viernes, 20 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA QUINTA o SOBRE LAS FRONTERAS








CARTA EXCLAUSTRADA QUINTA o SOBRE LAS FRONTERAS

Viernes, 20 de Marzo.

Este coronavirus que nos mantiene en casa, por lo que podemos saber, surgió en China. Ya, ya sé que hay mil teorías conspiratorias sobre su creación en laboratorios con los fines más peregrinos y absurdos. Pero lo que nos dice el mejor conocimiento científico disponible a día de hoy es que tenemos evidencias suficientes para asegurar su origen natural, por salto de animal a humano, en China.

De China pasó a los países limítrofes, especialmente Corea del Sur (y muy probablemente su vecina del Norte). La internacionalización de la economía china y la amplitud de sus contactos comerciales provocó su descontrolado desarrollo por todo el mundo. En Europa, lo sabemos bien, la más afectada ha sido, hasta la fecha, Italia, por detrás, acercándose peligrosamente, España. En el siguiente pelotón Francia. Veremos en pocos días cómo evolucionan Alemania, Reino Unido y otros. Rusia es un misterio, pero quienes hayáis leído mi carta sobre la democracia, comprenderéis que sospeche de sus buenos datos (escrito queda, para que reconozca mi error y rectifique si toca cuando toque).

En Estados Unidos Trump ha cometido importantes errores y los seguirá cometiendo. No lo digo porque tenga yo poder de adivinación sino porque creo que actúa movido por impulsos irracionales, que no valora el conocimiento científico y que tiene preferentemente la cabeza puesta en los índices de popularidad y en sus negocios. Pero el sistema descentralizado del país, que permitirá a muchos estados tomar la iniciativa, sus sistemas de checks and balances, así como su enorme potencia científica, social y económica, ayudará a que la cosa pueda aguantar llegado el momento.

Más grave puede ser el asunto en algunos países latinoamericanos. López Obrador, Ortega o Bolsonaro parecen participar en un concurso a la mayor irresponsabilidad. ¿Qué decir de una pandemia de este tipo en África? A su favor tiene una pirámide poblacional muy joven. En contra, un sistema sanitario y una organización político-social claramente deficitarias. ¿Qué decir de la India? Mejor callo, dado que nada interesante tengo que decir sobre países que desconozco. En todo caso en un par de semanas estas preguntas quedarán contestadas.

Todo esto demostraría algo que mucho autores – y más modestamente quien esto escribe también- han tratado durante años. El mundo es uno. Compartimos algunos desafíos que son de todos. Y compartimos también unos riesgos que son globales. Este riesgo del coronavirus es uno, en este momento es el más urgente, el más inminente, pero no el único. El cambio climático es, por poner el ejemplo más evidente, otro caso. Siempre se ha dicho que no hay que confundir lo urgente con lo importante. Lo más urgente es ahora el coronavirus, pero hay otros temas en la agenda 2030 ODS igualmente importantes.

El autor canónico, de obligada referencia, sobre este asunto es Ulrich Beck, que desde los 80 venía escribiendo sobre la “sociedad del riesgo global”. Beck nos ha explicado con mucha antelación que el cosmopolitismo no es ya a estas alturas una pose o una decisión de tipo intelectual. Debemos “rechazar la suposición de que el cosmopolitismo es una elección consciente y voluntaria, a menudo incluso elitista”. Bien al contrario “se impone como una elección forzosa o como una secuela de decisiones inconscientes (…) Mi existencia, mi cuerpo, mi propia vida se convierten en parte de otro mundo, de otras culturas, de historias y riesgos globalmente interdependientes, sin que yo lo sepa ni quiera expresamente.”

Beck entiende que lo propio de nuestro tiempo es esa mirada cosmopolita o universal que hace ya imposible aquel viejo “convencimiento de que la sociedad moderna y la política moderna sólo pueden existir si se organizan al modo del Estado Nacional (que) se equipara a una sociedad nacional, territorial, estatalmente organizada y rodeada de fronteras. Pero el mundo no puede concebirse, entenderse, estudiarse ni esclarecerse adecuadamente ni en la mirada nacional ni en el marco de referencia del nacionalismo metodológico”.

El cosmopolitismo del riesgo es ése donde “una dimensión excepcional de interdependencia (…) hace su aparición en las prácticas cotidianas que invitan a la acción política (y social)”. Ulrich Beck (todas sus están tomadas de La Mirada Cosmopolita) llega más lejos: “el régimen de los derechos humanos es el ejemplo clave de cómo se suprime la diferenciación entre nacional e internacional y se hace avanzar la cosmopolitización interna de las sociedad nacionales, reescribiendo así la gramática de lo social y político”. Y continúa: “mientras no exista un gobierno mundial, son los derechos humanos y las instancias que juzgan su observancia o inobservancia, los que fundan, otorgan o retiran la legitimidad” (debo reconocer que no recordaba yo que Beck otorgara semejante papel a estos órganos, lo acabo de descubrir esta mañana, mientras ojeaba algunos de sus libros que tengo por casa para tomar alguna frase representativa de su pensamiento. Como miembro de uno de esas “instancias que juzga la observancia o inobservancia” he sentido un escalofrío de enorme responsabilidad al leerlo.

Beck concluye: “Los derechos humanos suprimen y desactivan fronteras aparentemente eternas”.

Bien, dejemos a Beck, no sin antes recomendar la lectura de alguna de sus obras, y quedémonos con esto de las “fronteras aparentemente eternas” (lo vamos a necesitar un par de párrafos más abajo).

El caso es que, si compartimos retos y compartimos riesgos, lo mejor sería que compartiéramos también algunos instrumentos comunes para afrontar esos retos y riesgos conjuntamente, equilibrando, dentro de lo posible, los legítimos intereses locales con los intereses globales.

La crisis del coronavirus nos coloca de morros ante esa obviedad: es necesario reforzar los instrumentos de gobernanza global. Es fácil decirlo, pero es mucho más difícil mantener unas políticas nacionales y unos comportamientos sociales y personales coherentes con esa máxima.

¿Vamos a hacer de la agenda 2030 una prioridad global?, ¿hemos aprendido que el conocimiento debe estar al servicio de las personas y los pueblos y debe compartirse cuando el bienestar general está en juego?, ¿vamos a actuar cada uno de nosotros como si eso fuera verdad?, ¿o a la salida de esta crisis vamos a volver a consumir como locos? Y, a lo que vamos hoy: ¿hemos aprendido que las fronteras son inútiles para frenar los males y que por lo tanto no deberían frenar la colaboración para combatirlos?

Por un lado vemos estos días a políticos apostar por las repuestas nacionalistas más trasnochadas. Torra, en un momento tan dramático, subraya las diferencias en lugar de centrarse en la cooperación con lealtad con quien toque por el bien común. Los políticos de VOX, por otro lado, nos muestran como un éxito el cierre de las fronteras y nos dicen que esto demuestra que las fronteras existen. “Sin fronteras no hay democracia”, nos dicen ufanos. “Toda nación existe porque tiene fronteras”, añaden (dando así la razón al nacionalismo independentista).

Pero a mi juicio lo que esta crisis demuestra es todo lo contrario. Demuestra que las fronteras pueden ser un instrumento administrativo útil para la gestión de aspectos organizativos, en ocasiones importantes, sin duda, pero de impacto finalmente cada vez más limitado en lo importante de nuestra vida. Nadie, ni siquiera Corea del Norte va a conseguir resolver esta crisis pensando en sus fronteras. Mucho más útil es pensar, por ejemplo, en la cooperación científica y sanitaria o en el intercambio de informaciones, experiencia y conocimientos.

