. Nos jugamos, además, las garantías de confidencialidad de nuestra información, las formas de protección ante la desinformación y su utilización para alterar las voluntades, la libertad de información y su pluralidad. Para afrontar esos retos necesitamos una Europa fuerte, sólida, potente, capaz y valiente. Necesitamos una ciudadanía con visión europea, responsable, orgullosa de su identidad y autoexigente. No tenemos ni lo uno ni lo otro, me temo.


En las elecciones de hoy nos arriesgamos a tener el Parlamento Europeo con mayor número de euroescépticos y populistas, de derechas y de izquierdas, de su historia. Es decir, una Europa sin dirección ni fuerza. Por el contrario, necesitaríamos una alta participación y la opción por partidos europeístas serios, de acreditada capacidad y rigor, capaces de llegar a acuerdos entre diferentes para afrontar los problemas globales. Si no lo conseguimos, culparemos a Bruselas de la incapacidad de Europa. Pero la culpa deberemos buscarla en nosotros, en los ciudadanos, en un voto sin visión europea, ombliguista e irresponsable. Mientras tanto, el mundo camina a la velocidad que marcan otros, Huawei o quien toque. Usted elige.