jueves, 2 de abril de 2020

CARTA 18 o DE CÓMO LA CIENCIA PASÓ A DERECHO


CARTA EXCLAUSTRADA DECIMOCTAVA

o DE CÓMO LA CIENCIA PASÓ A DERECHO




Jueves, 2 de Abril.

Veo esta misma tarde al ministro de Ciencia, el astronauta Pedro Duque, explicando los distintos proyectos científicos y tecnológicos en los que España participa para hacer frente a la crisis del coronavirus. No sólo se trata de la famosa vacuna, sino de facilitar test, respiradores y otros recursos necesarios. En esa misma batalla están todos los estados. Ayer mismo el presidente francés Macron hacia lo propio con un tono más francés, más engolado y presidencial: se debe “recuperar la soberanía francesa y europea” en esta materia y en breve Francia debería tener “independencia plena” en materia de mascarillas y respiradores. Bien no sé si estos términos políticos tan clásicos y subidos de tono facilitan el mejor acercamiento a la cuestión, pero sirven para entender la necesidad de extender, difundir y democratizar los recursos, los conocimientos, las capacidades y la cooperación científicas.




Ya hemos comentado estos días como de pronto la ciencia se ha convertido en un elemento central del debate público y de la rivalidad internacional. Pero ha habido otros momentos en la historia en que la ciencia ha estado también en el centro del debate internacional. Los años entre 1945 y 1948 fueron uno de esos momentos. Y hay que entender qué pasó entonces para comprender bien el alcance de algunos de los debates del presente.




Estos años 45-48 son los primeros años de la posguerra y marcan el inicio de la Guerra Fría. Pero la historia de lo que pasó con la ciencia en la diplomacia de aquellos años tiene sus antecedentes unos años antes. Quizá podamos rastrear su origen en enero de 1941, cuando el Presidente Roosevelt hizo referencia, en su famoso discurso de las Cuatro Libertades, al “disfrute de los frutos del progreso científico” para un aumento amplio y constante del nivel de vida para todos. Subrayó que este disfrute constituía uno de los fundamentos básicos de una democracia sana y fuerte. Este discurso de las cuatro libertades se ha entendido siempre como uno de los orígenes conceptuales de las Naciones Unidas y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Así que bien podemos aquí nosotros considerar esta referencia a la ciencia como un precedente directo de lo que vendría después.




Ya en la posguerra dos nuevas circunstancias influirán gravemente en la percepción social internacional sobre la ciencia. Por un lado el recuerdo de las dos bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, que colocó la cuestión de la ciencia, sus límites, su control y la responsabilidad social de los científicos en el centro de muchos debates . Por otro lado, los experimentos y tratamientos médicos nazis en los campos de concentración y exterminio, de los que Mengele fue claro exponente, y que fueron objeto en Nuremberg de uno de los famosos juicios, fue igualmente clave.




Lo que luego sería la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en París en 1948, se fue trabajando por medio de sucesivos borradores de trabajo durante año y medio en un grupo de trabajo presidido por Eleanor Roosevelt, la viuda del ex-presidente.




El primer borrador, que fue obra del jurista canadiense John Peters Humphrey, incluye ya una referencia a la ciencia en el marco de los Derechos Humanos. Según René Cassin, uno de los padres de la Declaración Universal, el artículo fue incluido a solicitud de algunas organizaciones culturales, entre ellas la UNESCO. El derecho viene formulado en esta primera versión como derecho a “participar en los beneficios de la ciencia”.




Esta formulación está inspirada en los trabajos preparatorios de la Carta de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de la Declaración Americana de Derechos que terminó siendo aprobada en Bogotá poco meses ante de la Declaración Universal y que incluía un artículo XIII que decía “toda persona tiene el derecho de participar en la vida cultural de la comunidad, gozar de las artes y disfrutar de los beneficios que resulten de los progresos intelectuales y especialmente de los descubrimientos científicos.”




La Carta de la OEA, en su artículo 38, decía incluso con ambición más general “los Estados miembros difundirán entre sí los beneficios de la ciencia y de la tecnología, promoviendo, de acuerdo con los tratados vigentes y leyes nacionales, el intercambio y el aprovechamiento de los conocimientos científicos y técnicos”.




Volviendo al sistema universal, durante el proceso negociador de la Declaración Universal la formulación pasó desde una inicial versión al estilo americano basada "en los beneficios" a la más amplia idea de derecho “a participar en el avance científico”. Este transcendental cambio fue aprobado a propuesta de China, basándose según el propio delegado Peng Chun Chang, en la autoridad de Francis Bacon.


Sin embargo este cambio y la pérdida de la palabra “beneficios” no terminó de gustar y rápidamente se buscó la recuperación de la idea de beneficio sobre la de participación. Esta visión fue defendida por Cuba con el argumento de que “no todo el mundo está suficientemente capacitado para jugar un papel en el avance científico" y lo necesario era que el texto dijera todo el mundo tiene el derecho "a participar en los beneficios que resulten del avance científico". René Cassin, por Francia, y Hernán Santa Cruz, por Chile, apoyaron la propuesta cubana.




Pero tanto la delegación China como la de Arabia Saudí respondieron que aún en ausencia de conocimientos científicos, todos tenemos la capacidad de cierto disfrute más amplio de la ciencia que sus solos beneficios directos. Tenemos derecho a interesarnos, a participar, a aprender incluso a disfrutar de la belleza de la ciencia.




El comentario de Cuba puede sugerir la idea de que se renunciaba a una consideración amplia de derecho a participación (activa) en la ciencia y se optaba por un derecho más limitado a beneficiarse (pasivamente) de la ciencia. Pero finalmente, tras mucho intercambio de borradores, se llegó a un acuerdo de compromiso que es el que tenemos consagrado hoy en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, cuyo artículo 27 dice así: “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”.




Fijaos, y esto es muy importante, que en esa formulación hay una suma, un compromiso, dos ideas: derecho a participar y derecho a beneficiarse.




El ministro de Ciencia, hace unas semanas, antes de que estallara esta crisis ya dijo ante las Cortes, en la presentación de sus objetivos de una legislatura que sin duda esperaba más tranquila, que el desarrollo del Derecho Humano a la Ciencia estaría entre los objetivos de su mandato. Me temo que necesitamos hoy más que nunca ese enfoque de ciencia como derecho humano en sus dos vertientes: derecho a beneficiarnos (de la asistencia, las vacunas, los tratamientos, las investigaciones) y derecho a participar (conocer, contribuir, informarnos, debatir y colaborar).


"La ciencia - ha concluido hoy el ministro Duque- tiene que encontrar la solución, pero una solución para todos". Un solución entre todos y para todos. 

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