Las fronteras pueden servir para administrar o adjudicar servicios, prestaciones o derechos, para controlar el tráfico, sus libertades y su necesario papeleo, pero no sirve para decirnos quiénes o cómo somos, quiénes son nuestros amigos y quiénes nuestros enemigos, quiénes los nuestros y quiénes los otros. Las fronteras sirven también el día del partido de tu selección para saber qué camiseta te hará vibrar y qué goles te harán feliz o infeliz, está bien, es divertido, jugar a ese juego de las identidades es parte de nuestra herencia humana (eso sí que es milenario), pero hace falta ser un poco pobre de espíritu para que a estas alturas, a una persona de tu edad, las fronteras, las que sean, la reales o las deseadas, le definan en un sentido más pleno, más completo, más complejo.

Casado, por su lado, se ha referido a la “España eterna”. Pero, ¿qué esencia nacional es eterna?, ¿qué elemento sea político, cultural o lingüístico o de cualquier otro orden puede ser eterno? Todo lo humano es histórico. Todo lo creado por la cultura es una construcción social. Y eso no es malo, es simplemente así. Puestos a valorarlo yo te diría que a mí me gusta que sea así.

Que la identidad nacional, la que sea, la española o la vasca, la francesa o la rusa, sea eterna es una tontería gigantesca que espero no tengamos que discutir en su sentido literal. Pero con justicia me podréis decir que aquí la palabra eterno no se refiere a que no tenga principio ni fin, sino que se alarga mucho en el tiempo. Bueno, en ese caso te diría dos cosas. No es bueno hinchar los nacionalismos con palabras excesivas como eterno, absoluto, destino o universal, que nos alejan de su sentido histórico, complejo, cambiante y maravillosamente humano y contingente. Por otra parte el establecimiento de esencias eternas nos aleja de la libertad humana, de la capacidad de crear y cambiar, y lo sustituye por algo impuesto, acaso divino, pero en todo caso necesario, fatal, incuestionable… e inhumano.

Fíjate que el propio Macron, en su discurso en el homenaje a los veteranos en el 75 aniversario del desembarco de Normandía, ¡qué momento más propicio para la épica nacionalista!, tuvo que leer un texto que en su versión original (una carta) hacía referencia a la France éternelle. Pues bien, Macron decidió que a estas alturas hablar de la France éternelle era un poco, digamos desfasado, y lo omitió. Macron lo elimina a pesar de tenerlo en el guión y Casado, sin necesidad, lo repesca.

Las fronteras son en ocasiones instrumentos útiles para adjudicar recursos, poderes y labores administrativas. Como son necesarios los peajes o las sucursales bancarias o las paradas fijas en las líneas de autobús o la asignación de poblaciones a ambulatorios de referencia, pero cada vez nos van a decir menos sobre nuestra identidad y sobre nuestro futuro. En el caso del coronavirus sirven como un referente administrativo de gestión muy importante, pero no único, ni por encima ni por debajo.

En una sociedad contemporánea de gobernanza compleja, con ámbitos políticos diferentes, simultáneos y superpuestos -lo global, lo supranacional (ámbitos europeos, por ejemplo, en nuestro caso), lo estatal y lo subestatal- la gestión política no puede ser entendida como referida únicamente a uno solo de esos ámbito políticos, como si fuera absoluto y excluyente definido por las fronteras. Es decir, la política debe encontrar en el ámbito del estado un marco de reconocimiento y aplicación importante, sin duda, quizá incluso deba decirse que a día de hoy sea el principal ámbito de este ejercicio, pero no es desde luego el único. Lo político, como cualquier otro orden de nuestra vida, se mueve en un espacio que es un continuum que comienza en lo universal y cuyos contenidos y obligaciones (políticas y jurídicas) van aumentando y concretándose según van acercándose los ámbitos políticos. La primera etapa de descenso lo constituyen, en nuestro caso, los espacios europeos (Consejo de Europa y Unión Europea). Del estatal, siguiente etapa, puede reclamarse que sea a día de hoy el principal, pero desde luego no el único y exclusivo marco. También los ámbitos subestatales tienen sus poderes.

En todos estos ámbitos políticos y administrativos del citado continuum se crea lo público y lo político hoy en día, sin excluir ninguno. No caben lecturas extremas: ni la idealista, según la cual la universal es la única condición a considerar (lo cual puede ser un principio ético impecable, pero de aplicación, si queremos ser honestos con la realidad, política y jurídica, a día de hoy limitada), ni la localista, según la cual sólo los míos (los nacionales, por ejemplo), los que están a un lado de una linea que llamamos frontera, nos deben importar.

De esta crisis podríamos salir aprendiendo a valorar la gestión conjunta de ciertos retos que como nos explicaba Beck son comunes y marcan nuestro momento (estos días no necesitamos un sociólogo alemán para entenderlo). Pues bien, para eso se inventaron las Naciones Unidas hace ahora 75 años. Fue el primer intento de la humanidad de poner en común ciertas metas (el progreso social), ciertos límites (la agresión, la violación de derechos humanos, el racismo) y ciertos medios (la cooperación, el uso legítimo de la fuerza).

Hemos aprendido mucho en estos 75 años, pero también hemos sufrido graves desengaños y frustraciones porque la ONU es incapaz de responder a la promesa de una mundo mejor, sin guerras, sin pobreza, sin violación de derechos humanos. En alguna ocasión he hablado de cierta maldición de la ONU: le pedimos demasiado y no le damos recursos ni poder.

Pero traigamos esa reflexión general a nuestro momento y tema: el coronavirus. Veamos una manifestación concreta de esta maldición.

Hace unas semanas, en un artículo hablaba del desfase entre lo que pedimos a la OMS y los medios que le damos para hacerlo.

La OMS debe emitir recomendaciones que afectan a la salud y las libertades de millones personas y que tienen consecuencias sobre la economía mundial. Debe decidir en tiempo real con información limitada y cambiante, datos inciertos que se corrigen a cada rato y conocimiento técnico o científico reducido. Cada decisión interactúa con los datos de formas insospechadas.

Los estados piden a la OMS que “actúe como autoridad directiva y coordinadora en asuntos de sanidad internacional; ayude a los gobiernos a fortalecer sus servicios de salud; proporcione ayuda técnica adecuada y, en casos de emergencia, la cooperación necesaria; adelante labores para suprimir enfermedades epidémicas, endémicas y otras; prevenga accidentes; mejore la nutrición, el saneamiento y la higiene; suministre información, consejo y ayuda”.

A la OMS le pedimos que lidere en el mundo la lucha contra las enfermedades, que proporcione información científica rigurosa, que impida o resuelva los brotes de ébola en África, que asegure la vacunación universal, que erradique la polio, que preste asistencia de emergencia a los países que no cuentan con capacidad suficiente para afrontar el reto actual del coronavirus y le damos para ello el 50% del presupuesto de salud de una comunidad autónoma.

En la sociedad de riesgo global nos interesa, incluso egoístamente, que todos los pueblos gocen de un sistema sanitario capaz de evitar o hacer frente a las amenazas. Necesitamos una autoridad mundial que haga frente a estas crisis, que fomente el derecho a la salud, los sistemas sanitarios dignos, el conocimiento científico y la calidad de la asistencia. Pero sin dinero y sin autoridad es imposible. Congelar los presupuestos de la OMS, cuestionar su autoridad y aumentar lo que de ella esperamos es el camino seguro para la frustración y el fracaso.”

¿No crees que tiene sentido que si decimos en serio que la salud, o el cambio climático o la pobreza o las migraciones, son un reto global que a todos, incluso egoístamente, nos interesa que funcione bien en todos los países, debemos profundizar en los instrumento de gobernanza global y darles más medios y más poder? ¿O tú también crees que lo mejor es pensar en fronteras y en identidades eternas? Quizá eso de las identidades eternas dé para una bonita pieza musical épica y emotiva que dar a tocar a la orquesta del titanic global. Pero no sirve para salvarlo frente a ningún de los iceberg que nos acechan.

jueves, 19 de marzo de 2020

CUARTA CARTA EXCLAUSTRADA o DE LAS PALABRAS Y LA GUERRA



CUARTA CARTA EXCLAUSTRADA o DE LAS PALABRAS Y LA GUERRA


Jueves, 19 de Marzo.


En el colegio me enseñaron la definición clásica de verdad. Todavía me acuerdo. Te la puedo recitar de memoria como en un examen de secundaria: verdad es la adecuación o correspondencia entre la palabra y la cosa, entre lo que se dice y la realidad. Por desgracia me acuerdo del mote del profesor que nos lo enseñó, pero de no de su nombre verdadero, qué cosa más injusta, así que no le puedo recordar aquí con el respeto que debería.


Esta definición que nos enseñaban era la idea clásica, tomista supongo, de los seguidores de Aristóteles, que dejó escrito aquello, que puede parecerte tan de perogrullo, de que “decir que lo que es, no es, o que lo que no es, es, es falso; pero decir que lo que es, es, y que lo que no es, no es, es la verdad”. Luego descubrimos que entender qué es la verdad puede resultar tarea bastante más misteriosa y compleja.


Tal vez el maestro de Aristóteles, Platón, y el de éste, Sócrates, sabían ya que la cosa era más compleja, puesto que tras todo un diálogo, el Crátilo, jugando con la idea de si laS palabras responden o no con la cosa, no sabe uno después de tanto mareo con qué quedarse y si, adelantándose más de 2000 años al debate, dudaban ya ellos de los límites de las palabras y del lenguaje para acercarnos a la verdad.


Mi abuelo, gran lector de historia, decía que no tenía oído para la poesía. Sin embargo le recuerdo citando de memoria este cuarteto de Borges:


Si (como afirma el griego en el Cratilo)


el nombre es arquetipo de la cosa


en las letras de 'rosa' está la rosa


y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'.






Bien, la carta de hoy no va de griegos, ni de poesía, ni de rosas, pero sí de la importancia de elegir las palabras justas para las cosas que queremos referir en relación a este lío que nos traemos estos días.


Hemos leído y escuchado que esto en que estamos metidos es una guerra. Nos llegan noticias sobre la odisea de unos turistas jóvenes atrapados en un hotel de unas islas. Nos hablan del sacrificio de quedarnos en casa en unos términos a veces bélicos, a veces heroicos, que aún a riesgo de no resultar muy simpático, me gustaría contrastar con vosotros.


Ayer en el Parlamento el portavoz de un grupo al que se le supone hijo de la tradición antimilitarista, esa que hace 30 años, adelantándose a la corrección política de hoy, nos corregía si empleábamos la expresión “matar dos pájaros de un tiro”, tomó la palabra para decirnos que estábamos en “guerra” y que “en tiempos de guerra” se necesitan medidas de guerra. No me interesa criticarle a él como individuo, ni a su grupo político. Lo tomo simplemente como ejemplo de un discurso que se repite por todas partes, entre agentes de todos los colores, estos días. La idea de que estamos ante una guerra. Y dado que el reto es global, esta guerra resulta ser, agárrate, la “tercera guerra mundial”.


Tras mi sarampión antimilitarista de juventud, en que yo participé en parte de esa histeria de la corrección política que arriba citaba, hoy no me parece mal el uso de la palabra guerra para diversos contextos. Siempre que se entienda bien que se trata de una licencia literaria. Así podemos hablar de la guerra de precios entre dos compañías de servicios telefónicos, por ejemplo, y nadie entiende que se están matando. O podemos decir que dos famososetes que se divorcian se han declarado la guerra o que dos clubes de fútbol están guerra por un fichaje hostil o que dos grupos mediáticos están en guerra por los derechos de retransmisión de un evento deportivo. Es decir, en el lenguaje ordinario empleamos el término guerra como una metáfora perfectamente válida, seguramente un tanto excesiva, que funciona. La metáfora, por abuso y por desconocimiento de lo verdaderamente es una guerra, se desgasta y pierde su fuerza. Así, un periodista nos puede decir legítimamente que los vecinos de un barrio declaran la guerra a un ayuntamiento por los horarios de cierre de una discoteca.


No tengo ningún problema con el uso de esa metáfora ya descafeinada. El problema puede venir estos días cuando, ante las órdenes de confinamiento, resulta que parece que algunos se la toman en un sentido literal y pueden creer que realmente estamos ante la experiencia bélica de nuestra generación. Reclamaríamos así para nosotros nuestra dosis de heroísmo, nuestro lugar en la historia de los grandes sacrificios colectivos.


La generación que nació en los primeros 20 años del siglo XX, la de mis abuelos, que será seguramente la de vuestros bisabuelos, tuvo su guerra, la siguiente tuvo su dictadura y su experiencia de privaciones y nosotros queremos un poco de esa épica que hasta la fecha sólo hemos visto en películas o, los más interesados, en los informativos de las 9.


Por poner las cosas en su sitio aclaro que soy el primero en ser consciente de que vivimos un momento de una gravedad sin precedentes en nuestra experiencia colectiva, el primero en cuidarme mucho de banalizar lo que nos está pasando (quien haya leído mis cartas anteriores lo sabe), el primero en ser prudente ante la posibilidad de que los que nos quede por delante sea muy duro, el primero en reconocer que los daños humanos, sanitarios, sociales y económicos van a resultar muy altos, quizá más de lo que ahora podemos comprender. No banalizo. Pero, por favor, los sacrificios que se nos piden, de momento, a la mayor parte de nosotros, serían equivalentes a un permiso o una escapada de fiesta para quienes en nuestras familias tuvieron que vivir una guerra de verdad o para quienes, en otros países las viven ahora. Así que, por favor, midamos las palabras. No, no es una guerra.


Estos días de reclusión en casa pueden ser una gran oportunidad para pedir a vuestros mayores que os cuenten las historias de sus padres, por ejemplo. Yo me acuerdo de las historias de mi abuelo, ése que recitaba a Borges. Me vienen a la memoria sus recuerdos de la campaña del Ebro. Del invierno en las trincheras de Teruel. Con temperaturas que por la noche podían llegar a menos 20 grados centígrados. Sí, has leído bien, veinte bajo cero: no son batallitas, son registros oficiales que acabo de comprobar antes de escribir. Por el día la temperatura podía ascender a cero. Mi abuelo, un humanista antibelicista que huía con sabiduría de la peligrosa sombra del heroísmo, no me contó ninguna edificante aventura del Capitán Trueno, pero sí me contaba de sus muy poco nobles noches de helada en que no salían ni para mear, con sus compañeros todos apelotonados para darse calor, con unas pocas mantas y con ropas de abrigo insuficientes y las botas húmedas. Y ver el amanecer con congelaciones, incluso con alguien que ya no despertaba, y empezar un nuevo día de esquivar balas o ver cachos de tus compañeros saltar por los aires en medio de un eco infernal. Eso es la guerra de verdad.


Bien, todas las familias tienen historias parecidas. ¿Qué les habría parecido a esos cinco o seis compañeros, que tenían tu misma edad, acurrucados una noche de enero bajo la nieve helada que les ofrecieran dos o cuatro o seis semanas de las nuestras en casa, con calefacción, con comida, con ocio, con unos servicios sanitarios que, de momento, resisten al menos para los casos más graves? Una reclusión de ese tipo les habría parecido el sueño caribeño más lujoso e inimaginable digno de un rey o un marajá.


Puede resultar esta reclusión nuestra una oportunidad para iniciarse en los clásicos de la literatura antibelicista. Por supuesto podemos empezar por Johnny Cogió su Fusil, de Dalton Trumbo, y Sin Novedad en el Frente, de Erich Maria Remarque, ambos sobre la Primera Guerra Mundial. O para darle a la literatura del Holocausto. Pero no con novelitas edulcoradas para leer en la playa, sino con las memorias de los testigos, de quienes estuvieron allí y sobrevivieron para poder contarlo: por supuesto Primo Levi, Elie Wiesel, el Nobel Imre Kertész, el juez Thomas Buergenthal (autor del primer libro que yo leí sobre Derecho Internacional de los Derechos Humanos), Marceline Loridan-Ivens, las dos Simones, Weil y Veil, Viktor Frankl y su hombre en busca de destino, más cerca Jorge Semprún, o el Diario de Praga del niño Petr Ginz. ¿Queremos hablar de lo difícil que resulta nuestra reclusión en casa?, ¿de verdad? Pues una relectura del Diario de Anna Frank es obligada y luego hablamos. En medio de todo ello, veo sin embargo en las páginas de Ginz, Frank o Buergenthal más ilusión, más esperanza, más luz, más fuerza, más alegría profunda que en muchos de nosotros.


Pero el sufrimiento de la guerra no es, por desgracia, algo del pasado remoto. En mis años de cooperante yo he vivido en dos situaciones de conflicto armado. Nunca he contado algunas cosas que me tocó vivir y hacer, quizá algún día lo haga, pero no es hoy el momento ni éste el lugar. Las cosas que más te marcan las sientes a veces incomunicables. Aunque hayan pasado 20 años.


Puedo contar, sin embargo, cosas que no requieren de primera persona. Recuerdo los refugiados y desplazados de guerra amontonados. El hedor de las letrinas que aún puedo sentir como si no se hubiera ido del todo. El recuento y pesaje de los niños desnutridos cuyo desarrollo físico e intelectual se vería seguramente limitado para siempre en este mundo de supuestas oportunidades para todos. Recuerdo detalles ni más ni menos graves que otros, pero que por la razón que sea se te quedan grabados a fuego: dos niñas en un rincón de una cancha deportiva en desuso, tiritando y sufriendo, sin acceso a ninguna atención médica, compartiendo una manta barata, esperando a que el destino decidiera, en su capricho cruel, si su suerte caería del lado de la vida o de la muerte.


Yo estaba de paso. Acumulaba experiencias y vivencias con billete de vuelta a mi casa, que me acogería al finalizar la "experiencia" con calefacción, cama, baño con agua corriente y nevera bien surtida. Quienes allí estaban allí se quedaron. Algunos lo pagaron con su vida.


Hoy, en 2020 tenemos no muy lejos personas que huyen de la guerra de verdad, de la enfermedad y de la pobreza. Familias enteras que dejan su casa. Sí, una casa como éstas tuya y mía de la que estos días nos quejamos porque no podemos dejarla. Deben seleccionar lo más importante para meterlo en un petate o en una mochila pequeña, de tipo escolar, y salir con un niño de la mano huyendo de las bombas o de la amenaza de quienes vienen detrás a masacrar y violar. Y se meten en un autobús viejo abarrotado que huele a orín o vómito, sin ventilación. Que hay que dejar para hacer kilómetros a pie. Pasando frío o calor, hambre o sed. Con los pies destrozados. Huyendo de mafias, ladrones, violadores, policías, militares o paramilitares. Para llegar a un campo con otras decenas de miles de familias. En tiendas de campaña...


En fin, ¿debo seguir? Creo que es suficiente. Bien, cuidado por lo tanto con las palabras y las comparaciones. Nosotros estamos ante una gran emergencia, de acuerdo. Ante una enorme crisis. Ante tiempos duros. Muchos perderán empleos y ingresos: eso va a ser un verdadero drama. La situación de los servicios sanitarios puede colapsar y será gravísimo si sucede. Algunos perderán a seres queridos: todos mis respetos. Pero, salvo que tu situación, por la razón que sea, resulte especialmente complicada, una advertencia para el resto: cuidado con creernos los protagonistas del último capítulo de la historia universal del sacrificio, la épica y el heroísmo. Tengamos un poco de pudor. Aunque sólo sea por respeto a las víctimas de verdad.


Algunos hablan de la odisea y de desamparo al quedarse unos días encerrados en un destino vacacional, con la visa en una mano y el móvil en la otra, según pasan los días sin que el Estado deje lo que esté haciendo y flete de inmediato, a la voz de ya, un avión para ir a rescatarlos. Otros nos narran sus desventuras más extremas porque sus planes se han truncado o porque tienen que hacer encaje de bolillos para adaptarse a la nueva situación o porque descubren que las personas con las que comparten casa son unos maleducados. Hay quien compara su trabajo, que yo admiro y respeto, por supuesto, con el de quienes entraron desnudos a Chernóbil sabiendo que suponía su muerte segura en horas o a lo sumo días o semanas. No sé, un poquito de mesura, quizá.


Las palabras son importantes. No es lo mismo una tragedia que un contratiempo. Un drama que una molestia o una incomodidad. No es lo mismo, por concluir, una guerra que una emergencia, por muy seria que esta sea. Respetando las palabras, cuidándolas, no abusando de ellas, nos respetamos a nosotros mismos, a quienes nos acompañan... y a las personas que sufren, por ejemplo, en las guerras de verdad.

miércoles, 18 de marzo de 2020

CARTA EXCLAUSTRADA TERCERA - DE LA DEMOCRACIA




CARTA TERCERA o DE LA DEMOCRACIA



Miércoles, 18 de Marzo.


Ayer prometí que hoy hablaríamos de democracia. No, nos os voy a proponer el repaso de ningún manual de ciencia política, aunque no nos vendría nada mal, ni a vosotros… ni a mí, dicho sea de paso.


Voy a reflexionar sobre algo mucho más inmediato que se está discutiendo estos días. Seguramente todos sabéis ya a estas horas de los éxitos de China en la lucha contra el coronavirus. Al parecer, los contagios en el propio país y las muertes habrían ya llegado el día de hoy a cero. Un portentoso logro, sin duda, que todos debemos celebrar y que nos da esperanzas.

A raíz de esta buena noticia muchos se preguntan si el sistema totalitario que asegura la toma de medidas rápidas, incontestables, de obediencia imperativa con disciplina de hierro, facilita la reacción ante este tipo de crisis. El debate es importante: ¿están las dictaduras mejor armadas (la palabra, fíjate, va cargada) que las democracias para hacer frente a las situaciones extremas? Pinochet o Franco, como tantos otros dictadores de izquierda y de derecha, estaban seguros de que la respuesta era afirmativa y aplicaron la receta cuando lo creyeron necesario.


Pero yo no creo que eso sea cierto.


No es cierto, para empezar, que los Estados totalitarios en general hayan respondido ante esta crisis de forma más eficaz. Incluso en el caso chino cabe presentar reparos. Se retrasó varias semanas la comunicación del problema pensando que podrían contenerlo con cierta discreción. La campaña de información fue posteriormente lanzada cuando el problema y el conocimiento sobre el mismo estaban al menos iniciados. Quizá, por poner un ejemplo, la decisión de levantar un hospital de la nada no se tomó con eficiencia mágica en 24 horas: ¡joder, son chinos pero también son humanos! Es plausible que en un sistema de libertades la información podría haberse difundido antes y el resto del mundo podría quizá así haber ganado un tiempo de preparación valioso.


Ahora China está en plena campaña -y hace bien, desde el punto de vista de sus intereses- de promoción, haciendo valer su éxito, compartiendo conocimiento y medios con una generosidad que debemos agradecer al tiempo que no debemos ignorar que se trata de una admirable campaña política de relaciones públicas con el fin de ampliar presencia global y, tal vez, salpimentada con ciertas dosis de culpabilidad. No es una crítica: hacen lo que deben. Es más bien una advertencia a quienes estos días en las redes deciden tragarse acríticamente la información que llega desde estados totalitarios, mientras deciden desconfiar de la que llega de países con transparencia y libertades.


Este domingo Mario Vargas Llosa escribía en El País un artículo en que cuestionaba el supuesto éxito chino y explicaba cómo a su juicio la ausencia de libertades había retrasado la solución. Es una artículo interesante cuya lectura os recomiendo. No se trata de que tengamos que estar de acuerdo con lo que afirma, sino que participemos en un debate en condiciones de libertad y basado en argumentos racionales. Pues bien, en menos de 24 sus obras han desaparecido en China. Según informa El País:

en las principales plataformas chinas de venta electrónica de libros, como Dangdangwang, la búsqueda de sus novelas arrojaba descorazonadores “no disponible” en stock propio. Tan solo aparecían algunos volúmenes disponibles en pequeñas librerías independientes. Lo mismo ocurría en Taobao, la principal plataforma del país. Al introducir los caracteres del apellido “Llosa”, como se conoce popularmente al escritor en China, apenas se obtenía algún resultado”.


Pensad bien, por favor, en qué mundo queréis vivir cuando os canten las alabanzas del éxito chino y su futuro como prescriptor mundial. Para aprender a identificar las semillas del totalitarismo entre nosotros y combatirlas o simplemente resistirlas os recomiendo el libro de la novelista turca Ece Temelkuran titulado Cómo perder un país, en que relata de una forma muy clara, en pequeños detalles en los que podemos sentirnos reflejados personalmente, el proceso de degeneración democrática y pérdida de libertades vivido en Turquía en los últimos años.


Pero volvamos al coronavirus. Dos ejemplos de dictaduras con gestiones nefastas son Irán y Corea del Norte. Y es que la tentación natural de los totalitarismos es negar los problemas.


El sistema sanitario de Irán es muy bueno y sin embargo no ha funcionado por la decisión política de ocultar la situación. Al principio conocimos la versión oficial que todo lo negaba y se impidió a sus servicios sanitarios reaccionar. Luego conocimos un número elevado de fallecidos junto a un número desproporcionada y sospechosamente reducido de enfermos, tan bajo que sólo se podía explicar por el negacionismo totalitario: el propio portavoz del ministerio de salud seguía negando la existencia del problema horas antes de dar positivo. Hoy la situación en Irán podría ser dramática: el jefe del estado se pasa al otro extremo anunciando millones de muertos si no se obedece y se liberan a 85.000 presos en una medida desesperada ante la incapacidad de manejar el problema. La ausencia de libertades en Irán complicó una situación, para cuya gestión que había medios materiales razonables, hasta hacerla ingobernable.


Para entender lo que es un país sin libertades como Irán os recomiendo una biografía apasionante: El despertar de Irán de la Premio Nobel de la Paz Shirin Ebadi. Se la recomiendo muy especialmente a las estudiantes de derecho, si no te engancha, si no te indigna, si no te maravilla, si no te enamora, te reintegro el dinero que te haya costado el libro. Cuenta su experiencia como abogada y jueza que va perdiendo poco a poco su posición profesional -y su seguridad- por el hecho de ser mujer. Es una historia de tenacidad y de dignidad de una mujer luchadora por la igualdad y por los derechos humanos, que lucha decepción tras decepción, humillación tras humillación. Otro libro con algunos paralelismos que igualmente recomiendo con entusiasmo, quizá ahora a los amantes de la literatura en general, es Leer Lolita en Teherán, de Azar Nafisi. De nuevo la historia real contada en primera persona de una profesora de literatura a la que empiezan a limitarse las libertades, poco a poco, hasta tener que crear un club de lectura en casa para mujeres disfrazado de “actividades femeninas domésticas”. Y, por fin, por favor, infórmate en fuentes solventes del caso de Yasaman Aryani, activista de 24 años, condenada a 16 años de cárcel por hacer campaña contra el uso obligatorio del velo durante el Día Internacional de la Mujer de 2019.


Otro caso de opacidad y negacionismo aún más extremo es el de Corea del Norte. No sabemos lo que allí pasa. Su gobierno afirma que nada malo. Algunas agencias surcoreanas, a las que debemos imaginar bien informadas (aunque también, tal vez, no imparciales, no lo sé), hablan de un número muy importante de muertos en el ejército, que no olvidemos en la columna vertebral del sistema. Un libro interesante para acercarse al país podría ser Diario de Corea del Norte de Michael Palin, el humorista de los Monty Python, que escribe una crónica ligera e informal de un viaje que realizó en el 2018.


El mejor contraste con Corea del Norte lo ofrece su vecina Corea del Sur, un país geográfica y étnicamente idéntico, pero con un sistema democrático y de libertades económicas y políticas, con transparencia informativa, que hasta la fecha podría haber dado la más eficaz respuesta del mundo, que con tres semanas de retraso parece que en parte queremos ahora copiar en Europa.


Como vemos, los sistemas totalitarios y sin libertades no son siempre mejores ante estas crisis. De hecho con mayor frecuencia son peores.


Tampoco es cierto que los Estados democráticos no cuenten con instrumentos excepcionales, como estamos viendo estos días. La única diferencia es que se exigen garantías para asegurar que estas herramientas se emplean adecuadamente para sus fines y sin abusos. Yo prefiero un Estado que no puede aprovechar un estado de alarma como carta blanca para limitar, con otros fines, las libertades de los opositores o de determinados grupos minoritarios. O que, aún en estado de excepción, no puede ni torturar ni ignorar ciertas garantías procesales. O que debe explicar la necesidad y la proporcionalidad de las medidas adoptadas y, pasado cierto tiempo prudencial, dar cuentas de todo lo hecho ante la opinión pública, el parlamento y, en su caso, ante los jueces. ¿Y tú?, ¿también lo prefieres o el caso chino te sigue pareciendo más ejemplar?

Es cierto que algunos Estados democráticos pueden actuar mejor y otros peor, claro está. Pueden adoptar estrategias muy distintas, como vemos en el caso británico en que Boris Johnson se ha tirado de cabeza a una piscina que nadie sabe si tiene agua. Luego cada electorado tendrá que juzgar su acierto o desacierto.


Una democracia, con transparencia y con libertades, funciona si sus ciudadanos estamos formados y somos responsables, si no propagamos bulos sin criterio, si respetamos las indicaciones de las autoridades y de los expertos, si no necesitamos que nos pongan un guarda jurado en nuestro portal para que cumplamos con nuestro deber cívico, si somos ciudadano maduros y responsables. Sólo así demostramos que estamos a la altura de nuestra democracia y de nuestras libertades.


Si la pregunta es si las dictaduras están mejor equipadas para hacer frente a las emergencias que las democracias, no esperemos que la respuesta nos la dé ya cerrada y definitiva ningún politólogo de Harvard (qué sé yo, pon Samuel P. Huntington o Francis Fukuyama), ningún sociólogo de Heidelberg (Jürgen Habermas, por ejemplo), ningún filósofo del derecho de Turín (Norberto Bobbio, claro está). La respuesta la tenemos cada uno de los ciudadanos en nuestro actuar diario, con un gesto tan sencillo como lavarnos las manos, como estornudar contra el anverso del codo, como evitar todo contacto que no sea absolutamente imprescindible, como quedarnos en casa si no hay razón de fuerza mayor para salir, como mantener distancias y respetar protocolos de seguridad, como respetarnos y ayudarnos en los momentos difíciles.


La respuesta a esa pregunta de si la democracia es superior o inferior en estas ocasiones no está cerrada, es un reto permanente abierto que no depende sólo de quién es el inquilino de turno de la Moncloa, de Ajuria Enea, del Elíseo, de la Cancillería alemana o de las sedes de las instituciones europeas; depende también de ese tipo o esa tipa que nos encontramos cada mañana ante el espejo.


Y es que el sistema político democrático no puede ser a largo plazo mucho mejor que el conjunto de sus ciudadanos. La democracia puede ser, gracias a sus controles y procedimientos (sí, esos que tanto nos exasperan a veces), un poquito mejor durante cierto tiempo, pero no puede ser, por mucho tiempo, mucho mejor que el conjunto de sus ciudadanos. Por eso se llama democracia. Ésa es su grandeza… y su servidumbre.

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NOTA: Mañana es el día del padre. Ya, ya sé que estar encerrado con él a tu edad puede resultar difícil. Está escrito en nuestro ADN, supongo, que esta relación paterno-filial a ciertas edades debe ser conflictiva. Pero por favor, ya que no puedes salir a comprarle una corbata o cualquier mierda inútil y consumista que te recomiende El Corte Inglés, le puedes regalar, quién sabe, un día de convivencia amable y agradable.

martes, 17 de marzo de 2020

CARTAS EXCLAUSTRADAS - Sobre la Responsabilidad








CARTA SEGUNDA o SOBRE LA RESPONSABILIDAD




Martes, 17 de Marzo.




Vine hace justo 10 días de una estancia de tres semanas en Ginebra donde, como algunos de vosotros ya sabéis, me toca trabajar una temporada cada cierto tiempo como miembro del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU.


Allí en Ginebra llevábamos ya tres semanas aplicando protocolos muy exigentes. Piensa que es un Comité formado por 18 personas que debemos trabajar literalmente codo con codo. Tenemos un miembro chino que venía directamente de su país en un momento en que para todos nosotros el coronavirus era aún un problema, si no exclusivamente chino, sí especialmente chino. El rechazo de Mr. Chang a estrecharnos la mano el primer día y su empeño en mantener distancias de seguridad aún nos parecieron, a muchos de nosotros, exageradas, propias de una disciplina oriental que como buenos diplomáticos aparentábamos admirar y respetar, pero que en el fondo nos sorprendía por su exceso de celo.


El señor Chang pidió la palabra nada más empezar la primera sesión privada del Comité para explicarnos que su autoimpuesta distancia no significaba que nos quisiera poco, sino que se justificaba por las normas de seguridad establecidas en China. De inmediato tomé la palabra para indicarle que también nosotros le queremos a él y es que de verdad es un miembro muy simpático que, a pesar de que puede ser muy duro cuando toca defender sus posiciones, se hace querer.


A los pocos días el epicentro de la preocupación mundial pasó de China a Corea del Sur y resulta que tenemos otra miembro que procede de ese país, la Sra. Shen, y también venía directamente y por lo tanto sin haber pasado tiempo alguno de cuarentena. Aprendimos todos poco a poco a tomarnos más en serio los protocolos de seguridad. Comenzamos a lavarnos las manos no sólo cuando en circunstancias ordinarias es costumbre hacerlo, tras utilizar el baño y antes y después de comer, por ejemplo, sino con mucha mayor frecuencia.


Nos acostumbramos rápidamente a no darnos la mano, a no abrazarnos, a no dar besos, a mantener cierta distancia al conversar, a tener cuidado al tocar cosas comunes. Los eventos no oficiales se suspendieron en el Palais des Nations, la sede de la ONU en Ginebra. Poco después incluso los actos oficiales que no fueran absolutamente necesarios corrieron la misma suerte. Nosotros terminaríamos nuestra sesión, pero otros Comités que estaban convocados para esas fechas fueron ya suspendidos.




Por eso al volver a casa percibí de pronto cierto relajamiento entre nosotros que me sorprendió. Ese primer lunes ¡hace solo 8 días! presencié tres escenas durante la mañana que me chocaron y, casi podría decir, me indignaron. Fueron seguidas, la misma mañana y os las cuentos tal como sucedieron.




En una cafetería una señora, con joyas y ropa que costaban quizá lo que una beca anual para estudiar un máster en epidemiología, contaba a sus amigas que le había llegado una “información” por whatsapp explicando que el virus ha sido creado por las “multinacionales del medicamento” y que estas empresas tenían ya la vacuna preparada. Cuando les conviniera, concluía la señora, las sacarían para hacerse de oro. “Y yo me lo creo”, afirmaba con convicción a cada dos o tres frases la señora, como blandiendo su superior derecho a creer y defender lo que le viniera en gana, independientemente de que tenga o no sentido, de que tenga o no fundamento, de que sea o no cierto. Por encima de todo, creemos, está mi soberano derecho a dar credibilidad a lo que me apetezca, puesto que mi opinión, mi intuición, mi sensación, mi preferencia, mi capricho, vale lo mismo que el más sesudo informe del más serio y mejor preparado e informado grupo de científicos o expertos del que decido sospechar para lanzarme a creer, porque sí, porque yo lo valgo, cualquier cosa que me llegue, sin si quiera firmar, de vete a saber dónde.


Acto seguido un grupo de cuatro hombres que se veía habían quedado en ese lugar se juntaron. Por lo que parece había pasado cierto tiempo desde la última vez que se veían y seguramente les unía una vieja relación. Habría apostado a que eran amigos de infancia o juventud, quizá compañeros de alguna quinta que quedaban de vez en cuando. Tras unas breves dudas iniciales sobre cómo proceder, el más animado rompió el hielo con un “vamos de dejarnos de mariconadas” (no quiero ofender a nadie, sino reflejar fielmente el tono de lo sucedido) y se estrecharon con efusión las manos con medios abrazos de varoniles y sonoras palmadas. El más joven de ellos había cumplido los 70 seguramente cuando vosotros estabais en secundaria y eran por tanto grupo de alto riesgo de esos que si se contagian tienen un porcentaje de mortalidad de dos dígitos.


Tercera escena es también de esa misma mañana. Ya en la universidad entré al baño cuando un grupo de cuatro estudiantes terminaba sus quehaceres en los urinarios masculinos. Veo sorprendido a los cuatro, ¡a los cuatro!, salir directamente sin acercarse al lavado, sin lavarse las manos. Conociendo la universidad sé que no era la pasión por el saber y por volver a los libros lo que les urgía. Eran cuatro personas que llevaban, como los cuatro setentones de la escena anterior, dos o tres semanas bombardeados por información que les explica lo importante que es lavarse las manos y los efectos que ello tiene sobre la salud de los más vulnerables. Y aún así ninguno de los cuatro fue capaz de incorporar algo tan básico a sus hábitos, incapaces tal vez de comprender que todo lo que nos estaba pasando va también con ellos, por muy marranos que sean en su vida ordinaria. Si al cabo de 12 días la abuela de uno de ellos, o ese vecino del quinto de avanzada edad con el que coincide en el ascensor de vez en cuando y que oprime el mismo botón de Planta Baja, o quizá un primo con una extraña dolencia que nunca supimos muy bien qué era, fallece, lo más fácil será echar la culpa al gobierno, siguiendo la estela del delirante comunicado de VOX en que responsabiliza al gobierno del generoso y entusiasta reparto gratuito de mocos entre los suyos por parte de Ortega Smith. Pero no, la culpa no será ni de Urkullu ni de Sánchez, sino quizá de ese gesto suyo tonto, guarro y despistado de no lavarse ese día las manos.


Estas anécdotas no son excepcionales. Yo las vi en una sola mañana y con toda seguridad todos hemos presenciado o protagonizado otras similares, o peores, estos días pasados. Las cuento aquí no porque las crea especiales, sino precisamente porque no lo son. Y porque tienen que ver con el tema de la carta de hoy: la responsabilidad individual, de cada uno de nosotros, en los retos y problemas globales en general y en éste del coronavirus en particular.




Y es que en nosotros, como ciudadanos responsables, están muchas de las respuestas que con frecuencia buscamos más lejos. Esto no va a funcionar si los ciudadanos no estamos formados y somos responsables, si propagamos bulos sin criterio, si no respetamos las indicaciones de las autoridades y de los expertos, si necesitamos que nos pongan un guarda jurado en nuestro portal o en cada baño público para que cumplamos con nuestro deber cívico, si no somos ciudadano maduros y responsables.


A veces preferimos vivir como si siempre fuéramos inocentes, como si nosotros siempre fuéramos las víctimas de todo, como si nada, ni el cambio climático, ni la contaminación, ni el coronavirus, ni el paisaje urbano, ni el tipo de empleos que tenemos, tuvieran que ver con nuestra forma de vida o nuestra actuaciones y decisiones individuales. Queremos vivir un estado de inocencia.


De eso escribió hace 25 años Pascal Bruckner en el libro que hoy os quiero sugerir como lectura: La tentación de la Inocencia. Hace un análisis muy duro, agresivo casi diría, de cierto tipo de debilidades muy características de nuestra sociedad occidental (especialmente europea) y de quienes formamos parte de ella. Sus dardos duelen porque dan en la diana. No es un libro para quien se ofenda fácilmente.


Os copio un párrafo que me parece recoge algunas de las mejores ideas del libro:


Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada. En la primera, hay que comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la ignorancia de los años de juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo. En la segunda, es sinónimo de angelismo, significa la falta de culpabilidad, la incapacidad de cometer el mal y se encarna en la figura de mártir autoproclamado.”


A mí me gusta su estilo, aunque a veces resulte un tanto cargado y grandilocuente. Pascal Bruckner te lleva a lugares familiares para que mires las cosas que ya conocías con otros enfoques: no se supone que te tiene que gustar lo que ves, pero tal vez sí ayuda a reconocernos en esa doble falsa inocencia -infantilismo y victimismo- que tanto nos reconforta.


Cuidado estos días con la tentación de la inocencia. No somos niños, no somos víctimas. Somos adultos responsables y nuestra democracia no va a funcionar nunca mejor que la suma de todos nosotros. Pero, si os parece bien, de democracia podríamos hablar mañana.

lunes, 16 de marzo de 2020

CARTAS EXCLAUSTRADAS - LUNES 16



CARTA EXCLAUSTRADA PRIMERA O DE LA COMPLEJIDAD


Lunes, 16 de marzo.

Anteayer se decretó el estado de alarma que nos obliga a quedarnos en casa.

Ayer fue domingo, de modo que pudimos permitirnos un primer día de confinamiento que no resultó muy distinto de un festivo un poco extraño. Pero hoy es ya lunes y las cosas tienen que cambiar.

Empiezo con esta carta un proyecto que veremos cómo sale. Quiero escribiros una carta diaria mientras dure el enclaustramiento. Una carta breve que salga de casa liberada, exclaustrada, en que cada día os propondré una reflexión que crea os pueda ayudar a entender y aprovechar el momento que nos ha tocado vivir. Quizá a alguno de vosotros alguna de las ideas, alguna de las cartas, pueda resultarle útil.

Hoy quiero empezar con una idea que puede asustar por su ambición, que puede parecer propia de una reflexión muy teórica o filosófica, pero que creo que, si la explicamos bien, podréis ver que tiene una enorme dimensión concreta, práctica y útil para vosotros: se trata de la complejidad.

Vivimos un momento de complejidad e incertidumbre. Y sólo aquellos de vosotros que sepan moverse en entornos complejos, imprevisibles, que no podemos ni preparara ni manejar con antelación, podrán salir adelante en el futuro. Así que, por lo mucho que os jugáis en el envite, creo que os conviene estar atentos y entender bien qué es eso de vivir en los tiempos de la complejidad y cómo podemos adaptarnos, prepararnos y aprender a convivir con ello. Nos guste la situación que nos ha tocado mucho, poco o nada.

Hace nada, en enero de 2020, hace tan sólo dos meses, es decir, hace una eternidad, el filósofo Daniel Innerarity publicó un libro sobre esto mismo que se titulaba “Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo XXI”. Culmina así Daniel una etapa de reflexión sobre el mundo contemporáneo que a mí me ha ayudado mucho a situarme y a actuar en él. Entre sus muchos libros hay dos que a mí me han marcado: “La transformación de la política” (2002) y “La democracia del conocimiento” (2011) . Prometo no citar a muchos autores o recomendar demasiados libros en estas cartas. Sé que es mejor remitiros a pocas cosas que sean, como es el caso, verdaderamente buenas y útiles. A mí estos libros me han abierto los ojos ante ciertas realidades y así me han permitido hacer más cosas y más ambiciosas y de esa forma, sin exagerar, esos libros me han cambiado la vida a mejor. Y por eso os los recomiendo, porque también quiero que tengáis la mejor vida posible, la más interesante, la más plena, la más rica y la más generosa.

Como Saint-Exupéry en su famosa dedicatoria en El Principito, yo también tengo una excusa para citar a Daniel: es amigo. Y me interesa decirlo no para darme pote ante vosotros de que tengo amigos notables, sino porque en la forma en que lo conocí hay también una historia que os puede servir. Yo había leído su Transformación de la Política que me había, ya lo he dicho, marcado. Cuando tuve la oportunidad de organizar unas jornadas en una ONG no tuve mejor idea que buscar su dirección y, sin más, presentarme e invitarle. Él con enorme generosidad aceptó una invitación, que no conllevaba más pago que una comida a la que ni siquiera podía, por horarios, llegar. Y esta anécdota para mí conlleva una lección que se ha repetido en mi vida: con mucha frecuencia los más grandes son los más generosos. Os animo a aspirar a los mejores. Cada uno en el tema que os interese, sea el cine, la literatura, la ciencia o lo que fuera, aspira a contactar con los grandes, a llegar a ellos. No voy a decir que es fácil o automático, pero si demuestras interés, ganas y trabajo previo, a veces las puertas se abren.

Siendo estudiante de universidad, como vosotros, me metí con un grupo de amigos a formar el grupo de Amnistía Internacional de la Universidad de Deusto. Y sin más recursos que nuestras ganas invité a Eduardo Galeano y a Fernando Savater a visitarnos. Ambos contestaron muy amables. Galeano pasaba por Donostia para participar en el Festival de Cine y su apretada agenda no le permitió acercarse a Bilbao, pero envió una generosa carta ofreciendo otras formas de colaborar y mucho ánimo. Savater vino a Deusto y nos dio una conferencia. No permitió ni que le pagáramos el bocadillo que se compró para hacer el viaje de vuelta, en tren, a Madrid. Luego tuve diferencias políticas muy profundas con su pensamiento y quehacer, pero nunca olvidaré, y de buen nacido es ser agradecido, lo generoso que fue con nosotros en aquella ocasión.

Nunca la política me cegó como para no disfrutar y aprender de sus libros, como para no recocer su inteligencia y su estilo. Miro, desde donde estoy sentado, mi biblioteca y puedo contar sin levantarme 16 de sus libros. La mayor parte de ellos bien leídos. Por favor, no seas nunca tan cenutrio como para permitir que las diferencias ideológicas con un escritor o un pensador te nublen el criterio, te impidan disfrutar y aprender de él. Yo te diría que especialmente debes leer a los buenos autores que están ideológicamente lejos. Leer sólo autores que piensan como tú es pobre y triste. Lee cosas que te hagan pensar, que te reten, aunque solo sea para poder asentar mejor tus propias convicciones. ¡Cuánto he aprendido, por ejemplo, de Vargas Llosa en los tiempos en que sus posiciones políticas me repugnaban!

Algunos están muy orgullosos de despreciar de un plumazo a autores distantes. Yo estoy orgulloso de haber leído a autores distantes. Algunos están orgullosos de no haber cambiado de pensamiento en muchos años y presumen de seguir defendiendo las mismas ideas que hace 20 o 30 años, cuando el mundo era diferente. Otros, y yo me reconozco más de este equipo, nos miramos con curiosidad, casi con extrañeza, y vemos lo mucho que hemos cambiado según hemos vistos cosas, según la realidad que nos rodea ha cambiado y según, también, hemos ido aprendiendo de quienes nos rodeaban, a pesar de que fueran diferentes… o especialmente porque eran diferentes.

Pero vuelvo a Daniel y a la complejidad. Cuando Daniel publicó el libro que os comento, hace dos meses, podíamos leerlo como una reflexión teórica. Pero hoy, aquí encerrado, puedo releer algunos párrafos y sentir que estamos viviendo esa complejidad que nos describe.

Complejidad no es lo mismo que complicación. Daniel emplea la metáfora del ajedrez para ayudarnos a diferencia algo complejo de algo complicado. El ajedrez es muy complicado porque sus jugadas pueden ser infinitas, pero no sería complejo dado que sus piezas son limitadas y conocemos sus movimientos posibles y sus normas. Un ajedrez complejo sería, por ejemplo, aquél en que la mitad del tablero está oculto, no conocemos qué piezas se esconden, nos surgen de pronto sin aviso nuevas piezas con nuevos movimientos que modifican el comportamiento de las existentes y que pueden saltar a otro tablero en el que finalmente se decide la partida con base en otras reglas que vamos entendiendo sobre la marcha, mientras movemos sin saber si quiera si es nuestro turno o cuántos jugadores hay. Eso es complejidad en estado puro y a lo bestia.

Para vivir en la complejidad, dice Innerarity, “tenemos que ampliar nuestros esquemas conceptuales, incluir una mayor contingencia, dinamismo e inseguridad. Se trataría de superar la visión mecanicista y determinista que piensa en regularidades previsibles y efectos causales”. La crisis del coronavirus en un buen ejemplo de esa complejidad. Nos toca tomar decisiones ante problemas que no permiten una clara definición, cuyos elementos no conocemos del todo, que cambian y se interrelacionan de formas nuevas y cuyas normas ignoramos.

¿Y eso qué tiene que ver conmigo?, tal vez me preguntas. Pues mucho. Todo.

Hoy es el primer día sin clase. Y muchos estáis nerviosos porque los planes han cambiado. Tenemos la tentación, comprensible pero terriblemente injusta e inmadura, de buscar un culpable. Pero a lo mejor no se trata de buscar alguien a quien culpar, sino de saber gestionar la complejidad y la incertidumbre en la que inevitablemente estamos instalados.

Quizá os habían prometido que los profesores os pasarían instrucciones claras sobre qué hacer estos días y esas indicaciones aún no han llegado o no son claras o son incluso contradictorias. Pero esto no sucede porque los profesores sean perezosos, descuidados o inútiles, sino porque estamos ante una situación nueva para todos y que ha cambiado para todos y en la que ninguno dispone de toda la información para reaccionar: ¿cuánto va a durar el aislamiento? Ni idea, no lo sabe ni el mayor experto del mundo, ni la base de datos más potente, ni el programa de big data más capaz. ¿Tendremos exámenes presenciales en la fecha indicada? Lo siento: ni idea. Y quien os dé seguridades os engaña. ¿Sabemos cómo reorganizar un programa ante la nueva situación? Pues lo intentaremos poco a poco, pero nos equivocaremos mucho sobre la marcha. Y nos equivocaremos no porque los profesores sean tontos (aunque alguno lo puedan ser), sino porque el sistema de prueba y error es el mejor (probablemente el único) sistema de aprendizaje que tenemos los humanos.

Quizá esperábamos que el rectorado aclarara cómo va a quedar todo. O que el decanato indicara cómo nos vamos a organizar. O que la Consejera de Educación o el Ministro de Educación nos pudieran sacar de dudas. No nos equivoquemos: el reto no está en quejarnos porque un tercero no nos saca de la incertidumbre, sino que el verdadero desafío del día de hoy es aprender a aceptar que vivimos en la era de la complejidad. Aprendamos a aceptarlo y entonces busquemos sus muchas ventajas, minimicemos en lo posible sus muchas desventajas, y miremos cómo vamos a crecer gracias a ello.

Los tiempos en que todo nos lo daban cuadriculado, las instrucciones claras, las fechas cerradas, todas las respuestas contestadas, han pasado, de la misma forma que ha pasaron los años de primaria. ¿Y quieres que te diga una cosa? Acaso, en parte al menos, sea mejor así: más divertido, más creativo, un mundo lleno de oportunidades para quien sepa nadar con responsabilidad en la complejidad. Y si te parece que no tiene parte positiva, pues peor para ti, porque te guste o no, es el mundo que te toca.

Mal haría tu universidad en pensar que su reto es estos días resolverte todas tus dudas. Te haría muy flaco favor. Su mejor servicio sería ayudarte a comprender que ninguno tenemos esas respuestas y que aún así vamos a hacer juntos lo mejor que sepamos para afrontar la situación.

¿Crees que hablo desde la comodidad o la seguridad de un puesto fijo y sin responsabilidades? Yo soy autónomo a medio tiempo. Tras la primera mitad del curso en la Universidad tenía la segunda reservada para visitas, conferencias, seminarios y talleres que constituyen parte importante de mi trabajo y de mis ingresos. Te puedo decir que en una semana he perdido un porcentaje respetable de mis ingresos tras el cierre de la frontera con los EEUU donde tenía comprometidas actividades durante varias semanas que pierdo y dejo de cobrar. Todo el resto de actividades en España hasta verano se han suspendido (y dejo de cobrar, claro). En Junio tenia una semana “vendida” ya en Francia y otra en Rusia: lo más sensato es que las dé por perdidas. ¿Sabes lo que he hecho esta mañana?, ¿lloriquear?, ¿protestar?, ¿culpar en Twitter al Lehendakari o al presidente Sánchez o a Trump o a los chinos? No: dar gracias por estar sano, por no tener a ningún familiar enfermo, y ponerme a imaginar nuevos proyectos que desarrollar en estas semanas que me han quedado libres de pronto, cómo hacer de la necesidad virtud, del problema oportunidad, y pensar cómo puedo ser más útil a nuestra sociedad en este nuevo contexto.

Ya, ya sé que tú no sabes cómo va a quedar tu programa lectivo. Y te voy a asustar más: seguramente no hay nadie que sepa cómo vamos a terminar el curso y examinar, si es mejor suspender algunas partes, si sería mejor alargar el curso y perder vacaciones, si sería mejor qué sé yo. Bienvenidos todos, tú y yo: es la complejidad.

La teoría del caos decía que una mariposa aletea en un lugar y en el otro rincón del mundo desata un huracán. La práctica ha mejorado mucho el ejemplo, lo ha hecho más absurdo: un tío se preparar en un mercado chino una sopa de murciélago chungo y a ti y a mí se nos caen los planes de trabajo del semestre, se nos chafan las vacaciones de semana santa, nos quedamos unas semanas encerrados en casa y la economía mundial se derrumba. No te empeñes en querer que no sea así. Empéñate mejor en pensar qué vas a hacer para crecer, aprender y ser más generoso y más feliz ante esa realidad: ante la complejidad.



martes, 14 de enero de 2020

Libro sobre Negacionismo

Resultado de imagen de negacionismo leizaola fundazioaLa Fundación Leizaola Fundazioa acaba de editar un libro sobre negacionismo.

Se incluyen artículos de enorme interés de Germán Teruel Lozano, Mikel Anderez, Iñigo Gordon, Iñaki Anasagasti y Agustín García Moreno.

A mi me pidieron escribir un prólogo que, por el interés de los artículos y de la infinidad de temas de reflexión que abren, se convirtió casi más en un estudio preliminar o en una visión general del asunto.